28 mayo, 2011

La mujer ilustrada


Vestía un taparrabo mínimo. El cabello lo tenía rapado. Estaba tatuada completamente, de pies a cabeza. No había un solo milímetro cuadrado de su piel que no contuviera una imagen o un signo. Recordé la imagen del Hombre Ilustrado de Bradbury. Recordé también lo absurda que me había parecido esa imagen. Pero ahora estaba allí, al frente mío. Cuando se acercó advertí que usaba decenas de piercings, en la nariz, los párpados, las orejas. Sacó su lengua bífida: estaba demediada y ostentaba varios pendientes metálicos. Me pregunté cómo habría logrado aquello. Ella se echó a reír y se acercó a mi oído. “Los tengo por todo el cuerpo, acaso estás pensando en eso”. Después se sentó a distancia prudente. Me vigila con tenacidad. Antes dijo “ahora escribe, haragán”. Ahí está observándome. Sólo me atrevo a mirarla de reojo.

21 mayo, 2011

El huevo del Apocalipsis


El ínfimo pájaro estaba sentado sobre el huevo gigantesco que apenas se equilibraba sobre el nido. Su pretensión era evidentemente desmesurada, puesto que el óvalo tendría cien veces su tamaño. No obstante, el plumífero permanecía allí, empecinado. Tal vez empollaba al anticristo de los pájaros: una criatura letal que arrasaría con sus congéneres. O quizás con el mundo completo. Me fui de allí horrorizado. No quería asistir al momento de la eclosión.

14 mayo, 2011

Para gloria del innombrable


Aquel innombrable que tiene el poder de asignar la calidad de las personas, dictaminó que Benazul era el ser más siniestro del globo. Esto fue transmitido en todas las naciones y todas las lenguas, porque el innombrable es el dueño de todos los medios, así como es amo de todo lo que existe en el mundo. Benazul fue acusado de las mayores perfidias de la historia: criminal sin nombre, complotado, genocida, sicópata torturador, ladrón, depravado. Una interminable lista de atrocidades.

Benazul fue eliminado del mapa. Lo despedazaron lentamente antes de darle muerte. Transmitieron sus gritos desgarradores, las súplicas desesperadas y las grotescas confesiones. Aniquilaron a sus mujeres, sus hijos, sus amistades, sus colaboradores. Y así el mundo fue purificado, para gloria del innombrable que nos protege con mano firme de la iniquidad, impartiendo la justicia por doquiera.

07 mayo, 2011

La máquina del tiempo 1


Presuroso, al ver acercarse la góndola, ajustó su sombrero alón y apretó el cinturón del sobretodo antes de subir por la escalerilla. Llovía a cántaros y requería con urgencia para remediar los vértigos de la abuela licor anodino de Hoffman. Esa receta solo podía despacharla la botica del farmacéutico Hufeland, ubicada en pleno centro. Tomó asiento y miró sus embarradas galochas y se entretuvo mirando el lluvioso paisaje: biógrafos, mercerías, tranvías, abastos desfilaron ante sus ojos. Lamentablemente, la anciana estaba cucufata y a causa de inexplicables desvelos, solía abandonar la cama por las noches. Uno de aquellos vértigos la había cogido y estuvo a punto de descuajeringarse. ¡Pucha máquina la señora bien dunda! Ahora precisaba aquel escaso y caro elixir. Tendría que despojar sus menguadas faltriqueras para prevenir otro soponcio de la vieja y la trifulca consecuente. Su madre le había ordenado sin derecho a réplica: “no vuelvas sin la droga, estafermo, pinganilla, pelafustán roñoso”.
Bajó de la góndola, pero antes de ingresar a los dominios del boticario, una hetaira lo arrastró a las profundidades de un burdel. Allí el sicalíptico mequetrefe se entregó con ardor a las bataclanas, iniciando una sandunga interminable. Recién al otro día logró el badulaque escapar de aquel cuchitril, sufriendo de antemano la debacle que su madre iba a desatar. Aquellas felonías la sacaban de quicio. Estrilaría hasta que le diera puntada, meditó el tarambana. No le quedaba otra que convertirse en lambeculos y soportar la lluvia de pescozones que su progenitora desataría sobre él. ¡Ojalá le diera un patatús por la rabia y desmayara antes de atormentarlo demasiado! Las pelanduscas se habían apoderado de todo su dinero, así que más encima era un atorrante. Merecía que lo desconchabaran por babieca, concluyó, y se regresó a casa, a pie, despotricando, pateando quiltros por quítame estas pajas, pensando en la zurra que lo aguardaba.

01 mayo, 2011

El relato y los políticos


En algún momento se desató la moda que interesó a los políticos en el “relato” y centenares de ellos se inscribieron en talleres literarios. Esto significó pingües ganancias para los autores, que por un momento alcanzaron inéditos estándares de masividad en sus matrículas. Cabe destacar que los saldos de sus cuentas corrientes pasaron de rojo a azul, al menos por un breve periodo.
Sin embargo, la moda poco duró, debido al surgimiento de una serie de características que defraudaron hondamente las expectativas de los profesionales de la política y los obligaron a escapar a toda velocidad del territorio literario:
• La necesidad intrínseca de un propósito para el relato, que lo sostenga en sí mismo. Para el político el objetivo del relato es externo al ente en sí: su propósito es darle atractivo y credibilidad a su accionar.
• La estructura consistente, donde no es tolerable la existencia de elementos prescindibles, meramente decorativos y efectistas.
• Si bien la distinción entre veracidad y verosimilitud los alentó en un primer momento, pronto advirtieron que era inaceptable cambiar constantemente la interpretación de los hechos.
• El imperativo de trabajar el relato en forma recursiva, refinando versiones, corrigiendo, eliminando aspectos fútiles y escogiendo los vocablos más precisos.
• La exigencia de manejar narradores distintos a la primera persona, o bien personajes relevantes distintos al YO.
• La exclusión de la retórica y la promesa en el aire como herramienta literaria válida.
• La regla inmanente de la originalidad, esto es, no replicar indefinidamente los truquillos que han funcionado antes.
De este modo, la única huella que dejó esta moda pasajera, fue el pago de algunas cuentas pendientes de los escritores. En los políticos se afincó la vieja idea de que los escritores son seres imprácticos y peligrosos, potencialmente claro está, nada más que eso, potencialmente.
 
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