10 julio, 2011

Gatos feos

Ella tenía uno de aquellos gatos sin pelo, esos que llaman “esfinge”. Me invitó a su departamento y me presentó aquel ser de pesadilla: esquelético, plagado de arrugas y pliegues, de mirada severa y afilados colmillos que dejaba asomar de vez en cuando. Se llamaba Maximiliano.

Estaba cariñosa debido a la ingesta de champaña y se me apegaba demasiado, en contra de los deseos de Maximiliano. En el paroxismo de la furia me enseñó sus colmillos, lanzó una serie de bufidos y se aprestó a saltar sobre mí. O eso me pareció.

Escapé de allí y no volví a verla nunca. Ella no entendió nada. Me acordé de varias novias que abandoné al conocer sus padres. Pero eso había sido hace mucho tiempo. Ahora son las mascotas las que me ahuyentan.

Bueno, los tiempos han cambiado. No sospecho qué significa todo esto. De manera profunda, quiero decir. No sé qué conclusión sacar. Me ocurre a menudo.



2 comentarios:

Solange Molina dijo...

En cualquier caso...creo que las mascotas tienen mucho de sus dueños...
un abrazo Diego

Solange Molina

itrux dijo...

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