13 julio, 2011

Mis años en el Liceo 7 de Ñuñoa: de 1968 a 1970


A fines del año 1967, en un sencillo y emotivo acto, recibí un diploma de manos del Director de mi Escuela No. 48 y me convertí, imprevista e instantáneamente, en un egresado con precaria conciencia de lo que aquella transformación implicaría. Al menos de momento significaba cambiar el mameluco u “overall” de crea beige por el uniforme de estudiante secundario: camisa blanca, pantalón y calcetines plomos, chaqueta azul y zapatos negros. No obstante, no fui promovido a Primero de Humanidades (como se denominaba la secundaria en ese entonces) sino que a Séptimo Básico, producto de la Reforma recién aplicada. El ansiado arribo a la educación secundaria se postergaba en cierta forma, pero como la escuela de barrio no tenía medios para ofrecer ni séptimo ni octavo, teníamos que irnos a un Liceo. Y el escogido fue el Liceo 7 de Ñuñoa, José Toribio Medina, ubicado en Carmen Covarrubias con la avenida Irarrázaval, a unas diez cuadras de mi casa, cuya caminata constituyó una deliciosa rutina cotidiana.

Partimos con clases en las tardes, porque la infraestructura del Liceo no daba abasto para acoger la gran masa de estudiantes que ingresaban cada año. Al comienzo el mayor impacto fue el tránsito desde una sola gran clase continua dictada por una sola profesora (con escasas interrupciones para clases de educación física o trabajos manuales), cuyos temas iban cambiando de acuerdo a un orden arbitrario, hacia un sistema constituido por profesores especializados con arreglo a un horario riguroso y estructurado. Ahora teníamos muchos profesores: historia, castellano, matemáticas, ciencias, inglés (¡una novedad aterradora!), técnicas especiales (así se rebautizó a trabajos manuales), dibujo, música y religión. Después, creo que al año siguiente, se integró francés.

Pasé del mundo estructurado y más bien monótono de la escuela básica, aunque muy variado socialmente, a un ambiente donde la heterogeneidad era la única regla general. Mucha gente nueva: profesores, inspectores, alumnos, funcionarios, oficinas misteriosas, caos visible e invisible, intentos de orden impuestos a fuerza de castigos, gritos, reprimendas y amenazas, a los que pronto se sumarían proclamas urgentes. En suma, un mundo tan desconocido como atrayente y vertiginoso. Era justamente marzo del año 1968 y bajo nuestros pies se iba conformando esa sustancia invisible y poderosa que precede los grandes estallidos sociales, la misma que en estos días de 2011 sentimos bailar debajo de nuestros zapatos. Inquietud y un malestar generalizados, un murmullo que va elevando su caudal hasta convertirse en una marea incontenible.

En mi Séptimo C del Liceo José Toribio Medina (dintiguido bibliógrafo e historiador chileno, un nombre muy bien puesto) –y durante los dos años siguientes en octavo básico y primero medio- conocí a personas inolvidables e inspiradoras y a grandes amigos que considero fundamentales y decisivos.

Mi curso estaba integrado por representantes de todos los estratos sociales. Una diversidad increíble si se la juzga con los parámetros actuales –cuando en nuestra sociedad se ha impuesto una estructura de barreras prácticamente infranqueables. Nuestros progenitores eran comerciantes, dueñas de casa, locutores, profesionales, dependientes, obreros, empleados bancarios o escritores. Y sus ideas políticas recorrían todo el espectro existente, desde las más conservadoras hasta las más avanzadas. Lo mismo parecía acontecer con nuestros maestros y maestras, aunque predominaban los jóvenes que exhibían gestos de rebeldía y guiños transformadores.

Vayan unas líneas especiales para Jorge Villalón, nuestro profesor de matemáticas en esos tres años. Estoy seguro de que cada uno de ustedes habrá tenido un profesor de este fuste. Yo tuve la gran suerte de tener varios de ellos, y creo que jamás podré tener oportunidad de agradecerles lo que les debo, así como estoy seguro de que ellos no esperaban, ni esperan agradecimientos ni retribuciones. Hicieron lo que consideraban su deber, con toda el alma, con una generosidad que fluía de manera natural, sin que se requiriesen recompensas o controles para que se manifestara. ¡Cuánto ha cambiado nuestra sociedad en este periodo!

Recordado y querido Jorge: donde quiera que estés, espero que leas estas líneas. De verdad lo deseo así, intensamente, porque aunque no sea necesario, quiero darte las gracias a ti y a todos aquellos profesores como tú, que hicieron la diferencia. A ti debo, por lo menos, el encanto por las matemáticas modernas. Nos abriste a un mundo nuevo y maravilloso, más allá de lo que señalaban los programas. Aquellos que fuimos tus alumnos y con el paso de los años optamos por estudiar ingeniería, lo hicimos a tus expensas, estoy seguro de ello. Esto lo podrán testimoniar Ricardo, Rodrigo, Santiago, amigos y colegas queridos.

En tus clases aprendí a volar en mundo conceptual, invisible a los ojos, y me hice de ideas fundamentales del álgebra moderna, que me sirvieron para siempre. Recuerdo tus guías de ejercicios multicopiadas con esténciles en los viejos mimeógrafos que operaban en las oficinas interiores, unos aparatos que tal vez anunciaban la cercanía del periodo de persecución y clandestinidad unos pocos años más adelante. Empleabas una batería de métodos incentivadores que echaban por tierra las técnicas arcaicas de los profesores anticuados, acostumbrados a la vieja clase doctoral. Nos alentabas a preguntar, a trabajar en clases resolviendo problemas, a buscar información por nosotros mismos, a sentir pasión por aprender más. Eso no figura por ninguna parte en un programa docente, ni tampoco en los libros; eso lo instalaste tú entre nosotros. Ayudaste a imponer el caos que permite establecer un nuevo ordenamiento mental. Eso te debo: la autonomía, el vuelo de la imaginación, la locura innovadora, el amor por lo nuevo. Y esto no logró destruirlo ni la distancia académica de otros profesores formalistas y distantes, ni la mediocridad y el burocratismo de otros, ni la propia tiranía que trataría de imponer la uniformidad y el inmovilismo por diecisiete largos años. Gracias por todo esto, recordado Jorge, un fuerte y emocionado abrazo donde quiera que estés ahora.

Gracias a don Pochito que nos enseñó a cantar la Marsellesa y nos proporcionó la oportunidad de llevar a cabo la primera batucada chilena, para asombro del liceo completo. Gracias a ese profesor inolvidable que hizo un reemplazo de Castellano, cuyo nombre se extravió en alguna parte, porque nos hizo leer –en aquellos años- a Borges, a Rulfo, a Cortázar y otros escritores maravillosos. Gracias a Míster Flowers por enseñarnos perseverantemente las bases del inglés que nos abriría puertas en el futuro. Gracias a María Cristina por iluminarnos la mente con sus sorprendentes experimentos científicos y gracias también por despertar el demonio de la adolescencia con esas piernas maravillosas que enseñabas gracias a tu generosa minifalda.

En mi querido Liceo 7 recibí muchas lecciones inolvidables. Algunas de ellas quedaron plasmadas en mi novela Todo el amor en sus ojos. Historias graciosas, bellas, terribles y luminosas; de aquella clase que emerge del crisol histórico que permite fraguar mejores personas.

Una de ellas, una de las más dolorosas en todo el sentido de la palabra, la recibí de las Fuerzas Especiales de Carabineros a los trece años. Concurría por primera vez al Liceo en toma. El día anterior los alumnos de la mañana, los mayores, de los últimos años, nos sacaron de clases anunciando que a partir de ese momento el Liceo estaba “tomado”. No entendí muy bien qué significaba aquello, y al día siguiente concurrí ingenuamente a clases, con uniforme y bolso. Había una micro verde de Carabineros apostada junto a la puerta del colegio. Me acerqué para hablar con alguien e inquirir lo que estaba pasando, cuando un mastodonte en uniforme me levantó en vilo y me arrastró hacia el vehículo. “ahora vai a ver, h...” me gritó entre otras expresiones que contradecían su rol de guardián del orden.

Me hicieron cruzar de un extremo a otro de la micro a punta de golpes de puño y patadas bestiales. Con cuidado de no pegarme en la cara, ni dejar huellas visibles, muy profesionales. Fue un infierno de golpes y dolor del cual salí medio aturdido, rodando por la escalerilla. “para que aprendas a no meterte en h…”, gritaron los carabineros, riéndose.

Y aprendí, efectivamente. Aprendí que había muchas clases de personas. Tipos brutales y cobardes capaces de darle una golpiza a un chico indefenso. De trizarle dos costillas, que ese fue el resultado; respiré cortito varios meses por efecto de este “encuentro”. Aprendí que había otras personas capaces de ayudarte, de recogerte, de solidarizar contigo. De enseñarte con cariño, como el maestro Villalón.

Ya lo he dicho, adquirí en esos años conocimientos fundamentales para toda la vida y gané amigos extraordinarios, de cuya amistad me enorgullezco: Luis Condon, Ricardo González, Rodrigo Medel, Santiago González, Hernán Lagunas, Pablo Montecinos, y tantos otros…

Remigio Muga, capítulo aparte, hermano querido, desaparecido en la niebla de los efectos devastadores, de largo plazo, de la dictadura militar. Se salvó de la represión más terrible de los primeros años –una suerte que no tuvo su amigo Héctor Garay, también hermano querido- para acabar en el exilio y hundirse en una depresión de la cual no pudo salir y acabó suicidándose hace unos años. Héctor Garay murió torturado atrozmente a los diecinueve años, acusado de ejecutar actividades terroristas con unas manos de las cuales solo vi salir hermosos poemas.

Estaba en mis últimas semanas en el Liceo 7 cuando ocurrió lo impensable, lo imposible. La marea social y humana siguió subiendo y subiendo y nos llevó a las calles, todos juntos: alumnos, inspectores, profesores, auxiliares, obreros, artistas, empleados. Salvador Allende ganó las elecciones presidenciales y un grito de esperanza sacudió el país entero. Pero esa es otra historia.

Jorge Villalón, Remigio Muga, exprofesores y maestros auténticos, compañeros queridos del Liceo 7, donde sea que estén ahora, los abrazo emocionado, trémulo, estremecido por mis recuerdos y lleno de ilusiones ante la posibilidad de que mi país cambie profundamente.

Diego Muñoz Valenzuela

Ingeniero y escritor

11 comentarios:

Ivan Tziboulka dijo...

Es un PRIVILEGIO leer estos recuerdos y reflexiones! GRACIAS a Diego Muñoz!
Hay que regalarse el tiempo para leer estas narrativas, hay que hacerlo porque comunican, enriquecen, promueven la reflexión acerca de como se vivía antes y como se vive ahora, hay que leer por amor propio y por instinto de conservación de los mejores valores que cultivamos.
Ivan Tziboulka

valeria saldaña dijo...

Lindos recuerdos de nuestra generacion.lo que mas rescato es la diversidad social que por si sola era un enriquecimiento.
En primaria ; lo mejor de los profesores normalistas,herencia mistraliana que hasta ahora los recuerdo con mucho cariño. tambien a aquellos de disciplina sin tregua que pusieron en mi una pequeña cuota de rebelion.
valeria saldaña

valeria saldaña dijo...

Linda reflexion ... No dejo de pensar en esos abnegados maestros de la escuela primaria.Legados mistralianos que en mi vida han influido para bien. Tambien el de disciplina ferrea; intransigente que me dio alas para rebelarme .

valeria

Jorge Díaz M dijo...

Alguien sabe el año de la fundacion del Liceo 7 ?

Soy de la generacion del 82 y recuerdo con cariño a los profesores:
Guaton San Martin,Humberto Letelier,Anita Agurto,Alda Aguirre,Eduardo Aros,Manuel Pregnan,Miriam Escudero,Mario Quijada,Valeska Saldias,etc

Les mando un abrazo

Truko16 dijo...

buscando en la net desde hace algún tiempo aparezca algo de mi mejor amigo -compañero del liceo, antes de pasar a 6° humanidades y antes tb' de la reforma (¿sirvió?),pues él se fue al Letras y yo al Biólogo,encontré estas reflexiones simpáticas...el separarse por intereses distintos es condición que a uno, ignorante y chacotero ,lo hacía ocuparse de cuestiones extrañas y que jamás había imaginado, como era "prepararse pa´l bachillerato...",o sea,materias diferentes para rendir aquella famosa prueba que se debía saltar para optar a alguna carrera universitaria... si esa era la audaz propuesta,un año previo a instalarse la, ahora antigua también, PAA, que obvio tú debiste pasar años después que yo, que debí sufrirla como conejillo de indias al año siguiente...luego de fracasar en la U Austral,al no ingresar a la Facultad de Veterinaria, en el año 1967....tú no entrabas aún al liceo...pero mi idea era recordar a Juan Lazo ,gran amigo,quien vivía muy cerca,en una de esas calles con nombres de jefes mapuche que están por el lado norte de Irarrázaval...por otro lado creo que ninguno de nuestros profesores fueron los mismos que te instruyeron a ti y pienso los tuyos eran mejor preparados y en general, con mejor resultado que lo que ocurrió con nosotros,no hablo de mí, pues luego de ese año en el sur no tuve más problemas...hoy estoy jubilado ya de un cargo público y de la práctica privada y felizmente sin grandes aflicciones, salvo los que la edad nos provee , con varios hijos y nietos y residiendo en sector rural sin ruidos ni smog....la diferencia fundamental entre tu experiencia y la mía es que sólo agradezco a 2 profesores de aquel liceo ,al de Matemáticas , "Chico" Fuenzalida y al de Historia y Geografía, "Choro" González, los demás no tuvieron ninguna influencia
en mis días posteriores...creo que los cambiaron a todos por esa misma realidad académica,mi nostalgia es más por mis compañeros, en particular aquellos que por una razón u otra encendieron en mí la llama del interés en los destinos del país, lo que por supuesto trajo como corolario aciagos momentos para mí, familiares y amigos por los motivos que tú también recuerdas de los años terribles de la dictadura
...bueno ,este espacio nos sirve para rememorar y recorrer páginas jóvenes de nuestra vida...agradezco eso...

Truko16 dijo...

por lo que se ve nadie tiene datos respecto de lo que solicité a quien tuviera antecedentes de mi amigo y compañero de liceo 7, J.T. Medina de Ñuñoa,cuando no era mixto...gracias de todos modos si alguien sabe de él.....1960 a 1965....

Raúl Alvarez Gonzalez dijo...

Hola Diego,

Se te olvidaron: Corominas, Mandiola, Chalot, a lo mejor no fuimos compañeros, pero yo si lo fui, del Muga, del Ricardo Gonzalez , del Lagunas, del Condom, las mejores discusiones fueron las del Ricardo Gonzalez con el Laguna en la micro, que manera de discutir tonteras divertidas.

muñoz valenzuela dijo...

NO los olvido Raúl, pero seria muy largo nombrarlo a todos. Gracis poor el comentario, un abrazo

muñoz valenzuela dijo...

NO los olvido Raúl, pero seria muy largo nombrarlo a todos. Gracis poor el comentario, un abrazo

Sergio Corominas dijo...

Hace muchos años no sabía de algunos ex compañeros de colegio y hoy gracias a ti Diego, me entero con horror de que les pasó y te doy las gracias por ello.

SERGO COROMINAS ALCAIDE

muñoz valenzuela dijo...

Hola Queco, un abrazo; gracias a ti

 
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