21 marzo, 2010

Encuentros mágicos


Harry el Sucio bebe una cerveza tras liquidar a dos mafiosos del Barrio Chino. Escogió un tugurio maloliente donde los parroquianos acogen con desconfianza su indumentaria de oficinista. Al fin entra arrastrando los pies el enorme Henry Chinaski, con la panza al aire gracias al estallido de los botones de su arrugada camisa. Se sienta al frente y le regala una sonrisa brutal, medio desdentada.
-Hiedes como un bisonte con resaca, cabrón –le espeta Harry y se empina la botella- ¿quieres una cerveza?
-No me jodas –replica Chinaski-, tú hueles a cerdo oriental. Más bien como a un par de marranos fritos.
-¿Ya supiste? ¿Cómo tan rápido? Tienes buenos informantes, Henry –alza la mano levantando dos dedos, uno por cada cerveza helada.
-Vamos, vamos, déjate de pendejadas, Harry, no hagas tu personaje. Aquí estamos entre amigos.
Henry le dirige un guantazo el pecho y Harry le devuelve una sonora cachetada. Se abrazan. Se emborrachan. Se cuentan sus desventuras. Cuando no queda nadie más que ellos en el tugurio, lloran por sus amores perdidos. Y se guardan el secreto.

14 marzo, 2010

La quinta rueda


Quien escribe estas líneas no tiene dudas de que los homínidos comenzaron a convertirse en seres humanos con el nacimiento del lenguaje, la materia prima de nuestras mayores realizaciones, que van desde el diseño de herramientas y técnicas para la caza y la agricultura, de utensilios de cocina, hasta las pinturas rupestres, la música y el canto, y la narración de historias para espantar los temores nocturnos alrededor del fuego.
Somos el resultado de toda aquella compleja suma de invenciones y creaciones que resultan de la imaginación colectiva y su transmisión y acumulación a través del lenguaje. Así se constituye el patrimonio cultural y artístico de la humanidad, que es muy diverso, e imposible de reducir a lo meramente físico o arquitectónico.
El patrimonio cultural es mucho más que una suma de monumentos y museos, y es mayormente inmaterial o al menos independiente de un soporte material específico. Por ejemplo, ¿dónde reside la creación literaria? ¿En una biblioteca pública, en la memoria de las personas, en las casas de los ciudadanos, en la mente del creador que la construye, en la copia que reside en el disco duro de su computador o en la última impresión que revisa con rigor?
En una de sus últimas intervenciones públicas como Directora de la DIBAM, Nivia Palma ha sostenido –a punto de dejar su cargo a la nueva administración (El Mercurio, 10 de marzo, 2010) - que “habría que redestinar recursos de Cultura. Es ético plantear que de los miles de millones, que estaban disponibles para los fondos concursables para que los creadores hicieran sus proyectos artísticos, al menos un 70% de esos recursos se redestinen a colaborar con municipios, con la iglesia católica y con muchas personas que tenían monumentos nacionales o vivían en zonas típicas que hoy día están en el suelo”.
No puedo sino estar en completo desacuerdo con lo planteado por Nivia Palma, pues me parece altamente regresivo, dañino y peligroso. Casi una incitación a las nuevas autoridades para retroceder. Acabo de plantear en un artículo que a las gravísimas grietas físicas del terremoto era preciso agregar la evidencia de serias fisuras en nuestra alma nacional. Se coincide en que la tragedia ha develado lo peor y lo mejor de nuestro país: de un lado la generosidad y el altruismo, la heroicidad y la capacidad de sacrificio; de otro, el pillaje, el egoísmo, los intentos de aprovechar una crisis para obtener beneficios personales o institucionales.
La fisura del alma no se repara con cemento, fierro o dinero. Se repara con educación, con cultura, con fomento de la creación y el pensamiento. De ese modo nos convertiremos en un país auténticamente desarrollado, no sólo por la vía del aumento del Producto Geográfica Bruto o del Ingreso Per Cápita, sino por la redistribución del ingreso y el aumento de la calidad de vida. No sólo por la vía de la explotación o depredación de los recursos naturales, sino por la de agregar valor a nuestras exportaciones y servicios. Y eso sólo puede lograrse elevando nuestro nivel educacional: los conocimientos, las capacidades intelectuales, la tolerancia, la solidaridad. Y eso no lo obtendremos cambiando la mera infraestructura educacional del estado, las leyes que la rigen, las exigencias a los profesores, la actualización de los programas. Es mucho más complejo que eso, porque nos involucra a todos; artistas, científicos, maestros, profesionales, trabajadores.
Una parte muy especial de esta alma nacional, está constituida por el producto del trabajo de los creadores artísticos. De un modo muy intenso el arte se conecta con estas cualidades donde se ha percibido la existencia de una brecha tan grande como indeseable.
Con el retorno de la democracia se crearon estímulos para el desarrollo de proyectos culturales y artísticos. Se creó, por ejemplo, el Consejo Nacional del Libro bajo la directiva de promover la lectura y difundir la literatura en una clara visión de progreso humano y social que debía alentarse junto con el desarrollo económico. Y me correspondió participar –desde la Sociedad de Escritores- y junto con varios colegas (recuerdo a Jaime Hales y Antonio Ostornol entre los más activos) en las extensas discusiones que configuraron la Ley del Libro.
Si bien no se logró todo –hablo desde la perspectiva de los creadores literarios- lo que se deseaba, hubo logros extraordinarios y de alto impacto como el Premio Mejores Obras Literarias, las becas de escritores (que han experimentado sucesivas transformaciones, pero que están reflejadas en la Ley igual que el premio), los concursos de adquisición de libros, y los diversos estímulos que apuntan al financiamiento de proyectos específicos de gestión cultural.
Muchas necesidades del país en este ámbito han quedado en el camino, postergadas por las preferencias asistencialistas. La mayor brecha se manifiesta en el ámbito de la ausencia de mecanismos que permitan financiar en forma sostenida en el tiempo proyectos de alto impacto dirigidos a fomentar la lectura y las capacidades creativas de personas pertenecientes a los segmentos más desfavorecidos económica y socialmente. Esto es justamente –por ejemplo- lo que ha venido llevando a cabo con creciente volumen la corporación Letras de Chile con Programas tales como Tenemos Tanto que Contar (abuelos cuentacuentos en centros de acogida del Hogar de Cristo y trabajo con niños en campamentos de Un Techo para Chile) y Letras en el Liceo (lecturas y visitas de escritores en colegios municipales).
A inicios de febrero Jorge Edwards se refirió con duda a las becas de escritores, sugiriendo que no ha sido un programa muy efectivo respecto de su impacto, sin mayor respaldo de sus dichos. ¿Y cómo determinar ese impacto? No es tarea fácil. Lo que sí me parece más sencillo es concluir que un país pequeño como el nuestro –un mercado cultural muy restringido, diría un economista- es casi imposible que puedan surgir espontáneamente las obras creativas sin alguna clase de subsidio público o privado. Desgraciadamente, programas privados de apoyo a la creación o difusión literarias brillan por su ausencia, como norma. Sólo existe -con todas sus falencias- el apoyo estatal.
En Chile no hay trabajo para los escritores; por ejemplo, ya sea por falta de iniciativa, claridad o de recursos, no hay presupuesto para que los escritores visiten colegios, escuelas, liceos, universidades, centros de apoyo a adultos mayores, campamentos, comunas rurales. Y existe avidez por este tipo de trabajo: lo hemos constatado en terreno. Y sería una fuente de trabajo muy importante para los escritores, que podrían obtener recursos para vivir dignamente, apoyar el desarrollo cultural del país, y por ende fomentar el desarrollo económico.
Pero ni aún así sería justo y conveniente eliminar o restringir las becas de escritores o programas similares. Me parece altamente tecnocrático, regresivo e insensible, quizás más bien reduccionista y torpe, sostener la eliminación o rebaja drástica de estas líneas de apoyo estatal cuyo impacto sólo puede medirse en el mediano y largo plazo, y en el contexto de una política de desarrollo nacional que nos lleve al progreso efectivo.
Eliminar el único apoyo que la literatura chilena tiene equivale a proclamar que el conocimiento y el ejercicio del lenguaje carecen de relación con el progreso. O que la creatividad y la imaginación son capacidades prescindibles para el avance de un pueblo.
Chile saltará definitivamente al desarrollo sólo mediante la ejecución de políticas y programas de gobierno que apunten a mejorar el nivel educacional de las personas, asegurando una formación sólida no sólo en los dominios de conocimiento científico o técnico, sino que también –y con importante acento- en las áreas humanistas, las artes y la cultura.
La imprescindible creatividad es la fuente de la innovación, clave en cualquier proceso de desarrollo. Tan claves al menos como la justicia, la solidaridad y la democracia, con que los intelectuales y artistas siempre hemos defendido con dignidad, tenacidad y consecuencia.
La cultura no debe ser considerada como una quinta rueda. Es un error monumental. Mientras nuestros dirigentes así lo conciban, estaremos condenados como país a un destino mediocre, gris y materialista. Ninguna determinación irrevocable se ha tomado aún, hasta aquí sólo palabras amenazantes. Es de esperar que no se agraven las consecuencias del cataclismo físico con decisiones erróneas que se deriven de este ominoso concepto que reduce a la cultura al nivel de quinta rueda, sin comprender que forma parte del motor de una nación.

09 marzo, 2010

Lecciones de un cataclismo

Formo parte del Directorio de la Corporación Cultural Letras de Chile, cuyo objetivo es fomentar la lectura y la difundir la literatura (ver www.letrasdechile.cl); en razón de esto, he escrito las líneas que siguen respecto del reciente cataclismo que afecto a Chile.

El terremoto y el maremoto que asolaron la región centro-sur de Chile han puesto en evidencia una serie de hechos y tendencias cuya enumeración completa sería muy extensa. No obstante, algunos de ellos son más trascendentes para el futuro del país desde la perspectiva de los escritores y agentes culturales que integran la Corporación Letras de Chile.
Letras de Chile inició su trayectoria de gestión cultural el año 2000, y desde ese momento ha llevado a cabo múltiples iniciativas por el fomento de la lectura y la difusión de la literatura, en la convicción profunda de que ese quehacer se entronca con el desarrollo de las cualidades humanas más valiosas.
Convencidos asimismo de que el innegable desarrollo económico de las últimas dos décadas –iniciado una vez recuperada la democracia y las libertades esenciales- hemos bregado desde el mismo año de nuestra creación insistentemente con las autoridades sectoriales de la cultura para lograr que una parte considerable de sus esfuerzos se focalice en aspectos a nuestro juicio esenciales.
Hemos planteado, por ejemplo, que más que batucadas, festivales o “eventos” culturales destinados a producir efectos mediáticos, es imprescindible desarrollar un trabajo que conecte directamente a los creadores y mediadores culturales con las personas, sobre todo aquellas más lejanas a los beneficios del crecimiento económico, por ejemplo: los adultos mayores y los niños de las comunas más pobres, los estudiantes de los liceos y escuelas municipales, los habitantes de pequeñas ciudades y pueblos.
Hemos planteado en innumerables oportunidades y formas que la política asistencialista encarnada en los “proyectos” –gracias a la cual se ha podido llevar a cabo muchas iniciativas de alto impacto, varias actividades de la propia Letras de Chile- es claramente insuficiente. Es preciso crear programas de apoyo sostenidos en el tiempo, guiados por metodologías ad hoc, con seguimiento adecuado y permanencia. Los proyectos permiten trabajar un tiempo limitado, tras el cual las iniciativas tienden a descontinuarse por falta de recursos.
Todos sabemos que el crecimiento de la riqueza no ha ido acompañado de una mejor distribución de la misma. Al contrario, desgraciadamente el poder económico se concentra cada vez más en un estrato social que disfruta de todos los privilegios, mientras los más desposeídos observan –por televisión a través de profusa propaganda- la fiesta y el lujo desmedidos.
Si bien con posterioridad al cataclismo y su secuela de temor, terror, destrucción e histeria, ha predominado la solidaridad con las principales víctimas del cataclismo. Ha aflorado lo mejor del ser humano, pero también ha asomado lo peor: el individualismo expresado en diversas formar: indiferencia, desidia, ineficacia, vandalismo y saqueo. Este es el resultado de un modelo social que ha dejado de privilegiar el humanismo, poniendo el acento en el pragmatismo, ergo lo material. Ha quedado al descubierto una profunda grieta en el alma nacional, una fisura moral de la que es imprescindible hacerse cargo.
De esta forma, los cimientos de la sociedad cada vez más se fundan en lo económico y cada vez menos en lo propiamente humano: la capacidad de reflexionar y crear libremente, el imperio de la solidaridad por sobre el egoísmo exacerbado, la experiencia del deber moral de ayudar al prójimo, y ayudarlo hasta que duela como decía el Padre Hurtado.
Se ha sobredimensionado socialmente el valor de la tecnología informática y comunicacional, como si ésta pudiera sustituir el contacto directo, personal y fraterno; ahora que hubo que prescindir de ella por muchos días, estamos en mejores condiciones de hacer una valoración más exacta. ¡Cuánta gente ha dicho que por primera vez hablaron con sus vecinos de barrio o edificio! Vivimos ensimismados, aislados, encerrados en nuestros cubículos, con la falsa ilusión de estar conectados con el mundo.
La tecnología es muy útil y ayudará mucho en la fase de reconstrucción, pero no lo es todo. Debemos salir de nuestros emplazamientos para ayudar. Desde nuestra perspectiva de agentes culturales y escritores, esto significa también proveer ayuda material. Lo estamos haciendo y continuaremos haciéndolo.
Sin embargo, nuestro quehacer fundamental debe concentrarse en lo que sabemos hacer bien y lo que hemos aprendido a hacer, sobre todo en los últimos años: establecer programas específicos de apoyo, guiados por objetivos nítidos y metodologías perfectibles.
Este ha sido el caso del Programa Tenemos Tanto que Contar, que ha logrado mantenerse activo en las comunes más pobres de la Región Metropolitana por tres años. Los escritores y agentes culturales de Letras de Chile, en alianza con Un techo para Chile y el Hogar de Cristo, han capacitado a cerca de un centenar de adultos mayores, convirtiéndolos en cuentacuentos que visitan las escuelas y los campamentos para entregar alegría y fomentar la creatividad de los niños.
También es el caso del Programa Letras en el Liceo, que ha integrado a centenares de jóvenes de liceos de la Municipalidad de Santiago durante los últimos dos años. Los escritores han visitado los Liceos y las aulas de éstos, establecido un diálogo con profesores y estudiantes, dirigido talleres literarios y publicado sus creaciones.
Estamos convencido que diez años de trayectoria de Letras de Chile, con muchos resultados que mostrar –los antes referidos y muchísimos otros- nos proveen de autoridad moral para plantear lo ya dicho, antes y ahora nuevamente, quizás con más profundidad, claridad y convicción. Son resultados pequeños, una aguja en el pajar quizás, pero valorables. No hemos contado con otro recurso más importante y cuantioso que nuestra convicción ética de la necesidad de entregar nuestro esfuerzo personal. No nos hemos conformado con ejercer nuestro rol de escritores, profesores, editores, artistas o profesionales, sino que hemos aceptado el desafío de nuestra idea de gestión cultural. No contamos con fortunas personales, ni con infraestructura de ningún tipo. Sólo con nuestro conocimiento, nuestra capacidad para crear y el deseo de aportar a la auténtica grandeza de nuestro país.
Hay que reconstruir casas, escuelas, puentes derruidos, fisurados, dañados en los cimientos. Será tarea de años, pero no me cabe dudas que los chilenos sabremos salir exitosos. ¿Pero que irá a acontecer con las fisuras en nuestra alma nacional? Aquellas grietas que dan cuenta de que a pesar del progreso material, prevalece un terrible retraso en las variables más humanas, léase desigualdad extrema, compartimentación social, distancia e indiferencia, frustración, corrupción, ineficacia, falta de equidad, falta de justicia…
Queremos un país más justo, más solidario y más humano. Para eso hay que educar a nuestros niños y a nuestros jóvenes, proveerles luz, conocimiento, valores, creatividad, autonomía de pensamiento. Tenemos la experiencia de vida de los mayores, podemos potenciarlos para una entrega constante, en todos los lugares, hacia quienes son los dueños del futuro. El patrimonio cultural es mucho más que un conjunto de edificios o estatuas: es lo que ha construido un pueblo completo a través de su historia. Y sobre todo es lo que puede y debe construir ese pueblo, con respeto, con sabiduría, con creatividad y con la maravillosa solidaridad.

Diego Muñoz Valenzuela
Presidente
Corporación Letras de Chile

05 marzo, 2010

ZAGREB ES UNA CIUDAD ARMÓNICA, PLÁCIDA Y AMABLE

A continuación se reproduce la entrevista realizada por la traductora croata Zeljka Lavrencic al escritor chileno Diego Muñoz Valenzuela, que estuvo en Zagreb en Noviembre de 2009 con ocasión de la presentación de su libro de cuentos LUGARES SECRETOS, publicado por la editorial ZNANJE. La entrevista fue publicada por la revista Puente (The Bridge); Vol. 3-4 2009, de la Asociación de Escritores Croatas.

Z.L.: ¿Diego, puedes decirnos algo acerca de tus impresiones sobre Croacia?

D.M.V.: Llegué por primera vez a Zagreb a media tarde de un día otoñal que más bien parecía primavera y tuve la visión inicial de una ciudad armónica, plácida y amable. Esta primera impresión es casi idéntica al balance que elaboré al prepararme a abandonar –con pocas ganas- Croacia tras varios días de intensas y productivas actividades literarias.

Mucho espacio disponible: calles amplias, avenidas gigantes, parques generosos, una diferencia fundamental con la mayoría de las grandes urbes del mundo y de Europa. En Zagreb todavía se percibe el pulso de una vida menos contaminada que otras capitales europeas por la celeridad excesiva del progreso, y se impone una humanidad reflexiva, amistosa y pacífica. Es prácticamente imposible pensar que el país estuvo inmerso en una cruenta guerra hace pocos años atrás.

En todo momento de mi visita evidencié la presencia de un gran interés y respeto por la literatura, lo cual habla de un país culto, afín a la lectura de obras de ficción, y atento a la posibilidad de conocer y contactarse con personas de otras latitudes.

Chile es bien conocido entre los croatas debido a su importancia como destino de la diáspora. Nuestro fue el destino elegido de varias decenas de miles de emigrantes, y hoy existe una importante población descendiente de aquellos primeros viajeros en busca de nuevos horizontes.

Tanto en la presentación misma de mi libro como en las diversas actividades y diálogos que tuve con escritores, profesores, estudiantes, tuve oportunidad de constatar el considerable interés que existe por la literatura hispanoamericana y la gran disposición a establecer canales de comunicación permanentes.

Z.L.: ¿Qué opinas de la posible colaboración con nuestra Sociedad de Escritores?

D.M.V.: Existen diversas alternativas de colaboración entre los escritores croatas y los escritores chilenos. Existe una base objetiva a partir de la cual desarrollar esta relación, que deriva de la existencia de la diáspora y la constatación de la importancia de la comunidad croata en Chile, donde hay un relevante peso específico entre escritores y artistas. Desde el mismo inicio de la inmigración croata, se dio esta fuerte relación e influencia en el medio cultural chileno.

En la actualidad formo parte del Directorio de la Corporación Letras de Chile. Esta es una organización sin fines de lucro dedicada a la difusión de la literatura y el fomento de la lectura. Está integrada por escritores, profesores, investigadores, editores, libreros y profesionales que adhieren a sus principios y objetivos. Letras de Chile organiza un amplio y diverso conjunto de actividades de promoción literaria: encuentros de escritores, talleres para jóvenes y adultos, seminarios, congresos, proyectos de gestión cultural, visitas a escuelas y universidades, entre muchas otras.

Es posible que trabajos traducidos (cuentos, poemas, artículos) de autores croatas contemporáneos sean publicados en una de las páginas web más prestigiosas del medio literario chileno: www.letrasdechile.cl Esta página tiene del orden de 50.000 visitas por mes, no sólo de Chile, sino de todo el mundo hispanoamericano, lo cual la convierte en un portal de difusión de primer nivel. Contiene secciones de cuento, poesía, microcuento, crítica, entre otras, todas las cuales se prestan para un trabajo de difusión. Es preciso que las colaboraciones tengan una extensión apropiada –la más breve posible- para facilitar el acercamiento de lectores jóvenes, que constituyen la mayoría de nuestro público virtual. Acompañar una breve nota biográfica y una fotografía en formato JPG es recomendable. Este será un modo expedito para lograr proveer una visión de la literatura croata en la actualidad.



Otra alternativa interesante y factible es la asistencia a los eventos de escritores organizados por Letras de Chile, como es el caso de los Encuentros de Minificción u otros proyectados en Literatura Fantástica.

Z.L.: Cuéntanos algo sobre la escritura en la época de dictadura.

D.M.V.: Pertenezco a una generación literaria llamada del 80 (N.N. o marginal la llaman también algunos) que salía de la adolescencia cuando el golpe militar de 1973 llevó al poder a Augusto Pinochet y se inició su dictadura a sangre y fuego. Esta experiencia –por muchos vivida intensamente debido al exilio, la persecución o la lucha abierta o clandestina- actuó como un crisol y dejó –quiérase o no- una impronta imborrable. Quienes en aquellos años descubrimos y asumimos nuestra pasión por la literatura, lo hicimos en un entorno signado no sólo por la censura y la falta de medios de comunicación libres, sino que por realidades bastante más atroces. La desaparición, la tortura y la muerte no eran un susurro o una posibilidad teórica, sino que una realidad próxima, horriblemente cercana, imposible de advertir y menos aún de negar.

Aunque resulte terrible reconocerlo, la dictadura militar viene a ser un hecho trascendental en las vidas de quienes dedicaron una porción fundamental de sus energías a luchar por el retorno a la democracia. La generación del 80, huérfana de mentores, se desarrolló literariamente en estas condiciones de emergencia, lejos de quienes debieron ser sus maestros, debido al exilio en el extranjero o dentro del propio Chile, sometidos a censura, vigilancia, cesantía y persecución.
En esos días ominosos y terribles, sobre todo en los primeros años, la Sociedad de Escritores de Chile, presidida por Luis Sánchez Latorre, jugó un rol libertario que debe reconocerse en todo su espléndido valor. En aquella época de emergencia, la SECH convocaba a una amplia variedad de escritores de valía en torno de la lucha anti dictatorial. Esto requirió gran osadía y capacidad para articular los esfuerzos de escritores de las más diversas posiciones ideológicas.

Bajo el alero de la SECH, a mediados de los 70, se formó la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ) gran protagonista de las Semanas por la Cultura y La Paz, una de las primeras manifestaciones culturales de resistencia contra la dictadura. En paralelo surgió la actividad de los talleres literarios universitarios, ligados a la Agrupación Cultural Universitaria (ACU), donde trabé amistad con varios miembros de mi generación.

Luego, en los 80, vino el turno del Colectivo de Escritores Jóvenes (CEJ), donde conocí a varias decenas de poetas y narradores. La experiencia del CEJ fue múltiple, activa y centrada en lo literario, pero también integrada a la lucha por las libertades civiles, lo que fue un elemento dinamizador de la SECH, donde finalmente confluyeron múltiples iniciativas y experiencias que establecieron puentes que hicieron posible el encuentro de diferentes generaciones, opciones estéticas e ideológicas.

De esa confluencia surgieron encuentros, talleres, revistas artesanales, antologías, hojas de poesía, recitales. Varias veces, en pleno imperio del toque de queda y de la plena acción de los servicios de inteligencia, efectuamos vigilias artísticas, desafiando abiertamente a la tiranía. Decenas de escritores sostuvieron una posición digna y firme en la lucha por la defensa de la libertad y afrontaron los riesgos que esto significaba en los primeros años, donde muy pocos se atrevían a alzar su palabra cuando el imperio de la barbarie carecía de contrapartidas.

Esta decisión, mostrada en los hechos, aquí en Chile, en los momentos más difíciles, nada tuvo de maniqueo para quienes siempre hemos concebido la literatura como un gran juego muy serio –citando a Cortázar– no como un terreno para el proselitismo bobo o para los balbuceos lingüísticos, ni menos como la autopista apropiada para una carrera de jamelgos en pos del premio de la fama.

La labor del escritor es una faena silenciosa y solitaria, asentada en sus obsesiones, que requiere autonomía y libertad de pensamiento. Sin embargo, el artista es capaz de salir a la palestra cuando las exigencias de la vida social obligan a establecer un paréntesis en esa relación un poco distante y tensa con el mundo real. Eso hicieron, muchos escritores durante la dictadura, desafiando desde su posición al orden represivo, sin más armas que el conocimiento, el lenguaje y la inteligencia.

Los primeros libros de mi generación literaria vieron la luz junto con el momento en que se levantó la censura previa, a comienzos de 1984. No obstante el término de la dictadura aún estaba lejano, la verdadera apertura democrática tardó todavía seis años.

Z.L.: Y de tu conocimiento con Pablo Neruda

D.M.V.: Me remonto muy atrás en el tiempo, probablemente hacia la primavera de 1916, y diviso una ciudad del Sur chileno que va revelando poco a poco sus contornos. Un aroma a madera y humedad impregna el aire purísimo que corre invisible, arrastrando nubes blancas y gruesas en un cielo tan azul que hiere la vista. Bajo ese horizonte interminable, tres muchachos conversan a la sombra del gran árbol del patio del Liceo de Temuco. Intercambian opiniones sobre libros. El más delgado de ellos recita de memoria poemas de Góngora, Quevedo, Whitman, Tagore. El de ojos rasgados habla de guardabosques, de flores, de plantas, de aromas. El de nariz aguileña menciona a Dostoiesvsky, a Gógol, a Chéjov, a Gorki. También conversan de un mundo nuevo, por venir, que va a resucitar como Ave Fénix de las cenizas humeantes de la Gran Guerra, y traerá como regalo la paz entre los pueblos. Un mundo donde la literatura será más importante que el papel moneda, donde la cultura será el idioma común de todos los seres humanos. El adolescente delgado, de mirada lánguida y profunda, es Neftalí Reyes Basualto, quien habrá de transformarse en Pablo Neruda. El recio mocetón de ojos como rayas es Gilberto Concha Riffo, que adoptará el seudónimo de Juvencio Valle. El de nariz quebrada y aire severo es Diego Muñoz Espinoza, mi padre. Ninguno de ellos sospecha que el destino les depara honores, exilios, persecuciones, premios, fiestas, noches de bohemia, listas negras, estrecheces, amenazas, alabanzas. Todos los sabores de la vida los esperan, ocultos en la acechanza del tiempo.

La amistad de estos tres escritores chilenos, nacida en los albores de la adolescencia, duró toda una vida. Para mí era habitual ver al “tío Pablo” los fines de semana, o en actividades culturales junto a una pléyade de “tíos” escritores, pintores, fotógrafos, científicos, profesionales, políticos e intelectuales. Tuve la suerte de alternar con ellos de manera cotidiana, muy próxima, prácticamente familiar, y-de alguna manera por esta misma razón- no le atribuí importancia hasta que alcancé la adolescencia y pude ver estos hechos y personalidades en perspectiva.

Con frecuencia creciente, desde fines de los sesenta hasta los años del gobierno de Salvador Allende –quebrantado por la fuerza de las armas se septiembre de 1973- participé en actividades donde Pablo Neruda estuvo presente: recitales, conferencias, campañas de diversa índole, debates y –posiblemente las más inolvidables- tertulias, celebraciones y varios cumpleaños en las casas del Vate en Santiago e Isla Negra.

El verano de 1973 vi por última vez al “tío Pablo”. Habíamos ido, mi padre y yo, solos de vacaciones a El Tabo. Allí cumplí los diecisiete años. Estuvimos un par de semanas de las que guardo un recuerdo extraordinario. Todos los días, después del almuerzo y la extensa sobremesa destinada a discutir la revuelta situación del país en mesas de diverso tamaño, mi padre partía caminando a Isla Negra para conversar con Pablo. Yo me resistía a acompañarlo por no romper su intimidad. Entre susurros sus amigos comentaban que Neruda estaba bastante delicado de salud y yo no quería verlo postrado. Sesenta años de amistad, sueños, luchas, lecturas y tropelías eran un vínculo poderoso frente al cual me sentía un intruso. Pero una de esas tardes me sumé, y partimos juntos a Isla Negra.

Matilde nos hizo pasar a la habitación de Pablo, que por orden médica estaba en reposo y sometido a estricta dieta. Los saludos me sonaron algo protocolares; ambos amigos estaban muy serios; parecían lejanos, casi desconocidos. Primero pensé acaso habría ocurrido algún desencuentro entre ellos; luego que yo –tal como intuía- era el factor inhibitorio, y comencé a elucubrar una retirada digna. Sin embargo, cuando Matilde se retiró y quedamos solos, el cuadro cambió radicalmente. La cara de Pablo se iluminó y se transformó en la faz de un demonio que indicaba en dirección al ropero. Mi padre, convertido en feliz Satanás, se dirigió sonriente al mueble para rescatar un par de botellas del más fino scotch, escapadas a la férrea vigilancia. Recién había terminado la guerra de Vietnam y celebramos, con alegría y con alcohol, esa victoria que parecía anunciar un cambio positivo en el mundo, el fin del dolor y de la injusticia. Bebimos como cosacos esa tarde. Entre brindis y brindis reconstruían el pasado común, día a día y hora a hora. Hoy en día, un biógrafo vendería su alma al diablo por estar en mi lugar aquella última sesión de bohemia que tuvieron juntos.

Pronto vendrían tiempos difíciles, pero eso no lo sabíamos. Capturado por un sueño mágico, derivado del whisky y del entusiasmo de los viejos bohemios, bebí mano a mano con ellos, felices como en los buenos tiempos, sin más preocupación que hacer de la noche un espacio libre. Cantamos canciones de viejos marinos noruegos, canciones olvidadas de corsarios y filibusteros, cuecas apócrifas y tonadas picarescas. Y ya entrada la noche nos despedimos con grandes abrazos de un Neruda radiante, sano, indestructible. “Hoy estaba bien Pablo”, me dijo de vuelta mi padre, “me dio gusto verlo así, pero está enfermo, tiene muchas molestias, incluso dolores. El whisky es una medicina infalible”. Nos reímos.

Esa fue la última vez que vi al “tío Pablo”, poco más de seis meses antes del Golpe Militar.

Z.L.: Cuáles son géneros renovadores en la literatura chilena?

D.M.V.: En la literatura chilena actual, cuyo panorama es demasiado amplio para referirse en breve tiempo, pueden destacarse sin embargo algunas tendencias recientes que tiene sentido advertir oportunamente, pues son reveladoras de cambios profundos, que con seguridad tendrán efectos importantes en el futuro próximo. Nos referimos a la novela policial o género negro, la literatura fantástica y la ciencia ficción, y a los microcuentos o minificción.

El género policial

Una de ellas, no obstante tiene una raigambre histórica nacional, es el género policial, también denominado novela negra, donde se ha observado la irrupción de un creciente número de autores de éxito, entre los cuales destacan Ramón Díaz Eterovic y Roberto Ampuero –ambos con una apreciable serie de novelas- , junto a otros narradores que han abordado el género en forma recurrente, aunque no exclusiva, como el conocidísimo internacionalmente Luis Sepúlveda, Poli Délano, Mauricio Electorat, Antonio Rojas Gómez, Sergio Gómez, José Román, entre otros. A ellos se suma una serie de narradores que exploran con pericia y garra las posibilidades del género encabezados por Carlos Tromben, Bartolomé Leal, José Gai. De las raíces más antiguas del género existen evidencias en la producción de Alberto Edwards, Luis Enrique Délano (Premio Nacional de Periodismo).

El género policial constituye una realidad muy fuerte en el movimiento literario contemporáneo, lo cual se expresa en la realización reciente, en octubre recién pasado, de un gran festival literario llamado Santiago Negro, donde concurrieron autores nacionales y extranjeros, junto a estudiosos de diversas universidades. Por ende puede verse como una corriente en pleno desarrollo, más que incipiente.

Otra situación es la de la literatura fantástica y el microcuento o minificción. Ambas son tendencias emergentes, si bien pueden encontrarse también raíces en la literatura del siglo XX, e incluso antes, pero su desarrollo actual es menor en términos cualitativos y cuantitativos si se compara con el género policial, si bien el potencial es bastante grande y crece con bastante rapidez su presencia.

La literatura fantástica

La literatura fantástica tiene antecedentes y cultores en el pasado, así como los tiene en la actualidad, especialmente en el ámbito de la ciencia ficción, como lo atestigua una serie de publicaciones muy recientes. Durante el siglo XX, la ciencia ficción chilena transitó caminos dispares, siendo cultivada por numerosos escritores -desde Pedro Sienna a Ariel Dorfman- que dejaron una obra heterogénea y dispersa. Sobresalen por su recurrencia los textos de política ficción y las obras utópicas referidas a civilizaciones perdidas como la Atlántida o la Ciudad de los Césares, tópicos visitados por escritores como Manuel Rojas, Luis Enrique Délano, Fernando Alegría -quien publicó la antología Leyenda de la ciudad perdida- y Manuel Astica Fuentes, cuya novela Thimor abre esta línea temática en 1932. Sin embargo, a partir de la década de 1950 y de la mano de la publicación de Los altísimos de Hugo Correa, la ciencia ficción chilena inició su época más fructífera, contando con exponentes permanentes del género encabezados por el mismo Correa, quien ha sido incluido en numerosas antologías extranjeras y traducido a diversos idiomas, y al que se suman autores como Elena Aldunate y Antoine Montagne (Antonio Montero).

Hoy, con la publicación de obras como Flores para un cyborg (1997, 2003, 2008 en España) de Diego Muñoz Valenzuela, que obtuvo el premio del Consejo Nacional del Libro en 1996, la antología Años luz de Marcelo Novoa en 2006, la publicación de las novelas Ygdrasil (2005) y Synco de Jorge Baradit , la literatura de ciencia ficción parece estar tomando un nuevo impulso, que quizás abra finalmente la puerta de una historia desconocida y fascinante. A los nombrados se suma una serie de autores entre los cuales mencionamos a Claudio Jaque, Oscar Barrientos Bradasic, Francisco Ortega, Sergio Amira, Luis Saavedra y Gabriel Mérida.

Por otra parte, acaba de publicarse en Chile El hipódromo de Alicante, una notable colección de cuentos de Héctor Pinochet Ciudad, fallecido hace una década, probablemente el principal exponente de la literatura fantástica propiamente tal.
En suma, tanto a través de las publicaciones crecientes del género, como de la presencia en páginas web especializadas o de letras en general, la literatura fantástica –liderada por la ciencia ficción- se muestra como una tendencia vigorosa que dejará huella.

El microcuento o minificción

Es posible rastrear antecedentes tempranos del microcuento en Chile en el poeta Vicente Huidobro, en el paso del nicaragüense Rubén Darío por Chile, y más tarde en narradores como Alfonso Alcalde, Poli Délano, Virginia Vidal, entre otros. Sin embargo, es mucho después cuando el microcuento tomó cierta fuerza y presencia en el contexto literario nacional, y ello aconteció durante la dictadura militar.

El profesor y escritor Juan Armando Epple ha estudiado, antologado y divulgado el género en el concierto hispanoamericano y ha desarrollado múltiples trabajos sobre la evolución de este nuevo género en Chile. Entre los principales cultores actuales del género encontramos a varios integrantes de la llamada Generación de los 80: Pía Barros, Diego Muñoz Valenzuela, Lilian Elphick, Carlos Iturra, Gabriela Aguilera, Max Valdés, Susana Sánchez. De otras generaciones anteriores están Andrés Gallardo y el propio Juan Armando Epple.

Esta presencia se ha manifestó en los 80 en lecturas públicas (con cierta connotación de rebeldía libertaria), publicaciones en revistas semiclandestinas e inclusión en algunos volúmenes de cuentos). Hacia fines de los 90 y más decididamente en la década siguiente, surgen los primeros volúmenes del género y también algunas editoriales interesadas en llevar adelante colecciones de microcuentos. Desde mediados de la presente década se han realizado diversos encuentros, concursos y simposios del género, incluyendo un Congreso Internacional de Minificción (2004, Valparaíso), los Encuentros SEA BREVE POR FAVOR I y II organizados por la corporación Letras de Chile en 2007 y 2008 (se proyecta el III para 2010), el concurso de microcuentos SANTIAGO EN CIEN PALABRAS que organizan la revista PLAGIO y el Metro de Santiago por décima vez.

La minificción va ganando adeptos con rápido paso: se comienza a estudiar en las universidades como fenómeno de interés; se invita a escritores a dialogar con académicos; se forman especialistas; las editoriales van incluyendo el nuevo género en sus catálogos; y –lo que más importa- el público juvenil siente una gran afinidad con él. Un potencial que se va materializando con gran velocidad, pero que también va creando nuevos espacios y nuevas posibilidades.

Z.L.: ¿Quiénes son los más destacados escritores de origen croata en Chile?

D.M.V.: Existe una curiosa y poderosa relación en el ámbito literario entre Chile y Croacia. Varios de los escritores más destacados en la actualidad –particularmente en el ámbito de la narrativa- son descendientes de croatas. Soy amigo personal de varios de ellos, una coincidencia curiosa de la que me enorgullezco. Hablo de mis compañeros de generación Ramón Díaz Eterovic, Juan Mihovilovich y Mario Banic, todos ellos nacidos como escritores durante la larga dictadura militar. A los nombres célebres de la actualidad hay que agregar varios otros, entre ellos destaca Antonio Skármeta, cuentista y novelista de la generación del Novísimos que hizo eclosión en los años 60.

Entre los escritores nacionales de origen croata hay una larga lista donde se consignan nombres como Arturo Givovich, Amalia Rendic, Nicolás Mihovilovic, Ernesto Livacic y más recientemente Eugenio Mimica Barassi y Oscar Barrientos Bradasic. Por cierto, la enumeración podría ser mucho más extensa.

Para referirnos a la actualidad, habría que detenerse, aunque sea brevemente a la obra de algunos autores en plena producción, pudiendo esta reseña extenderse a otros autores, me remito a cuatro de ellos:

Antonio Skármeta, cuentista, novelista y relevante creador audiovisual, perteneciente a la generación de los Novísimos, cuya producción literaria se inició a fines de los 60. Estuvo exiliado en el periodo dictatorial. Es autor de varias novelas, libros de relatos y guiones cinematográficos. Su obra aborda los acontecimientos políticos que rodearon la historia chilena a principios de los setenta tratados con humor y emotividad. Ardiente paciente (1985) es la obra en la que se inspiró para hacer el guión de la exitosa película El cartero y Pablo Neruda (1994). Esta obra se reeditó en 1996 bajo el nombre de El cartero de Neruda. Posteriormente publicó La boda del poeta (1999), primera obra de una trilogía, ahora película dirigida por Esteban Trueba. Tiene a su haber una larga lista de galardones, entre ellos, el premio Planeta de Novela.

Ramón Díaz Eterovic, popularmente conocido por su detective privado ficticio llamado Heredia. Novelista y cuentista perteneciente a la generación del 80, ha destacado por sus publicaciones en el ámbito de la novela negra. Heredia ha sido el protagonista de más de una decena de novelas que constituyen la saga Heredia (la cual devino en varios capítulos de una serie televisiva), comenzando en 1987 con La ciudad está triste, a las cuales se añaden una novela, varios libros de cuentos, diversas antologías y varios poemarios. Su obra ha sido reconocida con múltiples galardones literarios, entre ellos el Premio del Consejo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, el Premio Municipal de Santiago, Premio Las Dos Orillas del Salón Iberoamericano de Gijón (2000). Sus novelas han sido publicadas en Alemania, Croacia, Holanda, Italia, España, Portugal, Grecia y Francia.

Juan Mihovilovich Hernández, ejerció como abogado de Derechos Humanos durante la dictadura militar; actualmente se desempeña como juez en Curepto, un pequeño pueblo de la región del Maule. Ha publicado varias novelas y volúmenes de cuentos de gran aceptación. Su novela El contagio de la locura (2006) fue una de las novelas seleccionadas para el premio Herralde, en España, el año 2005. Destaca por su profundidad entre los narradores de la generación del 80, que inició a la escritura en la dictadura militar. Ha sido antologado en diversas publicaciones dentro y fuera de Chile.

Mario Banic Illanes, cuentista de la generación del 80 con varios volúmenes de cuentos publicados. Ha obtenido distinciones en diversos concursos, entre ellos el Premio de Cuento Nacional de Diario La Tercera, y el de la Revista Paula. Sus relatos han sido incluidos en diversas antologías publicadas en el país y en el extranjero.

Z.L.: ¿Cuáles son tus planes literarios?

D.M.V.: Siempre estoy escribiendo algo, pero hay varias obras terminadas, prácticamente listas para entrar en prensa; dos novelas y dos libros de cuentos, que son los siguientes:

LAS CRIATURAS DEL CYBORG, continuación de FLORES PARA UN CYBORG, novela de ciencia ficción con elementos de novela negra (neopolicial), donde TOM, el cyborg que se ha convertido en el símil de un ser humano: autónomo, creativo, sentimental, da nuevos pasos en su lucha contra los poderes siniestros que provienen de los enemigos de la democracia y los negocios ilegales. Aquí aparece la nanotecnología como un relevante elemento de anticipación.

DEMONIOS DE MAXWELL, es una nueva colección de cuentos (la sexta en mi caso), que incluye temáticas fantásticas, urbanas, humor, muy actuales, que incluyen ambientes que combinan negocio y mendicidad, venta de sexo, especuladores afortunados, visitas divinas, obsesiones escatológicas, borracheras enamoramientos y toda clase de sueños demenciales.

CONTRACUENTOS DE HADAS, un volumen que contiene cerca de doscientos microrrelatos (con extensión menor a una página, en el orden de las cien palabras cada uno) sobre temas fantásticos. El desafío de este volumen, más allá de la cantidad de microrrelatos, es la unidad temática que los sitúa dentro del género fantástico.

OJOS DE METAL, una tercera novela de la serie del Cyborg, donde la acción es llevada a Ultramar, introduciendo nuevos elementos de tecnologías ultravanzadas en la lucha contra los clanes de narcotraficantes, represores en retiro temporal y oscuros gánsteres ligados a toda clase de corrupción,

En etapa de escritura y preparación tengo otros volúmenes temáticos de microrrelatos, un nuevo volumen de cuentos, y una novela fantástica con otra temática diferente a la serie del cyborg.

01 marzo, 2010

Constitución: matrimonio de mar y río


Mi pueblo natal ha sido arrasado por un terrible terremoto y después por un maremoto spantoso. Apenas he podido ver unas pocas imágenesde esta tragedia. Acá va -como testimonio del enorme afecto por mi tierra y la pena que me embarga- lo que escribí para la serie NOSOTROS LOS CHILENOS publicada por LOM Ediciones.


Nueva Bilbao de Gardoqui

Cual si unas gigantescas manos hubieran descendido del cielo para moldear la confluencia de océano, cordillera, bosques, río, dunas y tierras fértiles, Constitución se plasma en un extraño capricho de la naturaleza, buen escenario para historias y esplendores pasados. El ancho Maule, primer río navegable de norte a sur del país, forma parte indisoluble de la historia de Constitución, ciudad construida junto a su desembocadura, fundada en 1794 por Ambrosio O´Higgins bajo la denominación de Nueva Bilbao de Gardoqui. Se requería con urgencia un lugar donde embarcar trigo, porotos, lentejas, los famosos vinos maulinos y otras riquezas agrícolas producidas en las haciendas de la zona. Así esta pequeña ciudad se convirtió en puerto. Con el tiempo adquirió incluso el ampuloso título de Puerto Mayor, no por la profusión y magnitud de sus instalaciones, sino que en virtud del considerable comercio que floreció por espacio de muchas décadas. Este fue el caldo de cultivo para una estirpe de soñadores regionalistas, vehementes, cazurros, grandes exponentes de la sabiduría huasa, astutos y maliciosos como el culpeo, nominados con el orgulloso gentilicio de “mauchos”.
Una y otra vez, los mauchos han hecho caso omiso de amenazas y catástrofes de diverso signo, confabuladas para aniquilar la existencia de la ciudad. Le han doblado la mano al destino con esfuerzo y pertinacia extremas, ¿chauvinismo acendrado?, ¿locura? Inundaciones, tsunamis, terremotos, embancamientos y crisis económicas no impidieron que Constitución siga allí para testimoniar la enorme potencialidad del ser humano y sus obsesiones.
En las orillas del río, producto de la necesidad, del ingenio y del comercio floreciente, nacieron los astilleros, madres de las lanchas y los famosos “faluchos”, embarcaciones fabricadas con roble pellín de la zona, otrora dominante en el paisaje. El roble pellín, desplazado ahora por los pinos y eucaliptos que alimentan el apetito inagotable de la planta de celulosa instalada a fines de los sesenta. Dada la carencia de caminos, las lanchas maulinas constituían la mejor vía para comunicar la vecina e importante ciudad de Talca, las haciendas de la zona y el puerto de Constitución.
En el siglo XIX, Constitución era el mayor puerto entre Talcahuano y Valparaíso; de allí su estratégica importancia para la agricultura, y luego para la naciente minería. Los faluchos recorrían no sólo los puertos de Chile, sino que toda la orilla americana del Océano Pacífico, llegando incluso hasta la Bahía de California, al mítico San Francisco, donde desembarcaron miles de febriles chilenos tras la quimera del oro. A mediados del siglo XX, en el Mercado de Constitución era posible adquirir pinturas ingenuas que reproducían la geografía intrincada del puerto californiano, su vida bulliciosa, llena de luces; eran dibujos nacidos de las manos de navegantes mauchos que recorrieron la costa del Pacífico de cabo a rabo. Florecieron los astilleros, arrastrados por el comercio creciente y la consecuente demanda de nuevas naves. Se cree que los artesanos autóctonos adaptaron un modelo de embarcación normanda, adecuándolo a los materiales disponibles y a las características del río, sin preocuparse de finezas. Los faluchos son naves gruesas, rústicas y resistentes, dotadas de mástiles gruesos y bajos, exentas de comodidades para sus tripulantes.

Bordeando el litoral

El litoral ubicado al sur del estuario es abundante en formaciones rocosas de extrañas y atractivas geometrías, entre las cuales destaca la Piedra de la Iglesia, enorme monumento natural, mudo testigo de las aventuras de comerciantes, marinos, filibusteros y pescadores temerarios. Azotados por la fuerza inclemente del océano, que jamás toma descanso en esa latitud, así como por vientos inmisericordes que trasminan los huesos, los roqueríos han adoptado curiosas formas con el paso de los milenios. La naturaleza se erige allí en escultor caprichoso, venal, propenso a la creación de arcos, grutas y cavernas de dimensiones colosales y propósitos inextricables. Asimismo, la constante furia marina muele silenciosamente las moles pétreas sumergidas, convirtiéndolas en finísima arena negra, propia de las playas de Constitución. No es raro presenciar el escape de ingenuos bañistas, envueltos en sus toallas para atenuar el azote de las feroces ventoleras que levantan tormentas de arena negra para azotar la piel de los desprevenidos.
La Piedra de la Iglesia, símbolo indiscutible de Constitución, exhibe en su alta cima una pequeña cruz, instalada allí por un imprudente que debió rivalizar en destrezas con las aves marinas que pululan sobre su irregular superficie, profusa en guano blanco. Una gruta ojival al medio de su base le otorga la apariencia de templo. La cara sur de la Piedra ofrece la posibilidad de equilibrarse a través de senderos excavados en la roca y precarios puentes que se van empinando cada vez más alto, hasta ir a perderse en la abertura en penumbras. La travesía de la escarpada roca siempre se me antojó infranqueable. Cada vez que intenté internarme en la gruta fracasé, contenido por el vértigo o el siniestro retumbar de las olas, que va incrementándose a medida que el escalador se aproxima a la entrada mediante acrobacias. Quienes ingresaron alguna vez a su nave, aseveran haber oído voces de mando de corsarios perdidos en el confín del tiempo, y carcajadas de brujas maléficas, ansiosas de engullir almas con un soplido.
Por doquiera sobrevuelan miríadas de gaviotas, prestas a abalanzarse sobre sus presas ocultas bajo el oleaje. Entre la muchedumbre de aves marinas propensas a la algarabía, resalta la silueta de los alcatraces, tranquilas aeronaves que se dejan arrastrar por las corrientes de aire con destreza de pilotos expertos, guardianes severos de las alturas, gendarmes del océano, inmunes a su cólera. Los tímidos gaviotines de caminar rápido y ridículo, payasos de la costa, van dejando sus huellas sobre la arena húmeda para que el agua borre su rastro de inmediato. Un observador paciente descubrirá una familia de toninas retozando, regalando sus saltos de artistas circenses, o a una banda de ahítos lobos de mar, entregados al ocio y la vagancia. El aire es límpido, rebelde, impregnado de materias marinas: aroma de océano, sal, cochayuyo, yodo y briznas de espuma. Las olas depositan caracoles azulados, conchuela, piedras negras pulimentadas, fragmentos de cuarzo, trozos de medusas, y de cuando en vez, una tentadora macha, fresca y apetitosa.

Ermitaños, cavernas y tesoros

Deambulando hacia el sur por el litoral, camino al puerto de Maguillines, última tentativa frustrada de resucitar la actividad portuaria de Constitución en la década de los 70, después de cruzar el Arco de los Enamorados y disfrutar el caprichoso paisaje de roqueríos, de atravesar corriendo un túnel que comunica dos playas aisladas por una mole granítica, el aventurero perseverante arribará al entorno de la Cueva del Ermitaño. Es una gruta disimulada, casi inaccesible, ubicada a más de veinte metros por sobre el nivel del mar. Habrá sido excavada por el océano millones de años atrás, en una época remota. Ascender hasta su entrada imponente constituye hazaña no despreciable, por lo escarpado y resbaloso del sendero que conduce a ella. Muchos exploradores renuncian a la tarea después de una caída. Aquel persistente investigador que alcance la meta, sentirá latir su corazón por la emoción de hallarse en el refugio secreto de un ermitaño –genio trastornado para algunos, simple deschavetado para otros- que custodió los tesoros que un corsario famoso ocultó en un foso insondable.
Hasta allí llegué, muchos años atrás, trémulo, sudoroso, rasmillado y provisto de una exigua linterna. Me interné por los senderos de la gruta, sorteando las estalactitas, hasta penetrar en un túnel estrecho y horriblemente oscuro; tan negro que parecía devorar al instante el haz de luz de mi pequeña linterna. Arrastrándome la mayor parte del camino, deslizándome sobre rocas puntiagudas, alcancé el inicio de una bóveda mayor, cuya oscuridad era infinita. Había un gran silencio. Experimenté un horror sin límite. La mano descarnada del ermitaño se posaría en mi hombro en cualquier instante. Dejé de respirar. De pronto escuché el fragor del océano que había quedado allá afuera, lejos. ¿Cómo podía escuchar de nuevo el oleaje? Comprendí que el sonido llegaba a través de grietas excavadas en la roca: existía un abismo invisible justo al frente de mis ojos, una sima que no podía ver. Lancé un guijarro hacia la oscuridad. Por varios segundos no se oyó nada más que el mar. Al fin, tras una espera eterna, llegó el eco de la piedra entrando al agua. Tal vez allí, justo ante mis narices, descansaban los cofres repletos de doblones, custodiados por los esqueletos de los piratas. El terror me dominó y escapé hacia la salida. Así culminó la búsqueda del tesoro.

Añoranzas y sueños

A fines del siglo XIX comenzó la decadencia del puerto. Fue despojado de su categoría de puerto mayor. La desembocadura del río se había ido embancando con arena y atravesar la barra se convirtió en una tarea pródiga en peligros para cualquier embarcación. Si bien el Maule se dejaba navegar (y todavía lo permite), la salida al mar se hizo progresivamente compleja, asunto de peritos. Las últimas grandes compañías navieras suspendieron sus servicios hacia Constitución en 1910. Constitución se aislaba y los productos del esplendor agrícola iban quedando atrapados, sin salida, asfixiando lentamente la vida económica de la región. La desesperación cundía y las propuestas de solución se sucedían, vertiginosas y alocadas. La añoranza del esplendor pasado incubó sueños demenciales y así fue que muchos mauchos prominentes se entregaron a la causa de habilitar un nuevo puerto. Finalmente, avanzada la década de 1920, se emprendió un macroproyecto de puerto marino, muy próximo al estuario. Comenzaron las faenas y también se inició el progresivo embancamiento que alejó el mar de la orilla y dejó a los gigantescos molos varados en la costa, convertidos en ballenas muertas. Los trabajos fueron abandonados y el sueño de transformar a Constitución en una activa urbe cosmopolita se extinguió. Los bancos de arena impedían el paso de los barcos nacidos de los astilleros. Así se extinguió la industria de los faluchos maulinos.
El vacío generado por el fracaso del puerto se llenó en parte con la esperanza de desarrollar el turismo. Desde comienzos del siglo XIX los talquinos habían sido seducidos por la extraordinaria belleza del paisaje, y escogieron a Constitución como su sitio de veraneo. Los fines de semana, el tren de trocha angosta llegaba cargado de veraneantes talquinos, un trayecto cautivante que culminaba con el cruce en altura por sobre el río Maule. En la actualidad, éste es el único ramal de ferrocarriles que se mantiene en actividad, llevando y trayendo veraneantes y campesinos a través de estaciones rurales. Es un verdadero viaje en el tiempo. El traqueteo del tren es complementado por el voceo de los vendedores ambulantes de tortillas con chicharrones, pan de huevo y uva rosada, y las risas y conversaciones de los pasajeros que engullen huevos duros, pollos cocidos y toda clase de manjares que portan en canastos de mimbre, arrebozados entre blancos trozos de sacos de harina.
Pocos recodos de nuestro país evidencian una confabulación geográfica tan flagrante como Constitución. La extravagancia del paisaje se infiltró hacia la mente de los mauchos, contaminándola con delirios de grandeza. Quizás la naturaleza se ensañó con estos sueños, saboteándolos a conciencia. Tal vez la planta de celulosa instalada a fines de los sesenta trajo la prosperidad anhelada, pero bajo la superficie de la modernidad descansan los auténticos atractivos: las casas de adobe con múltiples patios, los techos de tejas, las veredas encumbradas, la caprichosa combinación de escenarios, el litoral agreste y prehistórico, el ritmo cansino de la actividad agrícola, las carretas de bueyes y las trillas a yegua, el misterioso abrazo de mar y río que sigue alentando los sueños de los mauchos. Sueños de campos pletóricos de riquezas que se distribuyen por el mundo en faluchos que atraviesan la barra cargados de vinos excepcionales, cereales dorados y legumbres exquisitas para desterrar definitivamente la sed y el hambre de la humanidad.
 
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