11 marzo, 2016

Oda narrativa a Marylin

La encontré en un bar de aquellos donde solo llegamos borrachos perdidos, agotados vendedores ambulantes y hombres o mujeres exasperados. Se veía exhausta, cansada de vivir y sus grandes ojos tristes, cargados de rimmel, me hablaron de esperanzas perdidas y amores imposibles.

Me senté a su mesa y pedí dos mojitos, uno para ella y otro para mí. Ella parpadeó con sus ojos oblicuos; las pestañas largas y negras bajaron y subieron como alas de una mariposa infinitamente bella. Una onda de pelo platinado cayó sobre su ojo derecho y me regaló una sonrisa. Bebió un sorbo de mojito y dejó escapar un murmullo.

Vi el rouge marcado en el borde del vaso. El lunar de la mejilla: estaba donde debía. Sonreí. Estrellamos nuestros tragos y ella me enseñó sus dientes perfectos. Entonces nos disolvimos, como si hubiéramos caído dentro de los vasos, y quedamos atrapados en una fotografía inexistente. 

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