11 septiembre, 2018

EL golpe militar: primeras páginas de mi nouvelle ENTRENIEBLAS


Prefacio

Transcurridas cuatro décadas del golpe militar, diversas circunstancias y hechos fortuitos me llevaron a concluir que en mi mente había una serie de confusiones y trastrocamientos respecto a la vivencia de los primeros años de dictadura.  La causa, según lo que intuyo, es la internalización del miedo y el dolor, una especie de shock en el que viví sumergido –igual que miles de compatriotas- en ese periodo.
Uno era el orden aparente de los recuerdos y otro el que sugería la racionalidad de los datos históricos. De modo que, haciendo a un lado los aspectos ingratos que implicaba activar la memoria de esa época terrible, decidí reordenar lo ocurrido en los dos primeros años. A partir de aquella investigación emergió una línea de tiempo más cercana a la realidad (¿cómo estar totalmente cierto?, no lo sé). De esa línea de tiempo surgió una suerte de diario, y de allí devino este libro.
Lo he titulado Entrenieblas, porque esa fue la sensación que mejor describe mi experiencia. Es una memoria borrosa: como si la historia se observara a través de una ventana empañada por un largo invierno. O desde unos ojos inundados por lágrimas. O desde una ciudad inundada por una niebla densa y persistente.
La escribí en primer lugar para mí mismo, en el intento de recuperar la memoria de ese tiempo donde estuve atrapado en un estado de trastorno temporal. Pienso que ese estado alterado fue una forma de autoprotección generada por la mente, dado la imposibilidad de estar plenamente consciente en un momento donde rigen el terror, la persecución y la muerte por acción del propio Estado, convertido en eficaz maquinaria de exterminio.
Tras leer y revisar varias veces el manuscrito, he concluido que puede tratarse de un testimonio literario que puede sensibilizar –desde el relato de un joven- a las nuevas generaciones. Narrar lo que se vive en una dictadura, el temor cotidiano, la convivencia con el horror, la pérdida temprana de los amigos, la capacidad para afrontar el terror y unirse a otros para acabar con ese infierno, más allá de los riesgos personales que se deben asumir. Es decir, un nuevo esfuerzo contra la entropía del olvido, motivado por el justo anhelo de evitar la repetición de estos hechos. Los nombres son distintos; los personajes y los hechos, realísimos.

Diego Muñoz Valenzuela
Santiago, 19 de febrero de 2018




Martes 11 de septiembre, 1973, 5 A.M.


El día en que la pesadilla se consumó, Diógenes se había levantado –como acostumbraba- a las cinco de la mañana. No había buses. Tampoco había leche, ni pollo, ni tabaco, ni pasta dentífrica, ni café. Se levantaba temprano porque consideraba que su deber –uno de los pocos que aceptaba a esas alturas- era asistir a clases. Que el colegio funcionara ayudaba a generar la apariencia de que el mundo seguía su curso normal. Aunque no fuera así.
Diógenes tomaba una taza de té y remojaba el pan para que se ablandara. Sus padres dormían. Medio adormilado pensaba a cuál cola ponerse una vez terminadas las clases. Y si tendría alguna posibilidad de éxito. ¿Cigarrillos, aceite, harina, conservas? Ya se vería.
Se peinó con esmero para disimular el largo excesivo del cabello. Los inspectores todavía los revisaban en el ejercicio de aquel guion de normalidad. Mientras tanto el mundo se derrumbaba. Deshizo el nudo de la corbata, apretado en un lazo compacto, y construyó uno nuevo. El cuello de la camisa estaba muy gastado.
Salió. Caminó hacia la avenida por calles solitarias y oscuras. Unos pocos árboles floridos procuraban anunciar la primavera inminente, aunque el ambiente fuese tan gris, tan lóbrego. Se encontró con unos perros vagabundos. Por la avenida pasaban pocos automóviles repletos de pasajeros.  Inició la caminata. Eran por lo menos sesenta cuadras. Pasaron varios microbuses atestados de trabajadores y empleados. Diógenes observó aquellos rostros repletos de incertidumbre, rabia y desesperanza.


Martes 11 de septiembre, 1973, 7 A.M.


Llegó temprano, antes de las siete de la mañana. El colegio todavía no estaba abierto. Como era usual, el Gato Flores salió desde las sombras. Nadie podía llegar antes que él. Se saludaron y esperaron juntos y silenciosos que el portero hiciera su labor.
Entraron y caminaron a través de los largos pasillos hacia su sala de clases. Diógenes se preguntó acaso el edificio sería gris o él veía así las cosas producto de su estado de ánimo. Le pareció que el sol no alcanzaba los objetos ni la tierra con sus rayos, que éstos se detenían antes de tocar la ciudad. Como si no quisiera entibiarla.
Estudió matemáticas. La clase partía a las siete treinta, media hora antes de lo normal. El profesor hacía trabajo voluntario. Los preparaba para entrar a la universidad. A su modo, también pretendía negar la realidad. Fueron llegando otros alumnos. A las siete treinta había diez, siempre los mismos. Partieron a la sala del profesor.
El profesor usaba unas gafas enormes. Dibujaba esferas, triángulos inscritos en ellas, secantes y tangentes. Había que descifrar aquellos mundos geométricos. El mundo desaparecía engullido por las abstracciones. A Diógenes le agradaba aquello. No sabía si las matemáticas en sí, o la posibilidad de olvidar lo que estaba ocurriendo. O lo que él creía estaba ocurriendo.


Martes 11 de septiembre, 1973, 9 A.M.


Estaban los mismos diez que al comienzo de la clase: absortos, impertérritos, sumidos en el universo de los geómetras. Eran casi las nueve de la mañana.
Entonces entró Rengifo con su cara de cerdo para anunciar –dichoso, iluminado- que la catástrofe había comenzado. “Las fuerzas armadas se han pronunciado. Y hay cohesión. Hay cohesión”. Repetía aquellas palabras terribles una y otra vez. Diógenes deseó estrangularlo.
Llegaron otros compañeros del curso. El profesor trató de poner orden y proseguir con su clase. No fue posible. Nadie le hizo caso. Diógenes pudo ver una neblina gris y rojiza dejándose caer en la ciudad. Miró a sus amigos. Estaban desconcertados. Algunos se fueron de inmediato, muy asustados. Otros se quedaron en corrillos, cuchicheando. Otros riendo y celebrando. La hiel inundó la garganta de Diógenes.
Diógenes y otros amigos descendieron al sótano en silencio. Allí esperaron que algo aconteciera. Empezaron a oírse los aviones de guerra sobrevolando el palacio presidencial. Aviones, helicópteros, ráfagas de ametralladoras, gritos. Sonidos terribles que retumbaban en aquel apartado sótano al cual nada llegaba: ni líderes, ni instrucciones, ni armas para pelear.
Uno dijo que era mejor irse. Que nada iba a llegar. Diógenes se fue con los ojos rojos de rabia y de pena. Costaba dar cada uno de aquellos pasos hacia la salida del edificio.

Martes 11 de septiembre, 1973, 10:15 A.M.


Diógenes estaba solo en el paradero, justo al frente de la casa de gobierno, rodeada por tanques y tropas militares. Veía borroso, pues tenía los ojos inundados de lágrimas y la bruma gris lo empeoraba todo. Se escuchaban cada vez más disparos; las ametralladoras tableteaban, las personas huían como conejos por las calles.
Diógenes esperaba un microbús o quizás un milagro. O escapar de la pesadilla. El tiempo se deslizaba lento, líquido, impasible. Los Hawker Hunter atronaban el espacio rompiendo la barrera del sonido. Volaban muy bajo, a punto de  rozar los edificios circundantes.
Apareció un microbús lleno de personas apretadas. El chofer se compadeció de Diógenes. Era tan patética e indefensa su espera, que frenó y esperó a que subiera. En el cielo los aviones de guerra dejaban su estela de horror.
Convertido en una ameba se introdujo por mínimos intersticios y logró su cometido. Alguien portaba una radio a pilas. El presidente acusó a quienes lo estaban derrocando. Pidió calma, dignidad, no deseaba un baño de sangre. Una señora agradeció a Dios por la sublevación militar. Un obrero la maldijo con voz fiera. La transmisión terminó abruptamente.
El resto del viaje fue silencioso y tenso. Diógenes observaba como la bruma gris y rojiza se apoderaba de la ciudad. Las personas fueron bajando del vehículo y corrieron a sus hogares. Diógenes hizo lo propio y trotó hacia la casa de sus padres.

Martes 11 de septiembre, 1973, 19:00 P.M.


El Presidente se había suicidado. La Moneda era un conjunto de ruinas humeantes. Se imponía una Junta Militar. Diógenes pensaba “Esto era lo que intuía. Pero va resultando peor”.
Se escuchaban disparos, ráfagas, sirenas por doquier. Una noche siniestra se dejaba caer sobre Chile. Más siniestra con aquella neblina que se apoderaba de cada rincón, paso a paso. Los camiones repletos de soldados recorrían las calles erizados de armas. Los militares corrían haciendo retumbar sus pesados bototos.
Diógenes escuchaba los ominosos sonidos en el jardín. De pronto oyó un zumbido de moscardones sobre su cabeza y dos balas de guerra se clavaron en la muralla de ladrillos que tenía al frente. Su madre pasó en ese instante y lo abrazó para que entrara a la casa.
Su padre oía las noticias abatido y apesadumbrado. Conoció otras dos dictaduras, llevaba sus huellas en el cuerpo y la memoria. “Esto va a ser peor”, anunció. Diógenes no quiso oírlo. Pensaba en sus amigos. Tenía ganas de llorar, pero no pudo, las lágrimas se le atragantaron.
Su madre sacó el poster del Ché de su pieza. El de Fidel, el de Ho Chi Minh. Quedaron unas horrorosas manchas de neopreno en la muralla y pintura descascarada. Diógenes quiso protestar, pero le faltaron fuerzas. Los posters de Ella Fitzgerald y John Lennon se salvaron. Diógenes pensó en pegar otros carteles sobre los arrancados. Después decidió no hacerlo. Dejó esas huellas a modo de cicatrices.
Decretaron toque de queda.
No sabía qué hacer.
No podía concentrarse.
El tableteo de las ametralladoras, las aspas de los helicópteros, los camiones rugiendo por la ciudad.



30 agosto, 2018

Una vida entre nieblas: Por Ramón Díaz Eterovic

Diego Muñoz Valenzuela: una vida entre nieblas
Por Ramón Díaz Eterovic

Esta presentación del reciente libro de Diego Muñoz Valenzuela tiene algo de guiño al tiempo, a cosa vista en el pasado, y siento que al igual que las viejas paredes que hoy nos rodean y que nos cobijaron en otro tiempo más oscuros que los actuales, los involucrados somos más o menos los mismos que hace unos cuantos años atrás solíamos presentar nuestros primeros libros: “No ha terminado” del mismo Diego; “No queda tiempo” de Jorge Calvo, o “Para nunca olvidar” de José Paredes, quien también oficiaba de editor de los libros mencionados y unos cuantos más al alero de su editorial Sinfronteras que por entonces daba vuelo a muchos de los textos de los autores que entonces decían ser escritores jóvenes y andaban con sus cuentos inéditos bajo el brazo a la espera de que un rayo iluminara el entusiasmo de algún editor inspirado. Desde entonces, el tiempo se ha encargado de espantar las prisas propias de los escritores primerizos, y lo escritores de entonces seguimos disfrutando con los quehaceres de la imaginación y la escritura.

La época social y política que le tocó vivir a la generación a la que pertenecemos con Diego Muñoz dejó marcas de las que es difícil sustraerse, y en muchos aspectos han condicionado el quehacer colectivo e individual que hemos asumido, incluida nuestra literatura y los temas asumidos en ella. Algo al respecto escribimos con Diego sobre esto en el prólogo de la antología “Contando el cuento” que publicamos hace uno 30 años a la fecha. “Nuestra adolescencia terminó y continuó al mismo tiempo. Terminó cuando hubo que pensar en enfrentar aquello que nunca soñamos ver. Continuó porque los anhelos se petrificaron; comenzó una era de hibernación hasta el momento en que todo volviera a ser como antes. Las dos actitudes han coexistido en nosotros, no sabemos si para bien o para mal de la narrativa que hacemos, pero es un hecho que está ahí impregnando nuestra literatura. Somos hijos de este tiempo que nos ha tocado vivir. Ha sido y será difícil vivirlo y escribirlo, sim embargo esa es la misión que nos corresponde y la asumimos con plenitud, incluso con alegría, porque no decirlo”.

La amplia lista de los libros publicados por Diego Muñoz desde los 80’ a la fecha es un buen ejemplo de la obra de los escritores que alguna vez nos sentimos partes de una generación llamada de “El Golpe” o “N.N.”. Los libros de Muñoz son parte de una obra que siempre ha invitado a la reflexión sobre asuntos de nuestra historia y de la condición humana con su variedad de brillos y miserias.

Hace quince o veinte años, una periodista de un diario “de cuyo nombre no quiero acordarme”, como diría el viejo y querido don Miguel, me preguntó si no pensaba si ya no se había escrito lo suficiente sobre la época de la dictadura, si todo aquello relacionado con la violación de los derechos humanos no estaba acaso pasado de moda.  De moda, dijo. Como si los derechos humanos fueran una canción de Madonna o Luis Miguel. La pregunta, aclaro, fue varios años antes de que se conocieran los informes Rettig y Valech, que a su modo certificaron hechos que durante mucho tiempo habían sido negados u omitidos por los pinochetistas y casi toda la gente de derecha de nuestro país.  Por supuesto que a la periodista le respondí que no, porque tenía y tengo aún la convicción que los años de dictadura son una suerte de gran novela colectiva de la que no se han escrito todos sus capítulos, y por eso sigue teniendo tanta presencia en la narrativa chilena. Los años de la dictadura fueron y lo siguen siendo –aunque no de manera exclusiva- el motivo recurrente en las historias escritas por quienes  comenzamos a escribir en el tiempo del ogro, como señalamos con Diego en la vieja antología ya mencionada.

Y por lo tanto, me parece que “Entrenieblas” (Editorial Vicio Impune) es un nuevo capítulo de esta novela colectiva que se ha estado escribiendo, incluso con la participación de autores más jóvenes que hoy nos muestran las imágenes de la dictadura desde sus miradas infantiles o juveniles de entonces. “Entrenieblas” nos sitúa en los años iniciales de la dictadura, los que son vistos desde la mirada desconcertada y a rato temerosa de Diógenes, un joven de 18 años que inicia sus estudios universitarios al mismo tiempo que vive su despertar sexual y asume, con alguna duda al principio, un compromiso político impulsado por las circunstancia políticas, y también por los principios heredados de sus padres.

Para quienes conocemos a Diego, es casi automático reconocerlo en la figura de Diógenes, como también apreciar el tierno y vívido retrato que hace de sus padres escritores: Diego e Inés, Eduardo y Emilia en la novela. Ambos están dibujados con líneas muy finas y seguras, que al menos en mi caso, me hizo volver muchas veces al recuerdo de ellos cuando visitaba su casa de la calle Palqui.  Y me detengo en esto, porque pienso que más allá de las anécdotas políticas, esta novela cuenta una significativa historia de amor entre un hijo y sus padres. Y cuando esta historia fluye, me parece que estamos en los momentos más intensos y logrados de la novela. La relación entre Diógenes y sus padres está narrada con profunda calidez y ternura. Especialmente significativas me parecen las páginas en las que se cuenta el regreso de los padres a casa después de haber asistido al funeral de Pablo Neruda. Dos o tres imágenes bastan al hijo para apreciar y comprender la tragedia que están viviendo sus padres, como representantes de una generación que se comprometió con los cambios sociales propuestos por Salvador Allende. También esta parte de la novela habla de algo que no he visto tratado con frecuencia en la narrativa chilena. Me refiero al quiebre o las dificultades que generó la dictadura en muchas familias. Y no habló solo de aquellas familias que perdieron o vieron detenidos y desaparecidos a sus padres o hijos; sino también de aquellas en que la cesantía, la marginación, el odio de los vecinos, entre otras cosas, cayeron sobre ellas, quebrando en muchos casos sus destinos.

Diógenes se embarca en el trabajo político que busca resistir a los embates de la dictadura. Y no es el único, porque también lo hacen otros de sus compañeros de estudios, alentados por un anhelo innato de libertad. Es sin duda, la historia de muchos, y de algún modo la historia de nuestro protagonista puede llegar a representarla. Diógenes es un sobreviviente de la época que se narra. Un sobreviviente del temor, la desconfianza y de las terribles tenazas de la dictadura. Es la historia de jóvenes de nuestra generación; a los que a veces sólo conocimos por sus chapas clandestinas y varios de los cuales fueron quedando en el camino, víctimas de la represión.

De esto y algo más nos habla Diego, y lo hace recogiendo los aspectos esenciales de las historias reales que se narran, sin caer en lugares comunes ni con una retórica que pudiera acercarse a una literatura para convencidos. Diego Muñoz teje un tenue telón de fondo por el que pasan los  sentimientos individuales y colectivos, y sobre ese telón hace actuar a una serie de personajes que en todo momento resultan auténticos.  Otro aspecto logrado de la novela es la recreación de la atmósfera que se vivía en dictadura. Las calles grises y vigiladas; los ruidos nocturnos, el temor, la desconfianza, los límites impuestos por el toque de queda. Si caer en tonos recargados, Diego Muñoz nos hace vivir la atmósfera de una ciudad, de un país, bajo vigilancia. Nos habla, como él dice en el prólogo, de una ciudad inundada por una niebla densa y persistente; y al hacerlo nos devuelve la imagen de un tiempo que, por cierto, no quisiéramos volver a vivir.

La novela tiene una emotividad que atrapa al lector; y tiene una estrecha relación con la primera novela de Diego: “Todo el amor en sus ojos”. Tal vez podría ser su continuación o una especie de eco en tono menor. En ambas hay un mundo juvenil que se rebela contra el poder que todo lo empobrece o elimina.                                                                                  Con esta novela Diego nos entrega otro episodio de la historia que le tocó vivir, y lo hace con el estilo y la sensibilidad que le conocemos.


Fragmento de texto leído en la presentación del libro “Entrenieblas” de Diego Muñoz Valenzuela. 11 de julio de 2018. Casa del Escritor. Santiago.


19 agosto, 2018

El profesor Cristián Cisternas entrevista a Diego Muñoz Valenzuela

https://youtu.be/w9S1nFFNYu4

11 agosto, 2018

Entrenieblas: por Juan Mihovilovich


ENTRENIEBLAS
Autor: Diego Muñoz Valenzuela
Novela, 143 páginas. Editorial vicio Impune, 2018
“El tiempo, como era usual, se deslizaba lento y líquido. Imaginaba que el mundo era un inmenso acuario donde se desplazaba con morosidad.” (pág. 103)
Es un libro con la apariencia de un solo personaje central que desarrolla sus vivencias al modo de un diario de vida fragmentado y que abarca la primera etapa de la dictadura militar en Chile.  Pero esa estructura narrativa unipersonal no debe tomarse al pie de la letra en cuanto a la presencia de un único discurso, ya que al menos permite más de una digresión. 
Diógenes, cuyo nombre no es casual, es un joven de apenas 18 años y que será testigo de los más aciagos momentos que viviera este país durante el golpe militar del 73 y cuyos efectos inmediatos se expandió por décadas sin que hayan sido extirpados de la memoria colectiva.  Y es que Diógenes representa, justamente, la conciencia lúcida de quien asumió que estar en medio de la historia equivalía a ser un actor real, con sus miedos, sus inseguridades, sus intentos de accidental valentía, sus dudas manifiestas respecto de la bondad humana, el recelo respecto de sus amigos cercanos, sus mutuas desconfianzas. Por lo mismo, es cierto, parece un personaje único y sin embargo, es el espejo oculto de una juventud parcelada, como si se sobreviviera en compartimentos estancos donde la palabra y los gestos eran el silencio común de toda una generación perdida.
 En fin, ser y estar en el centro de la historia, mimetizado como uno más de los jóvenes de la época que, de golpe y porrazo, vieron que el mundo nuevo, el de la solidaridad y la fraternidad, se les venía, virtualmente, abajo.  Los idealismos caídos por la borda. Las persecuciones como forma de control y exterminio de los opositores políticos y todo aquello que conlleva la consolidación de una dictadura que se entronizó en el poder por casi dos décadas.
Luego, Diógenes, en sus interrelaciones procura desmenuzar el sentido del miedo.  Es hijo de un matrimonio comunista, con un padre ya entrado en años y que ha ocupado un puesto significativo en la vida cultural.  Inmerso en su ámbito estudiantil Diógenes presiente que, tras los cantos de sirena iniciales de algunos seudo revolucionarios, la Dictadura ha venido para quedarse.  Descree de la lucha de una resistencia que será incapaz de subvertir el nuevo orden.  Su vinculo con Catalina, una agraciada mujer madura que, a su vez, mantiene una relación amorosa con Leonardo, un supuesto adalid de la lucha clandestina, lo mantendrá en las tormentosas aguas juveniles donde la sensualidad y acogida de aquella será una especie de bastión que lo ayudará a comprender e intentar soportar el dramatismo de una realidad entrecruzada de muertes, temores, sospechas y delaciones, que irán dando pábulo a  la consolidación progresiva de un militarismo sangriento que cambiará la perspectiva social, económica, política  y sobre todo, humana, del país.
Desde un eventual atrincheramiento personal, Diógenes recrea su soledad individual tratando de atesorar alguna imagen que lo saque del descreimiento generalizado.  Sus permanentes suspicacias entre sus iguales lo llevan a preguntarse a menudo qué sentido tiene vivir entre tinieblas, sin saber de qué manera se encuentra o se retoma el curso natural de una juventud que ha sido castrada en sus sueños y expectativas.  De qué modo se supera la cadencia de un tiempo estático donde se asiste a vivir la propia existencia como si fuera ajena.
De ahí que, ocasionalmente, se vea involucrado en una que otra actividad clandestina, más por circunstancias que por convicciones reales.  No concilia que sea la fuerza pura o la idea de una rebelión que signifique la muerte de muchos la forma en que se puede lograr la derrota de la Dictadura.  En su fuero interno siente que sus ilusiones son las comunes de su edad y por lo mismo intuye que luchar con las mismas armas de los vencedores es continuar con una espiral de violencia que no tendrá nunca un fin próximo.
Diógenes constituye un reducto ético y moral respecto del golpe de estado.  Es la conciencia intuitiva de saber y entender que el tiempo del odio tiene un trayecto doloroso, pero que en lo profundo de sí mismo y de quienes se enfrentan al oscurantismo hay un germen de rebeldía natural que ninguna dictadura podrá oprimir para siempre.
Es por lo que esta novela, escrita con soltura y maestría inherentes a su autor, nos lleva a indagar en un terreno no del todo explorado en la narrativa post golpe: escudriñar en la voz juvenil que lidió con los pánicos y horrores dictatoriales y que se esforzó por no sucumbir en el intento.
Un libro que debiera ser conocido por las nuevas generaciones para entender y aprehender que la historia a veces y por desgracia es cíclica y que las conductas humanas, con todo lo terrible y destructiva que pueden llegar a ser, no las exime, ni con mucho, de la posibilidad de reiterarse en la vida de cualquier país o sociedad, incluida, naturalmente, la nuestra.

Juan Mihovilovich

04 agosto, 2018

ENTRENIEBLAS, por Fernando Moreno (U. Poitoiers)


Presentación de Entrenieblas, de Diego Muñoz Valenzuela (Santiago: Vicio Impune, 2017)

Es más que conocida la constancia con la cual el elemento histórico participa en la constitución de los discursos literarios en nuestro país y en el continente, un hecho que se ha desarrollado y consolidado en las últimas décadas por el número creciente de escritores se han abocado a la reescritura de capítulos y personajes considerados fundamentales en la Historia pretérita del país. Y sobre todo por la actividad de aquellos autores que se han volcado sobre su Historia reciente, aquella de la dictadura y de la posdictadura. Asumiendo un código estético realista, en sentido lato y, por lo mismo, con la presencia de muchos matices tonales, decenas y decenas de novelas hacen suyas temáticas referidas a distintos aspectos y problemas que han afectado y afectan la sociedad chilena, su política, su evolución. Las referencialidades que allí emergen son, consecuentemente, varias y variadas. Hay textos que nos hablan del golpe de estado, de su brutalidad y de sus consecuencias inmediatas (A partir del fin de Hernán Valdés, Milico de José Miguel Varas), del ambiente tenebroso, temor e indefensión durante el período del gobierno militar (La burla del tiempo de Mauricio Electorat, Cátedras paralelas de Andrés Gallardo); de los centros de detención, de la crueldad y la tortura ejercidas por los esbirros del poder (Carne de perra de Fátima Sime, Coral de guerra), de los avatares de la resistencia, sus heroísmos y traiciones (El informe Mancini, Todos los días un circo, ambas de Francisco Rivas), de la caras del exilio y los reveses del desexilio (Cobro revertido de José Leandro Urbina, Bosque quemado de Roberto Brodsky, Una casa vacía de Carlos Cerda), de las relaciones entre cultura y barbarie (Estrella distante y Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño), del existir y de la sobrevivencia en el periodo de la llamada transición a la democracia, donde prima el orden económico y social impuesto por la dictadura y el liberalismo a ultranza (Mano de obra de Damiela Eltit, La patria de Marcelo Leonart). Y muchos otros.
Esta tematización y ficcionalización de la historia se concreta bajo diversas modalidades y formulaciones. Así, en relación con el grado de referencialidad, los acontecimientos históricos pueden allí aparecer de modo explícito, directo, sin tapujos, o bien de manera oblicua, sesgada, distorsionada, también hipotética o imaginada, de modo que la temporalidad referida puede ser precisa, difusa, genérica o proyectada hacia el futuro e incluso pos apocalíptica (El insoportable paso del tiempo, de Francisco Rivas), o que permita establecer puentes entre pasado y presente (Marcelo Mellado, La batalla de Placilla). Los escritores recurren a diferentes formatos y estructuras. Por ejemplo, el del testimonio como el José Miguel Carrera en Somos tranquilos, pero nunca tanto; el del neo policial (Sin redención de Miguel del Campo; Será de madrugada de Eduardo Contreras, además de las muy conocidas de Ramón Díaz Eterovic); de la crónica y la entrevista, (Alfredo Sepúlveda, Virginia Water), el de la novela de aventuras (Ricardo Candia Cares, Operación Cavancha, Jorge Molina Sanhueza, Asesinato en el estado mayor), el modelo de la confesión (Arturo Fontaine, La vida doble); del folletín historiográfico, como en Mapocho de Nona Fernández, de la ciencia ficción (Jorge Baradit, Lluscuma), y a proyecciones y orientaciones disímiles, tales como la paródica, la alegórica, la mítica, la meta discursiva o la didáctica, y que pueden funcionar de modo excluyente o aunado.
Este es el contexto en el que se inserta Entrenieblas, la reciente novela de Diego Muñoz Valenzuela que se presenta hoy. Se trata de una obra que comparte muchos rasgos y enfoques con aquel corpus. Pero lo que interesa destacar aquí, me parece, son más bien sus diferencias, todo aquello que establece su singularidad, su personalidad podría decirse, y que, por lo mismo, amerita nuestra atención.
En este sentido, por ejemplo, habría que considerar, lo que dice relación con la perspectiva del hablante, lo que se podría considerar como su disolución que es, al mismo tiempo, su duplicación. Digo esto porque el texto viene precedido por un “Prefacio” en el que el autor explica la génesis del libro, se refiere a su título, reflexiona sobre sus objetivos, insistiendo en su experiencia personal, en su afán por elaborar un testimonio literario en el que prevalezca el deber de memoria. Pero, al leer la novela nos encontramos, no con una narración estrictamente personal, la de un sujeto que recuerda, sino más bien la de un personaje que recuerda “a través de”, es decir a través de un narrador externo, en tercera persona como se dice desde hace mucho, el que sigue paso a paso los gestos, actos del protagonista y externaliza sus pensamientos. Pero, al mismo tiempo, se constata que la narración se dispone según el modo de un “Diario de vida”, que es una de las concreciones más frecuentes de los relatos autobiográficos, de las escrituras del “yo”. Hay entonces esa doble perspectiva, o esas perspectivas que se contraponen y complementan, donde la asunción de lo personal parece que no puede hacerse sino a través de la búsqueda y del establecimiento de una distancia, de un desdoblamiento explicable quizás por el deseo de racionalizar, de ordenar y también de exorcizar demonios personales e históricos.
Se trata de un “Diario de vida” que comienza relatando lo sucedido, el 11 de septiembre de 1973 a las cinco de la mañana, se precisa en el texto, y que termina el 10 de septiembre de 1975. Son entonces dos años de la existencia de Diógenes, el joven protagonista –que en esa primera fecha está terminando sus estudios secundarios y que posteriormente ingresará en la universidad–, los que aparecen allí evocados selectivamente y con mayor o menor detalle, según el grado de conocimiento y de importancia que el narrador posee o le atribuye a lo sucedido.
Surge así, desde la óptica de ese joven ilusionado y comprometido con la política de cambios impulsada por Salvador Allende, y a partir del momento del violento quiebre de ese programa, todo un conjunto de reminiscencias que abarcan múltiples aspectos de su ser íntimo y de su ser social. De modo que el narrador dará cuenta de la sensibilidad y también de la juiciosa emotividad con la que Diógenes encara o elude las nuevas condiciones de vida impuestas por los militares, cómo reacciona frente a las situaciones de violencia y terrorismo de estado, transmitirá sus percepciones en relación con los avatares de su familia, y de las a veces muy trágicas consecuencias que trae consigo, en el ámbito educacional, laboral, y relacional, el orden del terror instaurado por la dictadura. Pero también la reacción de quienes se atreven a oponerse, y sus consecuencias.
Acertado me parece el título escogido por Diego Muñoz para su obra. Y él, en el citado “Prefacio”, lo explica así: Entrenieblas “fue la sensación que mejor describe mi experiencia. Es una memoria borrosa: como si la historia se observara a través de una ventana empañada por un largo invierno. O desde unos ojos inundados por las lágrimas, O desde una ciudad inundada por una niebla densa y persistente”(7). Y tiene razón, cómo no habría de tenerla. Pero me parece que junto con esto, ese título sugiere además de las ideas de incertidumbre, confusión, desencanto, esos sentimientos en los que, frente a los hechos, el protagonista se ve envuelto y, yendo todavía algo más allá, orienta hacia la caracterización del universo representado como un mundo de tinieblas, de sombra, de oscuridad, de tenebrosidad, en suma, como un infierno. Nieblas y tinieblas que son sin embargo referidas con un discurso transparente, ágil, fluido, directo, eficaz, consecuente con el propósito de objetivación verosímil de una conciencia que se mueve entre el desaliento y el denuedo, en un constante vaivén en el que van sucediéndose o alternando, aventuras y desventuras, esperanzas y decepciones, alegrías y tristezas, sosiegos e inquietudes, aprensión y coraje, actuación e impotencia, lealtades y falsías.
Se destaca, además, ese retrato que se va configurando del personaje central, ese adolescente –lector impenitente, estudiante responsable, autocrítico, emocional y reflexivo– apabullado por la Historia, abrumado por el peso que cada acción puede significar, confundido, aturdido frente a callejones sin salida aparente, turbado por las vicisitudes de una vida desquiciada y que se pregunta y se cuestiona por su presente y su porvenir: “Sigo vivo nada más por temor instinto. Sin ninguna justificación real. Soporto el horror y el abuso a costa de la ignominia. Cada día traiciono, reniego, abomino, me muerdo la lengua sólo para continuar respirando. ¿Qué clase de vida tengo? ¿Qué futuro surgirá de este caldo abominable?” (140).
Y es que Diógenes quisiera poder hacer honor a su nombre, tener la posibilidad de asumir una idea radical de libertad y de desparpajo, poder ejercer una autonomía en opiniones y comportamientos, pero al igual que sus padres, que sus pares, que sus amigos, y que todos los que piensan como él, ha sido sacudido y vapuleado por aquella intervención militar que termina por instaurar “los tiempos del ogro”, para aludir a otro de los títulos de Diego Muñoz. Sin ánimo de hacer malos juegos de palabras ni humor negro, o moreno, que me va mejor, Diógenes, nuestro Diógenes, podría exclamar como César, Vallejo claro, el de Los Heraldos negros, aunque con las diferencias que se imponen, “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!” y continuar con aquellos versos que dicen “Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como / cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; / vuelve los ojos locos, y todo lo vivido / se empoza, como charco de culpa, en la mirada”. Ante la tragedia, el hombre se siente culpable, piensa que la esa circunstancia es producto de su actuar, se siente responsable y se instala en la incertidumbre y el dolor. Pero el personaje tomará las decisiones que le permitirán, se supone, atenuar la angustia, contrarrestar ese infortunio causado por otros hombres, ir más allá del constatar hechos,  sensaciones o estados de ánimo, y comprometerse para participar de manera enfática y no sólo circunstancialmente, en actividades de impugnación y resistencia.
Con experiencia privada y experiencia social entretejidas, con la manifestación de lo fáctico visto a través del prisma del mundo sensible, por medio de los avatares de la subjetividad engarzados a la Historia, proporcionando los materiales discursivos para pensar y analizar las presencias y sentidos del pasado, Entrenieblas evoca los sueños truncados por un despertar de botas y por sus consecuencias de todo tipo, esas que transformaron la nación en una consternación. De este modo, se propone una ficción como un envolvente lugar de interrogación de los marcos de la experiencia individual e histórica y la pone al servicio de un pensamiento y de una actividad de recuperación y transmisión de la memoria.
Mucho más podría decirse sobre este hábil y bien concretado ejercicio literario. Se podría hablar de las anécdotas que contiene, y de la representación que hace el narrador de  cómo se viven los afectos, de cómo se sobrevive en medio del sistema represivo, de cómo se va construyendo la fotografía de una época, por ejemplo. Y de cómo se despliegan las múltiples facetas del texto, que hacen de él simultáneamente un testimonio, una saga familiar, una diario de vida, una novela de aventuras y de formación. Todo eso lo descubrirán sus ávidos lectores. Pero no quisiera olvidar algo que también me parece significativo y que tiene ver con la realización y la recepción de esta obra. Porque las motivaciones de la escritura y acogida de los virtuales destinatarios hacen que aquí el texto se perciba como un espacio para conocerse y reconocerse, y dando la vuelta al esquema, para que la literatura se convierta en mundo y vía de conocimiento y de autoconocimiento. No es éste el menor de los méritos de Entrenieblas.

Fernando Moreno

02 junio, 2018

Masoquismo nocturno 2


Las ovejas negras sueñan con lobos blancos, albos, limpios de corazón.

26 mayo, 2018

Despedida a Jorge Martínez


Ayer, viernes 25 de mayo, fui a despedirte a una capilla en Maipú, querido compañero (siempre vas a serlo: querido y compañero). Una ceremonia humilde, sencilla, tal como fuiste.
            Nos conocimos en los 80, no recuerdo cuándo ni dónde, en una de esas citas clandestinas que ocupaban nuestras vidas. Fue inevitable simpatizar con esa mirada clara y dulce, con la sonrisa a flor de labios, las palabras sabias y mesuradas. Seguro que conversamos más de la cuenta esa primera vez; solíamos hablar de otras cosas que parecían no tener nada que ver con el trabajo de un revolucionario. Pero tú y yo -y muchos otros- sabemos que sí.
No supe tu nombre hasta el retorno a la democracia. Sé algunas de las tremendas pellejerías que pasaste, el valor que tuviste que desplegar, el ingenio que ayudaba a salvarse, la serenidad a toda prueba, el estoicismo demostrado día por día. Eran años en que la guadaña era cruel y cotidiana. Cruzaste ese camino sin hablar nunca de ello, libre de jactancia o de soberbia, el más humilde entre los humildes.
            La risa que nos regalabas era espontánea, sincera, y te brotaba de un manantial infinito que surtía -¿qué más podía ser?- tu propia alma, clara y prístina. Voy a extrañar esa risa, pero me la llevo conmigo. Otros, otras, harán lo propio.
Así es un héroe, pensaba ayer al mediodía. Un héroe anónimo cuya historia no se publica en biografías, no aparece en las noticias de la televisión, no se corona con una crónica de la prensa. Alguien que lo dio todo, como tú, con generosidad tremenda. Sin personas como Jorge Martínez no habríamos tenido de vuelta esta democracia que tenemos: bienvenida, necesaria, precaria, frágil, insuficiente.
Como otras, como otros, vives conmigo cada día, Jorge Martínez, compañero del alma. Nadie puede ser más libre que el que lucha por la libertad y pone en juego todo lo que tiene, hasta la vida. Te abrazo, con cariño, con admiración, con esperanza en ese mundo mejor. Y no te suelto.


26 de mayo, 2018, Diego Muñoz Valenzuela




19 mayo, 2018

Delirios sobre la paradoja de Zenón


Tortuga 1 le explicó a Tortuga 2 la paradoja de Zenón. Cuando lo hubo convencido, lo invitó a echar una corrida. Antes de partir se disfrazó de liebre. Logró sacarte ventaja al ingenuo Tortuga 2, pero la carrera la ganó Aquiles, que no creía en nada y tenía los pies ligeros.

03 marzo, 2018

Masoquismo nocturno


Las  ovejas cuentan lobos para desvelarse.

04 enero, 2018

Pesadillas de Lobo

            Lobo tuvo un sueño terrible: era un indefenso corderillo en la pradera, escapando de los hambrientos predadores que lo perseguían. Despertó con su propio y conmovedor balido.

31 diciembre, 2017

EL TIEMPO DEL OGRO en OFF THE RECORD

off the record

EL TIEMPO DEL OGRO



EL TIEMPO DEL OGRO
Diego Muñoz Valenzuela
Nº de Páginas: 178Formato: 13 x 23 cms
El tiempo del Ogro
“El tiempo del Ogro” es una colección de cuentos que integra diversas experiencias en los años de la dictadura militar: la persecución y la tortura, el trabajo clandestino de la resistencia, la cruenta acción de los servicios de inteligencia, la lucha para recuperar la democracia perdida y añorada. También aborda las consecuencias de las profundas transformaciones realizadas en dictadura, las mismas que continúan atenazando el presente y el futuro de nuestro país.
Historias donde confluyen amor, humor, sexo, miedo, música, imaginación, monstruos reales y héroes anónimos pueblan estas páginas que constituyen un retrato de una época que marcó a fuego a Chile. Fantasía y memoria, ficción y realidad se entremezclan para construir una imagen, tal vez un espejo, donde el lector podrá imaginarse a sí mismo inserto en la trama que derivó del quiebre institucional de 1973.
 Una lectura imprescindible para quien desee conocer o ahondar en la experiencia de una dictadura militar que dejó cicatrices y horrores imborrables que marcaron nuestra historia. Diego Muñoz Valenzuela es un escritor emblemático de los ’80, cuya maduración literaria se fragua con la dictadura: retrata un mundo de sombras, de personas aisladas y a la vez perseguidas por fantasmales aparatos represivos.



18 noviembre, 2017

EL TIEMPO DEL OGRO

Ayer en la tarde presentamos el volumen de cuentos sobre la experiencia y consecuencias de la dictadura que lleva el título de este cuento, publicado por Simplemente Editores. Estuve en compañía de mis queridos amigos Cristian Montes Capó, profesor de la Universidad de Chile, y Rene Pozo Cárdenas, sobreviviente de Villa Grimaldi. 

Les comparto este cuento. El libro ya está en la librería del GAM y llegando a las cadenas y librerías más importantes. Si no lo encuentran, me escriben por aquí o por Facebook.


El tiempo del ogro


A todos aquellos que nos extraviamos en la neblina densa y terrible
del tiempo del ogro, en especial a Remigio y Héctor que permanecerán
en este texto un tiempo más y ojalá –no pierdo la esperanza- para siempre

Se encontraron a unos escasos metros del fragor de la avenida Irarrázaval a fines de aquel año tan intenso en tristezas y terrores. De ese modo, constituía una inmensa alegría cruzarse con alguien conocido allí, constatar que la vida seguía irradiándolo con su milagro. Remigio le dejó caer sus ojos achinados y pícaros, destilando la felicidad de verlo y Héctor le devolvió la mirada desesperanzada de un muerto en vida. Aquello puso en alerta a Remigio: algo no andaba bien.  Venían caminando en sentido opuesto y por mero instinto aminoraron el paso imperceptiblemente, como si quisieran despistar a un observador invisible.
A partir de ese momento, todo transcurrió en cámara lenta y comenzó a grabarse de manera indeleble en la memoria de Remigio. Imágenes que iban a acompañarlo durante su vida, a insertarse en sus sueños, regresar súbitamente a su rutina en los momentos felices, como para resquebrajarlos.
Héctor dio un paso y le ofreció sus grandes y cansados ojos de borrego triste. Estaba exhausto de sufrir: eso le dijeron aquellos ojos a Remigio y no fue necesario que describiera los espantos a los que había sido sometido. Aquella mirada tenía la elocuencia de un relato extenso y vigoroso. Héctor denegó con el rostro varias veces mientras elaboraba un nuevo paso, levantando una pierna que pesaba media tonelada.
Le cuesta caminar, pensó Remigio, como si transportara el mundo completo sobre sus espaldas. Tan afligido, tan exhausto, tan vencido, eso concluyó Remigio. Sin embargo, aún se da maña para advertirme. Para salvar mi vida. Aquello meditó Remigio mientras daba su propio paso hacia Héctor, uno que acortaba aquella enorme distancia entre ambos, aunque quedaban apenas unos metros para que se cruzaran por última vez.
Héctor movía los labios y emitía mensajes inaudibles que Remigio tuvo que descifrar o imaginar, combinando ambas habilidades. Aquellos movimientos le revelaron el horror oculto detrás de los parabrisas reflectantes, las ventanas cerradas a machote, los sótanos inaccesibles donde reinaba la noche eterna.
Ambos dieron sendos pasos para acercarse, aunque la distancia entre ellos se tornara imposible de transitar. Remigio recordó que Héctor había cumplido dieciocho años unos días atrás; se llevaban apenas unos meses. No era una edad para vivir esta clase de cosas –esa idea le vino a la mente- pero ¿qué más podían hacer? Ellos no habían escogido el camino a seguir. Y cada vez que la vida les ofreció una disyuntiva nueva en aquellos tres acelerados años, escogieron en conciencia.
Sólo les quedaba seguir caminando. Eso lo sabían ambos. Lo tenían perfectamente claro. No había alternativa. Y aspiraron el aire de aquella mañana fresca para inflar sus pulmones con oxígeno y seguir viviendo la clase de vida que les correspondió. De modo que avanzaron; ahora estaban apenas a un par de metros. Podían verse muy bien.
Héctor no se había afeitado en varios días y las ojeras delataban sus padecimientos. No obstante, le sonrió. Era una sonrisa amarga y tierna, cargada de amor, pero sobre todo de coraje. A Remigio el corazón le saltó dentro del pecho: una emoción sorda, ciega y violenta comenzó a nacer en su interior. No podía ser que las cosas fueran así. Era inaceptable: era preciso hacer algo.
Sin borrar aquella sonrisa de su rostro, Héctor volvió a denegar mientras daba otro paso, uno que los dejó a escasos centímetros. A Remigio le pareció que podía sentir la respiración acezante de su amigo; entonces vinieron las palabras susurradas.
“Me siguen, me tienen, me usan como cebo. Salen a pasearme, pero van de cacería. Vete del país en cuanto puedas. Mañana mismo”. Eso escuchó Remigio, alelado, con la piel de gallina, mientras daba el paso final, aquel que terminaba ese encuentro fortuito.
No osó darse vuelta para observar a su amigo alejarse camino de la muerte. No fue capaz, porque una suma de miedos se apoderó de él: que Héctor fuera a correr y lo mataran en ese mismo instante, que de la camioneta de vidrios oscuros que avanzaba a vuelta de rueda se bajaran los agentes para apresarlo, que a él le diera por ponerse a gritar que alguien los salvara, a gritar sus nombres para que se supiera qué había pasado. Pero nada podía cambiar la condena que pesaba sobre Héctor. Y lloró mientras caminaba alejándose de su amigo. Sus lágrimas caían en gruesos chorros mientras se aproximaba a la avenida, los ojos se le iban poniendo muy rojos y el sollozo le convulsionaba el tórax. Por suerte los hombres del furgón de inteligencia no percibieron su estado, ocupados como estaban de no perder de vista a Héctor.
Remigio caminó y caminó y caminó, hasta que salió del país, huyendo de aquella muerte implacable, hasta que llegó a París y luego a Marsella, donde se estableció y formó una familia. De allí vino de regreso a Chile un día caluroso de febrero, cuando nos contó esta historia terrible una larga noche, mientras esperábamos el auto que iba a llevarlo al aeropuerto de vuelta a Marsella.
Dijo que no reconocía al país que abandonó hacía tantos años atrás. Le respondimos que nosotros tampoco, aunque viviéramos aquí, mientras bebíamos un vino rojo y espeso. Fue como si el tiempo no hubiese transcurrido jamás y fuéramos los mismos adolescentes plenos de sueños y largas cabelleras desplegadas al viento.
Un día alguien contó que, tras vivir un tiempo solo en París, Remigio se había suicidado, sin dejar explicaciones. Nos quedamos helados. O más bien congelados por el dolor, súbito, intenso, desesperado. Sin embargo, seguimos caminando. Dando pasos, adonde sea. No sé si huyendo o avanzando. Quisiera creer que alejándome del sufrimiento o de la fatalidad o de la muerte. También quisiera creer que acercándome a ellos: a Héctor y Remigio. Pero no lo sé. Sólo seguimos, sigo, caminando.


04 noviembre, 2017

Seductor

Le pregunto acaso desea que la desvista. Sugiere que empiece por los zapatos tacón de aguja. Hacia allá me deslizo con celeridad. Extiendo los brazos por la senda de sus piernas para extraer las medias negras caladas. Lo ejecuto con destreza. Aparece una piel verdosa, cubierta de mínimas llagas purulentas. Todavía me quedan fuerzas para desenvainar el perfecto zapato negro y surge la garra con tres uñas poderosas. Siento un gruñido sobre mi espalda, un hálito pesado, húmedo, y ofrezco la testuz.

25 octubre, 2017

Minificción al Zócalo

Entre el 7 y el 9 de octubre de 2017 se realizó el II Encuentro Iberoamericano de Minificción en la Ciudad de México, en el marco de la XVII Feria Internacional del Libro en el Zócalo, y en la recientemente inaugurada Galería del Centro Cultural El Rule. El Encuentro fue organizado por el Seminario de Cultura Mexicana y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, con la dirección de Marco Antonio Campos y Javier Perucho.  Asistieron escritores, editores y estudiosos de diversos países: México, España, Puerto Rico, Colombia, Ecuador, Perú, Argentina y Chile, país que me correspondió representar, tal como hizo Lilian Elphick el año pasado.
Al inicio del evento fue entregado -con mucha justicia habría que resaltar- el II Premio Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola 2017, otorgado a la trayectoria de un microrrelatista, organizado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y el Seminario de Cultura Mexicana, y que este año fue para el escritor argentino Raúl Brasca.
El jurado, conformado por Violeta Rojo (investigadora venezolana de amplia trayectoria), Caroline Lepage (investigadora francesa) y Ana María Shua (escritora argentina, ganadora de la primera versión del mismo premio), decidió entregar por unanimidad el reconocimiento a Raúl Brasca, por la alta calidad y el incuestionable valor literario de su obra. Como parte del homenaje se lanzó una antología personal del autor titulada Minificciones, coeditada por las instituciones organizadoras y Editorial Ficticia (que cuenta con una amplia trayectoria en el género brevísimo).
Como siempre ocurre en los encuentros de microrrelato, rápidamente se constituyen en el escenario de un amistoso reencuentro de una cofradía que goza de buena salud, creatividad, humor y compañerismo. Reencontrarse en algún país de habla hispana es una fiesta, sea en México, Argentina, Colombia, Perú, Chile o donde nos lleve el ímpetu por compartir con fraternidad. La familia de la Minificción va creciendo de año en año, y ganando reconocimiento para el género narrativo breve.
El Cono Sur, representado por Argentina, Perú y Chile, va conformando un polo interesante desde el punto de vista de la creación (un numeroso contingente de autores que cultivan el género de manera importante), la edición (hay editoriales dedicadas exclusivamente o con presencia significativa al género) , el estudio (las universidades se van sumando a la investigación de la Minificción) y la organización de encuentros por parte de actores diversos.
De Argentina estuvieron: Raúl Brasca, Premio Juan José Arreola 2017, un autor prolífico y de alta calidad, generoso difusor del género a través de numerosas antologías, animador de encuentros literarios, incansable estudioso; Ildiko Nassr, la irreverente y talentosa jujeña que muestra enormes habilidades cuando se trata de trabajar o jugar con la palabra;  Juan Romagnoli, un escritor que demuestra continuamente la profundidad que puede lograr la concisión del microrrelato; Martín Gardella, gran cultor del humor negro en pocas palabras y difusor incansable de la Minificción en la web y la radio.
De Perú, dos indispensables y permanentes animadores de la minificción: Alberto Benza, que a sus dotes de escritor del género brevísimo agrega sus formidables energías de editor (Micrópolis invade beneficiosamente el continente con sus ediciones cuidadas); Rony Vásquez, que combina su ejercicio creativo de autor con las labores editoriales de la revista Plesiosaurio y Micrópolis; a ellos se sumó César Klauer, que exhibe sarcasmo y crítica social en sus breves textos cargados de humor negro. 
Caminando hacia el Norte nos encontramos con Solange Rodríguez Pappe de Ecuador, que ejerce sus estupendos oficios en el territorio de la fantasía brevísima explorando lo extraño, y  Esteban Dublín de Colombia que, flanqueando el límite con la poesía, nos ofrece el placer del cierre inesperado y la reflexión inevitable. De Puerto Rico estuvo Emilio del Carril, un esgrimista de la ironía, la sorpresa y lo extraño.
Cruzando el Atlántico, llegamos a Islas Canarias (España), representada por el minificcionista y poeta Juan Carlos de Sancho, que añade otros oficios como el de crítico, antólogo y director de revistas. De España también participó Ana Calvo Revilla, profesora e investigadora de la Universidad CEU San Pablo de Madrid.
México es cuna de autores fundamentales del género como Juan José Arreola, Julio Torri, José de la Colina, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Agustín Monsreal, una poderosa vertiente  potenciada por la residencia de exiliados como  Max Aub y Augusto Monterroso, y los recientemente fallecidos maestros René Avilés Fabila y Guillermo Samperio.
En el país anfitrión hay un importante grupo de minificcionistas de oficio, suficientemente probados en cuanto a eficacia en el género, un universo imposible de recorrer en estas líneas. Entre ellos no podemos dejar de  mencionar a Mónica Lavín y Dina Grijalva, ambas muy audaces y efectivas en su estilo, temáticas y lenguaje; agudas y mordaces. Marcial Fernández, que se ejercita en la extrema brevedad de manera penetrante y con ironía inteligente, y se da tiempo para dirigir la editorial Ficticia. José Luis Zárate, que a sus celebradas y premiadas dotes como narrador del ámbito fantástico, agrega  el ejercicio de la minificción. Alberto Chimal, un escritor con múltiples facetas en el mundo narrativo, irreverente, divertido, cultor de lo fantástico y la brevedad.
Ana Clavel, narradora en toda la línea, con una obra muy reconocida, explora la microficción con una mirada desde lo femenino. Azucena Franco se mueve con destreza en el complejo terreno de lo erótico y lo fantástico. Juan Carlos Gallegos se perfila como un diestro administrador del absurdo fantástico en sus historias. Alfonso Pedraza, a sus propias artes de creador, agrega las de antólogo, tallerista y gran difusor del género. José Manuel Ortiz, dueño de una prosa filosa, penetrante y cargada de sarcasmo, poeta y antólogo.
Podríamos seguir con una extensa lista de microficcionistas que dan cuenta de la importancia del género en México, donde existe una larga tradición: Ana García Bergua, Laura Elisa Vizcaíno, Rogelio Guedea, Cecilia Eudave, Óscar Tagle, Gabriel Ramos, Fernando Sánchez Cielo, David Baizabal y el abnegado organizador, estudioso y cultor del género Javier Perucho; y conste que mencionamos sólo algunos autores que pueblan una galaxia heterogénea.
El II Encuentro Iberoamericano de Minificción se realizó por segundo año consecutivo y así va constituyendo una tradición admirable, de amplia efectividad para la instalación del género narrativo brevísimo. Confirma así México su contribución al género en el ámbito institucional (resultado de una política cultural), que reconoce y acompaña a las actividades de las universidades y las editoriales, y potencia el magnífico y sostenido despliegue de sus creadores.
Más de medio centenar de escritores, investigadores, editores y público general, sobre todo estudiantes, compartimos durante tres días El Rule para compartir novedades, lecturas, debates del ámbito de la microficción.
Hay que señalar a los buenos oficios de Marco Antonio Campos y Javier Perucho desde el Seminario de Cultura Mexicana, para asegurar todos aquellos múltiples aspectos que conforman un encuentro literario grato, productivo y fraterno.
Sólo echamos de menos el contexto de la Feria del Zócalo, postergada por efectos del terremoto devastador, lo cual implica un doble reconocimiento a los organizadores, que debieron enfrentar no sólo las complejidades propias de un evento literario, sino que las dificultades derivadas de la emergencia. Una razón más para valorar la iniciativa de México, un país generoso, abierto y pleno de afecto, que confirma una vez más su promoción irrestricta e incondicional de la cultura.
¿Qué encuentro o congreso será el escenario del reencuentro con los colegas de la microficción, en qué país, cuándo? No lo sabemos, pero estamos ciertos que ocurrirá y pronto. La narrativa breve encierra una pasión literaria enorme, que traspasa las fronteras de nuestros países, forjando una fraternidad inusual y estupenda, que se mantiene viva gracias a los lazos tan invisibles como sólido de internet, un aliado poderoso. Un fuerte abrazo a todos sus integrantes, sigamos cultivando esta amistad que nos honra.


Diego Muñoz Valenzuela; octubre 2017

27 agosto, 2017

Memorias del futuro 1

Estoy en mi paseo matinal por el parque. El gran danés sale a pasear solo por el condominio. Da varias vueltas, orina por ahí, defeca por allá. Su amo lo mira desde una ventana. El perro recoge las heces con una bolsa y las tira a la basura. El amo lo aplaude. Nos cruzamos. Lo saludo. Me responde y dibuja una sonrisa en el hocico. Jadea. Le pregunto por qué vive con el hombre. “Está viejo y solo; no tiene a nadie”. Su voz tiene un remoto timbre de ladrido. “Cuando muera, viviré solo”. Le deseo buen día. Me corresponde. Regresa a su casa. Me pregunto a qué se dedicará todo el día.

19 abril, 2017

Acerca de la izquierda

Por estos días muchas personas reflexionan acerca de la izquierda desde una posición purista -pretendiendo una asepsia imposible y una neutralidad intelectual tan pretenciosa como falsa-  que a fin de cuentas me ha resultado agria, insoportable, hasta repugnante y tuve que preguntarme por qué. Hay muchas, demasiadas razones, que expulso, más que expongo, con rabia y con dolor. En desorden, probablemente.
Recordar lo obvio: desde fines de 1970 y hasta 1973 la derecha criolla y el imperialismo norteamericano colaboraron consciente y activamente para derrocar el gobierno de la Unidad Popular. Triunfaron en eso, pero para asegurarse en los días y años sucesivos exterminaron a sus mejores dirigentes, reprimieron a otros, anulándolos o moderándolos, convirtieron a algunos en colaboradores eficientes, expulsaron del país a miles. La represión durante dictadura fue algo horroroso: sistemática, cruel, eficaz. Lo viví en carne propia, desde la resistencia perseguida, vigilada, diezmada mil veces. Poco se habla de esto y de sus terribles efectos, tangibles y concretos en la actualidad, pero casi invisibles para la razón.
La izquierda fue arrasada, exterminada, destruida en sus cimientos. Debilitada en sus principios, tentada por el canto de sirenas del poder, mediatizada, moderada para reducirla a una mera apariencia que ni siquiera recoge la tibieza de la vieja socialdemocracia. Quedaron las denominaciones, las banderas y los símbolos de los partidos, convertidos en escenografía vana, insignificante.
La izquierda no ha gobernado en Chile desde 1990 en adelante, porque no existe. Hay unos impostores que utilizan sus emblemas, o con suerte y benevolencia unos fantasmas extraviados y trasnochados que pretenden representarla. Es triste reconocerlo: la izquierda chilena fue exterminada, sólo existe su luminosa sombra en los recuerdos de algunos que no hemos olvidado.
Y como no hay izquierda, su lugar es un botín para disputa entre los nietos de los poderosos que pretenden deshacer la construcción maligna de sus progenitores, de los intelectuales puristas que quieren desmarcarse de todos los vicios posibles sin advertir su propia soberbia y ambición (madre de todos los males que les siguen de manera natural), sin comprender que el ejercicio de la política implica mancharse las manos, las vestimentas, el rostro. Quienes detentan el poder se defienden no sólo con uñas, muelas, garras, medios de comunicación, coimas, dinero, sino que también con bombas y ametralladoras. Basta con leer las noticias internacionales para comprobarlo.
Vivimos una era muy compleja, con un dominio absoluto del poder económico, sin contrapesos. Una suerte de edad media donde el interés individual prima sobre el colectivo, donde la cultura y el pensamiento libres están relegados a un absoluto décimo plano.

Si esto se reconoce como un punto de partida, es un buen primer paso, firme, lúcido. Luego habrá que dar el segundo, que no es simple: ¿Qué puedo hacer yo al respecto? ¿Cuál es mi lugar en esta lucha desigual, pero justa? ¿Cómo hago izquierda en estos días oscuros? No es fácil responder, si las preguntas se abordan con honestidad, convicción y consecuencia. 
 
hits Blogalaxia Top Blogs Chile