21 agosto, 2012

Adagio para un reencuentro


NOTA: este cuento lo escribí para mi padre Diego Muñoz Espinoza (1903-1990) a mediados de los 90. Ha sido publicado en el volumen DÉJALO SER (Fondo de Cultura económica, 2003) y considerado en varias antologías. Ahora lo publico en homenaje a Franklin Quevedo Rojas, escritor y amigo entrañable.


Bajaba, después de una larga caminata en la zona de los muelles, por Grant Avenue de regreso hacia Market Street, cuando encontré la librería esplendorosa en sus cinco pisos de revistas, casetes, discos compactos y libros, atrayéndome con su magnetismo irresistible de sirena. Así que entré a esa nueva aventura que coronaba una estadía de cuatro maravillosos días libres en San Francisco. La mañana siguiente partía el trabajo duro y ya no dispondría de tiempo para vagar por las calles del puerto como había estado haciendo a pleno gozo. Era como cumplir un viejo sueño, pero no sólo un sueño mío, sino que también el de mi padre. Siempre hablábamos de su futuro viaje a San Francisco, sobre todo cuando él me enseñaba la geografía de Valparaíso, caminábamos horas por los cerros, subiendo a los viejos ascensores, deambulando entre bares que pertenecían a una época moribunda. Nunca pudo ir, ni siquiera en la época que ejerció como tripulante de alta mar, rodando por las costas sudamericanas para mantener razonable distancia con la dictadura que lo había marcado con el destierro.
       La librería era impresionante. El primer piso estaba dedicado a las novedades literarias, léase best sellers, y no ofrecía gran interés para mí. El segundo piso era un templo de la técnica y la ciencia, repleto de anaqueles de libros ordenados por las materias más estrambóticas. Más arriba estaba la literatura clasificada por país y ordenada alfabéticamente por autor. En todas partes había sillas y mesas donde uno podía sentarse a leer sin que ningún vendedor se acercara cada dos minutos, con expresión de sospecha, a ofrecer su ayuda. Seguí subiendo. Un letrero indicaba que el último piso correspondía a los videos y los libros para niños, así que me encaminé a la sección de música clásica en discos compactos, dispuesto a poner a prueba la riqueza de variedad que anunciaban los carteles. Pronto me di cuenta que estaba todo, todo cuanto podía recordar era posible hallarlo allí, convenientemente rotulado y en el lugar preciso, sin lugar a errores. A perfect worldDe repente recordé a Barber; aunque fuera norteamericano, me parecía difícil. Caminé hacia la letra B. Ahí estaban esperándome cinco compactos de Barber. Me sentí derrotado, aunque feliz. Había unos fonos y un sistema de selección digital de los compact; en la lista figuraba uno de los discos de Barber. Me puse los audífonos y lo escogí. Presioné el play y me dispuse a escuchar.
       La música vino dulcemente a mí. Era el Adagio. El mundo exterior pareció disolverse a mi alrededor. Cerré los ojos y me dejé arrastrar por la melodía, por ese lánguido torrente que iba in crescendo, insertando en mis poros el almíbar de una emoción que me hacía sentir la presencia de la eternidad y la futilidad del tiempo. Pensé entonces que nunca mi padre y yo escuchamos este concierto juntos, ¡cómo le hubiera encantado! Él habría estado con su pipa, sentado en su bergère, echando humo cada cierto rato y mirándome con esos ojos que destilaban falsa severidad. Y yo en mi propio sillón, jugando a encontrarle la mirada cuando una frase musical ameritaba una celebración silenciosa. Pero no, yo me encontraba solo en el cuarto piso de una librería en San Francisco, muy lejos de sus cenizas y de la muerte que me lo arrebató hace seis años. El Adagio de Barber resonaba en mi interior abriendo cajas de Pandora que liberaban mi melancolía irremediable, mi sensación de escepticismo, mi convicción del aterrador fracaso que se oculta tras los éxitos mediatos que otros envidiarían.
       Cuando abrí los ojos estaba ahí, lo juro, no sé cómo ocurrió, pero estaba ahí, de pie, mirándome con sus ojos severos bajo las  cejas hirsutas que trataba de domeñar aplicándoles gomina. Era mi padre. Se veía bien, erguido, impecablemente vestido, atlético, como antes de su enfermedad. Me quité los audífonos y volví a cerrar los ojos para borrar la alucinación. Claro, San Francisco, este viaje repentino, impensado, maravilloso, que me traía tan intensamente el recuerdo de mi viejo, con sus cerros, sus tranvías, el fragor del cable-car, el viento del mar, las caminatas por Fisherman's Wharf, el sabor multirracial y liberal de sus calles multicolores. Abrí los ojos y todavía estaba ahí, sonriéndome con aire divertido y su severidad totalmente desvaída.
       - ¿Eres tú, papá?
       - Sí, soy yo - los ojos le brillaban de risa y visiblemente disfrutaba mi desconcierto, aunque también se revelaba en ellos una emoción muy honda compitiendo con su ironía. Yo pensaba que era un sueño, un maravilloso sueño del que no quería despertar, menos aún a fuerza de pellizcos.
       - Pero... no puede ser - logré articular con voz desfallecida - esto no puede estar pasando.
       - Claramente es imposible. Tu mente matemática sabe que esto no está pasando en realidad. Uno muere y se va... se disuelve y ya, no está más. ¿Te acuerdas cuando hablábamos de estas cosas? La vida es un milagro, de pronto surges de la nada, hay un instante para uno, luego vuelves a la nada.
       - Pero tú estás muerto, tú te fuiste - era increíble estar frente a él, su fantasma, su espejismo, lo que fuese me parecía tan real como una persona de carne y hueso. Traté de ver a través de él, para comprobar acaso fuera una proyección holográfica de rayos láser, pero se veía sólido, tangible, nada de translúcido. Luego moví un poco la cabeza hacia un lado y después hacia el otro, para verificar la tridimensionalidad de la figura; la perspectiva parecía perfecta. Entonces echó a reír.
       - Estás haciendo exactamente lo que yo habría hecho - reía con muchas ganas y los ojos se le llenaban de lágrimas e iban quedando brillantes, llenos de luz - examinarme como a un protozoo bajo el microscopio, hacerme pruebas de esto y aquello, a ver de qué clase de fenómeno físico se trata. ¡Tanto que me interesaba la física! Pero la física práctica, porque con las matemáticas, el álgebra, la geometría me entendía mal, excepto...
       - Excepto cuando entendiste el teorema de Pitágoras, me lo has contado cien veces  - era increíble, estábamos teniendo una de esas conversaciones que tanto extrañaba, mi padre estaba al frente como hace años y yo lo estaba reprochando por contarme una de esas historias que hubiera dado la mano derecha por escucharla siquiera una vez más.
       - Ya sé que sabes. Pero también sabes que una de las bases de la amistad es, en parte, hablar de las mismas cosas una y otra vez, hasta el cansancio. Ven acá, muchacho, abrázame, que quiero sentirte cerca.
       - ¿No vas a disolverte si te abrazo? - sentí como los ojos se me nublaban - Júrame que no vas a desaparecer si me acerco - fui aproximándome poco a poco, con gran lentitud, como si un movimiento brusco fuese a producir una brisa que arrastrara muy lejos la imagen que tenía ante mis ojos, en cámara lenta para que no se difuminara el hombre que me sonreía desde su mirada dura abriéndome los brazos, erigido en una imposibilidad absoluta, una contravención a las leyes naturales.
       - Acércate sin miedo, hombre.
       Tenía puesto un traje Príncipe de Gales, sobrio y elegante, de estilo inglés aristocrático. También llevaba sombrero y  mocasines brillantes, recién lustrados. Lo primero que toqué fue su hombro derecho; lo sentí firme, consistente. Entonces me dejé gobernar por la emoción: me aferré a él, sollozando como cuando era un niño que despertaba en medio de una pesadilla, atrapado en el remolino de la oscuridad y el miedo, perdido en un mundo incomprensible que me tendía sus ominosos tentáculos para erizarme la piel; lloraba también porque estaba oliendo su aroma mitad lavanda inglesa, mitad Half & Half y eso significaba que lo tenía a él entre mis brazos, que no era una alucinación pasajera que fuera a temblar levemente antes de esfumarse sin dejar rastros.
       No puede ser un experimento de realidad virtual, pensé, yo estoy acá y él está acá y estamos abrazados. No tengo ningún casco proyectándome imágenes directamente a la retina, no llevo guantes que me transmitan la sensación cierta de aferrarme a su torso, no hay odorizadores que me traigan su aroma, no hay parlantes que sinteticen su voz, esto no es una mentira.
       - No, no es una mentira, estoy aquí, contigo.
       - ¿Ah? - me sobresalté al escucharlo y me desprendí de él para mirarlo directo al rostro - ¿Cómo es que puedes escuchar mis pensamientos?
       - Piensas demasiado fuerte - me dijo con los ojos destellando ironía - o eres demasiado obvio, una de dos.
       - Bueno, lo mejor es que vayamos a tomar un trago juntos, para celebrar este encuentro. ¿Puedes tomar una cerveza?
       - No sé, creo que sí, siento incluso que puedo beber algo más fuerte. ¿Dónde vamos?
       - Caminemos a Fisherman's Wharf, eso va a encantarte.
       - ¿Qué diablos es eso? ¿Dónde estamos? Nunca oí hablar de ese bar...
       - No es un bar, papá, estamos en San Francisco de California - sus ojos crecieron desmesuradamente, pero sus labios formaron una sonrisa; era mayor la alegría que el asombro - . Sí, lo que oyes, San Francisco, en Estados Unidos.
       - No puedo creerlo ¡al fin estoy aquí! Toda la vida soñé con venir acá y ahora que estoy... Vamos, vamos, eso no importa. Lo que sí importa es que me cuentes por qué estás tú acá.
       - Bueno, soy consultor, tú sabes, bueno, en realidad no alcanzaste a saber. Me dediqué a la consultoría en grandes empresas, me fue bien, todavía no sé por qué, y ahora viajo con un cliente. Un study tour le llaman, un viaje para entrevistarse con especialistas en gestión. Tuve la suerte de tener estos días libres y... eso es todo.
       - Notable - me dijo con los ojos humedecidos por una repentina emoción que procuraba ocultar - siempre supe que eras un muchacho brillante, que con tu inteligencia ibas a llegar lejos.
       - Basta, viejo, no jodas, ni soy un muchacho, ni estás frente a la réplica de Einstein. Estoy al filo de los cuarenta. Y quizá haya hecho bien un par de trabajos para ganar un prestigio muy moderado. Eso es todo, así que no empieces con tu rutina de papá baboso por el hijito genio, como el pendejo de Cárcamo.
       - Tienes razón - reía de buenas ganas - estoy como ese borrachín que cree que engendró al Kropotkin chileno. Caminemos mejor, tú serás mi guía.
       Salimos de la librería hacia la noche de San Francisco. Estaba fresco y corría una brisa suave, deliciosa, como cada día del año. En las calles se agitaba una densa masa de californianos y turistas de todas las razas y colores: chinos, hindúes, chicanos, latinos, negros, coreanos, griegos, italianos, sajones. La ciudad del futuro, todas las lenguas, todas las costumbres coexistiendo. El viejo examinaba cada escena, sin perderse detalle, estaba alerta, dejando que le entraran imágenes, emociones, aromas, colores. De pronto escuchamos la campana del cable-car y él me miró intrigado. Le hice un gesto tranquilizador, indicándole que esperara un rato. La campana se acercaba y con ella el fragor del vehículo. Por fin dobló en la esquina, hacia nosotros, se detuvo y nos colgamos de sus barras laterales.
       - Esto es maravilloso - me dijo - ¡qué cosa más preciosa!
       Mostré mi pase al boletero y compré un ticket para él. Algunos transeúntes nos saludaban y nos gritaban frases incomprensibles en el camino, mientras el conductor movía con destreza enigmática las palancas del carro al tiempo que contestaba con agudos chascarros las intervenciones del público. Era un tipo de bigotes entorchados, tal vez un emigrante polaco pobre, que tenía ya dibujada per secula en su rostro la sonrisa burlona que debió ser la forma de combatir las vicisitudes que tuvo que vencer antes de arribar a la dorada California.
       - Next stop, China Town - anunció el conductor.
       - Bajémonos aquí, viejo, si tenemos suerte alcanzamos a ver las tiendas abiertas.
       Descendimos frente a la Puerta de China Town, profusamente ornamentada con dragones y bestias multicolores que anuncian la entrada a un mundo diferente, que sigue otras reglas y se rige por otros códigos.
       - Ahí, en esa plaza, si llegas muy temprano, encuentras a los chinos viejos practicando tai-chi. Es un espectáculo soberbio - mi padre me observaba con un dejo de incredulidad, sin convencerse todavía de que estaba en la ciudad de sus sueños. Comenzamos a subir por las estrechas calles del barrio chino. Aún había movimiento, unos pocos turistas en medio de una multitud de asiáticos hablando lenguas incomprensibles, algunos de ellos vestidos a la usanza de Oriente. Caminamos con lentitud entre aromas desconocidos, buscando hallazgos con todos los sentidos alertas. En una esquina encontramos una tienda donde vendían increíbles variedades de peces, mariscos, moluscos y crustáceos vivos. Ingresamos en un mundo de semipenumbras, con una atmósfera fuertemente cargada de olores marinos densos y penetrantes, en la cual se agitaban con inquietud  dentro de sus acuarios los seres submarinos más extraños que se puedan imaginar: babosas gigantes de casi medio metro de longitud, gruesas y lentas y ciegas, fuera del tiempo; cangrejos oscuros de formas caprichosas y largas tenazas amenazantes; peces monstruosos erizados de espinas surgidos de las profundidades abisales; manjares apetecidos en los comedores de Asia.
       - Ellos comen cualquier cosa que nade, camine, vuele o se arrastre. Basta con que se mueva un poco.
       Mi padre sonrió con mi broma,  y continuó explorando la tienda. Entonces un turista dirigió su lente hacia la vitrina donde retozaba una media docena de bogavantes, y antes de que pudiese presionar el obturador, varios chinos se interpusieron gesticulando y aullando objeciones en su idioma gutural, denotando una cólera que estaba a punto de transformarse en agresión. El extranjero bajó su lente y se alejó con rapidez entre la muchedumbre asiática que se congregó en dos o tres segundos. El ambiente se había cargado de violencia, y salimos de allí con fingida serenidad, abriéndonos paso entre los chinos que parecían vigilarnos como a amenazas latentes. El griterío era tan ensordecedor como ininteligible y resultó imposible intercambiar palabras antes de alejarnos cincuenta metros del lugar.
       - ¿Entendiste algo? - preguntó mi padre con aire divertido de niño que recién viene de cometer una maldad.
       - Nada, pero los chinos parecían dispuestos a cortarnos en pedazos y arrojarnos dentro de sus acuarios para alimentar a sus delicatessen.
       - No sé si tanto así. La culpa fue de ese imbécil de la máquina fotográfica - el viejo hablaba con seriedad de juez implacable - siempre he pensado que los tipos que andan por ahí sacando fotos a todo son unos tarados que no pueden recordar algo por sí mismos, como si necesitaran tener pruebas de que estuvieron ahí, en la Tour Eiffel, en la Gran Muralla, en la Estatua de la Libertad. Ese pelotudo tuvo la culpa. Quería una fotito para llevar a la casa.
       - Lo peor es que después hacen diapositivas - aclaré - y con ellas preparan sesiones para los amigos. Te invitan a tomar té un sábado en la noche, te convidan unas galletas desabridas, unas papas fritas y un par de vasos de cerveza, mientras te relatan sus aventuras tras el cocodrilo sagrado del Nilo o el yeti en los montes Himalayas.
       - ¿De verdad? - me examinó como si yo fuese una mantis religiosa bajo el microscopio electrónico - ¿tienes esa clase de amigos?
       - A veces no lo puedes evitar - respondí avergonzado - más si trabajas con ellos, hombro con hombro y día tras día.
       Entramos en otra tienda de comestibles. Allí había barricas a medio llenar con semillas enigmáticas, mariscos ahumados, especias, insectos disecados, sustancias imposibles de identificar. Se respiraba una suerte de mezcla de oxígeno y de sabores misteriosos.
        - ¿Qué guisos podrán preparar con estas porquerías los chinos? - interrogó mi padre, y la duda parecía muy válida.
        - Fricasé de zancudo, estofado de libélula, sopa de mosca tse - tse o cazuela de tarántula. Lo que te apetezca.
        - Mejor vámonos a un restorán más tradicional y dejemos las indagaciones antropológicas para otra ocasión.
       Caminamos todavía otro par de cuadras por China Town y volvimos a colgarnos del cable-car para llegar a Fisherman's Wharf. La bajada en el carro es alucinante, es precipitarse en las calles de San Francisco, hechas de casas maravillosas camino del océano. Con esas visiones los pasajeros gritan de euforia.
       Fisherman's hierve de gente que busca un lugar donde refugiarse a comer y beber. Es una fiesta que nunca termina, un carnaval eterno de personas felices. El viejo observaba y analizaba cada detalle para conservarlo en su memoria.
        - Quizás después escriba algo sobre esto - me dice - ¿pero cuándo después? ... este instante es el único que tengo. Más allá no hay nada.
       Quise abrazarlo, pero me contuve. De pronto lo vi como a todos nosotros: frágil, débil, precario, finito. De nada habría servido que lo estrechara, sólo se hubiera sentido peor. ¿Qué era al fin sino un sueño mío, una ilusión secreta largamente albergada, un resultado de mi imaginación moviéndose al borde de la locura? Tan breve y tan fugaz como el Adagio de Barber que creía escuchar mientras lo veía hundido en sus pensamientos más oscuros.
        - Entremos aquí - le tomé el brazo para dirigirlo al interior del Pompei's Grotto - éste es un restorán italiano que te va a encantar.
        - Bachichas, ¿eh? - la risa le iluminó el rostro - . Eso es, vamos a celebrar la vida, que es tan corta, para eso estamos aquí.
       Escogimos una mesa un poco aislada del resto, iluminada por una palmatoria de aceite. Nos atendió una muchacha californiana muy hermosa, de verdes ojos brillantes como soles de una galaxia lejana. Ordené Spaghetti Calamari sin leer el menú. También vino blanco de la región.
        - Te va a gustar, viejo, no te preocupes.
        - Confío en ti, estoy entregado en tus manos.
        - ¿Vas a poder comer y beber? Al fin y al cabo eres...
        - ¿Un fantasma? No. Ya vas a ver de qué soy capaz. Anda preparándote.
       Hablamos de lo humano y lo divino esa noche. San Francisco nos arrullaba con su magia libre trasminando los poros. Conversamos de tranvías de comienzos de siglo en Santiago, de los horrores de la Segunda Guerra, del cometa Halley y las profecías apocalípticas que desencadenó su paso, de huelgas obreras y esperanzas fallidas, de las influencias experimentales de Proust y Joyce, de la teoría de la relatividad y la de los quanta, de mi trabajo de consultor errabundo, de mis metas que no alcanzó a ver cumplirse, de los libros escritos robando tiempo al sueño, de mi escepticismo político, de mujeres perdidas en el pasado aunque jamás olvidadas, de ángeles y demonios, de viejos amigos, de tragos exóticos, de viajes, de pasiones, de anécdotas que nos hicieron llorar de risa, de tiempos que ya nunca regresarían. Pedimos otra botella y un clam chowder, esa exquisita sopa de mariscos de sabor tan intenso,  para acompañar. Luego una tercera botella de vino californiano y una tabla de quesos. La cuarta ya nos dio en el talón de Aquiles.
       - Déjame pagar a mí, hijo, yo quiero invitarte - me dijo con voz temblorosa por la emoción y la borrachera.
        - Vaya, viejo, tú no tienes dólares, ni tarjeta de crédito, ni cheques viajeros.
        - Sí, es cierto, pero cómo me gustaría invitarte.
       Salimos de allí abrazados como dos antiguos camaradas de juerga, felizmente encontrados en un rincón perdido del mundo.
        - La fraternidad de los borrachos es algo muy serio. - me miraba con sus grandes ojos muy solemnes, aunque una sonrisa leve lo traicionaba un poco más abajo - . Muy, muy serio.
       Abrazados, caminamos con torpeza, oscilando demasiado perceptiblemente. Un grupo de marineros nórdicos nos gritó chanzas en su lengua incomprensible; les respondimos con alegría y exclamaciones en español.
        - ¡Qué les pasa, malditos cabrones hijos de la gran puta! - les sonreíamos con gran fraternidad, como si les deseáramos felicidad eterna - ¡Váyanse a la mierda, mamones, pendejos de mierda!
       Y así por varios minutos. Quedamos exhaustos y divertidos, ahítos de risa y de proferir insultos. Proseguimos nuestro paseo tambaleante por la zona de los muelles. Estaba lleno de luces y las personas se veían contentas, exultantes, plenas de vida. Otros ebrios nos saludaban, reconociendo a los cofrades del alcoholismo.
        - Tomemos el zarpe, hijo, ya es muy tarde.
        - El del estribo, querrás decir.
        - En Centroamérica hablan del zarpe, es más bonito. Eso es lo que vamos a hacer ahora - tenía la mirada ligeramente extraviada y sonreía con cierta blandura extraña en él.
       Elegimos un bar donde tocaba una banda de jazz-fusión en medio de un entorno cargado de humo de cigarrillos y uno que otro pitillo de marihuana. Pedimos dos Tom Collins a un mozo joven ridículamente vestido de etiqueta.
        - Parece que vinimos al Club de la Unión - el viejo alzó el vaso para chocarlo con el mío.
       La música llenaba cada espacio del bar con su carga de enigmas, sonaba bien esa banda, y mi padre escuchaba medio ensoñado, dejándose llevar por las notas más dulces y tristes del saxo que brillaba en la media luz de la sala con un fulgor de viento y de océano.
       De pronto el viejo abrió los ojos y me quedó mirando.
        - ¿Cómo estás? ¿Qué sientes ahora?
        - Estoy bien, feliz aquí contigo. No necesito nada más - sentí la radiante ternura que me iba invadiendo - estoy aquí, contigo, es más de lo que podría haber pedido.
        - Yo también - respondió con un hilo de voz que no venía para nada con su aspecto de recio coronel en retiro - tampoco sé cómo pasó esto, hijo, pero supongo que la causa es...
        - No digas nada - le tomé la mano por encima de la mesa y él la asió casi con rudeza - . El Adagio de Barber, San Francisco, el amor, los recuerdos, probablemente una mezcla mágica de esos ingredientes.
       Se incorporó de la mesa con los ojos inundados de lágrimas. Yo también me puse de pie y nos dimos un abrazo intenso, desesperado, ciego, de esos que los hombres se dan muy pocas veces en la vida. Lo sentía sollozar en mi hombro, era muy triste y muy hermoso, más aún con ese indescifrable fondo de fuego y agua que es el jazz, el escurrir de un torrente que baja de las montañas siguiendo la huella del sol para derramarse en el océano.
        - Tengo que irme, hijo, tú entiendes...
        - No entiendo, ya te perdí una vez... y ahora de nuevo.
        - No, no es así, tú sabes. Esto es una anomalía. No puede durar mucho. Si no el mundo se trizaría, ¿entiendes? Se rompería en dos, explotaría, no sé. Debo irme y eso es todo.
        - Salgamos de aquí, viejo. ¿Te queda algún tiempo todavía?
        - Poco, pero algo queda.
       Pagué la cuenta y fuimos a sentarnos en el Muelle 39, frente a unos barcos de turismo descansando de su jornada. El mar rozaba con suavidad los contornos de la bahía y una repentina niebla comenzaba a descender sobre la costa. Estuvimos varios minutos, hasta que mi padre decidió romper el silencio.
        - Despidámonos, hijo - y me abrazó.
       Apoyado en su hombro podía ver que el Golden Gate desaparecía devorado por la niebla que avanzaba rápidamente hacia nosotros. De repente nos envolvió. No se podía ver a veinte centímetros. A veces se escuchaba el graznido de una gaviota solitaria volando a ciegas sobre la bahía. En mi interior surgió el Adagio, tierno, rebelde, trémulo, palpitante de emoción. Entonces comprendí lo que Barber había querido expresar: esa nostalgia arrebatadora, ese deseo de llorar a gritos insultando a Dios por su injusticia; esa sensación de pérdida irremediable que es al mismo tiempo la otra cara de la felicidad; esa turbia rebelión que se agita en lo más hondo de nosotros. Estreché a mi padre con fuerza, para sujetarlo a mi lado, pero sentí que iba perdiendo consistencia con inexorable lentitud. Lo solté para verlo de frente. Se desvanecía segundo tras segundo, como si la niebla se lo estuviera llevando consigo. Los ojos le brillaban de emoción y me atrajo de nuevo a sus brazos.
        - No quiero que me veas partir - dijo en un susurro.
       Al final, casi sin darme cuenta, estuve solo de nuevo. Saqué el pañuelo del bolsillo trasero del pantalón para secarme la cara. Avanzaba a tumbos entre la bruma, sin saber a dónde ir. Entre los vapores surgió de improviso una llamarada naranja. Un vagabundo se entibiaba las manos en una fogata hecha con los restos de un cajón frutero. Era un negro muy alto, de mirada perdida, vestido con jirones de uniforme de marine.
        - What's wrong, man?- exclamó con voz gutural, hablando en medio de la jungla asiática, esperando el ataque de un enemigo tan despiadado como invisible.
        - Nada, nada en absoluto - le respondí mientras me perdía en la bruma y en la noche. 

18 agosto, 2012

Imposturas


Drácula se ha disfrazado de Santa Claus para atraer a los niños en vísperas de Navidad. Se empleó en un centro comercial: allí pasa sentado en su trono rojo, donde no se perciben las salpicaduras escarlatas. Sienta a los pequeños y pequeñas en sus rodillas y los mece hasta adormecerlos. Entonces les introduce su lengua de serpiente por las orejas para libarles el fluido de la vida. No puede morderles la garganta, pues lo descubrirían. Pero así parece que estuviera susurrándoles al oído historias maravillosas. Se preocupa de no ensañarse, de modo que les extrae un cuarto de litro, a veces un poco más, cuando se trata de niños mofletudos, que le proporcionan un plasma dulzón, que sabe a cabritas y chocolate. Antes de que llegue la Pascua está obeso y diabético. Entra en coma la Nochebuena.

10 agosto, 2012

Travesuras óseas


El esqueleto que se aproxima es obeso, aunque parezca extraño. Sus osamentas son muy gruesas y apenas dejan espacios vacíos entre ellas. Por otra parte, la estructura es anchísima y genera la sensación de robustez extrema. Fémures y tibias firmes cual columnas, tórax de oso, húmeros imponentes, cráneo como de mamut. No quiero estrellar mi frágil estructura contra este Goliat y cruzo la calle a la carrera, mientras oigo la feroz crujidera de mis huesos. Esqueleto, pero no tonto. 

04 agosto, 2012

Falso faquir


Se atravesó tres asadores en los labios y otros tantos en cada oreja. Ante mi incredulidad, se perforó la nariz con unos palillos para tejer. Salía un poco de sangre por los extremos, pero nada como para preocuparse. Me reí a mandíbula batiente y grité a los vientos que se trataba de una superchería. Para contradecirme, enterró una daga en el pómulo derecho y sacó la punta por el izquierdo; eso fue más impresionante. Así logró sacarme de mis casillas. Tomé el cuchillo carnicero y le rebané la mitad del cuello de un solo golpe. La sangré saltó como surtidor y el faquir cayó muerto, presa de fuertes convulsiones terminales. “Como ven, era una farsa”, le expliqué al público. Ahí quedó el infeliz, todo agujereado. Me fui satisfecho por haber descubierto la impostura. 

29 julio, 2012

Una de zombies


Salieron de nuevo con la idiotez del Día del Zombie. Me tenían hasta la tusa. Los ametrallé sin piedad con mi AK-30. Cayeron, pero volvieron a levantarse caminando grotescamente. Volví a disparar, pero cada vez llegaban más de ellos. Caían muchos, pero llegaban más. Me atrincheré en esta armería, totalmente solo. Estoy rodeado por millones de esperpentos. Les vuelo la cabeza a cien y aparecen mil más. Estoy perdido. En algún momento se acabará la munición o me quedaré dormido. Dejo esta historia como testimonio, ojalá alguien que no sea un zombie pueda leerla. 

22 julio, 2012

A tu puerta



            Ella amaneció enojada, con un mohín de resentimiento grabado en las facciones duras. Me pareció detestable su actitud. Cuando pensaba en esto, se sintió un fuerte estremecimiento acompañado de un fragor intenso, y la tierra se abrió para tragarla. Quedé patidifuso.

Así me fui al trabajo, en estado de total consternación. No bien entré, mi jefe me convocó para reprenderme y amenazarme. Lo escuché presa de furia apenas contenida. Vino de nuevo el estruendo, se formó una grieta en el piso y acto seguido mi interlocutor despareció aullando por entre sus bordes.
Ahora golpeo a tu puerta sin previo aviso. Seguramente voy a interrumpirte, a importunarte. Tal vez estés de mal humor por alguna razón que desconozco. Te recomiendo que tengas cuidado. 

14 julio, 2012

Juego de niños 2


El azul oso de peluche escribe a toda velocidad en la máquina de escribir Underwood sin siquiera mirarme. Me pregunto acaso transcribe mis declaraciones o consigna una serie de idioteces sin sentido. Al término, da vuelta el negro rodillo y me extiende su brazo regordete con el documento. “Examínelo”, ordena con voz de trueno. “Siéntese allí”, decreta indicando un escritorio lejano y medio desvencijado. No me atrevo a contradecirlo. Camino hacia allá con mis larguísimas piernas de Barbie. Observo que el azuloso contempla el cimbrar de mi trasero mientras me aparto. Me parece auspicioso.

06 julio, 2012

Amores prohibidos


El ángel se enamoró endemoniadamente de la diabla. Tal era la energía de su pasión, que el pensamiento primordial que dominaba su mente era poseerla. La pobre diabla reclamaba ante tanto acoso, aun cuando era evidente que disfrutaba las embestidas de su alado e tenaz amor. Nadie le había proporcionado jamás semejante ardor en el mismo infierno, ni menos ese vigor extraordinario, tal vez causado por la abstinencia. El ser alado ni siquiera cuestionaba su proceder por satánico, o al menos demasiado carnal. Una ínfima señal, un cántico, un contoneo de la diablesa constituían mérito para desencadenar las tormentas del habitante de la bóveda celeste. Olvidados por completo de sus deberes, hicieron caso omiso de las amonestaciones de sus jefes. Así fueron felices en un territorio que no era propiamente ni el cielo ni el infierno.

30 junio, 2012

El habitante invisible



Llegaba poco después que la familia había partido: los padres al trabajo, los hijos al colegio. Traía una bolsa de compras y desayunaba, porque volvía con mucho apetito del turno de la noche. En un bolso portaba sus propias sábanas y preparaba la cama matrimonial –esa prefería- para acostarse a dormir. Raramente sonaba el teléfono: nunca atendía, pues estaba seguro que se trataba de vendedores. Ya no caía en esa clase de trampas. Despertaba a eso de las cuatro de la tarde y guisaba su almuerzo. Después se duchaba y borraba escrupulosamente todo rastro de su paso por la casa. Paseaba por allí, husmeando, tratando de adivinar las actividades que ocurrían durante su ausencia. Por fin cargaba su bolso y partía. Siempre tenía alguna idea para matar el tiempo hasta el momento del turno. Se preguntaba cuándo se encontraría con uno de ellos –era inevitable ese momento- y dónde encontraría un nuevo hogar.

23 junio, 2012

La tensa relación literatura-realidad


El primer molino aprovechó el viento a favor para incrementar su galope brioso y cargó contra el corcel esquelético y ridículo que trató de interponerse en su camino. El segundo golpeó con furia la armadura del derribado jinete y un tercero lo remató sin vuelta. El tipo obeso montado sobre las ancas de un burro huyó a perderse. Los molinos no le prestaron importancia. El capítulo del libro en que usted piensa se aleja de la verdad. 

17 junio, 2012

Visitas de la Parca



Llevaba dos semanas en cama y no me sentía nada de bien. Apenas me lograba levantar para tomar un vaso de leche una o dos veces al día y hacer mis necesidades. Estaba solo hacía mucho tiempo y nadie se preocupaba de mí. Sentía que me iba debilitando sin remedio. Entonces me visitó la Muerte en su habitual apariencia de esqueleto. Sin embargo llevaba puesto un traje de viejo pascuero. Eso me pareció una inconsistencia y la reprendí severamente. El cráneo mondo me sonrió con una amabilidad que me antojó forzada en aquellas circunstancias. Se sentó a  mi lado y me preguntó cómo estaba. Lo encontré intolerable. Después me ofreció una tisana. Acepté y desapareció unos minutos. Concluí que se trataría de un activísimo veneno, pero ya estaba cansado y me resigné a morir. Bebí la tisana son la esperanza de hallar el descanso eterno.
De pronto me sentí bien, muy bien. Perfectamente, pletórico de energías. Salté del lecho y caí sobre ella. Quería agradecerle. Hicimos el amor con furia. Creo que hice realidad un poema de Parra. Ahora vive aquí, conmigo. Somos todo lo felices que se puede esperar. Ella sale a realizar su trabajo y yo el mío. Me pregunto cuánto irá a durar esto.

08 junio, 2012

Partida de Ray Bradbury


Debo haber tenido doce años cuando leí mi primer libro de Ray Bradbury: Las doradas manzanas del sol, un volumen de cuentos inolvidable que me impresionó vivamente.  Todavía recuerdo algunas de sus historias, por ejemplo aquella en que unos astronautas pierden su nave espacial y salen eyectados al espacio, donde los espera la muerte, y adivinan que al penetrar la atmósfera del planeta que los atrae irremisiblemente, alguien los verá y los confundirá con estrellas fugaces. La visión poética y existencial de un hecho terrible.
Otra historia –La Pradera-  narra cómo unos chicos se fanatizan con un equipo de televisión tridimensional –anticipo de la realidad virtual- que los transporta a la sabana africana, donde se dedican a contemplar leones. Ante la preocupación de sus padres por esta afición enfermiza y creciente, el relato nos conduce a un destino sorprendente, donde realidad, horror y fantasía se entrecruzan.
Y no puedo dejar de mencionar aquella historia que me dejó una impronta imborrable: El ruido de un trueno, acaso el más genial relato de ciencia ficción que he leído hasta el momento presente. Un viaje muy atrás en el tiempo para que alguien con el dinero suficiente se conceda el gusto de cazar un Tiranosaurio Rex. ¿Una crítica al consumismo irracional? ¿Al ilimitado poder del dinero en nuestra sociedad? ¿Una aguda reflexión sobre la pretendida linealidad secuencial del tiempo? ¿O sobre la posibilidad de que existan infinitos mundos paralelos que expresan variadas opciones de pasados/futuros alternativos?  Habría que responder: TODAS LAS ANTERIORES. El final del relato sugiere la aterradora posibilidad de que el destino de la humanidad sea cambiado por un mínimo hecho –una mariposa aplastada por la bota del cazador- que la precipita hacia una dictadura fascista.
 Luego –inevitablemente seducido por la potente pluma del narrador- vinieron muchas otras lecturas. Por ejemplo la magia de El Hombre Ilustrado, una imagen que me persigue desde siempre. ¿Cómo desprenderse de la descripción de un hombre tatuado completamente con figuras que durante la noche adquieren vida para contar historias maravillosas, como digno émulo de las Mil y Una Noches?
Crónicas Marcianas, mixtura de novela y relatos, un libro que atesoro y vuelvo a comprar cada cierto tiempo, porque es prestado y no retorna (entiendo el afán por apoderarse de esa maravilla, aunque sea yo quien pague las consecuencias). A muy poco andar en la lectura me di cuenta que era un libro que hablaba sobre nuestra sociedad y no sobre el auge y caída de una civilización en el lejano planeta rojo. Este fue el libro que trajo el primer éxito de ventas y lo consagró como autor.
Fahrenheit 451 es una espléndida novela anti-utópica que debiera ponerse al lado de obras maestras como 1984 de Orwell y Un Mundo Feliz de Huxley. En ella describe un mundo donde los libros se encuentran prohibidos y los bomberos son los encargados de encontrarlos y destruirlos quemándolos. El papel arde a la temperatura de 451 grados Fahrenheit, de ahí el título de la novela. Una historia inquietante que cobra más sentido en un mundo donde la lectura literaria declina continuamente y muestra una inquietante tendencia a la deshumanización progresiva.
Más allá de su posición como maestro de la ciencia ficción –desde cuya comunidad de lectores fanatizados fue criticado por “impuro”- Bradbury es, para mí sin duda, un gran heredero de Edgar Allan Poe –un referente frecuente en sus historias- y en definitiva, un auténtico clásico, aunque pasará tiempo antes que esto se reconozca así. . No cultivó solo la ciencia ficción, sino que más bien el entorno mayor de la narrativa fantástica, así como también incursionó en el género negro, el gótico y otras áreas menos “vistosas” de su amplia producción, que integran una treintena de novelas y cerca de un millar de relatos.
No deja de llamar la atención su postura retrógrada, no solo en el ámbito político (contradicha, como suele ocurrir, por sus propias obras), sino que también en el terreno tecnológico. Detestaba a los computadores y no cambiaba para nada su máquina de escribir. Abominaba de toda clase de máquinas y propugnaba la liberación de ellas, amaba a los libros, las bibliotecas y desconfiaba de la televisión,  jamás aprendió a conducir un automóvil, execraba Internet.
Ray Bradbury demoró en ser aceptado por el canon literario, aunque nunca lo fue de manera unánime. Declaraba su expresa intención de entretener, lo que le valía la crítica acerba de sus intelectualizados detractores. También era criticado por los fanáticos de la ciencia ficción, que no perdonaban sus devaneos “literarios” por sobre los científicos, sus incursiones en otros géneros, su noviazgo permanente con la poesía.
Aún así, por la calidad y riqueza de su obra, Ray Bradbury ingresó a la eternidad de la literatura, una quimera a la cual prefiero adherir, ingenuamente quizás, pero con la convicción de que siempre habrá alguien que lea una de sus historias para convertirlo en inmortal.

01 junio, 2012

El espectáculo secreto


El rinoceronte se montó sobre el elefante que soltó un berrido estremecedor. El búfalo saltó a los hombros hercúleos del cornudo, cuidando no enterrarle sus cachos. Entonces el gorila se dejó caer sobre el bovino desde los árboles y se golpeó el pecho como tambor, satisfecho. A la espalda del gorila se afirmó la gacela, muy asustada, y dio un respingo cuando la liebre saltó sobre la suya. Una paloma vino a posarse sobre el roedor y sobre su plumaje blanco  aterrizó un escarabajo de colores. Así recorrieron la selva, cantando, muy contentos. Nunca hacen esta clase de cosas en presencia de los humanos. No lo cuentes, porque podrían llevarlos a un circo para hacer negocio.

26 mayo, 2012

Afanes explicativos


Sobre las palmas de las manos le crecieron orejas, en los antebrazos sendas narices ansiosas de olfatearlo todo, sobre el cuello un collar de ojos ferozmente vigilantes. Sus piernas fueron sustituidas por brazos adicionales, de cuyos codos emergían larguísimos dedos dirigidos por el cerebro que reemplazó su estómago. Cuando nadie pudo reconocerlo, perdida la facultad del habla, acabó en un museo, convertido en objeto de toda clase de peregrinas teorías. 

20 mayo, 2012

Transformaciones 3



Despierto convertido en un enorme escarabajo con la nítida sensación de haber vivido esta situación. Como puedo, con mis patas delanteras provistas de tenazas, me pongo la camisa blanca y una corbata de nudo hecho (no habría podido formarlo con mis nuevas extremidades). El pantalón me queda ridículo: las últimas dos patas son cortas y tengo que arremangar las piernas. Las patas del centro quedan ocultas debajo de la chaqueta.
Con mi trompa succiono una caja de leche. Sabe bien, me sorprende. Difícil tarea caminar erguido hacia el automóvil. Conducirlo es un auténtico desafío. Acomodo el asiento y el volante a mi condición de artrópodo. Salgo con lentitud y tomo la autopista. Algunas personas me miran  con curiosidad: Pensarán que se trata de una campaña publicitaria. Un tipo enfurece, baja el vidrio de la ventana para insultarme. Echa el auto encima y me impacta. Mis patas son ineficaces y pierdo el control. Choco contra la pared del túnel.
“Qué horror”. “Se estrelló a toda velocidad”. Escucho las palabras como si estuviera sumergido: lejanas, lentas y distorsionadas. “Está destrozado”. “Irreconocible”.  Me hundo en una confortable oscuridad. “Se reventó como un insecto”. Vienen la paz y el silencio.

13 mayo, 2012

Transformaciones 1


           Desperté convertido en un enorme escarabajo, pero no me importó porque había leído a Kafka. Deambulé, devoré restos de comida y busqué la oscuridad, no por ocultarme, sino debido a una fotofobia incipiente. Logré llamar a mi exesposa tras ingentes esfuerzos para marcar su número con mis patas sarmentosas. Cuando al fin oí su temida voz en el auricular, emití una mezcla de siseo y zumbido que la enfureció. Si hubiera podido hablar, también se habría encolerizado; me consolé. No tenía a nadie a quien llamar, excepto a mi jefe, que estaría maldiciendo mi casta esclava por los siglos de los siglos. Estaba solo, como siempre.

Después se me ocurrió utilizar el correo electrónico. No fue fácil, pero lo hice. Escribí a los gerentes de producción de los canales de televisión. Expliqué lo que me había ocurrido, indicando que podría hablar mediante el sistema del físico Hawking. Adjunté un video mío: francamente horripilante. Me quedé con la mejor oferta: cuatro millones por hora de transmisión para el primer trimestre. Después veríamos.
Ahora soy atracción principal: el talk show del escarabajo. Todos acuden a mi programa: políticos, empresarios, modelos, futbolistas. Los interrogo con mi voz sintética y una dosis de ponzoña consecuencia  de la metamorfosis.
Al canal me llevan y traen en limusina desde mi nueva mansión. Escriben mujeres ofreciendo acoplarse conmigo, sea lo que sea. También mi excónyuge, melosa, tierna, complaciente. Yo restriego con regocijo las patas contra mis afiladas mandíbulas. Me basta con eso.

06 mayo, 2012

Transformaciones 2



        Despierto convertido en un enorme escarabajo, pero no me importa porque he leído a Kafka. Mi gato tiene un patatús cuando lo llamo en el patio; me muestra los dientes con ferocidad y se engrifa de cabeza a cola. Salto sobre él y le secciono el cuello con mis mandíbulas de tenaza. Sorbo su caliente sangre con deleite, como si fuera un espresso.
Luego viene el turno de la fámula. Se paralogiza, no logra gritar, y caigo sobre ella para decapitarla sin resistencia. La ingesta resulta excesiva y me quedo dormido junto a los restos de su cuerpo pálido.
Despierto con el timbre. Es el medidor del consumo eléctrico. Presiono el botón del portón automático. Agradece. Me precipito sobre él por la espalda, le clavo uno de mis aguijones emponzoñados en la espina dorsal. Queda vivo y inmovilizado. Su mirada, horror y súplica simultáneos, me conmueve. Lo transporto a la despensa. Mañana necesitaré un bocadillo.
Oigo el automóvil de mi esposa entrando al antejardín. Corro por el pasillo y acecho entre los arbustos. El portón automático se cierra y la puerta del coche se abre. Baja un horrible alacrán negro, de aspecto sanguinario. Me descubre con sus ojos crueles y susurra un “hola cariño” que suena a sentencia de muerte. 

Este microrrelato forma parte de mi libro LAS NUEVAS HADAS, publicados a fines de 2011 por Simplemente Editores. Se encuentra en librerías como Feria Chilena del Libro, Antártica, Lea Más (Centro Cultural Gabriela Mistral) . También lo puedes encargar a mi correo electrónico dmunoz@surlatina.cl


05 mayo, 2012

TRANSFORMACIONES, un corto de K Pérez

TRANSFORMACIONES es un cortometraje animado realizado por Francisco K Pérez, artista audiovisual. Este corto ganó recientemente el premio especial Embajada de Indonesia en el IX Festival de Cine Terror de Valdivia.


Antes Francisco diseñó tres estupendas portadas para mi serie del cyborg. !FELICITACIONES FRANCISCO!


Este es el vínculo a su excelente trabajo, que se inspira en mi microcuento Transformaciones 2, del volumen LAS NUEVAS HADAS, publicado en 2011por Simplemente Editores.


http://www.youtube.com/watch?v=9sc52JoNlWo&feature=youtu.be

27 abril, 2012

Peligros domésticos


Dentro de la máquina lavadora de ropa se oculta un terrible monstruo que rige en la oscuridad sus amenazas. En el refrigerador anida una entidad gélida e implacable que se apresta a clavar sus tenazas en mi cuello. La aspiradora es un vampiro ávido, la picadora un destripador en potencia, la juguera y el calentador de aguar torturadores eximios. El televisor el encargado de adormilarme para que los demás me exterminen. El computador el cerebro que orquestó este plan; el que sarcásticamente escribe esta última historia. 

22 abril, 2012

Taller de Cuento de Diego Muñoz Valenzuela en LETRAS DE CHILE

Se realiza los días miércoles a las 19 horas, desde el 16 de mayo de 2012 y por un periodo de 16 sesiones. Es un taller para quienes se interesen en aproximarse al conocimiento del género y quieran iniciarse en la escritura de cuento. Muy cerca de la estación de Metro Salvador. Escribir al correo electrónico: dmunoz@surlatina.cl y enviar datos personales (nombre, teléfono, mail, edad, estudios, interés en el taller, etc.), indicando las razones específicas de su interés por participar. Orientación del Taller Este taller literario está orientado personas interesadas en incursionar en el género cuento. No es necesario que hayan escrito anteriormente. También pueden ser personas interesadas en desarrollar su apreciación narrativa y aprender técnicas básicas. El aprendizaje de la escritura es un trabajo a largo plazo que requiere disciplina, paciencia y una reflexión permanente sobre los diversos aspectos que involucra el proceso creador. Los objetivos básicos de este taller de cuentos son: • Conocer las principales características del cuento contemporáneo a través de lecturas escogidas • Conocer los conceptos básicos ligados a la escritura del cuento, y las principales tendencias vigentes • Aplicar los conceptos anteriores en el análisis de cuentos en el taller (los participantes pueden traer sus propios textos con este fin). Las actividades en cada sesión apuntan a ir entregando elementos técnicos de la escritura de narrativa, vinculados por ejemplo a: tipos de narrador, acción, manejo de diálogos, subgéneros (cuento fantástico, realista, policial, cuento breve, microcuento, etc.), tendencias actuales, Funcionamiento del Taller Horario: Míercoles de 19:00 a 21:00 horas Periodicidad: Semanal Costo: 40.000 $ al mes, pagados por adelantado Ubicación: Local cerca de la estación de Metro Salvador Matrícula: Sin costo Inicio: Se inicia el 16 de mayo de 2012. Inscripciones y consultas Escribir al correo electrónico: dmunoz@surlatina.cl y enviar datos personales (nombre, teléfono, mail, edad, estudios, interés en el taller, etc.), indicado las razones específicas de su interés por participar. Director del Taller Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956) Ha publicado cinco volúmenes de microrrelatos: Ángeles y verdugos, De monstruos y bellezas, y Las nuevas hadas, dos de ellos ilustrados: Microcuentos (libro virtual, 2008) y Breviario Mínimo (2011), tres libros de cuentos: Nada ha terminado, Lugares secretos y Déjalo ser; y tres novelas: Todo el amor en sus ojos, Flores para un cyborg y Las criaturas del cyborg. Ha sido incluido en antologías y muestras literarias publicadas en Chile y el extranjero. Cuentos suyos han sido traducidos al croata, francés, italiano, inglés y mapudungun. Distinguido en diversos certámenes literarios, entre ellos el Premio Consejo Nacional del Libro en 1994 y 1996. Flores para un cyborg fue publicado en España (2008); Lugares secretos en Croacia en 2009. En 2011 el autor fue seleccionado como uno de los "25 tesoros literarios a la espera de ser descubiertos" por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Más detalles en: http://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/

Still life



a Freddy Jarvis y a mi padre
 que estarán conversando por ahí,
 en alguna parte. Eso creo

Sobre la mesa de madura rústica sumergida en el reinado de la media luz, cubierta en parte por un mantel rojo deshilachado, descansa el cántaro de greda en cuyo interior se adivina el agua fresca. Alrededor, casi cayendo de un pequeño plato, un limón, una naranja, una manzana rojísima, un gajo de uvas grandes y negras;  más allá una granada abierta, a medio consumir.
Lo que no se aprecia en el óleo es el cuerpo del pintor, derrumbado frente al atril, retorcido en una mueca de dolor, ni los pinceles desparramados, ni la paleta manchada goteando pintura sobre el piso. Tampoco la indiferencia, el olvido, la soledad, el amor, los sueños perdidos. Sin embargo, están allí.

14 abril, 2012

Taller literario


Al momento de saludarlo, el tipo me pareció un lobo hambriento, lleno de dientes destilando la saliva de su furia asesina. Decidí describirlo utilizando las técnicas de Jack London.

A medida que fui escuchando su discurso meloso, fui convenciéndome que más bien era un burdo pirata susceptible de asimilar a la historia de Stevenson, o quizás al mundo de Salgari.

Siniestro, mortecino y cruel se revelaba a cada palabra, y parecía emanado de una historia de Mary Shelley o Brahm Stoker.

Cuando finalmente me despedí de él con cierta distancia, me pareció más bien una cucaracha y decidí eliminarlo mediante procedimientos kafkianos.

31 marzo, 2012

Los peligros de la cotidianidad


Encontré mi auto destrozado. Alguien piadoso dijo que un mamut enloquecido lo había despatarrado. Nadie más se pronunció.

Cuando entré a la oficina del liquidador de seguros di un salto. El funcionario, correctamente vestido de cuello y corbata, tenía la cabeza de un jabalí: peluda, enorme, de larga trompa coronada por dos colmillos formidables. Me miraba con sus ojillos rojos detrás de unos lentes ridículos. Gruñó algo a manera de saludo y me extendió su pezuña con gesto displicente. Siguió emitiendo unos ruidos sordos y grotescos. Por último me informó que la compañía no pensaba cubrir los gastos del accidente y elucubró varios argumentos inaceptables. Lo contradije y aulló de furor enseñándome sus colmillos, profiriendo horribles amenazas.

Me fui de allí a la oficina estatal de reclamos. El perezoso a cargo despertó de su profundo sueño y sin contener un bostezo, me preguntó que deseaba. Mientras yo le narraba mis experiencias con el puerco de la empresa aseguradora, se subió al perchero y volvió a dormirse.

Partí a la policía. A la entrada me detuvo un robusto gorila que me preguntó con cara de pocos amigos adónde iba.

Emprendí rumbo al psiquiatra. La cebra con delantal que me franqueó la puerta relinchó que el doctor me atendería enseguida. No alcancé a sentarme, cuando me hizo pasar al despacho. Allí, tras un escritorio antiguo, me acechaba un inquieto mono araña que apenas se contenía para dar saltos. Le narré mis experiencias del día. De repente saltó sobre mi pecho, aferrándome con sus peludas manos, y me dijo: “Usted tiene problemas ideológicos, ¿me comprende?”.

Pagué y me fui a la casa. Aquí estoy. No me atrevo a salir de nuevo.

27 marzo, 2012

El mimo asesino


Se presenta en mi departamento al mejor estilo de Marcel Marceau, rostro empastado de blanco arcilloso, cejas muy altas, labios escarlata, párpados oscurecidos y esas rayas debajo y al lado de los ojos. Vestido con una suerte de malla elástica azabache, porta una negra Beretta con silenciador.
Hace una reverencia sin dejar de apuntarme con la Beretta. Me parece un exceso ridículo y se lo digo. Me mira con una mueca compasiva que reconozco como falsa. Derrama unas lágrimas que van arrastrando grumos de maquillaje. Entonces dispara y se escucha como si alguien abriera una botella de champaña. Cierro los ojos.
Cuando los abro me veo tirado en el piso, con un orificio en plena frente, muerto. Me río a gritos y escondo la Beretta dentro de mi malla. Repentinamente sé de quién debo vengarme, y salgo de allí, bailo por las calles, imito a los transeúntes, cosecho risas, aplausos y monedas. Y te busco sin descanso.

16 marzo, 2012

El torturador de muñecas

Con tremendo envión, le removió un brazo; lo contempló, satisfecho. Ella no se defendió, ni siquiera gimió. Lanzó una especie de risita gutural. Después, sin demostrar vacilación, con el pulgar le hundió uno de los redondos ojos azules repletos de aquella candidez que lo irritaba. Ella mantuvo su ahora único ojo clavado con esperanzas en el infinito y musitó algo así como gu-gu. A él esto lo enfureció, aulló embravecido y respondió extirpándole una pierna. Ella volvió a soltar una risita que ahora resonó un poco siniestra. Eso le costó que le arrancara de cuajo la rubia cabellera. Ahora ella sí que ella sollozó y llamó a su mamá. Pero nadie acudió. Entonces él la acostó a su lado y reunió las partes que le había arrancado. Entonó una canción de cuna. Bien pronto se quedó dormido.

03 marzo, 2012

Final no feliz


Sonrió. Al fin el mundo estaba en su mano: lo veía girar azul sobre su palma. Cerró sus dedos envolviéndolo y empezó a triturarlo con todas sus fuerzas.

26 febrero, 2012

Mundos posibles


Aquel hombre era afortunado, pero brutal. La suerte le regalaba todo lo que necesitaba y mucho más. Llegó a creer que merecía todo aquello sin entender que era un don temporal. Despreciaba a todos por igual; esa era la única equidad que practicaba. No tenía amigos ni amigas porque le parecía una manifestación de fragilidad.

Un día halló el Aleph en una escalera. Miró aquel punto extraordinario que contenía todo el universo y le propinó un feroz martillazo. Entonces todo se fue a negro. El mundo desapareció.

Pero esa fue la vez anterior. Vino el big bang y el universo se echó a rodar de nuevo.

Ten cuidado si encuentras el Aleph por ahí, porque es muy delicado. No vaya a ser que se le agote la batería.

20 febrero, 2012

Causalidad y causalidad electrónicas


Se cortó el pelo y se le borró el correo electrónico. Recordó la historia de Sansón, pero la desechó como explicación.
Se hirió el talón con un clavo oxidado, soltó el computador y se hizo añicos; perdió toda la información. Recordó la historia de Aquiles, y tras un rato de reflexiones la desechó como explicación.
Tropezó en la calle por ir hablando por teléfono y cayó sobre un madero aguzado que se le hundió en un ojo, y recordó la historia de Polifemo. La desechó con dudas.
Como pudo se incorporó, restañó la sangre del ojo vaciado con un pañuelo y caminó vacilante, pensando cómo conseguir un GPS. Cuando vio ante sí la enorme cruz, emprendió la retirada en desesperada carrera.

11 febrero, 2012

Lobo escritor


a Juan A. Epple


Con su peluda y torpe zarpa, el Lobo aferró el lápiz grafito e inició la escritura de su primer y último microcuento, sabiendo que lo dedicaría a la Caperucita de sus sueños. Escogió un final feliz y lo borró con rabia. Lo cambió a un desenlace triste y se decepcionó. Optó por el final trágico, el clásico. Añadió el punto final y salió dispuesto a enfrentar su destino.

06 febrero, 2012

El hombre con vista de rayos X


A Ray Milland

De un día para otro adquirí visión de rayos X: fue una desgracia tremenda. En vez de pies curvados sobre calzado aguja, comencé a ver tarsos y metatarsos, falanges, astralagos, cuboides. En lugar de disfrutar de piernas bellas y torneadas, me atosigaba de fémures, tibias y peronés realmente lamentables. Los pechos usualmente suntuosos y acogedores, fueron reemplazados por destacamentos de costillas semejando defensas militares. Las nalgas fueron sustituidas por blancas caderas sin ningún refinamiento estético. Los cuellos largos por vértebras en precario equilibrio, los rostros hermosos trocados en calaveras repletas de dientes. Huesos, colecciones de huesos caminando, riendo, conversando. Incluso insinuándose, horrible. Ahora, por primera vez, pienso en la muerte como solución: tras un tiempo me convertiré en esqueleto. Quizás entonces me agraden mis símiles. Es una posibilidad.

29 enero, 2012

Máscaras cambiantes


Aquella curiosa máscara africana de tres puntas lo protegía, pero él ignoraba su poder. Por cierto jamás le agradeció la serie de milagros que ella pacientemente fue dibujando en su vida, hasta colocarlo en la cima. Ni siquiera la vio de reojo cuando pasaba por su lado y la máscara esperaba un signo de gratitud, una mirada condescendiente, alguna ínfima manifestación. Como coronación a esta serie de manifestaciones de indiferencia, su dueño y beneficiario la obsequió a un amigo pobre.
La máscara, desquiciada por tantas humillaciones, se consagró a hacer aún más funesta la existencia del pobre hombre. No obstante, éste ni un solo día olvidó saludarla y rogarle por un mejor porvenir, aunque no recibió más pago que desgracias mayores.
Tras muchos años en que su desdichado tenedor vivió una desdicha tras otra, la máscara reflexionó. Quizás entró en la madurez o fue nuevo capricho; muy poco sabemos acerca de los ciclos evolutivos de las máscaras. La cuestión es que la máscara prodigó a su dueño toda clase de bondades, riquezas y satisfacciones más allá de lo meramente material.
El hombre siguió agradeciendo. Ni más ni menos que antes. Así están las cosas ahora, pero podrían evolucionar de otra manera en el futuro. No lo sabemos. Las máscaras con caprichosas y volubles.

22 enero, 2012

Hambres tremendas


Comió un trozo de torta y al terminar sintió más apetito que al comienzo. Tragó el pastel completo a dentelladas feroces y se sintió cada vez más hambrienta. Presa de un frenesí incontrolable, devoró cuanto halló en el refrigerador: matas de apio, huevos, queso fresco, una hogaza, berenjenas crudas, yogurt, jugo de naranja, hasta un saco plástico repleto de mayonesa que bebió como si fuera el agua de la vida y una botella de champagne que aguardaba la ocasión propicia.

La encontraron inflada como un sapo, exánime, famélica, debilitada al punto de la parálisis. Pidió algo para comer, pero no entendieron lo que decía. Murió atravesada por la voracidad, soñando con una saciedad imposible.

BREVIARIO MÍNIMO: MICRORRELATOS ILUSTRADOS


http://www.apuntesdesobremesa.cl/archivos/1518

14 enero, 2012

Contemplaciones gnoseológicas


Los estudié durante décadas. Aquellos seres vivían felices en medio de la ignorancia. Saltaban felices entre los tentáculos de los monstruos que amenazaban devorarlos. A veces aquellas atroces criaturas los atrapaban y conseguían zampárselos. Aun en esos casos, los jubilosos seres celebraban con extensos ceremoniales a los desaparecidos.
Con el tiempo llegué a apreciar aquel espectáculo: los seres caminando tomados de la mano, dando brincos entre tentáculos malignos, celebrando cada momento de vida igual que si fuese el primero. O el último. Concluí que el conocimiento no les hubiera sido útil.

06 enero, 2012

Amores enormes


Aquel gigante adoraba a las criaturas pequeñas: las contemplaba arrobado, les procuraba alimento y cuidados, creaba parques extraordinarios, los transportaba a las regiones donde el clima fuera más propicio, cantaba con maravillosa voz para inspirar sus sueños.
No obstante, entre los minúsculos seres brotó aquella clase de rebeldía que proviene de la ambición y la envidia. Planearon sus actos con brutal genio. Un día el gigante despertó inmovilizado por millares de hilos de seda. Lo clavaron con alfileres para desangrarlo lentamente. El gigante lloraba. Acabaron por devorarlo.
Al fin quedó la enorme osamenta sobre un desierto infinito. Las criaturas se extinguieron, abandonadas a su suerte. Nadie ha encontrado los restos del gigante. Nadie conoce esta historia, que por otra parte jamás ha ocurrido.

29 diciembre, 2011

Profesional de la mendicidad


Paso a paso se convirtió en un profesional de la mendicidad. Partió por dejar su trabajo y pedir ayuda a sus amigos. Luego, cuando ellos se aburrieron de solucionar sus eternas necesidades, se acercó a otras personas. Así hasta que se acabó en la calle, estirando la mano a cualquier posible donante.
Se especializó en inflexiones de voz que magnificaran su hambre y su indigencia: hacía sentir culpable de su desdicha a quien lo escuchara. Aprendió a simular temblores de manos y piernas, convulsiones, a revolver horriblemente los ojos en sus órbitas y a caminar como un engendro. Cubierto de harapos, mugriento y fétido, logró conmover al más duro.
Sin darse cuenta, se convirtió en el hombre más rico del mundo. Y sigue pidiendo, cada día con mayor eficacia. Alguna vez ya no existirá nadie que posea algo para darle. Y sufrirá, gemirá, blasfemará, aunque sea el dueño de universo completo. No se compadecerá de sí mismo y continuará exigiendo limosna.

25 diciembre, 2011

Solipsismo


Su imagen escapa del espejo para perseguir la sombra que proyecta, y de ese modo ella queda sola en el mundo. Y no hay sol ni espejo que valgan.

19 diciembre, 2011

No hay enemigo pequeño


Me amenaza con una pistolita minúscula, una miniatura perfecta que sostenía dificultosamente entre el pulgar y el índice. Ante amenaza tan ridícula no tengo otra alternativa que lanzar una estentórea carcajada. Acto seguida ella describe unos pases mágicos con su mano recargada de anillos y me transforma en liliputiense. “Ríete ahora, enano”, me desafía ahora, apuntándome con el formidable mortero.

11 diciembre, 2011

Globalización


Fui al banco a negociar un crédito, Me dieron una tasa que me pareció buena. Al otro día había cambiado. Hacia arriba, por supuesto. Me dijeron algo sobre el efecto de la crisis en Europa. Les pregunté acaso una crisis no debiera hacer descender las tasas. El tipo me miró como se mira a un iletrado: con profundo desprecio. Quedé de pensarlo. Volví al otro día. La tasa había vuelto a subir. Por unas inversiones de los bancos chinos en Europa. Consulté si eso era bueno. Me respondieron que sí, que aumentaba la confianza. Pero subió la tasa, reclamé. Mire –repusieron- son los efectos de la globalización. Hay que entender los efectos de la interrelación económica.
Tomé el crédito. Al día siguiente iba a subir otro punto. La razón daría lo mismo. Estaba seguro.

03 diciembre, 2011

Trámites siniestros


Me pone nervioso que el funcionario me haya recibido con esa máscara antigases. Aduce que se están produciendo demasiadas manifestaciones en la zona. Su voz resuena lúgubre y lejana, como si hablara desde el interior de una gran caverna. Me observa a través de los gruesos cristales con unos ojillos pequeños y furiosos de jabalí y presiento que esboza una sonrisa debajo de la trompa. Asevera que mi postulación está incompleta. Que mi proyecto de beca resulta inaceptable, barbotea. Después tacha mi nombre sobre el formulario, lo timbra, y escribe algo en una computadora. Veo disolverse mis manos, luego mi cuerpo. Cuando ya no estoy allí, arroja al papelero este cuento.
 
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