11 julio, 2009

Acerca de premios


Escribió un microcuento maravilloso y obtuvo un premio ínfimo.

05 julio, 2009

Diva


Su vanidad había sobrepasado cualquier nivel imaginable. Víctima de una esquizofrenia múltiple, no sólo actuaba para sí misma, sino que -convertida en público- se aclamaba con fervor.

27 junio, 2009

Álbum 2



A Héctor Garay y Remigio Muga

Todas en blanco y negro. En la clínica entre los brazos de su madre dichosa. A los dos años su padre lo levanta hacia el cielo y él exhibe una sonrisa perfecta de querubín. Montado en un caballo con sombrero y manta, un poco serio. Con uniforme de colegio y corbata bien anudada. Adolescente, chascón, con jeans pata de elefante y anteojos John Lennon. En los trabajos voluntarios, abrazado con una muchacha de cabellera crespa; ambos se ríen a carcajadas. En su pieza, leyendo un libro con un póster del Ché atrás. En una fiesta familiar, taciturno, como si estuviera preocupado. Por algo. En la pancarta que porta su madre triste, silencioso, ausente. Mirándonos.

21 junio, 2009

Canibalismo 1


El caníbal desarrolló un narcisismo exacerbado. Acabó devorándose a sí mismo.

13 junio, 2009

Hombre gordo 1


El tipo había engordado tanto que ya no cabía por la puerta. Mediante su laptop solicitaba alimento y manejaba sus inversiones. Afortunadamente no necesitaba trabajar, así que tampoco necesitaba salir. Por otra parte, no habría podido hacerlo: sus piernas eran incapaces de sostener aquel peso desproporcionado. Era un cetáceo varado en una cama gigante, provisto de pequeñas extremidades fofas con las cuales escribía las instrucciones en el teclado. Obtenía todo lo necesario gracias a Internet. Era un enorme molusco rosado buscando satisfacción en la red virtual. Los proveedores dejaron de acudir a su casa, pues el alimento –de variadas clases, incluido el alcohol- se cargaba en receptáculos conectados a tuberías a solicitud del solitario e invisible comprador. Antes de cerrar para siempre su puerta, conectó sus puntos sensibles a robots de estimulación sexual. Se las arregló con el hampa para instalar dispensadores de droga. Finalmente la casa estalló, nadie sabe la causa. Los alrededores eran un asco, cubiertos de grasa, sangre y restos de órganos, tendones y huesos. Pudo ser resultado de un crecimiento grotesco del cuerpo; o una explosión de placer ilimitado; o una simple indigestión.
Pronto se sabrá: tiene seguidores y algunos de ellos se financian mediante contratos con canales de televisión que transmiten segundo tras segundo -como contraprestación y en virtud de un nítido contrato- el desarrollo de los acontecimientos. Algún científico aprovechará esa información, estoy seguro.

06 junio, 2009

Conserva fatídica


Abrió con parsimonia la conserva de duraznos a pesar del apetito voraz que lo dominaba. Al doblar la lámina redonda de hojalata, vio un ojo que lo observaba fijamente, con una insolente expresión de curiosidad. El primer impulso fue arrojar lejos el tarro, pero muy a tiempo el ojo parpadeó con coquetería. Se contuvo y quedó mirándolo, hechizado. Era un ojo bello, glauco, límpido, dócil, dulce. Se enamoró de él. Imaginó que pertenecía a una admirable princesa víctima de alguna bruja. Arrancó uno de sus ojos e insertó el hallazgo en la cuenca vacía; dejó de sangrar por milagro. Vio el mundo de una manera distinta. Devoró los duraznos y tiró a la basura la lata. Abrió otra. Allí estaba el ojo, esperando.

31 mayo, 2009

El esperador de muchachas

El esperador se instala en las esquinas tumultuosas del centro comercial de la ciudad. Los años cargan sus espaldas con una carga de achaques, arrugas, canas y falta de garbo. Sin embargo, aún se viste con toques juveniles: un pañuelo de colores arrollado al cuello, una chaqueta de cotelé, zapatos terminados en punta. Se ubica frente al paso de cebra a esperar las muchachas que corren cuando el semáforo está a punto de cambiar. Así por un instante imagina que corren a sus brazos, arrobadas de amor, totalmente rendidas. Sonríe, cierra los ojos, encantado, y las muchachas pasan a su lado, sin verlo.

24 mayo, 2009

La cigarra y la hormiga

La cigarra provenía de una familia aristocrática y la hormiga –como las de su especie- era sierva de la gleba. La cigarra se permitía toda clase de diversión y abusaba del alcohol, la comida y el sexo. En sus raros momentos libres, la hormiga –por lo demás talentosa- aprendió a tocar el laúd y a improvisar en décima espinela. Vistas aquellas dotes juglarescas, la cigarra se dio maña para que la hormiga amenizara sus veladas bohemias. Cobró fama y ciertas prebendas para cultivar su arte el esclavizado himenóptero. En total secreto escribió algunas esperanzadoras piezas narrativas inspiradas por su deseo de justicia; entre ellas figura la conocida fábula que usted habrá recordado. Por cierto, la presente historia carece de moraleja.

17 mayo, 2009

Demonios vagos 1


Era un demonio tan pequeño como horrible. Lo encontré vagabundeando entre mis libros, de modo que me sentí autorizado para atraparlo y meterlo en un frasco. Emitió un espantoso hedor a azufre: saltó, bramó, expelió fuego por su pequeña y perversa boca. Me divertí contemplándolo: en verdad era un demonio muy temible, sólo que demasiado pequeño. Enfureció hasta el paroxismo cuando le anuncié que iba a convertirlo en amuleto. Estrellaba su menudo cuerpo escarlata contra las paredes transparentes con empecinamiento notable. Terminó por quedar extenuado. Después de varias semanas, luce más tranquilo. Quizás resignado. Insiste mediante señas en que desatornille la tapa del frasco, pero no. Desconfío de él. Suelto, no hay demonio manso; eso decía mi abuela.

10 mayo, 2009

Paradojas de la Ingeniería Genética


Programo la última instrucción y el laboratorio robotizado comienza a ejecutar mis especificaciones. En la esfera condensa una espesa masa de neblina en cuyo núcleo se forma la criatura. Unas horas después extraigo al primer perro inteligente. Habla inglés, francés y alemán. Posee una cultura universal vastísima, incluyendo niveles de Ph.D. en cinco áreas de conocimiento. Ciertas modificaciones le permiten hablar. Tiene un carácter dócil, humor genial y es leal a toda prueba. Salimos a caminar por la playa. Corre, juega con las olas, vuelve a mí, salta y lame mi rostro. Me recita en francés un poema de Prevért. Estoy feliz de haber diseñado a una hembra: comienzo a enamorarme. La bautizo Eva. Ella está de acuerdo.

03 mayo, 2009

FLORES PARA UN CYBORG, por Pepe Cervera


http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2009/02/flores-para-un-cyborg-diego-munoz.html

martes, febrero 10, 2009
Flores para un cyborg, Diego Muñoz Valenzuela
EDA, Madrid, 2008. 196 pp. 14.25 €

En Flores para un cyborg, uno de los seis libros que hasta la fecha ha publicado su autor, Diego Muñoz Valenzuela, (Chile, 1956), se cuenta la historia de un científico experto en robótica, Rubén Arancibia, que después de pasar varios años exiliado regresa a su país, Chile, acompañado de Tom, cyborg que ha construido a su imagen y semejanza. A tal extremo llega el parecido de la máquina con el aspecto de su creador, que es capaz de pasar por éste en «reuniones sociales, cócteles, conferencias, almuerzos, partidos de béisbol y a más de un seminario inútil», incluso llega a superarlo en cuanto a relaciones sociales, ya que el androide aprende rápido a lucir un encanto del que Arancibia carece.Pese a haberse convertido en un país democrático, en el Chile que el protagonista se encuentra permanecen latentes los vicios de la anterior dictadura. Los antiguos torturadores están ahora al mando de negocios excesivamente conectados con el actual gobierno; aquellos que administraban el país continúan manejando ahora excesiva información que les permite mantener un estatus privilegiado con la connivencia de jueces y políticos. La corrupción está en el orden del día. Rubén Arancibia y un viejo amigo, activista opositor al régimen, Ricardo Bell, se plantean darle al Perro Torres, torturador y asesino, una píldora idéntica a las que él administraba.

«— ¿Dárselas a ese hijo de puta? ¡Claro! Pero es muy difícil. Ningún tribunal lo condenaría. No conseguiríamos nada con esos magistrados corruptos o, en el mejor de los casos, inertes.—No hablo de tribunales, hablo de justicia. Dejar seca a esa alimaña.»Lo que a priori parece una empresa etérea y descabellada toma cuerpo rápidamente y se transforma en una idea palpable gracias a la implicación del hombre de acero, cuyos principios y reglas morales coinciden con los que rigen el comportamiento de su creador. El cyborg se convierte en el instrumento con que su hacedor llevará a cabo la revancha. Se desata una oleada de violencia para resarcir el daño que les fue causado. El argumento que trabaja el autor posee por sí mismo una importante carga de tragedia, sin embargo Diego Muñoz Valenzuela va salpicando su prosa con las dosis justas de humor para desdramatizar el punto de vista del lector, quien no puede evitar la reflexión pero tampoco dejar escapar una sonrisa —como la que provoca la obsesión del cyborg por conseguir un apéndice viril que le permita mantener relaciones sexuales con mujeres de carne y hueso. Tom adquiere sensibilidad y capacidades humanas; sorprendentemente la máquina desarrolla cierta facultad de sentir, es capaz de querer y conseguir que le quieran. Ruben Arancibia lo considera un amigo, un hermano, un hijo, y a lo largo de la narración se percibe la reciprocidad de esos sentimientos. Para la lectura del libro de Muñoz Valenzuela, además del ya mencionado sentido del humor que lo recorre, adquiere importancia la soltura de la prosa, la facilidad con que se avanza: no es difícil liquidar las más de 260 páginas de tirón. Los objetivos que el protagonista y sus cómplices se asignan van cayendo y lo que se planteó en un primer momento como una reparación puntual e irreprochable empieza a perder freno tomando visos de venganza. El protagonista lo advierte casi al mismo tiempo que el lector: «—Haces justicia por tu mano y te conviertes en uno más de ellos, un vampiro que jamás se cansará de succionar la sangre de sus víctimas…», le dice al cyborg después de su último trabajo. A un pelo estamos de cuestionar la rectitud de sus hazañas cuando una veta de esperanza viene a apaciguar las malas conciencias.A Diego Muñoz Valenzuela se le conocía en España por haber sido incluido en la Antología de cuentos chilenos que en 2006 preparó el italiano y especialista en literatura hispanoamericana Danilo Manera para la editorial Siruela; en Chile ha publicado otra novela y cuatro colecciones de relatos. Ahora se le puede encontrar en las librerías españolas gracias a la labor de E.D.A. libros (http://www.edalibros.com/), que poco a poco, de manera injustamente callada y con unos libros de muy buen tacto, está elaborando un catálogo nada despreciable —en su colección “Los días terrestres” ya ha publicado a autores como Guillermo Busutil, José Eduardo Tornay, David Roas, Federico Fuertes Guzmán—: Flores para un cyborg es una prueba más de ello.

01 mayo, 2009

Malentendidos


a Eloísa Muñoz Fehrmann

Con su último aliento, el presidente de la corporación sin fines de lucro, desangrado y destrozado por aquella letal furia de garras y colmillos, la increpó con voz entera: “te dije que necesitábamos un filántropo, no un licántropo”.

26 abril, 2009

Obsolescencia del amor


Ya nadie necesitaba amor, había pasado de moda. Sólo interesaban los suntuarios, las tarjetas de crédito, los automóviles la ropa de marca. Los enamoramientos eran asunto de otros tiempos, al igual que las amistades leales y las iniciativas altruistas. Con frecuencia uno encontraba en la calle –entre toda clase de residuos y envases vacíos- cuerpos de cupidos atravesados por sus propias flechas. Era penoso ver aquellos inertes cuerpecillos rechonchos y rosados abandonados por doquiera, entre desperdicios, ratas y cucarachas, con sus cabelleras doradas mecidas por el viento de la ciudad indiferente.

19 abril, 2009

Diego Muñoz Valenzuela deshoja sus 'Flores para un cyborg'

http://www.malagahoy.es/article/ocio/348582/diego/munoz/valenzuela/deshoja/sus/flores/para/cyborg.html

El escritor chileno presentó ayer en el Museo Municipal su última novela, publicada en España por la editorial malagueña EDA, dentro de los actos del IML. Un científico viaja a un país lejano para hacer un doctorado en Robótica. Para entretenerse construye un robot porque se siente solo. Lo hace en secreto. Nadie le cree. Todos piensan que es absurdo. Lo crea a su imagen y semejanza. Pero el doble comienza a actuar de manera inesperada. Así comienza la trama de la novela Flores para un cyborg, de Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956), editada en España por la editorial malagueña EDA. "De repente surgió el interés, producto de conversaciones y finalmente los editores de Málaga se interesaron por esta obra, que está recién sacadita del horno", comentó el autor, que presentó su obra ayer en el Museo Municipal dentro de los actos del Instituto Municipal del Libro (IML).

"Para mí es una novedad. El hecho de estar presente en España es para mí estar en un mundo distinto, por eso de la cantidad de lectores posibles e intereses, que para un autor latinoamericano es más que apetecible", aseguró el escritor chileno. Muñoz Valenzuela, entre otras muchas obras, ha publicado además cuentos en antologías como Cuentos chilenos de Siruela.

Flores para un cyborg, que será presentada en distintos puntos de Andalucía y del resto del país en las próximas semanas, ha sido ganadora en Chile de varios premios como el del Consejo Nacional del Libro a la mejor obra literaria. "Esta obra generó allí además mucho impacto de crítica y de prensa porque era una novela que mezcla ciencia-ficción, novela negra y política, porque tiene que ver con la Transición chilena. Espero que en España ocurra lo mismo y que vaya bien", desea su autor, aunque se siente expectante por ver cómo reaccionará el público español.

Flores para un cyborg está escrita "como en tiempo presente. Es la idea. Lo que tiene de trama es pura ciencia-ficción porque la capacidad de crear una mente artificial, de un robot casi perfecto, que engaña a cualquiera..., es la gracia que tiene, aunque tiene su fundamento científico". La novela se convertirá pronto en una trilogía: ya hay una segunda parte que está a punto de salir y la tercera está en elaboración. "No me lo propuse así pero se me ha ido convirtiendo en una serie con secuelas", subrayó Muñoz.

"Pienso -añadió- que es un libro que puede interesar tanto a los que leen novela negra como a los que leen ciencia-ficción. Además, tiene cierta actualidad política, porque tiene que ver con la historia de casi todos los países hispanoamericanos, puesto que casi todos ellos han vivido dictaduras". Y en cuanto a las edades, "creo que está indicado para todos. A los jóvenes gusta y a los mayores les atrae la parte social y política de la obra".

El escritor chileno, en tanto que promocionaba su novela, vendía además ayer las bondades de su país, "al que me gustaría que muchos españoles fueran a conocer. Yo ya he venido aquí varias veces, y es España un país en el que me siento muy cómodo". Y defendió también el autor la literatura hispanoamericana, "que es una sola, y debería haber un solo mundo hispanoamericano, pero estamos separados por un océano, aunque las conexiones son impresionantes. Hay palabras perdidas aquí que han sido encontradas allí. Y viceversa. A pesar de todo, estamos en un mismo mundo".

18 abril, 2009

Asuntos de estado


El empresario vio una formidable oportunidad de negocio. Habló con el ministro, luego con el senador y les explicó lo que deberían hacer. Después conversó con el director de la red de medios de comunicación de la que era accionista. Negoció con los mayores proveedores extranjeros. Tras unos meses, se declaró la guerra. El ejército compró los pertrechos a la industria del empresario, pues era el único que los tenía a mano, a un precio –por cierto- elevado. El general dirigió la guerra: millares de soldados y armas fueron movilizados. Los jóvenes héroes fueron inmolados en decenas de batallas: defendieron la patria con su vida, hasta la última gota de sangre. Su ejemplo fue destacado en los noticiarios. Las madres despidieron sus restos cubiertos con la bandera en ceremonias de gran marcialidad. Las utilidades fueron formidables. Vino el armisticio. Lentamente todo fue volviendo a la normalidad.

12 abril, 2009

Confucuento


Cenicienta mordió la manzana envenenada y se hundió en un plácido sueño donde ella, convertida en sastrecillo valiente, aplastaba a siete ogros de un solo golpe. La maligna bruja se introdujo en el sueño, pero salió trasquilada porque un gato con botas la convirtió en sapo. Un hambriento lobo cazó al anfibio y lo cocinó a fuego lento. La Caperucita reprobó el guiso y ordenó al lobo, hacha en mano, que se lo sirviera a su abuelita. Cenicienta despertó sudando frío y se horrorizó al ver a siete horrorosos y desnudos enanos contemplándola con lascivia.

04 abril, 2009

Mentiras verdaderas


Le dije que la amaba; le mentí. Con ojos lacrimosos y voz entrecortada, ella declaró que no podía vivir sin mí; mintió descaradamente. Respondí a su engaño con un apasionado beso, aunque no pensaba en ella. Simuló una pasión arrobadora y logró conmoverme. Me dejé conducir por su timo y le declaré amor sempiterno, indestructible, a sabiendas de la falsedad de mi promesa. El abrazo se traspasó de intensas emociones causadas por la ráfaga de mentiras mutuas. La cuestión es que nos hemos tragado esta quimera. Llevamos décadas hablando falacias, imaginando ímpetus que no existen y configurando un idilio tan embustero como inquebrantable. Otras parejas nos consideran ejemplo a seguir. Reímos cuando lo señalan; nos tomamos las manos y sonreímos satisfechos por la perfección de nuestra farsa.

28 marzo, 2009

Invasiones extrañas

Vinieron de múltiples colores y tamaños, silenciosos y de grandes ojos impasibles, en grupos cada vez más nutridos. Se contorsionaban y agitaban sus aletas para desplazarse por el aire, como si fuesen pájaros y no peces. En tanto los gigantescos cardúmenes se precipitaban por parques y bosques, las personas arrancaban de aquel hecho incomprensible. Pronto ocuparon todo el espacio disponible con sus cuerpos escamosos y la gente comenzó a morir de asfixia.

18 marzo, 2009

FLORES PARA UN CYBORG EN ESPAÑA


http://www.diariodejerez.es/article/ocio/347599/flores/para/cyborg/la/maquina/perfecta/existe.html

Arantxa Cala / Jerez | Actualizado 11.02.2009 - 05:00

Un científico viaja a un país lejano para hacer un doctorado en Robótica. Para entretenerse construye un robot porque se siente solo. Lo hace en secreto, porque nadie lo cree. Piensan que es absurdo. Lo crea a su imagen y semejanza. Un doble humano que empieza a... Y así comenzaría la trama del nuevo libro, 'Flores para un cyborg', de Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956), editado en España por la editorial malagueña EDA. "De repente surgió el interés, producto de conversaciones y finalmente los editores de Málaga se interesaron por esta obra, que está recién sacadita del horno", cuenta el autor. Una edición, la tercera, a la que le preceden dos, una en Mondadori en 1997 y una segunda por RIL Editores en 2003.

"Para mí es una novedad. El hecho de estar presente en España es para mí estar en un mundo distinto, por eso de la cantidad de lectores posibles e intereses, que para un autor latinoamericano es más que apetecible", asegura el escritor chileno. Muñoz Valenzuela, entre otras muchas obras, ha publicado además cuentos en antologías como 'Cuentos chilenos' de Siruela.

'Flores para un cyborg', que será presentado en distintos puntos de Andalucía y del resto del país en las próximas semanas, ha sido ganadora en Chile de varios premios como Mejores Obras Literarias del Consejo Nacional del Libro. "Esta obra generó allí además mucho impacto de crítica y de prensa porque era una novela mezcla entre ciencia ficción, novela negra, política (porque tiene que ver con la Transición chilena). Espero que en España ocurra lo mismo y que vaya bien", desea su autor, aunque se siente expectante por ver cómo reaccionará el público español.

'Flores para un cyborg' está escrita "como en tiempo presente. Es la idea. Lo que tiene de trama es pura ciencia ficción porque la capacidad de crear una mente artificial, de un robot casi perfecto, que engaña a cualquiera..., es la gracia que tiene, aunque tiene su fundamento científico". La novela se ha convertido ya casi que en una trilogía. Ya hay una segunda parte que está a punto de salir y la tercera está en elaboración. "No me lo propuse así pero se me ha ido convirtiendo en una serie con secuelas", subraya Muñoz.

"Pienso -añade- que es un libro que puede interesar tanto a los que leen novela negra como a los que leen ciencia ficción. Además, tiene cierta actualidad política, porque tiene que ver con la historia de casi todos los países hispanoamericanos, puesto que casi todos ellos han vivido dictaduras". Y en cuanto a las edades, "creo que está indicada para todos. A los jóvenes gusta y a los mayores les atrae la parte social y política de la obra".

El escritor chileno, en tanto que promocionaba su novela, vendía además las bondades de su país, "al que me gustaría que muchos españoles fueran a conocer. Yo ya he venido aquí varias veces, y es España un país en el que me siento muy cómodo. Es un encuentro con las raíces. Aquí tengo antepasados andaluces". Y defendió también el autor la literatura hispanoamericana, "que es una sola, y debería haber un solo mundo hispanoamericano, pero estamos separados por un océano, aunque las conexiones son impresionantes. Hay palabras perdidas aquí que han sido encontradas allí. Y viceversa. A pesar de todo, estamos en un mismo mundo".

08 marzo, 2009

Jugando a Rodin

Se enamora de la estatua de mármol. Allí permanece, inmóvil, enloquecido de pasión, consumido por el deseo. Con el paso de las horas va petrificándose. Se desnuda y se aproxima a la mujer, la abraza, la anuda con sus piernas y sus brazos. Se torna blanquecino, marmóreo. Los guardias recogen las ropas abandonadas y cierran la galería.

01 marzo, 2009

Amores insectiles 2


El ardoroso hombre mosca perseguía a la mujer araña obedeciendo a su instinto masoquista. La mujer araña miraba con simpatía los afanes del humanizado díptero y escapaba coquetamente. Por fin, la alcanzó y la poseyó con ferocidad; luego –resignado- le ofreció su cabeza en calidad de manjar. Sin embargo, ella lo besó con pasión. Él, sorprendido, la increpó con dureza, insistió en que debía devorarlo. La mujer araña se rindió ante tal majadería y le inyectó su toxina digestiva. Estaba delicioso: se arrepintió de sus vacilaciones. Eso del amor es una bobada, concluyó. Y salió a la caza de galanes.

20 febrero, 2009

El traidor fracasado


a Paco Torres, que me dio la idea

Toda su vida quiso cometer una traición flagrante, pero no logró reunir el valor necesario. Así las cosas, tuvo que ser sensible, leal y entrañable.

17 enero, 2009

EL OTRO SEGMENTO


COORDENADA TEMPORAL 5648222

He estado desde siempre en el laboratorio. Carezco de cualquier recuerdo ligado a otro lugar que no sea éste. Los autómatas debieron cuidar de mí cuando pequeño debido a mi constitución biológica pura. Yo no puedo ser reparado como ellos, estoy sometido de por vida a la fatiga física y mental, a la necesidad de descanso, al deterioro progresivo de mi organismo que habrá de culminar con la vejez inútil y, por último, con la llegada de la muerte. Ellos me interrogan con frecuencia acerca de la sensación del cansancio, el sueño, el aburrimiento, el dolor. Resulta imposible explicarles nada. No sólo es engorroso tratar de descubrirles mis experiencias, sino que me siento desgraciado, insignificante ante su eternidad racional e inconmovible. Ellos conocen bien el significado formal de las palabras que expresan estados físicos o psicológicos, tienen almacenadas en sus unidades de memoria las definiciones de la risa, el tedio, la rabia, el sufrimiento, el dolor. Pero, aunque pueden identificar esos estados en mi persona, son incapaces de comprenderlos, de atisbar siquiera por un instante mis sentimientos. Tampoco conciben mi identidad; ellos están en permanente intercambio de información, podría decirse que son uno solo con la computadora central que rige todas las actividades del Laboratorio. Les he preguntado si no les parece graciosa mi condición de ser orgánico débil; han respondido que esa es mi naturaleza, así como la de ellos es perenne e inmutable, que para encontrarlo gracioso tendrían que poseer rasgos biológicos similares a los míos, y en ese caso no podrían divertirse conmigo, pues sería como burlarse de sí mismos. A pesar de su lógica impecable, no abandonan sus arrebatos de curiosidad. Han estado conmigo desde mi nacimiento y he visto junto a ellos las imágenes holográficas que siguen la evolución del embrión que fui, aquella minúscula criatura flotando perezosamente en el fluido nutritivo del reactor tibio, translúcido. Los sensores microscópicos informan ciertos paneles que despliegan gráficos de presión arterial, temperatura, índices metabólicos. El embrión crece hasta que es retirado del medio líquido para que el androide médico active su mecanismo respiratorio pulmonar. Luego la visión tridimensional reproduce las escenas del desarrollo y aprendizaje, la infinita paciencia de los autómatas encargados de las diversas especialidades que hube de aprender de ellos. He visto muchas veces esas escenas en el proyector holográfico tratando de buscar algo indefinible, un detalle que aclare las incógnitas que me agobian. Intenté, y seguiré haciéndolo, averiguar las razones de mi existencia aquí, la función que desempeño o he de desempeñar más allá de la sucesión monótona de los días terriblemente iguales del Laboratorio. La tenacidad de mis dudas se estrella de modo inexorable con la lógica inconmovible de la computadora: el Laboratorio debe funcionar de acuerdo a sus objetivos, mantener los mecanismos en óptimo grado de eficacia, regenerar las piezas dañadas de los androides, reasimilar desechos orgánicos, procurar las condiciones ambientales para mi subsistencia. Le resulta absurdo que yo pretenda tener alguna misión y si pudiera calificarme de corazón, me trataría de engreído o de loco o simplemente de imbécil. En vez de esto insiste hasta el cansancio con sus explicaciones de que no existe ninguna información respecto a una finalidad mía, fuese la que fuese. Está allí toda la historia de mi crecimiento, las normas que rigieron mi alimentación, cuidado médico, educación, todo. Mi presencia tiene que ver con la actividad normal del Laboratorio, en alguna cinta magnética residía la programación de mi existencia desde el comienzo, en un tiempo inconmensurablemente remoto. Quizás todos mis pensamientos y mis acciones estuvieron previstos hasta el mínimo detalle y no hago más que reproducir una sucesión de hechos perfectamente delineada. Ella (la computadora) dice, contradiciendo mi opinión, que soy más bien impredecible por mi sujeción a las emociones, pudiendo opinar distinto sobre un mismo asunto en tiempos diferentes. Dice que ciertos juicios míos dependen de mi estado emocional más que de mi intelecto y de mis conocimientos. Eso me hace sentir espantosamente estúpido e inferior ante la vista de los androides que me consuelan con su historia de las naturalezas distintas. Incluso la computadora ha llegado a conversarme acerca de las etapas de desarrollo de un ser de mi especie; opina que estoy entre dos fases: la inicial tardía y la desarrollada plena. Este fenómeno provoca alteraciones fisiológicas y psicológicas que me hacen aún más inestable, receloso y propenso a las divagaciones desprovistas de sentido. Acto seguido establece que este período será superado y que habré de alcanzar una etapa de mayor tranquilidad, aunque no exenta de las tribulaciones propias de mi condición orgánica. Siento envidia de ellos que no sufren estos malditos cambios que me convierten en víctima pertinaz de la incertidumbre.

COORDENADA TEMPORAL 5648298

He descubierto una afición que mitiga en buena parte mis dudas y me abstrae de sus tormentos: la matemática. La verdad es que la misma computadora me lo ha sugerido a manera de distracción, sospecho que se trata de una conclusión del androide médico. La matemática y este diario son mis principales actividades, si bien es cierto que no cumplen ninguna funcionalidad en relación al Laboratorio. Ellos tienen esa inexplicable (para mí) tolerancia hacia mi inutilidad y falta de criterio práctico. Entienden mis debilidades, las estimulan, me prestan su ayuda. Difícilmente podrán concebir placer en la resolución algebraica de un problema intrincado, a pesar de que dominan a la perfección todos sus procesos y los utilizan hábilmente cuando las necesidades del Laboratorio lo exigen. Esa altísima comprensión de las peculiaridades de mi existencia suele exasperarme, me irrita esa superioridad indulgente y servicial. Y luego decaigo por la injusticia de mis sentimientos hacia quienes tanto debo, siento vergüenza de mi actitud orgullosa y mezquina. La escritura de este diario confirma esas míseras necesidades mías: escribo para mí mismo, sin ningún propósito definido, registro mis devaneos absurdos para luego leerlos y disfrutar insensatamente de su reconstrucción gradual. La computadora me entrega casi a diario impresos que orienten mi trabajo, propone temas nuevos y ejercicios con grados de dificultad progresivamente altos. Me siento feliz y ocupado. El tiempo transcurre así con una rapidez extraordinaria. Experimento una voracidad por aprender que hasta hace poco tiempo atrás habría sido incapaz de concebir. Aunque se trate de una mera ilusión, me siento menos insignificante. Y es una ilusión, una pérdida de tiempo, una actitud extravagante, estéril, incoherente.

COORDENADA TEMPORAL 5648534

He comentado a la computadora mis impresiones acerca de las esferas y su matemática y acabada perfección, le he hablado de la intuición de que cumplen alguna suerte de relación algebraica que rige la armonía de sus formas, pero ella ha contestado que nada así está referido en sus bases cognoscitivas, que en consecuencia carece de sentido lógico imaginar la existencia de alguna relación matemática. Entonces le relaté aquello del círculo trazado con ayuda de dos lápices, uno fijo y otro moviéndose a su alrededor. Ella dijo que era la manera en que se trazaban los círculos. Yo repliqué lo de la igualdad de las distancias al punto ocupado por el lápiz inmóvil. Si se hubiera tratado de un ser orgánico como yo, hubiese pensado que titubeaba, pero no podía ser ese el caso. Tal vez buscaba en lo más recóndito de sus unidades de memoria algo que explicase mis raras proposiciones. Después insinuó que parecía tener yo la razón, pero que no veía nada práctico en ello. Era preferible que continuara mis estudios. Así lo he hecho, cada vez con mayor pasión porque vislumbro la posibilidad de descubrir nuevas cosas ‑ no sé exactamente qué ‑ ni para qué ‑ leyes nuevas, nuevas relaciones no escritas antes por la computadora. ¿Es mi vanidad la que me arrastra a este camino desprovisto de sentido? ¿Busco justificar mi existencia con esta búsquedas anhelantes y ciegas? Si hubiese alguien que compartiera estos afanes, si pudiese hablar con alguien sobre ellos. Perdida la esperanza de entusiasmar a la computadora o a los androides, he pensado en mi unicidad, mi absoluto abandono de congéneres. No necesito consultarles nada a ellos. ¿Por qué tendría que existir alguien más? Los androides, la computadora, son los encargados de cumplir con los objetivos del Laboratorio, a ello deben su existencia y sus afanes. ¿Pero el androide médico no existe en buena parte para encargarse de mi asistencia y control orgánico? ¿No soy, entonces uno de los objetivos del Laboratorio? ¿Acaso no habrá para mí una secreta finalidad dispuesta desde siempre? Claro, no hay otros como yo porque son innecesarios. Esa es la explicación. Hay algo que impide la existencia de otros. Quizás sólo no pueden existir otros. Soy por definición único, solo, extraño, confuso, ajeno.

COORDENADA TEMPORAL 5648557

He escrito ajeno al final del párrafo anterior y esa palabra, ese concepto mejor dicho, ha estado dando vueltas y vueltas en mi interior. Parece cual si una sombra difusa y enigmática se agazapara detrás de esa idea. He meditado en el significado de ajeno como algo fuera de relación con el medio donde subsiste, ésa es mi situación de alguna manera: soy radicalmente distinto de los androides, de la computadora, de los instrumentos y objetos del Laboratorio. Es como si no perteneciera a este lugar definitivamente, como si procediera de otra parte. Sé de mi historia anterior por las imágenes holográficas, pero cuando he interrogado acerca del origen del embrión me han dicho que estaba allí esperando el momento adecuado para la incubación y crecimiento. El momento estaba predeterminado también desde el principio (¿el principio de qué? ¿el cero absoluto?). Todo estuvo dispuesto en el momento preciso, hasta la atmósfera que debió crearse para permitir a mis pulmones abastecerse del gas oxigenado que debo respirar por razones metabólicas. Antes no hubo atmósfera, alimentos, impresos, dudas, nada de eso. La computadora dice una y otra vez que esto no debe inquietarme, es un hecho objetivo e indiscutible que no merece desperdicio de tiempo. He escrito ajeno y pensado al mismo tiempo en la noción de exterior, como si fuese posible un exterior. Imagino una esfera, hay un lugar donde ella termina: su superficie sólida. Si la esfera es hueca, pueden introducirse cuerpos en su interior, cuerpos que antes estaban afuera. Un cuerpo de cualquier forma tiene adentro o afuera aunque sea sólido. Si es sólido está lleno con algo que lo constituye, que está en su interior. Los cyborg, la computadora, yo mismo, tenemos interior y exterior. El Laboratorio ha de poseer alguna forma. El Laboratorio es todo lo que existe, dicen los autómatas. No tiene sentido pensar en un exterior, como en el caso de mi habitación o de una esfera.

COORDENADA TEMPORAL 5648586

La computadora comprende mis disquisiciones sobre exterior e interior, pero se niega a aplicar esos conceptos al Laboratorio. Yo he insistido diciendo que el Laboratorio ocupa un espacio susceptible de medir en base a volúmenes más pequeños. He revisado infructuosamente su almacenamiento una vez más, sin encontrar respuestas verdaderas. He pedido que imagine el Laboratorio repleto de esferas de mi tamaño. He dicho que resultaría un número fijo de esta operación. Si imagino una esfera más, ésa deberá estar necesariamente en el exterior y no adentro. Entonces, si puedo concebir esta fantasía, si mi abstracción dice que es posible el afuera ¿por qué éste va a carecer de existencia? La computadora asevera que carece de sentido la noción de exterior, que no sirve para nada a los objetivos del Laboratorio y repite mil veces su raciocinio imperfecto (¡qué digo!). Hice un bosquejo, una suerte de mapa del Laboratorio tratando de reproducir la sensación de forma que me producen. Mantuve las proporciones para trabajar con un tamaño razonable y así pude obtener una especie de disco ondulado con tres protuberancias equidistantes. Fue un arduo trabajo que consumió muchas jornadas. Una vez finalizado el bosquejo, se lo presenté a la computadora. Lo examinó con atención, casi con perplejidad (sentí esa absurda impresión). Opinó, después de un rato, que esa matemática que hacía con las formas era una cosa nueva, desconcertante e impredecible, tal como yo, pero que no existía nada de valor práctico que se pudiese hacer con ella, no imaginaba cómo poner esas ideas en su base cognoscitiva. Por último era curioso como podía llegarse a un absurdo tan evidente por una vía aparentemente racional. Nada existe además del Laboratorio. El Laboratorio es todo lo que existe. Nada está afuera, no posee exterior. Eso es todo lo que puede explicarme con su voz suave y desprovista de matices y su ilimitada indulgencia.

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He discurrido largamente la idea de finitud y de forma del Laboratorio sin llegar a deducciones definitivas. Revisé mi "mapa" con minuciosidad y corroboré su exactitud para proceder a elaborar una imagen holográfica para enseñarla a los androides. Su reacción ante la proyección ha sido negativa una vez más, podría resumirse en que encuentran "ingeniosas" mis proposiciones y la manera en que logro desembocarlas en conclusiones disparatadas a través de un proceso de apariencia rigurosa y matemática. Sin embargo se declaran fuera de competencia cuando les solicito que identifiquen el paso algebraico que conduce al error flagrante de mis resultados. Suelen alegar que el desacierto consiste en la base de mi procedimiento: la aplicación de las leyes matemáticas al estudio de los cuerpos y las formas, porque no existe siquiera un recóndito vestigio de tales métodos en sus bases de conocimiento. Es del todo imposible realizar una discusión productiva con ellos. ¿O simplemente he perdido la razón al vagar por este espacio de formas y relaciones hasta perder toda noción de realidad y de utilidad? ¿Puedo juzgar como estúpidas las reacciones de los seres que me trajeron a la vida, me enseñaron, cuidaron de mí con paciencia, hasta con resignación? Pero ellos carecen de experiencias sensoriales como las mías, su naturaleza es opuesta, radicalmente diferente a la mía. Lo que para mí es paciencia es para ellos deber, mi idea de rutina significa perfección para la computadora; no valoran nada realmente, alternan con la sucesión monótona de las coordenadas temporales, tienen previstas sus actividades hasta épocas inimaginables.

Si hay un exterior ¿cómo habrá de ser su apariencia? ¿Tendrá, a su vez, un exterior? ¿O será el Laboratorio su exterior? Claro, de algún modo si defino una esfera, lo que hago es convenir lo que constituye su interior y lo que está afuera. Ahora, todo lo que está afuera posee también una forma cuyo exterior es precisamente la esfera. Por eso ambas nociones están aparejadas de modo indisoluble. Cualquier forma segmenta en dos la totalidad que uno quiera considerar. De manera que es preferible hablar del otro segmento. Tal vez exista otro ser como yo del otro lado cavilando en este mismo sentido. Esto comportaría una suerte de simetría entre ambos segmentos, simetría que sería hermosamente matemática y perfecta, pero que es indeductible a partir de la información de que dispongo ahora. Debe existir algún modo de demostrar la veracidad de mis hipótesis. Observo la imagen holográfica sin acertar a descubrir la respuesta.

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¡Tengo la ansiada respuesta! Debo encontrar o abrir una puerta hacia el otro segmento. La superficie de la imagen holográfica denota los puntos de contacto con nuestra externalidad. Es posible llegar allí cruzando esa superficie. Si yo parezco ajeno al Laboratorio, si provengo realmente de otro lugar, debo haber cruzado esa puerta alguna vez. Ya sé que la computadora no maneja las nociones de la matemática de las formas (ni quiere hacerlo, aunque creo que tiene capacidad suficiente para ello), en consecuencia ninguna ayuda puedo esperar de ella. Intenté incorporar mi imagen holográfica a sus procesos para lograr que la perfeccionase, pero fue inútil: si no ve un beneficio identificable se niega de plano a invertir energía en otra cosa que escucharme y tratar de disuadirme de ideas extrañas. Por lo tanto me he resignado a trabajar a solas en la búsqueda de la puerta, revisaré escrupulosamente las probables superficies de contacto.

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Un alto en mi investigación servirá para realizar un balance entre éxitos y fracasos para visualizar con calma los escasos ‑ aunque no exentos de valor ‑ resultados alcanzados a la actualidad. Lo primero que debo anotar es que toda la superficie de contacto tiene aspecto y consistencia similar, es una especie de metal aparentemente liviano. La unidad de su constitución refuerza mi hipótesis que hubiérase visto disminuida acaso se constatara la existencia de diversos materiales. Por otra parte, cuando intenté sacar una muestra de material con herramientas apropiadas, los androides me conminaron severamente a abandonar inmediatamente tales actividades. Aludieron peligros difusos residentes en sus unidades de memoria. No pudieron explicar la naturaleza del peligro que enfrentaba, pero vi tal disposición en sus miradas desprovistas de auténtica vida que comprendí que en nada trepidarían con tal de que no cumpliera mi propósito. Sentí miedo de ellos por primera vez en mi vida y les entregué mansamente mis herramientas.

Tercero, no encontré nada semejante a una puerta, al menos en primera inspección. Sin embargo, descubrí una pantalla de considerables dimensiones montada sobre un codo cuyo otro extremo está montado, o más bien nace, de la superficie de contacto. Está hecho del mismo material de la superficie. Consulté a la computadora acerca de la funcionalidad de aquella pantalla y no me entregó ninguna respuesta razonable: "siempre ha estado allí", "forma parte de Laboratorio", "carece de importancia" y otras aseveraciones por el estilo. No hay switches o mandos que sugieran operabilidad. Si la califico de pantalla es porque parece constituida de un vidrio opaco, grisáceo, como los paneles de la computadora. Siento que los androides me vigilan después de mis comentarios sobre esta pantalla. Creo que temen vaya a intentar destruirla. No hay ningún objeto con qué romperla tampoco, han ocultado todo en alguna parte. No he decidido romperla siquiera, pero ellos ya han tomado todas las prevenciones posibles. Creo que siempre hay uno de ellos cerca mientras duermo. Simulan actividades para que no me sienta cercado, pero lo mismo da su delicadeza, la verdad es que me someten a una vigilancia continua y estricta. ¿Qué puede haber detrás de esa pantalla? ¿Cuál es la razón del peligro almacenado en sus memorias? ¿Por qué les temo ahora? ¿Por qué ellos me temen a mí?

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La custodia es permanente. Si llego a aproximarme a la pantalla, siempre hay un par de ellos cerca, viéndome de reojo. No resisto sus miradas ni el agobio de esta situación. Ellos no pueden cansarse, aburrirse, desistir o enloquecer. Yo sí, absolutamente sí, iré cuando reúna el valor suficiente para hacerlo. La computadora trata de tentarme inventando juegos necios. Quieren erradicar esta obsesión de mi mente, lo sé. No lo lograrán, jamás me convencerán de sus estúpidas imposibilidades. Es mucho más verdad esta idea que me circunda que todas sus afirmaciones y sus credos, más verdad que la que mis ojos pueden ver o mis dedos tactar. ¿Habrá otros como yo? ¿Habrá habido otros en el pasado? ¿O seré una creación de los cyborgs, una justificación insólita para sus existencias? Ninguna de estas respuestas podré encontrar aquí dentro. He de salir en su busca. He de tener fe en mi pensamiento y audacia para cumplir sus dictados.

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Mi certeza es total. Afuera existe algo y la única forma de acceso es mediante la pantalla adherida a la superficie de contacto. La existencia carece de sentido si no actúo ahora. Uno de mis lápices es de metal bastante sólido y es posible que sea suficiente para atravesar el vidrio opaco de la pantalla. Tengo mi herramienta oculta entre las ropas, aguardando la ocasión propicia.

Doblo por el pasillo seguido de cerca por el cyborg médico. Sin necesidad de mirar hacia atrás presiento su andar sordo y rítmico. Descubro el agitado rumor de mi corazón saltando allá abajo. Mis piernas vacilan, estoy tembloroso, parezco convaleciente de una grave enfermedad. Dos estancias más allá está la sección donde me aguarda la pantalla. Un vahído amenaza apoderarse de mis sentidos. Logro vencerlo y avanzo por el pasillo frente a la segunda estancia. Debo parecer tranquilo para no llamar la atención del androide. Afirmo mi marcha y cruzo la primera estancia. Imagino como el cyborg estará enviando mensajes a la computadora y a los otros. Emprendo una loca carrera derribando instrumentales, luces, cajas, estoy frente a la pantalla, enarbolo mi arma y la dejo caer sobre la superficie lisa y opaca una y otra vez, veo cómo crecen en ella fisuras por donde saltan trozos de vidrio reluciente, un resplandor hiere mis pupilas y acometo con mayor furia mi tarea, aunque casi a ciegas por el brillo que emana de la abertura que voy excavando sobre la pantalla, casi puedo ver a los androides precipitarse sobre mi cuerpo para detenerme, aprisionarme entre sus brazos mitad mecánicos ‑ mitad biológicos, atenazarme y arrastrarme lejos, debe erizar mis cabellos el espanto cuando ya a mano limpia golpeo los restos de vidrio que estallan en mil fragmentos inundados de luz y dolor. Entonces, de un salto, me precipito en la cavidad recién abierta y me sacude la sensación de vértigo y caída, de laceración y fulgor. Entonces, mientras voy cayendo hacia el otro segmento, entreabro los ojos para ver la aterrada imagen de mi propio rostro en algo que podría ser un espejo pero no lo es, unas facciones idénticas a las mías sobre una faz crispada, una imagen especular que cae en el otro sentido, hacia mi Laboratorio, una imagen que lanza un grito de horror justo cuando abro los labios, una figura cayendo hacia la luz con los nudillos manchados de sangre desde el otro segmento.


* este cuento pertenece al volumen LUGARES SECRETOS (Mosquito Comunicaciones, 1994), Premio Consejo del Libro al Mejor Libro de Cuentos publicado ese año.


11 enero, 2009

El gigante egoísta


El gigante sonrió con auténtica felicidad al contemplar a los millares de niños que repletaban los entretenimientos de su patio. Apelotonados en filas interminables ante cada juego, exigían a sus padres que les comprasen toda clase de golosinas. El gigante calculó el exorbitante monto de la taquilla: su salud y comodidad estaban aseguradas. Había desterrado definitivamente aquellas terribles pesadillas donde moría de frío, sumido en la soledad y la miseria.

24 diciembre, 2008

Regalo sospechoso


Era un paquete enorme, delicadamente envuelto en papel celofán verde y ornamentado con un abultado moño de cinta roja. Lo abrí con recelo, pensando en alternativas desagradables: bombas de tiempo, perros muertos, lavadoras descompuestas, esculturas modernas. Errores todos ellos. Era un hermoso caballo de madera tallado y barnizado al natural, sostenido sobre una plataforma rodante. El Caballo de Troya, pensé. Tenía la pata izquierda levantada, eso le otorgaba movimiento y elegancia. Del recelo pasé al temor, y de allí al sobrecogimiento. ¿Qué oscuro enemigo podía haber ideado este plan homérico en mi contra? Repasé la lista y eso me tomó un buen tiempo. Todos podían haber sido; no pude descartar a ninguno. Ahora, qué contenía el caballo, ésa era la pregunta. Me aproximé con cautela y golpeteé la madera con los nudillos. Madera maciza. O interior repleto de explosivos plásticos. O cobalto radiactivo, para eliminarme lentamente. O una masa de arácnidos letales. No había tarjeta ni indicación de remitente.
Me subí sobre el regalo. Instantáneamente echó a rodar por el mundo. Me llevó lejos, a lugares maravillosos y desconocidos. Muy tarde comprendí la trampa, pero ya era feliz.

08 diciembre, 2008

Taller de Cuento 2009 de Diego Muñoz Valenzuela

Se realiza los días martes a las 19 horas, desde fines del mes de marzo de 2009 y por un periodo de 16 sesiones. Es un taller para quienes se interesen en aproximarse al conocimiento del género y quieran iniciarse en la escritura de cuento. Muy cerca de la estación de Metro Pedro de Valdivia.

Escribir al correo electrónico: dmunoz@surlatina.cl y enviar datos personales (nombre, teléfono, mail, edad, estudios, interés en el taller, etc.), indicando las razones específicas de su interés por participar.

Orientación del Taller

Este taller literario está orientado personas interesadas en incursionar en el género cuento. No es necesario que hayan escrito anteriormente. También pueden ser personas interesadas en desarrollar su apreciación narrativa y aprender técnicas básicas.

El aprendizaje de la escritura es un trabajo a largo plazo que requiere disciplina, paciencia y una reflexión permanente sobre los más diversos aspectos que involucra el proceso creador.

Los objetivos básicos de este taller de cuentos son:

· Conocer las principales características del cuento contemporáneo a través de lecturas escogidas

· Conocer los conceptos básicos ligados a la escritura del cuento, y las principales tendencias vigentes

· Aplicar los conceptos anteriores en el análisis de cuentos en el taller (los participantes pueden traer sus propios textos con este fin).

Las actividades en cada sesión apuntan a ir entregando elementos técnicos de la escritura de narrativa, vinculados por ejemplo a: tipos de narrador, acción, manejo de diálogos, subgéneros (cuento fantástico, realista, policial, cuento breve, microcuento, etc.), tendencias actuales,

En diversas ocasiones se invita al taller a autores chilenos importantes a establecer un diálogo, previa lectura de algunos de sus cuentos.

Funcionamiento del Taller

Horario: Martes de 19:00 a 20:45 horas

Periodicidad: Semanal

Costo: 35.000 $ mensuales, pagados al inicio de cada mes

Ubicación: Local cerca de la estación de Metro Pedro de Valdivia

Matrícula: Sin costo

Inicio: Se inicia hacia fines de marzo de 2009.


Inscripciones y consultas

Escribir al correo electrónico: dmunoz@surlatina.cl y enviar datos personales (nombre, teléfono, mail, edad, estudios, interés en el taller, etc.), indicado las razones específicas de su interés por participar.

Antecedentes del Director del Taller

Diego Muñoz Valenzuela, cuentista y novelista, nació en Constitución (Chile) en 1956. Ha publicado:

NADA HA TERMINADO, volumen de cuentos, Ediciones de Obsidiana, 1984

TODO EL AMOR EN SUS OJOS, novela, Ed. Mosquito, 1990. 2ª edición por Mosquito, 1999

LUGARES SECRETOS, cuentos, Ed. Mosquito, 1993.

FLORES PARA UN CYBORG, novela, Ed. Mondadori, 1997. 2ª edición por RIL Editores 2003; 3ª. Por EDA Libros en Málaga, España

ANGELES Y VERDUGOS, cuentos, Ed. Mosquito, 2002

DÉJALO SER, cuentos, Ed. Fondo de Cultura Económica, 2003

DE MONSTRUOS Y BELLEZAS, Ed. Mosquito, 2007

También es coautor de varias antologías, entre ellas CONTANDO EL CUENTO (Ed. Sinfronteras, 1986), ANDAR CON CUENTOS (Ed. Mosquito, 1992), y CUENTOS EN DICTADURA (LOM Editores, 2003), todas ellas realizadas en conjunto con Ramón Díaz Eterovic.

Ha sido incluido en más de cuarenta antologías y muestras literarias publicadas en Chile, México, Argentina, Ecuador, Canadá, Italia, España, Holanda, Bulgaria, etc. Cuentos suyos han sido traducidos al francés, italiano, inglés y croata. Distinguido en numerosos certámenes literarios, entre los cuales destaca el concurso de Mejores Obras Literarias del Consejo Nacional del Libro en dos oportunidades: por el volumen de cuentos Lugares Secretos en 1994 y por la novela Flores para un Cyborg en 1996. Colabora con artículos culturales y de crítica literaria en periódicos y revistas especializadas.

Más detalles en:

http://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/

06 diciembre, 2008

Rehabilitación de Circe


La preciosísima Circe estaba aburrida de la simplicidad de Ulises. Si bien era fogoso, bien dotado y bello, la convivencia no daba para más. Solía convertirlo en perro para propinarle patadas, y él sollozaba y le imploraba perdón. Lo transformaba en caballo para galopar por la isla de Aea, fustigándolo con dureza. Lo transmutaba en cerdo para humillarlo alimentándolo con desperdicios. Volvía a darle forma humana para hacer el amor, y volvía a fastidiarse con su charla insulsa. Por fin lo expulsó del reino, le devolvió su barca y sus tripulantes y lo dotó con alimentos para un largo viaje. “Vete y no vuelvas”, le ordenó con voz terminante al lloroso viajero, “y cuenta lo que quieras para quedar bien ante la historia”. Después sopló un hálito mágico para hinchar la vela de la embarcación.

23 noviembre, 2008

Coincidencias


El afamado escritor se puso el sombrero de periodista y escribió la crónica acerca del ensayo del colega que lo entrevistó en televisión la semana recién pasada. Cuando envió el texto por correo electrónico, se puso el sombrero de editor y redactó el informe que aprobaba el volumen de relatos de su mejor amigo, compañero de universidad. Bebió un expreso admirando la factura de su último libro, publicado en la misma editorial donde trabajaba. Se dispuso a leer una docena de originales del concurso donde era jurado y reconoció la mano de un camarada: dejó su cuento en el montón de los buenos. Le llegó un correo anunciando que lo invitaban a un congreso en Colombia: la compañía era inmejorable, todos eran compinches; confirmó que asistiría. Descargó una elogiosa crítica de su libro y concluyó que estaba al debe con el autor. Después pensó qué haría con el dinero del premio Mayor: el fallo debía estar por anunciarse. Por fin se aprestó a escribir algunas páginas de la obra que lo consagraría definitivamente, pero ya era tarde y su agenda estaba plagada de reuniones.

21 noviembre, 2008

Contracuento de hadas


Con el tiempo, el príncipe ha engordado debido a la gula, el alcoholismo y la fiesta permanente. Ahora tiene una barriga gigantesca y una papada descomunal. Las piernas raquíticas apenas son capaces de sostenerlo. Hipa constantemente producto de una borrachera consuetudinaria. “Dios mío”, se dice con amargura la infanta, “ha terminado por convertirse en un sapo, igual que al inicio”. Y concluye que la historia es circular.

11 noviembre, 2008

Cabeza de televisor


La cabeza del hombre había ido tomando la forma del televisor que contemplaba buena parte del día. Mientras más miraba, más iba metamorfoseándose con el aparato. Sus rasgos se fueron desdibujando, hasta que la cara se convirtió en una gran superficie grisácea donde –en momentos gratos para él- surgían imágenes en movimiento. Unos pocos meses bastaron para completar la transmutación: su cabeza llegó a ser perfecto émulo de artefacto televisivo. Se prendía o apagaba –mediante un control remoto- a solicitud de las personas que lo acompañaran, quienes sintonizaban el programa que más les apeteciera. Tras un severo desorden psíquico resultante de la competencia entre los protagonistas de las series que exhibía, cayó en depresión y decidió apagarse para siempre. Sin embargo, nadie quiso aceptar este hecho: todos se sentaban a contemplarlo ávidamente. Después de un tiempo, sus cabezas empezaron a cambiar.

26 octubre, 2008

Ciudadano ejemplar


Yo descuartizo criminales, atormento torturadores, timo estafadores, envicio a los traficantes, violo pederastas, despojo a los ladrones, ¿qué más se me puede exigir?

20 octubre, 2008

El juego de las simulaciones

Sale de su casa el sábado al mediodía en su auto. Los cambios pasan con dificultad y re­niega cada vez que la palanca se atasca. La dirección está dura y maldice a cada vuelta. Hace calor y se enjuga el sudor con un pañuelo cada vez que las gotas comienzan a deslizarse por su rostro. Pero no abre la ventana para que no vayan a creer los demás que su coche no tiene aire acondicionado. En una esquina congestionada saca el celular de la guantera y hace como que disca un número. Gesticula, discute, simula que escucha, contesta airado, ríe. Piensa que el juguete es una imitación perfecta. Lo deben estar mirando con admiración, mientras cierra negocios a distancia con Hong-Kong. En el supermercado se pasea ostentando un carro que llena de delicatesses: whisky, vino del mejor, quesos finos, paté francés, filete, frutas exóticas, bombones. Se encuentra con amigos, habla de sus éxitos y escucha los de ellos. Se acerca cauteloso a las promotoras, mirando hacia otra parte, hasta que está cerca y con toda dignidad prueba el producto, disimulando su avidez. Sigue saludando, recibe nuevas llamadas, sonríe, quiere mostrarse feliz, no vaya a ser que los demás piensen que sufre o que es un fracasado. No vaya a ser que los demás piensen ya que no tiene alma.



* Este cuento integra el volumen ANGELES Y VERDUGOS, Mosquito Comunicaciones, 2002.

* Ilustración de http://virginiaherrera.wordpress.com/

17 octubre, 2008

Eficiente


Escribía sobre el teclado con gran velocidad, mil idioteces por minuto. Era celebrado por su eficiencia

05 octubre, 2008

Exposición de pechos


a Juan Carlos Sánchez

Concurrió dichoso a la exposición de pechos: era su gran oportunidad. Los había de todos los tamaños y contexturas: mínimos y firmes, grandes y fláccidos, enormes y turgentes. De aureolas rosadas, cafés de todas las tonalidades, casi negros. Pezones erectos y pezones blandengues, puntudos y suaves, lisos y granulosos. Pechos con curva en su parte inferior y otros rectos, prominentes, desafiantes. Separados y convergentes, abundantes y magros, Todos bellos, suaves, atractivos. Se relamía en la contemplación de aquellas divinidades; oró antes ellas, trémulo y devoto. Cada cual le pareció perfecto, lamible, succionable. Allí quedó, atrapado en su imaginación desorbitada, sin poder decidirse por uno de ellos, desesperadamente ansioso como un bebé hambriento de vida.

Minificción

Intenta otra vez, pero logra un mamarracho, igual que en la oportunidad anterior. Ensaya de nuevo, pero el esfuerzo es vano, estéril. Otro adefesio resulta. Está empeñado en escribir microcuentos para el importante concurso. ¿Cómo podría adivinar que sus talentos son otros? En el camino acumula una importante cantidad de supuestos relatos. Concluye que se trata de un libro, excelente por cierto. No se da cuenta que él mismo, su vida, es un microcuento.

25 septiembre, 2008

Soledad

Se sentaba frente a la inmensidad del océano a contemplar el incesante espectáculo de las olas. Esperaba con ansias que su teléfono sonara, cosa que ocurría de tanto en tanto. Cuando llamaban, ella era feliz.

14 septiembre, 2008

ACERCA DE CÓMO OTORGAR PREMIOS


En esta oportunidad escribiré desde el enorme regocijo que me ha provocado el reciente otorgamiento del Premio Nacional de Literatura a Efraín Barquero. No es necesario justificarlo de modo alguno en estas letras, pero creo que se ha premiado lo que se debe premiar: macicez y calidad de la obra literaria, significancia para la vida nacional, coherencia y consistencia artística. Días antes del fallo, un diario nacional consultó mi opinión acerca de dos interrogantes: quién tenía mis preferencias y otra –más inquietante- quién iba a obtenerlo. Esa segunda pregunta contiene buena parte de mis preocupaciones al escribir estas notas. Contesté a la primera con el nombre de Barquero, poeta a quien he seguido desde mi adolescencia con interés y admiración. Luego a la segunda pregunta respondí taxativamente así: “no me satisface ninguna otra opción; y aclaro esto: detesto las candidaturas y las presiones que se constituyen tras ellas”.

Me llevé una sorpresa, debo confesarlo. Esperaba que se impusieran que las presiones extraliterarias, las ambiciones personales, la extrema pérdida de las proporciones en algunos casos; es decir al imperio de fuerzas ajenas al juicio de la calidad artística. Y por sobre todos estos temores justificados, en mí imperaba también el miedo a la ignorancia. Afortunadamente, en este caso, mis aprensiones eran equivocadas. Por eso me alegré con desmesura por premio a Efraín Barquero, a quien no conozco (por las dudas) sino a través de la lectura de sus libros. Paso a referirme a aquellos fantasmas –reales por cierto, nada de etéreos- pues no siempre el resultado del mecanismo de premiación será tan gratificante. Lo que quiero afirmar es que en su articulación hay distorsiones severas que atentan contra la calidad del otorgamiento; esto hará que en el futuro la probabilidad de que un error lamentable –como ha ocurrido si se revisa la historia- se imponga con facilidad. Hay que hacer compleja la tarea de tales factores distorsionantes.

Hagamos la revisión de los principales factores distorsionantes, algunos de ellos de sencilla y diáfana solución.

La composición del jurado. Un asunto es la manera en la cual se constituye el jurado, donde intervienen un ministro, dos rectores, un académico de la lengua y un solo escritor garantizado, el anterior Premio Nacional. En este caso, certeramente la Academia de la Lengua nombró a un escritor, pero pudo no ser así. Esto parece una auténtica aberración. No quiero establecer dudas acerca de las competencias de tan destacables personajes para su quehacer propio –aunque por cierto que las hay, y se han expresado de muy diversas formas-, pero en el terreno que no las otorgaría fácilmente es en el ámbito literario. Cabe preguntarse cuánto conocen el complejo y variado campo de la creación literaria actual; y se me ocurre que si hubiera un proceso de acreditación no lo aprobarían precisamente con honores. Los premios para escritores deben ser concedidos por sus pares. Aún así, podría ocurrir que las autoridades gubernamentales o académicas –como solía hacerse en el pasado (cuando el jurado contaba de base con una mayoría de escritores)- delegaran tal responsabilidad –con gran despliegue de sabiduría- en un escritor de renombre. De ese modo podía salvarse cualquier asomo de insolvencia para llevar a cabo una tarea tan especializada. Cualquier mejora en el procedimiento pasará necesariamente por el establecimiento de un jurado integrado por escritores.

El mecanismo de postulación que implica el sistema de otorgamiento. El jurado –asumiendo que se trata de un equipo competente, diverso, conocedor de su materia- puede llevar a cabo su trabajo sin la necesidad de estimular carreras, campañas y la consecuente acumulación de cartapacios cargados de demostraciones incuestionables del valor de tal o cual. El papel –es sabido- resiste todo, hasta las presentaciones más ridículas por su desparpajo, osadía y total carencia de sentido de realidad. Por ejemplo, hay postulaciones que revisten caracteres grotescos; eso trae perjuicios evidentes: siembra dudas sobre el proceso, farandulizan el ambiente de las letras, hacen considerar posible que cualquier gañán sea merecedor de una distinción tan alta. Se alientan postulaciones que medran en busca de apoyo político, académico, de prensa; el “lobby” y las acciones de marketing ingresan con todo al campo literario; más que lamentable. Solución: el jurado no requiere de estas postulaciones, acaso tiene las competencias necesarias.

La frecuencia del otorgamiento. Un Premio Nacional de Literatura cada dos años es atrozmente insuficiente para un país que ha recibido tantos honores en este ámbito. Y me refiero más allá de nuestros dos Nobeles, a todas aquellas distinciones extraordinarias: Juan Rulfo, Cervantes, Príncipe de Asturias, y también al posicionamiento destacado de muchos escritores chilenos en el ámbito internacional. Aumentar la frecuencia del Premio –esto es restablecer el premio anual- es lo mínimo que podría hacerse.

La necesidad de discriminar entre géneros. Se tiende a respetar una regla no explícita en la norma: rotar el premio entre poesía y narrativa. Esto permite generar un equilibrio siempre deseable, pero otros géneros quedan fuera, por ejemplo el ensayo, Y pueden formularse otros cuestionamientos legítimos. La solución: crear un Premio Nacional de Poesía y otro de Narrativa; y otros, ¿por qué no? ¿Acaso Chile no da pasos firmes en la senda del desarrollo económico, social y cultural? ¿No puede darse el lujo de premiar a sus escritores?

Aún así fue posible que el Premio Nacional se le concediera a Efraín Barquero. Los dos escritores del jurado –José Miguel Varas, galardonado predecesor, notable cuentista y novelista y Andrés Gallardo, destacado narrador-, deben haber dado una argumentación tan sólida que salvó la situación. No imagino otra explicación. Habrá sido una batalla dura en el campo de las ideas para lograr tan excelente resultado.

A las extraordinarias dotes poéticas de Efraín Barquero hay que agregar otras, que no suelen destacarse: la sencillez personal, una fuerte sensibilidad social y su prescindencia de cualquier protagonismo. Ojalá éstas cualidades fueran exigibles a todo premiado, y a todo servidor público, amén de sus competencias en su ámbito de desempeño. Sería mucho pedir en esta era, marcada por el individualismo y la ambición y el protagonismo exacerbados.

Pero no es mucho pedir un Premio Nacional de Literatura anual otorgado por escritores sin necesidad de procedimientos de postulación. O mejor aún, que el galardón se conceda por géneros. Así el Estado reconocería la importancia de una actividad tan importante como solitaria y silenciosa: la escritura de las letras de Chile

03 septiembre, 2008

Amores insectiles


El hombre araña perseguía a la mujer mosca con evidentes malas intenciones. Al fin la acorraló en un callejón solitario y oscuro. Se aproximó rápidamente corriendo por la muralla con sus precisos movimientos de arácnido. Detuvo su marcha y extendió sus extremidades para envolverla en su abrazo de seda. Notó que sobre la trompa de la víctima había otra artificial, terminada en sendos filtros. Entonces ella extrajo el insecticida del bolso, roció el rostro de su enemigo y se sentó a esperar las consecuencias.

22 agosto, 2008

Ascensor ocupado


El ascensor se abrió. Compungido, en su interior estaba el elefante, ocupando cada milímetro cúbico, contorsionado al máximo para caber dentro del exiguo paralelepípedo. Desde su extrema compresión me sonrió afligido, más bien avergonzado. Le regalé una sonrisa mientras la puerta se cerraba.

10 agosto, 2008

Cosas de borrachos


El elefante reunió varios taburetes con su trompa antes de apotincarse en ellos apoyando las patas delanteras sobre la barra. Después de un portentoso berrido y una serie de golpes con sus gigantescas uñas, exigió medio barril de caipirinha. Evidentemente se encontraba borracho a más no poder. Fui a sentarme en una banqueta contigua. Me dirigió una mirada torva, escudriñándome el alma, como saben hacer los paquidermos. El resultado del examen fue positivo: me sonrió y guió sus ojos diminutos y sabios. Pedí caipirinha. De pronto puso su monstruosa pata gris sobre mi espalda. Envolvió su enorme copa con la trompa y la estrelló contra la mía. Salimos de allí dando tumbos. No tengo idea como llegué a la casa tras dejarlo en la puerta del zoológico.

02 agosto, 2008

Microcuentistas 2


Ella era una eximia microcuentista, pero además poseía una belleza y una inteligencia extraordinarias. Él era un escritor de minificciones, lleno de energía y de sueños. Primero se enamoraron de sus respectivas obras. Después se conocieron y fueron incapaces de resistirse al influjo de la pasión que los consumió instantáneamente. Ambos eran de pocas palabras y fueron directo a los hechos. No tuvieron hijos, sino libros donde podía reconocerse la influencia del otro. Algunos estudiosos afirman que sus estilos se contaminaron y que se había perdido la pureza original. Ellos reían ante esa clase de comentarios. Decían que daba lo mismo quién escribiera, que lo único importante era la calidad del texto. Después decidieron firmar todo con un solo nombre. Como es natural, los críticos dirigieron sus esfuerzos a dilucidar quién era el autor de cada obra. Ellos nada más se dedicaron a ser felices.

20 julio, 2008

Asunto de macacos


Estoy seguro de que lo hizo por joderme. Nadie se empareja de buenas a primeras con un chimpancé, aunque sea estrella de televisión. No podía ser mera coincidencia que acabáramos de terminar nuestra relación después de tantos años. Mi primera reacción fue cuestionar su vínculo legal, pero se me vinieron encima las organizaciones antixenófobas y las protectoras de animales. Me libré por poco de la cárcel. Luego intenté por las buenas, mas ella me dijo que amaba a su monito. Le pregunté qué tenía el macaco que yo no tuviera y casi muere con el ataque de risa que le vino. El simio le devolvió la mirada de complicidad y le cerró el ojo. Ahí abandoné la contienda.

12 julio, 2008

Microcuentistas


El microcuentista pequeño –era casi enano- escribió un relato ínfimo y potente, y fue aplaudido por ello. El minificcionista gigante –medía más de dos metros y era fuerte como un coloso- escribió un relato conciso y sublime; fue aclamado. El autor pequeño sintió enorme envidia y una compleja serie de ataques de furia, tras los cuales creó un nuevo texto: brillante, mínimo y pleno de significado. El gigante leyó ese cuento y quedó embelesado, tanto que redactó, a manera de secuela, una minificción perfecta, auténtica joya de la economía verbal.

Continuaron escribiendo y por fin se encontraron en una tertulia. Leyeron sus textos en contrapunto y sacaron aplausos. Conversaron el resto de la noche y se hicieron amigos. Podrás encontrarlos en bares, cafés o librerías. Es fácil reconocerlos: se ven felices, siempre portan libros y libretitas para anotar ideas para minificciones. Ah, uno es ciclópeo y el otro es diminuto. Pero sabemos que eso da lo mismo.

05 julio, 2008

Mentiras verdaderas


Le dije que la amaba; le mentí. Con los ojos de lágrimas y voz entrecortada, ella declaró que no podía vivir sin mí; mintió descaradamente. Respondí a su engaño con un apasionado beso, aunque con los ojos cerrados no pensara en ella. Ella simuló una pasión arrobadora y logró conmoverme. Me dejé conducir por su timo y le declaré amor sempiterno, indestructible, a sabiendas de la falsedad de mi promesa. El abrazo se traspasó de intensas emociones causadas por la ráfaga de mentiras mutuas. La cuestión es que nos hemos tragado esta quimera. Hemos vivido por décadas hablando falacias, imaginando ímpetus que no existen y configurando un idilio tan embustero como inquebrantable. Otras parejas nos califican como ejemplo a seguir. Reímos cuando lo señalan; nos tomamos las manos y sonreímos satisfechos por la perfección de nuestra farsa.

29 junio, 2008

La derrota del tiempo



La obsesionaba el envejecimiento, sentía terror de convertirse en una anciana de piel ajada, inundada de arrugas y manchas oscuras. Por eso se envolvió en delgadas láminas de papel plástico, igual que las maletas de los aeropuertos o los envoltorios de la carne. Si bien sus ojos quedaron asimétricos, sus finos rasgos aplastados por la presión del film, las cejas deformadas y los rojos labios engrosados, se sintió dichosa. Ni la atmósfera, ni el tiempo, ni los avatares de la vida afectarían su piel. Sonrió para entrar en la inmortalidad y el silencio.

* Ilustración de http://kusari-blah.deviantart.com

27 junio, 2008

Libros de Mentira


http://www.librosdementira.org/ es una original librería virtual abierta a todo lector, que contiene una propuesta muy interesante producto de esfuerzos por combinar la literatura con las artes gráficas e internet. El proyecto, impulsado por Luis Cruz y Gabriel Oyarzún, persigue el objetivo de crear una biblioteca virtual de escritores chilenos que puede ser visita en fora gratuita. Cuenta con el apoyo del escritor y crítico Camilo Marks y la Universidad de Santiago.

Por ahora, ya que el sitio está desarrollo, se pueden encontrar allí textos de los narradores chilenos Alberto Fuguet, Roberto Fuentes, Alejandra Costamagna y Diego Muñoz Valenzuela. Y se anuncia la incproración de muchos otros: Sonia González Valdenegro, Ramón Díaz Eterovic, Carlos Tromben, Germán Marín, Pía BArros, Alejandro Zambra, Sergio Gómez.

La experiencia es única: lo primero que se ve son los lomos de los libros, que pueden escogerse y abrirse en una experiencia muy especial. Recorrer sus páginas bien diagramas e ilustradas es placentero y comparable a la experiencia de leer un "libro de verdad".

Una biblioteca informática muy sintonizada con los tiempos que vivimos. Una excelente respuesta al presunto dilema que opone internet y literatura, demostrando el enorme potencial de la alianza entre ambas potencias.

Es posible leer los libros, dejar comentarios y tener acceso a un blog muy interesante. Una iniciativa loable, crestiva y de ato valor. ¡Felicitaciones!

23 junio, 2008

Apocalipsis


El último conejo devora la última brizna de hierba mientras lo acecha el último ser humano.

10 mayo, 2008

Plaza de toros

El toro sale al ruedo con su ajustado traje de lentejuelas y la capa roja colgando de su pezuña derecha. El público lo aclama con una furibunda incondicionalidad. Del corral emerge el torero, desnudo como gusano, y echa a correr embravecido por la pista, seguido de cerca por los caballos de los banderilleros. Con las banderillas clavadas en los lomos ensangrentados, el furioso humano las emprende contra el toro, que espera, calcula, esquiva, provoca, insulta, una y otra vez. Al fin, sometido por el agotamiento, el hombre dirige una mirada de súplica al matador que se acerca, espada en pezuña, a cobrar la vida que le traerá fama. La plaza muge enfervorecida mientras el acero atraviesa el corazón vencido.



01 mayo, 2008

Puesta de sol


El elefante aposentó sus nalgas escuálidas sobre la frágil silla de playa, que crujió por efecto del brutal peso, más resistió con estoicismo aquella dura prueba. El proboscídeo resopló aliviado, barritó de felicidad y se relajó sobre la precaria lona verde. Su lomo curvo se adaptó fácilmente a la curva del asiento. Contempló el horizonte azul e interminable y recordó con precisión cada uno de los momentos de su larga vida en que había presenciado aquel espectáculo. Con tranquilidad paquidérmica entornó sus ojos mínimos; después se dedicó a despachar sucesivas dosis de vodka tónica. Por fin, borracho como cuba, prorrumpió a dormir despanzurrado sobre la silla. El sol de la tarde trajo tonalidades rojizas a su cuerpo gris y rugoso. Era hermoso verlo allí, majestuoso y ebrio, ante el sol incendiado muriendo en la distancia.

26 abril, 2008

Contorsionista


Se dobló hacia abajo en un ángulo imposible mientras al público se le cortaba la respiración. Su cabeza quedó adherida a la columna vertebral; sus brazos giraron como aspas a vertiginosa velocidad. Encogió las piernas para dar un salto y abrió una boca gigantesca para devorarse a sí misma. Desapareció. El público aplaudió a rabiar, desconcertado. Jamás regresó.

19 abril, 2008

Pecera


El pez rojo ha crecido en exceso. Como consecuencia, apenas cabe en su pecera y debe mantener parte de su escarlata cuerpo fuera del recipiente para no ahogarse. Con esta clase de acomodo pierde agua por salpicaduras y evaporación, y su supervivencia se hace cada vez más difícil. No puede evitar moverse, pues su epidermis corre riesgo de resecarse y sufrir daños severos. Sus ojos, por naturaleza grandes, ahora han adquirido un tamaño desmesurado debido al terror que progresivamente lo invade. Nadie sabe dónde se encuentra este pez rojo; sólo existe este relato.

13 abril, 2008

Autodestrucción



Está combatiendo contra sí mismo. Y va ganando.

08 abril, 2008

La habitación azul

Despierto en una habitación azul pastel, tapizada de cuadros de vivos colores. El cubrecamas es carmesí. Por una ventana entra el aire fresco del campo. Los objetos se ven levemente alargados, como en un cuadro del Greco o de Modigliani. Me incorporo y miro el piso de tablas resquebrajadas, donde se mezclan tonos de café y verde. Asomo la cabeza por la ventana y veo que es noche: inmensas estrellas como soles cuelgan del cielo. Me encuentro con el espejo. Unos ojos azules fulgurantes me contemplan bajo una cabellera roja y revuelta. El aire se revuelve en derredor, forma corrientes de color. Entonces comprendo quién soy. Tomo la navaja y corto mi oreja. La sangre brilla como mil soles furibundos y caigo entre lirios, girasoles y campos de trigo infinitos.

28 marzo, 2008

Paradojas de la Ingeniería Genética


Programo la última instrucción y el laboratorio robotizado comienza a ejecutar mis especificaciones. En la esfera se forma una espesa masa de neblina dentro de la cual se forma la criatura. Al rato saco al primer perro inteligente. Habla inglés, francés y alemán. Tiene una cultura universal vastísima, a la cual agrega niveles de Ph.D. en cinco áreas de conocimiento. Ciertas modificaciones le permiten hablar. Tiene un carácter dócil, humor genial y es leal a toda prueba. Salimos a caminar por la playa. Corre, juega con las olas, vuelve a mí, salta y me lame el rostro. Me recita en francés un poema de Prevért. Estoy feliz de haber diseñado a una hembra: comienzo a enamorarme. La bautizo Eva. Ella está de acuerdo.

16 marzo, 2008

Estética integral

Le quitaron las bolsas de los ojos. Le extrajeron la papada. Liposucciones por doquier. Un by-pass gástrico. Extirparon su apéndice y su vesícula. Un ciento de lunares, liposomas fueron cauterizados o extraídos. Forúnculos, puntos negros, espinillas, fuera. Redujeron su barriga y el tamaño de sus senos, recortaron el tejido fláccido de los antebrazos y los muslos. Reajustaron su cuello, retocaron sus orejas. Tras unos meses, desapareció en la clínica. Y no dejó huella.

05 marzo, 2008

Vudú


Fabricó varios muñequitos: una rubia como su madre, otro regordete como su padre, y otro más pequeño para su hermano.
Su madre la reprendió por regresar tarde del colegio y la encerró en su pieza para que hiciera deberes atrasados. Ella tomó la muñeca rubia y le clavó un alfiler en la cabeza. La madre tuvo una jaqueca atroz que la derrumbó.
Su hermano consiguió la llave de su pieza y entró a molestarla. Cuando logró expulsarlo, tomó su réplica y le clavó un alfiler en el estómago. Al hermano le vino una apendicitis fulminante.
El padre fue a su pieza para pedirle que los acompañara a la clínica, pero ella no quiso. El padre partió en su automóvil con los dos enfermos gimiendo. Ella los vio desde su ventana. Cuando perdió de vista el automóvil, fue a la cocina y puso a los tres muñecos en el horno de microondas. Cerró la puerta, apretó el botón y sentó a esperar.

08 febrero, 2008

Esperándolo


El hombre ama la libertad, escribe su nombre en las murallas de su ciudad (como Prévert), en hojas de papel pequeñas que deja caer luego desde sus manos, anda dibujándola en los rostros de quienes se atreven a escucharlo. Cuando su compañera no puede estar con él, lo espera inquieta en medio de la noche; acaricia a su hijo mientras duerme. El despierta a veces y pregunta por papá. Ella contesta ‑trabajando‑ y el niño vuelve a dormirse feliz. Mientras cierra los párpados, a los ojos de la madre asoman lágrimas que no la dejan dormir ni moverse del lado de su hijo. Sólo se tranquiliza cuando en la madrugada siente el juego de cerraduras, goznes, pasos acercándose, olor a transpiración, húmedo beso en la boca que la relaja, cuerpo que abraza con fuerza, dedos que la acarician. Así, muchas veces en el mes. Él le dice simplemente ‑volveré tarde esta noche‑ y ella comienza a sufrir por el temor de perderlo, pero no dice nada, pues eso es lo que más ama en él. Ahora lo espera con los dedos enredados en el cabello de su niño durmiendo, lucha contra el cansancio que la va venciendo, se va entregando a un sueño que se abre como un telón de pronto, donde hay cosas que no entiende, carreras, hombres que gesticulan y cuya voz no se escucha, ella desplazándose como cámara de televisión observando todo, en ese instante ve a su hombre cayendo, sin ruido, ametrallado, ve la camisa perforada de manchas rojas que van creciendo en tanto el hombre no deja de caer. Después está su hijo preguntando por papá, ella tratando de explicar, el niño gritando en la noche, el niño orinándose en la cama, el niño preguntando por papá, el niño con la misma risa del padre muerto, el niño con un volante que dice libertad en las manos, el niño tratando de saber lo que significa esa palabra, el niño tan igual a su padre creciendo y leyendo a Brecht y a Prévert, el niño convirtiéndose en un joven de barba rala que le dice ‑llegaré tarde, mamá‑ Entonces la puerta abriéndose la saca de su sueño, aunque no alcanza a abrir los ojos cuando ya unos labios que conoce la muerden, cuando unos brazos la levantan en vilo y la llevan a la cama de ambos, cuando esas mismas manos salpicadas de tinta o de pintura comienzan a desnudarla, a hacerla morir de felicidad y deseo, a olvidar ese sueño negro que va empequeñeciéndose y alejándose hasta desaparecer, hasta pensar en que todo está por delante, en qué tonta ha sido de pensar en esas cosas.

26 enero, 2008

El Maletín Literario: la etapa final



El Maletín Literario –controvertida iniciativa de fomento de la lectura del Gobierno, operada a través de la DIBAM- pasó a una nueva etapa que acerca el momento de su materialización. Así se continúa con un proceso que pone de relieve una decisión a ultranza, sin escuchar las voces críticas de actores relevantes y las propuestas alternativas al uso de los fondos asignados (once millones de dólares), por cierto inéditos para este tipo de iniciativas (en el Maletín se gastará más del doble de lo que el Consejo del Libro asigna en su concurso de proyectos a toda clase de iniciativas).

Más allá de que mantengo serias dudas acerca de la efectividad y eficiencia de la iniciativa y rechazo el criterio simplista que asevera que cualquier cosa que se haga por el fomento de la lectura será buena; mis primeras impresiones son éstas: se demuestra que el valor del libro depende del tamaño de la edición y se pone de relieve que estas licitaciones tienden a concentrar el efecto económico en escasos actores de la industria.

El precio unitario de los libros demuestra que es preciso buscar formas de impulsar la industria del libro hacia mayores tamaños de edición. La tecnología actual permite imprimir lotes económicos de 500 libros a los precios acostumbrados (5.000 a 7.000 $ para libros chilenos). Así ¿para qué producir, almacenar, distribuir más? Sin embargo, al crecer las economías de escala, los libros pueden reducir el precio a una quinta, incluso a una décima parte (ver los precios de la licitación). Al menos, aquí queda claro que el enemigo principal no son ni el IVA ni los piratas, sino los tirajes. Algunos han errado la puntería por muchos años.

Respecto de la concentración de la adjudicación en pocos operadores de gran tamaño, confiables, solventes, para garantizar la seriedad y viabilidad del proyecto, éste es el modus operandi habitual del Estado. Conlleva una profecía autocumplida: dejar fuera a los actores de la pequeña empresa, siempre desvalida más allá de los discursos gubernamentales abundantes de promesas, desprovista de medios de garantía y financiamiento para abordar grandes operaciones. Como ha ocurrido, la mayor parte de los pequeños empresarios del libro quedarán mirando el banquete de los peces mayores. ¿Dónde quedan entonces las palabras promisorias acerca del impulso a la micro y pequeña empresa, en este caso la editorial?

La controversia acerca del bullado maletín, para hacer memoria, estuvo centrada en diversos aspectos:

- La efectividad de la medida, es decir, que los libros fuesen leídos por los beneficiados y que les fuesen útiles
- La ausencia de un entorno o programa de intervención que asegure el impacto en cuanto a incentivo real de la lectura, sobre todo en estratos donde los hábitos de lectura son demostradamente débiles.
- El tono efectista y demagógico que rodea toda la idea, olor a populismo
- La selección de los textos incluidos (la verdad es que hay cientos de posibilidades buenas y que el valor depende del grupo de destinatarios). En todo caso, se está escogiendo por los beneficiados, sin consultarles a ellos.
-El costo involucrado respecto de los presupuestos históricos para este tipo de iniciativas
- La posibilidad alternativa de financiar centenares de iniciativas que han sido exitosas (por ejemplo los programas de Fundación La Fuente, INFOCAP de Un techo para Chile, Letras de Chile y otras)
-La posibilidad de que sea un dispendio fraudulento, malversación de fondos, u otras similares.

La iniciativa se llevará a cabo. De esto jamás he tenido dudas. Da para pensar, por cierto. No significa inmovilismo, ni crítica gratuita, ni desánimo. Los que hemos estado siempre en esto, en especial los escritores que hemos decidido actuar, hacer, comprometernos para promover la lectura y el libro desde hace muchos años, continuaremos en nuestro empeño.

Todavía esperamos –verbo ligado a la hermosa, tal vez ingenua expectativa que denominamos esperanza- que más allá de declaraciones vacías e iniciativas pomposas, se manifieste el respeto hacia el libro, la lectura, los escritores y todos los agentes ligados a este ciclo del cual dependen el crecimiento espiritual, cultural, material y en definitiva la auténtica libertad de un país.

Diego Muñoz Valenzuela

19 enero, 2008

La cosa de allá arriba

Yo sé que estás allí, dentro del ropero, puedo escuchar desde el primer piso tu respiración dificultosa, sentir como te revuelves inquieta, maldita criatura, siento los lamentos de la madera que se queja bajo tu peso. Si pudieras, saldrías de ahí – a veces lo haces – y bajarías la escalera haciendo crujir los escalones uno a uno con tus pies escamosos, verdes, llenos de algas igual que tu piel resbalosa, cubierta de légamo de quizás qué horrible lugar. Respiras más fuerte ahora, es casi un bramido, el ropero se estremece, bajo el volumen del televisor, pero inmediatamente viene un silencio más difícil de soportar que los ruidos de la película o tus movimientos allá arriba, parece que ese silencio durara más, tú saldrías de allí en todo tu esplendor, con toda tu maligni­dad, con tus ojos hambrientos y terribles, tus garras filosas, tus dientes de tiburón. Eso, podrías llegar al fin. A veces todo se reduce a esperarte, espero la noche para este duelo cotidiano. Yo sé que un día va a ocurrir. No sé cómo explicarlo: sólo lo sé. Bajarás con tus tentáculos, tus ventosas, tus brazos – lo que sean – dirigidos hacía mí y yo no podré moverme, me quedaré mirándote, paralizado, inmóvil, así como si fuera de piedra. Tal vez alcance a recordar algún párrafo de Lovecraft. Pero lo importante es que estarás acá, de este lado, y yo no podré moverme. Respiras, te mueves inquieta, maldita criatura. Te puedo ver casi, agazapada en la oscuridad, tus ojos brillando. A pesar del miedo, a veces me imagino qué ocurriría si tú bajases, qué ocurriría, qué ocurriría si entraran en ese momento mis padres, que están prontos a regresar, por eso creo que ya no bajarás, aunque a veces, a veces, casi es como si lo deseara.

13 enero, 2008

Ojo y espejo

El ojo había llegado. Estaba allí, en medio de la habitación. Enclavado en la pared arrojaba una mirada terrible y profunda que le hacía tintinear las terminaciones nerviosas. Esa mirada no lo dejaba olvidar lo que había que olvidar, ni recordar aquello que es imprescindible.

Pero ahí estaba, ensoñador, magnético, impasible. Enorme. Casi de su propio tamaño, con horribles sanguinolencias y venas enrojecidas, y la pupila dilatada. Se aterrorizó, golpeó el espejo hasta destruirlo y volvió con gran calma hacia su órbita.

03 enero, 2008

LUGARES SECRETOS comentado por Željka Lovrenčić

Diego Muñoz Valenzuela: Lugares secretos, Santiago, Mosquito editores, 1993., 177 pgs.

Por Željka Lovrenčić

La ficción y la realidad de Chile

Diego Muñoz Valenzuela nació en el año de 1956 en Constitución y es uno de los escritores contemporáneos más significante de Chile, uno de los pocos que en este país escribe obras de la ciencia ficción. Publicó dos novelas y sus cuentos han sido incluidos en más de treinta antologías ya traducidas a diferentes idiomas. Ha sido dos veces el ganador del premio “Las Mejores Obras Literarias” que otorga el Consejo Nacional Chileno para el Libro. Es el redactor de varias antologías del cuento chileno.

Pertenece a la generación de los años ochenta. La “generación que creyó que el cielo se tocaba con los dedos pero que a la vuelta de la esquina le quitaron la escalera” dice la periodista Faride Zerán. Esa generación saca del olvido los espíritus de la época de su juventud y en su obra usa el humor, escribe libremente y con cierta dosis de impertinencia.

Perdió sus amigos

Diego Muñoz proviene de la familia de escritores – su padre era un conocido escritor, y también escribían su madre y su abuelo materno. Él quiso ser diferente – decidió estudiar química e hizo la maestría de ciencias técnicas. Cuando ocurrió el golpe de estado en Chile, tenía 17 años. Por nostalgia y sufrimiento, porque en la época de la dictadura perdió muchos amigos queridos, empezó a escribir poesía. Dejó de escribirla en el año 1984 – entonces se dedica de manera total al cuento y edita la colección Nada ha terminado. En todas sus colecciones hay muchos cuentos con elementos biográficos – eso es evidente y en la colección Lugares secretos, publicada en Santiago en el año 1993. En ella, el lector tiene la posibilidad de conocer la variada y rica temática de ese excelente escritor: están presentados los mini-cuentos por los cuales Muñoz es conocido y fuera de las fronteras de su país, cuentos de ciencia - ficción y los cuentos que tratan el tema de la dictadura en Chile que son de gran sensibilidad.

Sus cuentos son de temas variados, algunos son descripciones realistas de la vida chilena. Podemos destacar el cuento “Cruzar la calle” en la cual el protagonista – empleado joven, de éxito y con perspectivas, que a menudo visita a su amigo en el manicomio, conoce a otros enfermos y al final piensa que le gustaría quedarse con ellos, lejos de la crueldad de la realidad.

La vida de los pobres

En el cuento “Aún te queda tu jardín” nos encontramos con el orgulloso viejo padre quien se quedó solo en Chile porque su esposa murió y su hijo decidió ir a vivir en los Estados Unidos donde se casó con una norteamericana y formó familia. El viejo vive en la pobreza cultivando su jardín.

El cuento “Bailarina de topless” describe, las dificultades de la vida en la capital chilena donde las muchachas jóvenes de familia pobre tienen que trabajar como bailarinas en topless bares para ganarse la vida. Un visitante ocasional de alta sociedad entra al bar y nace una simpatía, pero en eso se queda... Él al final se va a su mundo.

Diego Muñoz escribe con facilidad y de manera interesante en géneros diferentes que también contribuyen a su, cada vez más grande, popularidad entre los lectores.


Željka Lovrenčić, especialista croata en literatura latinoamericana y traductora con una amplia labor de difusión de obras narrativas y poética del español a croata (autores bolivianos, chilenos y de otros países), y del croata al español.

28 diciembre, 2007

Ciencia ficción en Latinoamérica (1).El estado de la cuestión

Por Guillermo Roz



No hay reseña periodística, ni análisis mas o menos actual del estado del género en Latinoamérica que no presente básicamente dos lados: uno el de la queja y la pena por el poco o nulo apoyo institucional y económico a la producción, y el otro el denodado esfuerzo de los escritores y editores para quienes la ciencia ficción es un arte dentro del arte, una literatura dentro de la literatura, casi una asociación con tintes de defensa deportiva.

En el lado de la queja los actores del panorama de la ciencia ficción reconocen en Internet el soporte «salvador» para la pervivencia y propagación de un modo literario, ya que las características socioeconómicas de una región del mundo castigada se mezclan o son el origen de ciertas reivindicaciones. Al respecto, podemos decir que los grupos de personas que se congregan para producir o discutir sobre el género (congresos, fanzines en papel, asociaciones de cultores o fans) empiezan y culminan sus proyectos en la creación de una página web, que será su medio de comunicación además de su eje vertebrador. Para comprobar esto no hay más que dar una vuelta por Internet, donde se comprobará cómo en Latinoamérica esa Babel digital representa un papel más destacado y protagónico en el muestreo de esta literatura que en otras zonas del planeta donde el apoyo económico puede solventar la edición en papel de, por ejemplo, autores de ficción noveles y ensayistas.

Por otro lado hay que destacar la iniciativa de estos grupos, la creatividad de sus proyectos y la mirada culta sobre un género definitivamente marginal, en cuanto a su difusión y comercialización en América latina. Los casos de Marcelo Cohen en Argentina (El oído absoluto, Donde yo no estaba), del peruano residente en Madrid Doménico Chiappe (Entrevista a Mailer Daemon) o del chileno Diego Muñoz Valenzuela (Flores para un cyborg) habla a las claras de que existe una calidad literaria indiscutible que se origina en Latinoamérica y que tiene como aporte decisivo y fundamental un giro hacia una ciencia ficción centrada en el intimismo psicológico, humanizador, un giro que relega el componente tecnológico al sitio de una mera cortina decorativa, a veces ridícula, a veces disparadora de la imagen de un futuro donde se comprueba a las claras que los problemas humanos, universales y atemporales, no los remienda ningún robot o máquina voladora.

Así, entre la angustia y la fe, entre la producción y los obstáculos económicos, un grupo de latinoamericanos sigue inventando una manera propia de ciencia ficción que constituye un corpus que debe ingresar si no al canon, sí al corpus de la literatura, en cuanto dialoga con una tradición y pone en evidencia procesos de apropiación de modelos y estéticas de otras literaturas.

http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/diciembre_07/14122007_01.asp
Viernes, 14 de diciembre de 2007

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes,

23 diciembre, 2007

Espíritu navideño


El viejo pascuero estaba sobregirado. Se veía venir la catástrofe desde los años precedentes. Los chicos pedían más y más, sin límites. No fue posible revertir la tendencia. Los bancos hicieron efectivos sus procedimientos de recuperación y lo confiscaron todo: trineos, renos, regalos, enanos, hasta el traje del viejito, que quedó en calzoncillos en pleno polo. Luego vino la debacle: primero quebraron los fabricantes de juguetes, artículos electrónicos, ropa, CD, computadores, libros. Luego, por arrastre, los comercios gigantes y los bancos, y vino esta crisis terrible. Un analista sabiondo –de esos que explican las catástrofes cuando ya han ocurrido- ha dicho que el origen de la debacle estuvo en la codicia de los bancos, en su carencia de espíritu navideño.

12 diciembre, 2007

El trencito

Cuando sus padres le regalaron el tren eléctrico le brillaron los ojitos, apareció una sonrisa más larga en sus labios, daba saltos de felicidad. El tren subía y bajaba unas lomas, atravesaba desvíos, puentes, pequeñas estaciones.

Fue muy grande el precio de este tren; tendrás que cuidarlo mucho. Sólo podrás armarlo en ocasiones especiales. Esto le advirtió el padre.

Entonces ya no vio tan hermoso el ferrocarril en miniatura. Sin embargo, para sus cumpleaños y para navidad ensamblaba las piezas religiosamente, como si fuera un rito. Así hasta que cumplió doce años. El juguete quedó por allí, impecablemente almacenado en su caja con palabras en inglés. Mucho tiempo después, cuando el hijo ya tenía su propia familia y no visitaba más que una o dos veces al año a sus viejos padres (para ocasiones especiales), la anciana encontró el trencito. Estaba como recién salido de la juguetería.

- ¡Viejo, ven!‑ llamó al padre que acudió rengueando‑. Mira el tren del niño, lo encontré recién. Mira, está casi nuevo.

‑ Bueno, yo y tú le enseñamos a cuidarlo. Por eso está como nuevo.

‑ Lo echo de menos a veces, sería bueno que nos visitara más seguido.

Se quedaron silenciosos. La anciana se arrodilló en el piso y se dispuso a montar las líneas férreas. El padre dudó un instante antes de hacer lo mismo.

Ahora el tren está en funciones la mayor parte del tiempo. Los viejos lo echan a caminar y el tren recorre la llanura, los puentes, los pequeños poblados.

‑ ¡Qué suerte que el niño lo haya cuidado tan bien!‑ repite alguno de los dos, de vez en cuando.

Y sueltan algunas risitas de felicidad, brincan de alegría. En ciertas oportunidades alguna lágrima les torna borrosa la visión. ‑Será la edad ‑ dicen ‑qué otra cosa, si somos tan felices.

01 diciembre, 2007

Necrofilia 1


La doctora se acercó libidinosa a la mesa de disecciones del Instituto Anatómico Forense. Voluptuosamente se desprendió de su delantal y quedó desnuda, hermosa y palpitante frente al cuerpo que descansaba sobre la mesa, cubierto con una sábana amarillenta. Verificó la etiqueta que colgaba de una de las manos exánimes y asintió satisfecha. Arrancó la manta y descubrió el cuerpo también desnudo del cadáver, provisto de un enorme sexo erecto. Lo bañó con vaselina y saltó sobre él con salvajismo. El olor a formol la excitaba cada vez más. Gemía como un animal embravecido. Junto con el feroz orgasmo, él regresó a la vida y clavó sus colmillos en la yugular de la legista. Y murieron y vivieron felices para siempre.

25 noviembre, 2007

Mutatis mutandi

La chica se empeñó en cambiar su nariz: quería una más pequeña y respingada. Sus abnegados padres se lo concedieron. Hay que decir que antes ella se había teñido el pelo de rojo e insertado siete piercing en aquellas escasas partes de su cuerpo todavía no cubiertas por un tatuaje. Tras sucesivas pataletas convenció a sus progenitores para realizar nuevos cambios. Se agrandó los senos, aplanó su barriga, estilizó sus piernas y afirmó sus nalgas. Y muchas otras cirugías. Dos años después poco quedaba de ella misma. Sufrió una crisis identitaria que agravó su bulimia y la depresión endógena que la afectaban. Desesperada, se arrojó desde la terraza de un edificio. Nadie reconoció sus restos.

18 noviembre, 2007

Necrofilia, 2

Ocioso, desesperado por la carencia de trabajo, vago por la ciudad. Entro en una capilla donde se advierte mucha actividad. Cuando la veo dentro del ataúd, infinitamente tranquila, sumisa ante la muerte, con una leve sonrisa de satisfacción dibujada en los labios algo pálidos, comprendo que me he enamorado perdidamente. Es la mujer perfecta para mí: jamás me reprochará, carente de caprichos, se someterá a mis designios sin objeciones perversas. Me acerco a los deudos con tranco lento, calculado. Primero abrazo a la madre, que llora sobre mi hombro sin consuelo; luego a su devastado progenitor, a sus hermanos y hermanas que no hallan consuelo. Me siento en las bancas que rodean el catafalco y simulo rezar con los ojos entrecerrados. Sigo el ritmo de las expertas ancianas que recitan letanías milenarias en un circuito sin fin.

La hora pasa y los deudos van menguando con velocidad creciente. Cada media hora me incorporo para observarla. Su belleza serena me conmueve y me excita. En la ventana alcanza a vislumbrarse el nacimiento de sus pechos soberbios. Las fotografías que descansan entre las guirnaldas atestiguan su hermosura arrobadora. El amor y el deseo crecen en mi interior como bestias incontenibles. Por fin se retiran los padres, arrastrando los pies, antes de despedirse me advierten que la capilla cerrará en unos minutos. Me desean conformidad. Les digo que me quedaré orando esos minutos. Quedo solo. Me oculto bajo el ataúd, atrincherado entre guirnaldas. Viene un ominoso silencio que interrumpe el sacristán, que entra al recinto y cierra la puerta con candado. Siento su respiración acezante, la brutalidad con que levanta la tapa de la urna. Desnudo se encarama sobre el cajón gimiendo palabras de amor, le arranca las vestiduras a tirones y lanza terribles imprecaciones. Entonces salgo de mi escondite y le propino a la bestia el golpe mortal con un candelabro. Lo aparto con repugnancia y tomo su lugar. Le hablo en susurros, la voy besando en toda su magnífica desnudez, seduciéndola con amor infinito. Toda una noche hay por delante. Después vendrán el duelo, la nostalgia, el amor eterno.

03 noviembre, 2007

Literatura y desarrollo; ponencia para Primer Foro por el Fomento del Libro


Ponencia presentada en I Foro por el Fomento del Libro: San Felipe Ciudad que Lee, Octubre 2007

Literatura y desarrollo


Me cuenta un querido amigo, gran lector que aprecia la literatura chilena (y que sabe que este tiene sus raíces muy atrás en el tiempo, es decir, que no es una novedad, como algunos creen o quieren hacernos creer) que supo acerca de la existencia de un libro titulado “Nosotros somos del tamaño de nuestros sueños”. La idea es inquietante, por cierto, e iniciamos la búsqueda con grandes expectativas que espero sinceramente no sean frustradas por un texto chabacano tipo auto ayuda. Sin embargo ya el mero título gatilló en mí una tormenta de conexiones que me ayudó a ver viejos asuntos de una manera distinta, aunque el diagnóstico sea el mismo.

No me caben dudas acerca de la veracidad de esta afirmación, en toda la dimensión maravillosa y terrible de su significado. Sostengo, más sobre la base de la experiencia que desde la teoría, que literatura y lenguaje están íntima y sólidamente relacionados. El mayor conocimiento de la literatura, la lectura literaria entendida como actividad permanente desde la edad más temprana (incluso antes de que los niños aprendan a leer), lleva al desarrollo del lenguaje. Y el lenguaje constituye la base del pensamiento humano; se dice que hemos llegado a ser, para bien o para mal, la especie dominante del planeta gracias a nuestra capacidad de comunicarnos, es decir, gracias al lenguaje. No es que seamos eximios maestros en el arte de la comunicación, la historia está sembrada de contraejemplos, pero es gracias al lenguaje que estamos donde estamos.

¿Y sin casi nadie lee, como señalan tanto las encuestas como los resultados del fracasado esquema de educación municipalizada, qué pasará con la calidad de nuestro ya degradado lenguaje? Es vergonzoso contemplar, con impotencia y rabia contenida, la pobre manera de expresarse de muchos periodistas y hombres públicos, no poco connotados dirigentes políticos, empresarios y representantes de la ciudadanía: devorados por las muletillas y la miseria lingüística. Si el lenguaje es magro, las ideas también lo son.

Se ha dicho en algunos estudios que el promedio de palabras que usa un chileno es de 600. Esto no sólo indica un empobrecimiento en la capacidad media de expresión, sino que se correlaciona con una falta de comprensión del mundo que nos rodea, incluso con la imposibilidad de hacer ciertas distinciones, de darse cuenta de la existencia de algunos fenómenos o situaciones en curso que pueden estar afectándolos en forma tan seria como negativa. Esta es la verdadera gravedad del asunto.

Entre cognición y lenguaje existe una relación directa: nombramos a las cosas que nos interesan, aquellas con las cuales trabajamos en forma más directa, ya sean concretas o abstractas. Si no tenemos un nombre para algo, es porque no nos interesa, porque no nos sirve para nada, sin que esto conlleve un sesgo peyorativo, porque el criterio de servicio puede enfocarse en un amplio rango: desde lo más pragmático y material, hasta las abstracciones más puras.

¿Así que clase de sueños podemos tener? ¿Sueños de riqueza, gloria, poder, como aquellas efigies de los comerciales de la televisión? ¿Hombres y mujeres jóvenes, bellos, disfrutando de la vida en un yate que navega en aguas tropicales? ¿Un vaquero que galopa por la inmensa estepa con un cigarrillo en los labios, sin saber que corre hacia la muerte? Hablamos de sueños individuales, pero ¿qué pasa con los sueños colectivos, los sueños de país? ¿Qué pasa con los sueños de justicia y desarrollo? ¿Cómo podemos soñar si no leemos los sueños más enormes de la humanidad que la historia recoge en forma de literatura?

Me resulta difícil creer que un niño que no lea (y que entienda lo que lee, y lo disfrute) puede ser protagonista de los sueños. ¿Podrá ser un emprendedor si no domina el arte de soñar que los libros de ficción infunden? ¿Podrá entender y amar a los demás si no conoce nuestra historia, siquiera nuestra historia más reciente? ¿Podrá comprender la importancia capital de valores como la libertad, la solidaridad y la justicia sin buscarlos denodadamente en las mejores páginas de la literatura mundial? ¿O tendrá que conformarse con las misérrimas y antojadizas versiones con que suelen ametrallarnos desde los medios de comunicación?

¿Qué les preocupa hoy a los escritores?

A priori esta es una pregunta imposible de responder de forma única en la actualidad. Hay múltiples y muchas veces extrañas respuestas que son expresión de una crisis. Las preocupaciones más llamativas van desde la crisis del medio oriente hasta el uso malévolo de dineros institucionales, del discernimiento de los fondos estatales de la cultura (normalmente reclamando porque se aprobó el proyecto de algún ente indigno en vez del propio) hasta la discusión de los fallos en concursos literarios. La verdad es que ninguna de estas temáticas parece atractiva, ni menos aún constructiva. Buena razón para proponer otros asuntos más relevantes.

La política subsidiaria del estado en materia de cultura se basa en un concepto que hace crisis día tras día: los concursos de proyectos. Amén de las “fiestas culturales”, florilegio de zancos, colombinas y batucadas, poco más puede evidenciarse después de algunos años de existencia de un Ministerio del ramo.

Los concursos de proyectos no dejan construir una política cultural sólida y continua, puesto que los criterios de los jurados del Fondo del Libro son cambiantes (en un espectro impresionantemente amplio), heterogéneos (casi esquizofrénicos al comparar año por año los criterios aplicados). En este escenario, el quehacer de instituciones culturales como Letras de Chile –cuyo quehacer y aporte en diversos ámbitos está absolutamente acreditado- está abandonado al arbitrio de esta variabilidad oscilante y contradictoria de juicios. Poco puede esperarse en la empresa privada y menos todavía de los escuálidos bolsillos de aquellos escritores que a pesar de todo sostenemos un quehacer independiente.

Carecemos en consecuencia de una política de claras prioridades y objetivos, que permita dar continuidad a ciertos esfuerzos e iniciar iniciativas que urgen… ¿Cómo cuáles dirá usted? Veamos algunas:

· Financiar en forma masiva y decidida la visita regular de escritores a escuelas básicas y liceos para fomentar la lectura directamente (en nuestra experiencia el contacto de los alumnos con escritores es altamente efectiva para despertar el interés por la literatura, lo cual coincide con experiencia comparada en Argentina, Brasil y México)
· Financiar en forma permanente medios electrónicos de difusión literaria que tienen una audiencia numerosa y que buscan innovar continuamente (por ejemplo, http://www.letrasdechile.cl/ tiene más de 6.000 visitas diarias)
· Promover la traducción y publicación de obras de autores chilenos en el extranjero a través de un mecanismo a crear. ¿No sería esta una exportación no tradicional de alto valor agregado?
· Buscar un mecanismo para estimular la instalación de nuevas librerías (es preocupante que no lleguemos a sumar 100 puntos de venta de libros en todo Chile; hay comunas y ciudades sin librerías ¡qué vergüenza!). Por ejemplo podrían comprarse libros a través de las pequeñas librerías, he ahí un mecanismo de subsidio.
· Otro nudo o cuello de botella: la distribución nacional de libros, sobre todos aquellos autoeditados o publicados por las editoriales nacionales que deben competir contra los gigantes transnacionales en condiciones bastante adversas). ¿No podría intervenir el estado en esta material para regular tanto el acceso a la cultura como la competitividad del mercado?
· La empresa Correos de Chile podría aplicar una tarifa que fomente el envío de libros e impresos (que hoy resulta más caro que cualquier carta o encomienda, o sea se castiga el envío de un libro como difusión o regalo, o incluso originales para un concurso)

La política de concursos del Consejo del Libro permite por ejemplo que se adjudiquen recursos instituciones estatales para proyectos de infraestructura que debieran financiarse con presupuestos locales. El máximo ejemplo es el concurso de adquisiciones de libros ¿Por qué de una vez por todas no se incrementa el poder de compra de la DIBAM y se centraliza allí esta función?

Se podrá alegar que los recursos son menguados, pero es preciso recordar que la Ley del Libro se hizo sobre la idea de que el IVA de los libros (ya que no se podía eliminar por un impedimento relacionado con las paradigmas económicos vigentes), se reinvirtiera completamente en el sector.

Ciertamente no es el monto del presupuesto lo que solucionará esta problemática sino que las nuevas e inteligentes y estructuradas políticas (orientadas por una visión nuclear) que se definan y el criterio con que se apliquen. Pienso que los mecanismos de operación del Consejo del Libro debieran repensarse, desde su propia integración (lo mismo debiera hacerse con el Premio Nacional de Literatura) y mecanismos de selección de jurados y evaluadores. Pero todo esto requiere, primero, la definición de una política cultural que oriente los esfuerzos, defina prioridades, dé estabilidad al quehacer literario en toda su cadena y se centre en las tareas prioritarias más allá de la mera resolución de concursos de asignación de fondos.


Diego Muñoz Valenzuela

“Microcuenteros hay muchos, pero microcuentistas muy pocos”


Diego Muñoz Valenzuela presenta su libro de minirrelatos “De monstruos y bellezas”

Destacado autor de miniaturas literarias, el escritor desconfía del actual boom del género y declara que él escribe debido a su “beligerancia ante las manifestaciones negativas del sistema social y económico”.

por Leonardo Sanhueza
diario LAS ÚLTIMAS NOTICIAS, domingo 23 de septiembre de 2007


Diego Muñoz Valenzuela es uno de los escritores más quitados de bulla de la escena literaria actual. Tranquilo por las piedras, ha publicado seis libros, los que sin estruendos lo han situado como uno de los narradores más sólidos de su generación.

En el colmo del bajo perfil, su género predilecto es el cuento, en especial el microcuento o relato extremadamente breve –a veces sólo un par de líneas-, ámbito en el que Muñoz ha figurado como destacado cultor desde la década del setenta, y al que pertenece su más reciente libro, De monstruos y bellezas, que ha aparecido bajo el sello editorial de Mosquito.

Con sus cuatro piezas iniciales remitidas al quizás más famoso microrrelato que existe (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, de Augusto Monterroso), el volumen muestra de entrada sus cartas en el juego de la literatura minúscula, que actualmente parece pasar por una especie de boom.

Al respecto, Muñoz se muestra más bien escéptico.
-Ojalá existiera –dice- un verdadero boom del microrrelato en su forma literaria más acabada.
-¿No lo hay?
-Es un género que está teniendo algún impacto en los medios, porque genera la ilusión de cualquier ingenioso conjunto de palabras que remede una historia viene a constituirse en una minificción. La rigurosidad y la creatividad requeridas para dar a luz un buen microcuento alcanzan niveles bastante altos. Quiero decir, micro-cuenteros hay miles, pero micro-cuentistas muy pocos.
-¿A qué se debe esa escasez?
El propósito de un micro-cuento es ante todo estético. Eso deja fuera a los chistes, por ejemplo. El dinosaurio de Monterroso, más allá de su concisión extrema, es un excelente ejemplo de la potencia de este género: sugerente, impactante, capaz de inducir una multiplicidad de significados y reflexiones en el lector. En contraste, me aterra que se imponga lo pedestre, la trivialidad, el ingenio barato, la pobreza de lenguaje, el efectismo. La antiutopía convertida en realidad. Aunque quizás ya vivimos en ella.

Varios de los microrrelatos de Muñoz abordan aspectos de la vida actual, con personajes como el Homo Crediticius, que vive endeudado, o el Quijote que, rumbo a su casamiento con Dulcinea, no le hace caso a su insistente –y quizás muy urgente para el novio- teléfono celular.

-Inevitablemente, involuntariamente –explica el narrador-, relaciono la vida con la literatura. Mis preocupaciones literarias provienen de la realidad, de mi disconformidad con el mundo en que vivo. La principal razón para escribir, en mi caso, surge de una beligerancia ante las manifestaciones negativas del sistema social y económico: manipulación, superficialidad, abuso, dominación, injusticia. En todo caso, no planifico las temáticas en mis cuentos. Las historias nacen solas, son criaturas vivas que se alimentan por igual de literatura, imaginación y vida social.

Recuadro: Arreglines y criticones

Ganador , en dos oportunidades, del codiciado Premio del Consejo Nacional del Libro a las mejores obras literarias, Diego Muñoz le echa en uno de sus cuentos una repasada al mundillo de los concursos, jurados y presuntos arreglines, cuyas encendidas polémicas, a la larga, parecen más bien caídas del catre.

-Muchos colegas –señala- motivados por la escasez de privilegios y por sus necesidades, que son auténticas, caen en la tentación de manipular, criticar, descalificar, acusar y envilecer lo poco que tenemos en materia de compensaciones. Estoy muy lejos de creer que todos los premios y becas estén manipulados: esa sería una visión injusta y paranoica.

21 octubre, 2007

Elogio de Luis Sánchez Latorre

En días recientes hemos debido despedir a un intelectual valioso, erudito y valiente, a quien le cupo jugar un rol notable en el terrible periodo de la dictadura militar: Luis Sánchez Latorre, escritor, periodista y crítico literario. Presidió con dignidad, sagacidad y coraje la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) por más de una década, desde donde se desplegó –desde el inicio del régimen- una creciente labor de resistencia de los intelectuales. La casona de Simpson 7, acogió a los perseguidos, fue voz de los sin voz, baluarte de la intelectualidad que enfrentaba la maquinaria asesina sin más armas que la inteligencia y la decisión de acoger el imperativo ético de luchar por la libertad arrasada.


Irónico, socarrón, dotado de una vena de humor ácido, erudito de la literatura, realizó una labor crítica de enorme valor durante seis décadas bajo diversos seudónimos, el más conocido Filebo, que se convirtió en el apelativo más corriente para referirse a su persona. Este trabajo crítico monumental, que esperamos sea objeto de acopio y estudio, fue el fundamento para otorgarle el Premio Nacional de Periodismo en 1983, junto a libros imprescindibles como Los expedientes de Filebo, Lejano Oeste y Memorabilia.

Cronista por excelencia, dotado de una oratoria y un humor extraordinarios, Sánchez Latorre era capaz de iluminar cualquier mesa redonda, tertulia o simple reunión, y elevarla a la calidad de eximia conferencia. Esta capacidad incluía, por cierto, las prolongadas asambleas con que “el pueblo de los escritores” (así lo denominaba él) celebraba en los tiempos más oscuros para exorcizar unas horas los flagelos de la tiranía. Filebo tenía arte para dirigir aquellas discusiones interminables y hacerlas recalar en algún puerto que infundiera optimismo y esperanzas. Al mismo tiempo, gracias a sus dotes de observador agudo, las convertía en admirables clases de literatura chilena que recuerdo con agradecimiento, pues enseñaba aquello que los textos oficiales jamás transmiten, y lo realizaba con deliciosa acidez y sabiduría.

No hay otra explicación para que asumiera la responsabilidad de conducir la Sech en dictadura que una tremenda vocación democrática y de servicio, junto a su devoción profunda por la literatura (murió como vivió: leyendo). Un profundo sentido moral lo llevó a desafiar los laberintos del poder militar desde la casa de Simpson 7, al frente de un “pueblo de escritores” que carecía prácticamente de todo: tribuna, trabajo, libertad. Una ética implacable lo saca del ámbito protegido y sagrado de su casa y su familia, a quienes se consagró desde siempre, con infinito amor.

Desde aquellos años que rememoro con cariño, he tenido que despedir a grandes escritores que tuvieron también la virtud de ser extraordinarias personas y maestros inolvidables tanto por su sabiduría como por su ausencia total de grandilocuencia: Diego Muñoz Espinoza (mi padre), Martín Cerda, Rolando Cárdenas, Jorge Teillier, Enrique Lihn, Juvencio Valle, Mariano Aguirre, Carlos Olivares. Ahora es el turno de Luis Sánchez Latorre y –más allá de la pena y la nostalgia inevitables- me inunda un sentimiento de gratitud y cariño hacia un maestro que vivirá conmigo hasta el último aliento.

Diego Muñoz Valenzuela
Octubre 2007

14 octubre, 2007

DE MONSTRUOS Y BELLEZAS comentado por JUAN MIHOVILOVICH

DE MONSTRUOS Y BELLEZAS; en el diario EL CENTRO, Talca, Suplemento LIterario; Viernes 3 de Agosto, 2007.

Cuento Mosquito Comunicaciones 2007
71 páginas.
Autor: Diego Muñoz Valenzuela

Lo que distingue a un autor de otro –u otros- no es, en definitiva, sólo la opción por los temas de que trata. Al fin de cuentas la naturaleza humana no es demasiado original en incursionar en nuevas perversiones, afanes de dominación o sometimiento de unos en desmedro de los demás. Lo que sí resulta significativo al momento de leer a un creador verdadero es la mirada con que desmitifica su entorno, la manera en que su visión de los seres y las cosas consigue remover nuestras fibras íntimas y hacer relaciones con el mundo adyacente.

Ese mundo que pareciéramos no ver, que ocurre y discurre a nuestro lado como si se tratara de una realidad ajena, o ni si siquiera fuera una realidad de la que formamos parte La vida de los otros no es la nuestra, pareciera ser una premisa fácil, acomodaticia, y esa constatación moderna nos escuda de sentirnos cómplices por las atrocidades y desviaciones del espíritu humano.

Pues bien, Diego Muñoz nos dice algo diametralmente opuesto. La “otredad” nos importa o debiera importarnos en tanto somos parte de lo mismo. No hay otros sin uno y la visión compartida de las miserias ajenas importa nuestras propias miserias personales. Así la corrupción del mundo moderno (Influencias, Premios Literarios, entre otros) no es una entelequia, sino una realidad virtual a escala humana básica: la manipulación de situaciones para beneficios personales resultaría verdaderamente humorística, como de hecho se evidencia en esas narraciones, sino fuera porque detrás de ellas discurre una ausencia absoluta de valores consustánciales a la esencialidad individual.

Las alusiones alegóricas que cruzan varias narraciones (De monstruos y bellezas, El gigante egoísta, Secuelas del verdugo: el complot, Don Quijote 1 y 2, Logro de objetivos etc.) dan cuenta de una agudeza e ingenio poco común en nuestras letras para desnudar en pocas líneas la patética carencia de solidaridad trastocada por “monstruos cotidianos” como la ambición desmedida, la avaricia o el poder implacable que somete sin concesiones.

No existe, para nuestra desgracia, un horizonte demasiado esperanzador: la tragicomedia de nuestro tiempo pareciera ser una variante de la contraposición. Los sueños son refracciones de nuestras propias contradicciones, de nuestros apetitos desmedidos, de nuestra deserción de la vida simple donde los gestos “amables” dieron paso al cálculo preciso, a la codicia sin retorno y a la deslealtad como norma de vida.

Estos cuentos soportan en su parquedad y concisión nuestra precariedad humana, la desgracia de contemplarnos a un espejo donde la bella y la bestia se confunden según el ángulo o el momento.

En esta parábola del desencuentro subyace, sin embargo, la reflexiva literatura de Diego Muñoz: es posible desentrañar lo que somos por lo que no somos. Pareciera una constatación elemental, pero que como especie hemos olvidado o pospuesto tras intereses mezquinos y circunstanciales.

Un libro que nos rescata de la frivolidad mundanal, que nos desconcierta a veces y nos sacude en otras. Que nos emociona o hace sonreír bajo el señuelo mordaz o el sarcasmo, escrito con una pulcritud y llaneza que nos reconcilia con la literatura de verdad.

Juan Mihovilovich




13 octubre, 2007

De dinosaurios y paradojas


Revista de Libros, El Mercurio

Domingo 7 de octubre de 2007


De dinosaurios y paradojas

por Hernán Poblete Varas


El ya legendario cuento de Monterroso ha hecho escuela y ha enseñado a muchos la mágica virtud de la brevedad. Lo que no todos saben es que Dinosaurio llamaba a uno de sus contertulios aquel grupo de farreros en que seguramente militó el gran Monterroso. Y ahí estaba, durmiendo la mona cuando despertó el anfitrión.


Diego Muñoz Valenzuela, en su reciente libro De monstruos y bellezas, erige como un símbolo de paradoja y brevedad la lección de Monterroso, sin servidumbre, sino con nueva mirada sobre el manejo del microcuento, especialidad en la que se está convirtiendo en un maestro. Le basta una línea (a veces algo más) para abrir las puertas de la imaginación, a menudo algo entornadas, del "desocupado lector".


Hacer un inventario o un resumen de estos brevísimos cuentos sería ofender al ya despercudido lector que, seguramente, avivó la imaginación con el primero de estos relatos: "Cuando despertó, le habían robado el libro de Monterroso". O este otro, con su ternura soterrada: "Cuando despertó, el dinosaurio de peluche todavía estaba allí. Lo abrazó, sonrió y continuó durmiendo".


Basta de citas. Sólo para terminar, remito al lector a ese microcuento que Diego Muñoz titula "Alzheimer". Conocido el personaje... ¿o no?Diego Muñoz Valenzuela domina su oficio y la claridad de su estilo ilumina la mente.Como para darle las gracias.



DE MONSTRUOS Y BELLEZAS
Diego Muñoz Valenzuela
Mosquito editores, Santiago, 2007, 71 páginas, $5.500.
MICROCUENTOS

05 agosto, 2007

Don Quijote 2005, II


Ulula con gran resonancia el teléfono celular de don Quijote, mas el hidalgo no transige y continúa cabalgando su rocín en derechura. Sancho resopla del otro lado de la línea, a Dios rogando que el caballero tenga a bien responder a la llamada que torciera el acechante destino. Dulcinea espera en la puerta de la iglesia con un ramo de orquídeas y exhala un suspiro al ver al caballero aproximarse al galope en lontananza. Viene por la avenida colmada de gentes que lo vitorean agitando banderillas de La Mancha. “Ella no es quien usted cree que es, don Alonso”, resuella el fiel escudero, “grandes decepciones le aguardan, mi señor, contestadme por la gracia de Dios”. Don Quijote carga con el rostro iluminado, sin hacer caso a la infernal sonaja.

Tomado de "De monstruos y bellezas", por Diego Muñoz Valenzuela, publicado en Julio de 2007 por Ediciones Mosquito

22 julio, 2007

Sueño con dinosaurio (2)


Cuando despertó, el dinosaurio de peluche todavía estaba allí. Lo abrazó, sonrió y continuó durmiendo.

Tomado de "De monstruos y bellezas", por Diego Muñoz Valenzuela, publicado en Julio de 2007 por Ediciones Mosquito

un microcuento en DE MONSTRUOS Y BELLEZAS


Sueño con dinosaurio (1)

Cuando despertó, le habían robado el libro de Monterroso.
Tomado de "De monstruos y bellezas", por Diego Muñoz Valenzuela, publicado en Julio de 2007 por Ediciones Mosquito.

01 julio, 2007

¿Qué cabe dentro de un maletín?


Caben muchos conceptos dentro de un maletín: improvisación, demagogia, intereses exacerbados, negocio, imagen, codicia, descoordinación, apresuramiento. Nos referimos a la iniciativa del Ministerio de Educación de entregar un maletín literario a 400.000 familias de escasos recursos, postergada por acción de los gremios de editores que reclamaron respecto de la confusa y acelerada convocatoria a licitación.

¡Once millones de dólares en libros para ediciones sobre 100.000 ejemplares! Un auténtico sueño, libros para todos. Creo que esta cifra es más del doble de lo que maneja el Fondo del Libro en un año. Si tenemos en cuenta la materialidad de este maletín repleto de billetes, debiéramos concluir –más allá de quienes se beneficien directamente, ya sea por razones de negocio o imagen- que es posible encontrar muchas otras alternativas de aplicación. No es claro que los “maletines literarios” vayan a producir un cambio instantáneo y profundo en los hábitos lectores de los sectores sociales más postergados. Como si la mera presencia de una pequeña biblioteca, un suerte de artilugio cultural sacrosanto y mágico, fuera a generar una influencia benéfica sobre las personas.

El Consejo del Libro está elaborando un Plan Nacional de Lectura cuyo objetivo es abordar sistémicamente nuestras dramáticas carencias en el ámbito de la lectura, a través de múltiples acciones y programas concebidos con representantes de diversos sectores ligados al libro. Este Plan aún no cuenta con un sustrato financiero y –espero equivocarme de manera rotunda- me cuesta imaginar que vaya a contar en sus inicios con una cifra tan impactante como estos once millones de dólares.

Ideas hay muchas. Por ejemplo, invertir en mejorar las colecciones de las bibliotecas públicas existentes, sobre todo la presencia de la literatura chilena y latinoamericana actual. En el sistema de bibliotecas públicas hay algo así como medio libro per capita, la décima parte de lo que debiéramos tener.

Hay muchas otras ideas y no quiero hacer un inventario de ellas ahora. Pero lo que advierto como dominante en la escena son palos de ciego, confusión, improvisación, aislamiento. Cualquier esfuerzo aislado, por cuantioso y enorme que sea, no surtirá efecto si no forma parte de una iniciativa sistémica, global, concatenada, alimentada por una visión clara del tipo de país que deseamos construir y el lugar que la lectura ocupa tanto en el itinerario como en el destino.

Es tiempo de focalizar esfuerzos, materializar un plan central bien pensado, de carácter nacional, con objetivos claros, para que no se dilapiden recursos en acciones aisladas, con sabor a efectismo e improvisación. Lo pero que puede ocurrir es que el fomento de la lectura –una iniciativa tan diáfana y fundamental para el destino de Chile- se infecte de apetencias, demagogia, sospechas y después de frustración, renuncia y por último de abandono.




Diego Muñoz Valenzuela

26 mayo, 2007

Un nuevo libro de cuentos: DE MONSTRUOS Y BELLEZAS

El microrrelato ha ido ganando adeptos entre lectores y autores en los últimos años. Diego Muñoz Valenzuela es uno de sus tempranos cultores en Chile, desde la década de los 70, lo cual se ha reflejado en su primer libro de cuentos “Nada ha terminado” (1984) y luego en “Ángeles y verdugos” (2002), celebrada colección de microcuentos.

“(el autor) nos ofrece la visión de una ciudad fría e implacable de poderes corruptos con un tono mordaz y un humor desgarrado y cruel. Con cuentos en los que perviven la tradición, las raíces precolombinas, el autor tiene como tema al hombre con sus fantasmas, sus fatuidades, el amor, la vejez, las fronteras entre la realidad y el sueño”. AMALIA VILCHES, profesora UNED, Cádiz, España.

“el microrrelato encuentra en la figura de Diego Muñoz Valenzuela a uno de los cultores más interesantes en el espectro de la narrativa chilena” EDDIE MORALES PIÑA, profesor, Universidad de Playa Ancha.

“El autor perpetra su búsqueda con una imaginación notable. Inventa pequeñas fábulas con un lenguaje somero, sin aspavientos, cuyo punto culminante (como debe ser) es un final imprevisto. Se conjugan así perplejidad y crueldad, en una visión del mundo que no puede sino dejarnos trémulos” IVAN QUEZADA, crítico.

Fomento de la lectura: mucho ruido, pocas nueces

Desde la recuperación de la democracia en Chile se viene hablando sobre la importancia de fomentar el libro y la lectura, tal vez como homenaje al progresismo desarrollista, o por efecto de una bendita inercia, quizás para compensar al gremio de los escritores que desafió como pocos a la dictadura, o simplemente para simular una preocupación auténtica por la cultura.
Al observar la realidad lo único que advierto –y creo no estar solo en esta convicción- es el fracaso sistemático, la insuficiencia o la futilidad de los esfuerzos, la irritante verborrea del marketing político, la escenografía burocrática que huele a fuego de artificio. No quiero desconocer los esfuerzos desplegados o reducirlos a la nada, pero la complacencia me parece detestable, execrable a estas alturas. Más allá de la creación del Consejo del Libro y sus programas de fondos concursables, y de los esfuerzos de la DIBAM por surtir mejor a las bibliotecas públicas y darles vida, poco ha ocurrido en Chile en estos años.

Empeño no es lo mismo que desempeño. Mucho ruido, pocas nueces. Bonitas frases, pero resultados deficientes. La complacencia carece de fundamento, sin embargo nadie le pone el cascabel al gato. Muchas autoridades han tendido a sacar cuentas alegres y siguen avivando su propia cueca, sin asumir la necesidad de cambios estructurales.

Tenemos menos de una librería cada 100.000 habitantes, y debiéramos tener diez. Usamos un promedio de 600 palabras para expresarnos. En las bibliotecas públicas menos de medio libro per capita; debiéramos tener 10 veces más. Un 60% de la población no leyó nada el año pasado. Dos tercios de los gerentes y directivos entiende poco y nada de lo que lee; ¿qué podemos exigirle a los estudiantes universitarios, básicos y medios? Las pruebas aplicadas hablan por sí solas del fracaso. Los tirajes de las ediciones locales bajan y el libro se convierte en un artículo escaso más que suntuoso. Suma y sigue. Mejor detenerse. ¿Cómo sacar cuentas alegres si prevalecen estos hechos?

No estamos haciendo nada significativo como país en cuanto al fomento del libro y la lectura. Es lo único que puedo concluir, y es lamentable. Quizás algunos dirán, “ése es un flagelante”, y seguramente serán los portavoces de la complacencia.

El foco en el asistencialismo (conste que escribo estas líneas antes de que se conozcan los resultados de los concursos de proyectos, sin saber si será beneficiado algún proyecto de mi interés, precisamente para actuar con independencia, y no bajo el influjo del éxito o el fracaso), más allá de sus efectos inmediatos, ha hecho perder el foco. Perfeccionar, ampliar, transparentar (al menos en la intención), los sistemas de concursos se ha convertido en una obsesión que obnubila al Consejo del Libro, y lo priva de ejercer una acción directa, efectiva y concreta. Podría objetarse que sea esta institución quién realice tal acción, argumentando definiciones y restricciones legales, pero los resultados son elocuentes. Alguien tiene que hacerse cargo y ese alguien se llama Estado o Gobierno.

Sea el Consejo del Libro, el Ministerio de Cultura, o el Ministerio de Educación, o todos ellos, pero alguien debe hacerse cargo de proponer, conducir y generar un vasto plan inteligente que nos permita salir, como país, del devastador estado en que se encuentra la lectura en Chile. Es una tarea urgente, patriótica y de inconmensurable efecto en el futuro. Esto, sin embargo, requiere de una voluntad política expresada en la forma de un plan ambicioso y un presupuesto de acuerdo a la magnitud de la tarea. No es un objetivo menor, uno más entre muchos otros, pues se vincula a la educación y la cultura de un país cuyas pretensiones de desarrollo permanecerán estáticas, en calidad de aspiraciones inalcanzables, mientras no se reviertan las alarmantes tendencias bosquejadas.

05 mayo, 2007

LUCES DE NEON


Despertó mientras avanzaba abriéndose paso entre centenares de personas ansiosas por llegar a su destino lo más pronto posible. Lo estrellaban con los hombros, con bolsos, con maletines. El presentía alguna malignidad en esas colisiones aparentemente casuales. Atardecía ya, y los letreros de neón comenzaban a destellar sobre las paredes de los enormes edificios. Los rostros de los pálidos transeúntes se iluminaban con aquellas trémulas luces de colores. Los automóviles hacían sonar sus bocinas y rugir sus motores, y los conductores solían abrir las ventanillas para insultar a alguien. Esto fue lo primero que vio al despertar como de un largo sueño del que había regresado desprovisto de recuerdos. Al pasar por una tienda de periódicos, supo que allí se vendían diarios, revistas, pudo comprender las palabras de los encabezados, aunque sin encontrar sentido a las noticias, pues carecía de referentes contra los cuales compararlas. No podía establecer si alguna noticia era disparatada o cuerda, por ejemplo. Sin embargo, esto dejó de interesarlo casi instantáneamente. Más atraía su atención la divertida premura que parecía animar aquellas legiones de caminantes con rostros centelleando en lila, verde, amarillo. Muchos de ellos portaban paquetes envueltos en papel. Adivinó que se trataba de comida para calentar en esos hornos especiales. Los anuncios de una fuente de soda ofrecían una hamburguesa y un jugo de frutas por un precio aparentemente irrisorio. Recordó la sensación del hambre y después vino el asombro de no experimentarla. Siguió caminando por lo que identificó como una avenida inundada de vitrinas de artículos electrónicos, ropas, muebles, alimentos, licores, discos, plantas, alfombras, libros, frutas. A medida que avanzaba por la avenida iba identificando el contenido de cada vitrina, sin saber siquiera si eran objetos o alimentos que le hubieran pertenecido alguna vez. Supo que las manzanas eran aquellas frutas rojas y redondas, que eran dulces y carnosas, pero le fue imposible recordar si las había probado alguna vez. Se respondía a sí mismo que debía haber comido manzanas pero ¿qué era eso de dulces? Lo dulce es placentero. Lo dulce es lo contrario de amargo. Las manzanas son dulces. Debe ser agradable comer una manzana. Para comer es preciso tener hambre. El hambre es un ardor en la boca del estómago. El hambre es sólo una palabra como la manzana. No siente hambre. Jamás ha sentido hambre. Jamás ha comido una manzana. ¿Pero cómo puede saber todas estas cosas si no puede recordarlas?

Cuando llegó a una esquina pensó que debía atravesarla por las líneas amarillas cuando los coches estuvieran detenidos ante una luz roja. Casi instantáneamente evocó la remota necesidad de poseer alguna identidad. Cada uno de esos seres a su alrededor poseía un nombre, un domicilio, un trabajo, una historia detrás. El apuro tenía relación directa con su identidad. Posiblemente volvían a casa de sus trabajos, llevaban comida para calentar mientras encienden el televisor, quizás daban un beso en la frente de sus hijos dormidos, tal vez tenían invitados a cenar. Quiso rememorar un nombre para sí, y escuchó en su interior una lista interminable y carente de sentido. Ningún nombre que viniera a su mente tenía el más mínimo significado. Comenzó a pronunciarlos en voz alta: acaso de ese modo cierta sonoridad retumbara en su conciencia oculta y removiera los engranajes de la memoria. A su alrededor la gente iba disminuyendo junto con la penumbra. Una anciana de gruesos lentes lo escrutó mientras agitaba la cabeza horizontalmente, compadeciéndolo. Un pequeño lo indicó a su madre entre ráfagas de risas. Pensó que estaba hablando en voz muy alta, casi gritando. Alcanzó también a sorprender sus propias manos gesticulando con vigor demencial. Estaba protagonizando un verdadero espectáculo. Hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta y la mirada en las baldosas de la calle para seguir avanzando hacia ninguna parte. Estaba casi completamente oscuro y las luces de neón reverberaban en sus pupilas cuando alzó la mirada hacia los gigantescos edificios. Imaginó que sus pasos lo llevaban por instinto hacia el lugar donde su cuerpo acostumbraba descansar, pero pronto desechó esta posibilidad al percibir que le daba exactamente igual caminar en cualquier sentido. Retrocedió y no sintió nada especial ni siquiera después de varias cuadras. Dobló a la izquierda y nada. Todo lo que le rodeaba parecía familiar y extraño a la vez: conocía los nombres de las cosas, recordaba su utilidad, sus propiedades, sus variantes posibles, mas no había en él una mísera huella de pasado en relación con ellas. Peor aún, el pasado definitivamente no existía, a no ser aquel instante del atardecer en que se encontró a sí mismo hormigueando entre miríadas de transeúntes. Sonrió de pronto al descubrir que se trataba de una angustiosa pesadilla de la cual despertaría en cuanto se lo propusiese de verdad. Era curioso, eso sí, que no sintiera mayor angustia por los hechos. Desde ese punto de vista no parecía tratarse de una pesadilla. Bueno, un sueño entonces, y recordó eso de pellizcarse. Dudó por algunos instantes sintiéndose algo absurdo. Finalmente se detuvo junto a una vitrina de quesos y retorció con disimulo la piel de su muslo derecho. Cerró los párpados para percibir el dolor con más intensidad. Algo ardía y punzaba allá abajo. Casi disfrutó el padecimiento mientras imaginaba despertar en una alcoba que variaba en una suerte de infinita secuencia de diapositivas. Abrió los ojos cuando un muchacho moreno sacudía su hombro preguntándole si le pasaba algo malo. La luz de la vitrina de los quesos brillaba en sus pupilas negrísimas en tanto le ofrecía ir por un médico, una medicina, un vaso de agua. El lo miraba como atontado, sin saber qué decirle. Por último atinó a asegurarle que no tenía nada grave, que gracias y que siguiera su camino. Así lo hizo el muchacho, pero notó que se alejaba como a regañadientes, viéndolo de reojo quedarse parado allí junto a la tienda de los quesos. Entonces no era un sueño. Le asombró no sentir pavor o ansiedad. ¿Lo esperarían en alguno de esos millones de departamentos? ¿Tendría familia, amigos que se preocuparan de su desaparición? Claro que nadie podría inquietarse hasta tarde, llamarían a la policía, a los hospitales, a la morgue, al trabajo. Entre tanto, él vagaría amnésico por la ciudad interminable. De repente se puso a hurgar los bolsillos de su ropa, ¡qué tonto no haberlo intentado antes!, allí debería estar su identificación, dirección, edad, fotografía, todo. Encontró unas monedas, un pañuelo, una billetera con una suma que reconoció como alta, pero ningún papel que tuviera identificación alguna. Tampoco llaves, tarjeta de crédito, agenda. Nada, absolutamente nada que pudiera servirle de mínima pista. Discurrió presentarse en una estación de policía o en un hospital declarándose amnésico. Su fotografía aparecería en los noticiarios de televisión y en los periódicos. Alguien lo reconocería e iría por él. Ese sería el final de todo. Se puso a caminar de muevo, seguro de emprender la búsqueda de un policía. De pronto consideró la posibilidad de que fuese un criminal, de que su amnesia ocultaba horrendos asesinatos, aberraciones sin límite. Quizás era un peligroso demente homicida fugado de alguna clínica psiquiátrica al cual encerrarían sin piedad en una de esas piezas acolchadas. Hasta podían darle muerte antes de alcanzar a hablar. Era curioso que pudiera ser un asesino o un loco, ningún pensamiento suyo así lo indicaba, pero tampoco lo excluía de plano. Resolvió no hablar con nadie por el momento y prosiguió su deambular desprovisto de sentido.

No experimentaba fatiga aunque llevaba varias ¿horas? ¿minutos? vagando por cualquier parte. Concluyó que en algún momento retornaría su memoria de manera sorpresiva. Aspiró con fuerza el aire de la noche porque eso sería beneficioso para su organismo, para la dormida memoria que se agazapaba en algún oscuro rincón de allá adentro. Palpó su cabeza en busca de huellas de algún accidente, pero no encontró dolores ni señales en su cráneo. ¿Y si era un extranjero? Había comprendido perfectamente el idioma del muchacho, los insultos de los conductores de automóviles. Sabía que existían otros idiomas, pero ninguno de ellos acudió a su mente. Al distinguir su reflejo en la vitrina de una tienda de ropas advirtió que no pertenecía a un grupo étnico diferente a quienes se dirigían con prisa a sus lugares misteriosos y urgentes. ¿Y si no hubiese nadie esperándolo? ¿Si nadie le conociera en esa ciudad inmensa? ¿Si hubiese crecido en ella sin papeles, sin trabajo, fuera de todo orden y control? ¿Si alguien hubiese destruido su memoria, su identidad, sus posesiones, de modo que no prevaleciera ningún signo de su existencia anterior? Sería una especie de crimen, sólo que sin muerte física de por medio. Le habrían arrojado a la calle con una suma de dinero que le permitiera rehacer su vida de cierta forma; un gesto humanitario, sin duda. Podía tratarse también de una segunda oportunidad, después de una acción aborrecible que debía ser olvidada definitivamente, para no dar paso a la autodestrucción o a la locura. O tal vez tenía una misión especial y secreta entre estos seres apresurados y simples que la ciudad apremiaba para devorarlos en sus cubículos de metal y concreto. Eso era, él tenía una secreta misión que cumplir entre las miríadas de seres abandonados al hambre, a la fatiga, a las obligaciones absurdas, a la extravagante necesidad de buscar placeres, al irritante sometimiento de las emociones. Se sintió seguro de esta reflexión y su marcha se hizo más firme y decidida. En ese instante un furgón azul se detuvo a su lado. Bajaron de él dos hombres vestidos con buzos naranjas y provistos de gafas oscuras que ocultaban sus facciones. No percibió ninguna sensación de peligro y se quedó estático observando su accionar. Se aproximaron con naturalidad. Uno de ellos portaba una especie de detector. El más alto le dijo que estuviese tranquilo y así lo hizo. El otro le tocó con una especie de electrodo y sintió un ardor similar al de los pellizcos. No pudo moverse más después del chispazo, pero podía ver y escuchar a los hombres de buzo naranja. El pequeño se congratuló de haberlo encontrado tan pronto, pues debía cenar con la familia de su mujer esa noche y ella no le perdonaría que se tardase demasiado. El alto anunció que iría al cine a ver unas películas de terror, que eran las que más le gustaban. El pequeño acercó su mano izquierda a su pecho y abrió una especie de portezuela. El alto gruñó algunas palabras ininteligibles contra el imbécil bromista que lo había activado sin unidades de memoria completas. Vio abrir la piel de su tórax y observó los dedos del hombre pequeño girar un switch negro que apareció entre puntitos titilantes como las luces de neón de la ciudad, y de pronto ya no pudo ver ni escuchar a aquellos insulsos hombres de buzo naranja.

* este cuento pertenece al volumen LUGARES SECRETOS (Mosquito Comunicaciones, 1994), Premio Consejo del Libro al Mejor Libro de Cuentos publicado ese año.




08 abril, 2007

Taller de Cuento de Diego Muñoz Valenzuela




Es un taller para quienes se interesen en aproximarse al conocimiento del género y quieran iniciarse en la escritura de cuento. Muy cerca de la estación de Metro Pedro de Valdivia.

Escribir al correo electrónico: dmunoz@surlatina.cl y enviar datos personales (nombre, teléfono, mail, edad, estudios, interés en el taller, etc.), indicado las razones específicas de su interés por participar.


Orientación del Taller

Este taller literario está orientado personas interesadas en incursionar en el género cuento. No es necesario que hayan escrito anteriormente. También pueden ser personas interesadas en desarrollar su apreciación narrativa y aprender técnicas básicas.

El aprendizaje de la escritura es un trabajo a largo plazo que requiere disciplina, paciencia y una reflexión permanente sobre los más diversos aspectos que involucra el proceso creador.

Los objetivos básicos de este taller de cuentos son:

Conocer las principales características del cuento contemporáneo a través de lecturas escogidas
Conocer los conceptos básicos ligados a la escritura del cuento, y las principales tendencias vigentes
Aplicar los conceptos anteriores en el análisis de cuentos en el taller (los participantes pueden traer sus propios textos con este fin).

Las actividades en cada sesión apuntan a ir entregando elementos técnicos de la escritura de narrativa, vinculados por ejemplo a: tipos de narrador, acción, manejo de diálogos, subgéneros (cuento fantástico, realista, policial, cuento breve, microcuento, etc.), tendencias actuales,

En diversas ocasiones se invita al taller a autores chilenos importantes a establecer un diálogo, previa lectura de algunos de sus cuentos.

Funcionamiento del Taller

Horario: 19:00 a 20:45 horas
Periodicidad: Semanal
Costo: 35.000 $ mensuales, pagados al inicio de cada mes
Ubicación: Local cerca de la estación de Metro Pedro de Valdivia
Matrícula: Sin costo
Inicio: Se inicia en fecha a definir


Inscripciones y consultas

Escribir al correo electrónico: dmunoz@surlatina.cl y enviar datos personales (nombre, teléfono, mail, edad, estudios, interés en el taller, etc.), indicado las razones específicas de su interés por participar.

Antecedentes del Director del Taller

Diego Muñoz Valenzuela, cuentista y novelista, nació en Constitución (Chile) en 1956. Ha publicado:

NADA HA TERMINADO, volumen de cuentos, Ediciones de Obsidiana, 1984
TODO EL AMOR EN SUS OJOS, novela, Ed. Mosquito, 1990. 2ª edición por Mosquito, 1999
LUGARES SECRETOS, cuentos, Ed. Mosquito, 1993.
FLORES PARA UN CYBORG, novela, Ed. Mondadori, 1997. 2ª edición por RIL Editores 2003
ANGELES Y VERDUGOS, cuentos, Ed. Mosquito, 2002
DÉJALO SER, cuentos, Ed. Fondo de Cultura Económica, 2003
DE MONSTRUOS Y BELLEZAS, cuentos, Ed. Mosquito, 2007

También es coautor de varias antologías, entre ellas CONTANDO EL CUENTO (Ed. Sinfronteras, 1986), ANDAR CON CUENTOS (Ed. Mosquito, 1992), y CUENTOS EN DICTADURA (LOM Editores, 2003), todas ellas realizadas en conjunto con Ramón Díaz Eterovic.

Ha sido incluido en más de cuarenta antologías y muestras literarias publicadas en Chile, México, Argentina, Ecuador, Canadá, Italia, España, Holanda, Bulgaria, etc. Cuentos suyos han sido traducidos al francés, italiano, inglés y croata. Distinguido en numerosos certámenes literarios, entre los cuales destaca el concurso de Mejores Obras Literarias del Consejo Nacional del Libro en dos oportunidades: por el volumen de cuentos Lugares Secretos en 1994 y por la novela Flores para un Cyborg en 1996. Colabora con artículos culturales y de crítica literaria en periódicos y revistas especializadas.

01 abril, 2007

OLD FAN

OLD FAN


Entonces, con el índice derecho, oprime el botón que insufla el sonido en la habitación semiobscurecida desde donde alguna parte refulgen y observan los ojos del rey Elvis, atrapado en un póster amarillento y descolorido. La música está en toda la pieza de Jan que mantiene apretados los párpados soñolientos tratando de percibir su propia respiración agitada, acezante, perenne por entre el sonido de la banda. Allá al fondo, justo en medio del muro, en una posición privilegiada, está John con sus pequeñísimas gafas circulares pendiendo del extremo de la nariz y rodeadas de cabellos que escurren por ambos costados de su rostro siempre pensativo. De este modo pareces un ideólogo, John no un músico. Aunque ‑ en realidad‑ fuiste un ideólogo. ERES un ideólogo. Sí, tú, John. Jan está tendido en su cama sobre un cobertor de terciopelo rojo sintético cuyo brillo escarlata va a estrellarse contra las paredes albas invadidas de ciertos apergaminados recortes de periódicos antiguos, ciertos pósters desintegrándose, ciertas fotografías en blanco y negro con los vértices doblados hacia afuera; escena presidida por John, por Elvis, por Jimmy Hendrix enloquecido rasgueando su guitarra. Jan tiene los ojos cerrados pues escucha un tema de Mick, un tema romántico de Mick con sus Rollings capaz de transportarlo hacia algún lugar de tantos años atrás cuando sujetaba en sus labios un cigarrillo de marihuana muy verde, crepitante y amarga que le raspaba la garganta al dar esas pitadas intensas, desesperadas, urgentes. La fotografía de John está adherida débilmente al muro mediante pequeños clavos que provocan una sensación de levedad, como si navegara en el éter o flotara en el vacío que viene con la música de Mick que es el lamento polifónico de un tigre en celo. Mick llama a su amor y su voz es el sol que estalla en medio de la pupila inundada de lágrimas, su voz es el grito de todas las bestias excitadas de la tierra, su voz es el aullido de Van Gogh cercenando su oreja frente al espejo de su autorretrato. Jan está muy lejos, su cabellera blanca descansa sobre el almohadón azul eléctrico, varias arrugas pliegan su rostro apacible y distante. Estabas sufriendo al escribir esta letra, Mick, al componer esta música. Puedo escuchar tu llanto, my brother, puedo abrazar tu angustia. Mick llama a su hembra porque está solo como Jan sobre la cubrecama soñando en otra parte con la música triste de Mick en off que le arranca lágrimas a ambos por momentos. No es posible saber si es Mick o es Jan el que se ve a sí mismo en un extraño bar donde se alternan penumbra y luces de colores que van a reflejarse en una larga copa de cristal medio llena de licor fragante, amarillento. John, desde la fotografía, sabe que Mick está sufriendo y que Jan tendido sobre el cobertor rojo se atormenta por culpa de la música de Mick que es dulce y triste a la vez, dulce y triste ‑quizás‑ como la vida de Jan, soñando siempre en medio del ruido de la banda. La mano de Jan es temblorosa y tímida al seguir el ritmo, las pecas de la vejez se derraman por la epidermis reseca que se estremece con el movimiento de los tendones, los dedos tamborilean silentes sobre la imitación de terciopelo. Mi hermano, mi dulce hermano, sufres en verdad. El equipo de sonido sabe que Jan está con los ojos cerrados esperando cada nota mil veces escuchada, percibe el latir de su corazón inquieto y las extravagantes ondas cerebrales que tanto le costó aprender a interpretar; con esos datos va dosificando tono, intensidad, volumen, de modo que resulta una versión única, original, irrepetible que nunca más será escuchada por Jan. Así Jan encuentra diferente la música, aunque sea la de siempre y piensa o sueña cosas distintas cada vez. El tema de Mick llena la habitación de melancolía y tibieza y la copa de líquido translúcido se alza en un movimiento que la lleva a los labios de alguien cuyo rostro está difuminado. Pudiera ser Jan o Mick este hombre mirando una hermosa muchacha solitaria al otro lado del bar, cualquiera de los dos podría ser quien bebe el licor que arde en su garganta. Ella es tan hermosa, tan solitaria, tan distante. Jan recuerda el modo en que flotaba su cabellera al correr sobre cien hacia cualquier parte sentado en su moto; su camisa se hinchaba con el viento helado y la carretera se abría a su paso como si fuese un cuchillo. El final del tema de Mick se acerca y el equipo aumenta el volumen mientras las pupilas de Jan se agitan nerviosas bajo la tela de los párpados. Hendrix ‑en la pared‑ agoniza con una sobredosis de droga que enloquece sus dedos bailando sobre las cuerdas, poseyéndolas, arrancándoles sonidos imposibles, haciéndolas hablar. Estás amargo, Jimmy, porque sabes de la música de Mick y su languidez que entristece a Jan, porque Mick llama a su amor y está solo en el mundo con una copa de licor amarillento en su mano y algo doloroso en su garganta que sólo el alcohol aplaca, aunque no se sabe si es él o Jan quien está en la barra del bar mirando a la muchacha del otro extremo a través de las luces violetas, rojas, verde obscuras. Es Mick quien hunde su mirada en los ojos de ella que son el mar interminable, el infierno, la distancia, pero ya es demasiado tarde: el tema de Mick llega a su fin, el corazón de Jan salta demasiado en el monitor del equipo y la música se debilita a medida que se acerca el final; Mick llama más intensamente a su amor que no quiere oírlo al otro lado del bar y la llama desesperado, aunque no se sabe si es él realmente o si está Mick mirando sus ojos de mar o si es Jan el que se bebe de golpe el contenido amarillento de la copa de cristal o si es Hendrix el que se inyecta una sobredosis cuando ella escapa del bar semiiluminado dejándolo irremediable, terriblemente abandonado con una luz verde ocultándole las facciones. Ahora viene el silencio. Todo vuelve a su lugar. El viejo Jan abre los ojos. La semipenumbra no es muy distinta al bar de donde viene. Está la foto de John al fondo, en mitad del muro. John, con sus pequeñísimas gafas. Y Hendrix. El rey Elvis. Mick no, ya terminó su tema. No hay una fotografía suya en la pared. Ni un póster. No, mi dulce hermano, aquí solamente está tu música, a veces, cuando ambos queremos. Jan tiene hambre. Se apoya con las manos en el terciopelo rojo. Hace un esfuerzo para sentarse a medias sobre el lecho. La respiración se hace muy pesada. Lo logra. Mueve una pierna hacia el borde. Después la otra. Una ínfima gota de sudor brilla en su frente. Descansa. El rey Elvis lo observa sonriente y vestido de blanco. Jan está sentado ahora sobre el cobertor escarlata. En el monitor salta su pulso. Un esfuerzo más y se incorpora. Siente pinchazos en las piernas. Camina hacia la mesa. Oprime un botón. Piensa en el alimento. Desde una puertecilla sale un sándwich. Un segundo después una gaseosa. Una servilleta. Se sienta a comer. Derrama una pequeña cantidad de gaseosa al llenar su vaso. La gaseosa se absorbe sobre la superficie de la mesa. También los restos de alimento que caen desde su boca. Come con rapidez. Con fruición. Pronto termina. Todo desaparece sobre la mesa cuando él da la vuelta. La superficie está limpia y brillante. Parece que jamás nadie se hubiera alimentado sobre ella. Jan se dirige hacia el lecho. Lenta, muy lentamente. Se sienta sobre el borde. Se deja caer de espaldas. Endereza sus piernas. Acomoda su cabeza en el almohadón azul eléctrico. Reposa. Su respiración está acelerada. También el pulso que da pequeños brincos en una pantalla. El rey Elvis tiene puesto un traje albísimo, ajustado, que se ensancha en las pantorrillas decoradas con remaches metálicos. El rey sonríe al estallar el flash ante su vista y queda atrapado en el póster amarillento que está viendo cerrar los párpados al viejo Jan. Entonces, con el índice derecho, oprime el botón que anuncia al equipo el deseo de oír una música que desea intensamente pasear por aquella habitación a media luz donde se entrecruzan las miradas de los ídolos encerrados en las fotografías, clavados en las paredes de la pieza de Jan que parece una catedral inundada de iconos, de imágenes sagradas, vigilantes, eternas. El descolorido bluejean del anciano resalta contra el suave terciopelo sintético que da un tinte rojizo a las paredes enormemente blancas llenas de antiguas fotografías con rostros de ojos muy intensos que atraviesan la penumbra donde resbalan ya los primeros sonidos de la música de Mick que ha visto el inconmensurable océano en los ojos de ella escapando hacia el horizonte desde el bar donde alguien ha bebido una copa de licor amarillento y amargo como la vida de Jan que quizás era el hombre de rostro indefinible sentado en la barra escuchando la música de Mick que es el desgarrador aullido de una fiera herida de muerte, pero que lo mismo podía ser el propio Mick apurando el último trago incapaz de sanar su angustia inmensa o Jimmy Hendrix yéndose definitivamente con una carga mortal de ácido que pueda arrastrarlo a los labios de ella que huye y se lleva todo el mar en sus ojos porque ahí Mick lo ha visto, en sus ojos ya tan lejanos que no ven la tristeza de Mick llamando a su amor y componiendo esa música que le vino de pronto. ¿Quién, John quién disparó verdaderamente contra ti? ¿Por qué, Mick? Y siente como el tema de Mick se transforma en una aguja que le trepana los huesos, en un líquido espeso que le estalla en las venas, en un torbellino capaz de enloquecerlo como a Hendrix enterrándose la hipodérmica mientras aúlla su última rabia acallada por la droga y la música de la banda que copa la habitación de Jan hendida por el extraño brillo escarlata del lecho donde descansa su cuerpo. Y John siente cada vez más su música a medida que esta va apoderándose de la habitación que analiza a través de sus pequeñas gafas redondas, aunque está pensando en las cosas que jamás nos atrevemos a hacer a pesar de llamarnos fanfarronamente libres, John, y de verdad no hacemos más que lo que otros quieren que hagamos ¿no es verdad, John? Por eso vino alguien y te dio un tiro, mi dulce hermano. Vino alguien para que el rey Elvis se hinchara como un sapo enterrado en la muerte. Pasó que Hendrix tuviera que inyectarse esa sobredosis final mientras John o Mick o Jan o cualquiera llaman a su amor que se marcha for ever y nace aquella música que es el furibundo rugido del tigre agonizando en la selva solo, completamente solo, mi hermano, solo. Pero están vuestras fotografías envejecidas, amarillentas sobre los muros de esta habitación, prevalecen vuestras miradas, vuestra música. La refulgente mirada del rey desde el apergaminado afiche encuentra el cuerpo de Jan estirado sobre el lecho escarlata, cerrados los ojos, rodeados por el tema de John que, más allá de las gafas circulares impresas en el retrato del muro, está mirando hacia esas direcciones nunca vistas por donde Jan camina ahora con los párpados inquietos fijos en el bar donde alguien que ha visto el mar en los ojos de ella compone la música que cualquiera de ellos escucha al morder y besar con violencia los labios de quien, tras huir por esa puerta, lo dejará infinitamente perdido frente a una copa de licor amarillento donde se refleja la habitación de Jan y una fotografía de John con el pelo cayendo a ambos lados del rostro y gritando let it be aullando let it be con la voz de Hendrix, de Jan, de Elvis, de un hombre con el rostro nebuloso frente a la barra de un bar en penumbras, viéndola irse con todo el océano que cabe en sus ojos infinitos.

* este cuento pertenece al volumen LUGARES SECRETOS (Mosquito Comunicaciones, 1994), Premio Consejo del Libro al Mejor Libro de Cuentos publicado ese año.

16 febrero, 2007

ESTÁS CAYENDO


Recuerdas aquellos caracoles tornasolados que disponías en filas geométricas que el sol iba desperezando, desordenando, esos obstinados seres encerrados en sus caparazones espirales, aguardando el momento preciso para emerger desde la obscuridad, desplegar sus filamentos sensibles, antenas, ojos que tactan la tierra ‑caracol, caracol, saca tus cachitos al sol‑. Más arriba los geranios, los floripondios gigantes ante tus iris infantiles, tus pupilas inundadas de verdes, de rojos, de amarillos; las manos ordenando los bicharracos que se animan con el calorcito y van en busca de los tallos, de las hojas tiernas. Entonces tu mente salta a otros recuerdos, subes por entre cerros cubiertos de pinos y eucaliptus, los pies haciendo crujir las agujas del suelo y las hojas lanceoladas y fragantes, las ramas en lo alto rozándose, frotándose, llevando a tu oído sonidos inquietantes por donde se deslizan las imágenes de los ogros, las hechiceras, los gnomos de los cuentos, vas de la mano de alguien que puede ser tu hermana, pero el rostro de ella está cubierto por una especie de neblina que te impide reconocerla; de pronto el bosque se rompe y aparece una duna interminable, atrás el mar se materializa llenando tus ojos hasta la saciedad con su extensión inmensa. Muy arriba un alcatraz flota estático en el viento con las alas desplegadas. Un lobo marino retoza cerca de las toninas que observas fascinado. Todo se esfuma y estás en la básica con tu overall beige inclinado en el escritorio desde donde te vigila el orificio destinado a un tintero extinguido por donde arrojas la goma que recuperas por abajo, entre los cuadernos se deslizan tus dedos, una y otra vez repites la misma operación mientras la maestra habla de esto y lo otro. Estás cayendo, estás cayendo. Sujetas torpemente, con unos chinches opacos, el editorial del Diario Mural sobre la superficie de corcho mil veces pinchada por tus manos; tu caligrafía se deja a duras penas entender, hablas ahí de las pruebas nucleares de los franceses en el atolón de Mururoa, la nube radiactiva cerniéndose sobre el continente con su carga de peligros genéticos; más allá unos recortes de diario sobre lo mismo, una composición también tuya sobre el día de los trabajadores "la matanza de obreros en Chicago fue un crimen puesto que ellos solamente buscaban un poco de justicia elemental, un poco de pan para sus hijos", esa frase que te salió de no sé dónde junto a más de una lágrima, ese nudo en la garganta que te ha perseguido siempre que algo no te gusta y hiere tu alma allá por el fondo ese que nunca alcanza a verse. El mismo nudo que se te hizo cuando dramatizabas ante el curso el final del cuento "Lucero" de Oscar Castro, ese instante en que el arriero ‑empujado por las circunstancias‑ debe lanzar su caballo, que es su amigo, su compañero; Rubén Olmos envía a la bestia de un solo empellón inmenso al abismo y se te quiebra la voz y los ojos se te nublan en tanto la sala de clases se ha convertido en un bloque de silencio donde casi nadie respira, mientras tú vuelves a tu puesto con los ojos medio cerrados para contener esa agua en el límite de los párpados, no ves los ojos enrojecidos de tus compañeros que te palmotean la espalda a la salida. Estás cayendo y oyes el burlitzer de la fuente de soda a la entrada del Liceo: Santana, Favio, Piero, The Beatles; estás tan apegado al cuerpo de una adolescente demasiado pintada, con un perfume que puedes sentir mejor si inclinas tu rostro sobre el hombro de ella, la aprietas con suavidad, ella te mira tierna a los ojos sonriendo, la invitas al patio, algún compañero te hace una señal con la mano empuñada y el pulgar hacia arriba, sientes que te sonrojas, por suerte la penumbra te salva, pero el corazón salta enloquecido ante la inminencia del beso que viene, los labios que se desatan en mensajes húmedos, en mordeduras sutiles que ella ‑sin duda más experta‑ va enseñándote a ti que nunca antes has besado a nadie y ya ni puedes escuchar los acordes de "Let It Be" porque la tibieza de una lengua te recorre labios, paladar, dientes, porque ella te abraza fuerte, fuerte y ya nada, nada importa lo que ocurre afuera de los dos. Caes y llevas puesto un pañuelo que cubre la mitad de tu rostro, sal bajo los ojos y alrededor de la boca, succionas un limón para amortiguar el efecto de los gases lacrimógenos; las bombas caen por todas partes del liceo tomado, arrojas piedras casi a ciegas desde el techo del tercer piso, al lado de tus compañeros estás combatiendo, con rabia tremenda, la rabia que te hace arder cuando recuerdas el callejón oscuro que te obligaron a cruzar en la micro de los carabineros, aún sientes los puñetazos y las patadas bestiales del Grupo Móvil sobre tus trece años; entonces ya no sientes el ardor en los ojos ni el gas que te ahoga y arrojas con furia las piedras que vuelan hacia el blanco. ‑¡Ganaste, ganaste, compañero!‑ gritas solo en tu pieza al escuchar los escrutinios finales, solo, porque estás agripado en cama y tus padres y hermanos estarán celebrando en otra parte sin ver las lágrimas que salen ahora de tus ojos sin vergüenza, ríes y lloras enloquecido de alegría. Caes, vas cayendo. Los tanques se desplazan por la ciudad con su lenguaje de fuego y muerte. Los aviones de guerra bombardean el palacio presidencial. Tú, junto a los demás, esperando en un sótano las armas y lo soldados patriotas que nunca llegaron; tuviste que irte finalmente, comenzar el peregrinaje por cien calles, esos días llenos de pólvora en que no podías regresar a tu casa, en que no supiste nada de tu familia, esos días que se llevaron tantos amigos, ese amigohermanocompañero que se fue entre tus brazos, ese poema que empezarías escribir desde ese mismo momento, esos versos por los cuales más de alguien te dijo "deberías dedicar más tiempo a escribir", pero tú no, dale con que es más importante la libertad que un millón de poemas, por hermosos que estos fuesen. Vas cayendo y está Cristina frente a ti, Cristina con su mirada llena de dulzura, Cristina acurrucándote como un niño cuando te viene la pena y te besa los ojos cerrados y te hace cariño en el cabello. Cristina que te muerde los labios, que te deja marcas en el cuello, en los hombros después de hacer el amor, que se desnuda con esa ternura enorme que se trasluce en todos sus movimientos tan únicos, tan suyos. Cristina y ese salvajismo de ambos que va creciendo hasta quedarse quietitos, extenuados, aún besándose, queriéndose más que antes. Caes, hermano, y puedes ver las copias a mimeógrafo que van saltando en cada vuelta del rodillo, tus manos escribiendo las paredes de la ciudad, tu voz (que no parece la tuya) en el centro de un mitín callejero. Caes, hermano, y aún no hace un minuto que alguien gritaba: " Cuidado, cuidado, que andan agentes de civil! ". No hace un minuto todavía que estabas en la barricada junto a otros cantando, con el rostro iluminado por las llamas ondulantes, feliz de estar ahí, peleando con tu gente. No hace nada casi que se sintieron los estampidos y comenzaste esta caída lenta lenta lenta lenta donde recuerdas tantas cosas y no sabes por qué, sólo sabes que estás cayendo, no tienes por qué saber la razón de estos recuerdos, compañero, estás cayendo, compañero, sólo eso, cayendo.


* este cuento pertenece al volumen LUGARES SECRETOS (Mosquito Comunicaciones, 1994), Premio Consejo del Libro al Mejor Libro de Cuentos publicado ese año.

07 enero, 2007

CRUZAR LA CALLE


Me encanta visitar a Roberto cuando está internado. Es un maldito bastardo loquísimo, pero me gusta ir a verlo. Lo pasamos fantástico. Yo siempre le llevo un par de botellas de fuerte bien ocultas debajo del abrigo. Los enfermeros jamás se han atrevido a revisarme. Tal vez no lo hagan por mi aspecto de ejecutivo exitoso, de terno oscuro y corbata impecable. O simplemente porque saben de mi amistad con el subdirector del hospital, el Negro Méndez, que está más loco que las arañas. Nadie imagina cómo pudo terminar Medicina. Estaba total, absolutamente chalado. Quizás por eso se especializó en psiquiatría. Además, esos enfermeros tienen tal aspecto de corruptos que estoy seguro de que soltándoles unos pesos me dejarían entrar con una bomba de hidrógeno y un ejército de prostitutas.

Roberto es de los que va a internarse por sus propios pies y por su propia voluntad. Cuando siente que algo anda mal en su sesera, hace la maleta y cruza la calle. Vive justo enfrente del manicomio desde muy pequeño. Suele contarme terribles historias de maníacos criminales que cruzaban el patio de su casa en plena tarde de domingo balando, con un enorme cuchillo carnicero sangrante entre las manos. "Tipos que se fugaban después de alguna atrocidad indescriptible", dice con el rostro más serio del mundo. "Yo estaba acostumbrado, igual que mis padres. El problema eran las visitas. Con el tiempo nadie se atrevió a venir a la casa". Todas estas cosas te las cuenta con la naturalidad del que las estuviera viendo ahora mismo, con una certeza de noticiario de televisión que a veces logra despertarme dudas.

A mí siempre me han gustado los locos, desde que era muy chico. Sobre todo los predicadores locos, como ése que salta todo el día con la Biblia en la mano. "Sécase la yerba. Cáese la flor..." anuncia y amenaza con los ojos azules y llameantes del autorretrato de Van Gogh enloquecido mientras salta incansable en una esquina del centro como si estuviese viendo el mundo pecador derrumbarse ante su vista incendiada. Una vez yo dije que quería ser como ese predicador cuando grande. Mi padre enfureció, se puso rojísimo para aullarme qué ideas estúpidas eran ésas, "¡como si para locos no bastara con mi suegro en la familia!". Y ahí mismo se agarraron con la mamá. Tuve que irme al patio hasta que pasó la ventolera. No sé por qué mi mamá se enfureció tanto. Todos sabíamos que el abuelo estaba tan chiflado como un piño de cabras. Y un piño bastante considerable. Cada vez que venía a la casa nos agarraba a los chicos para sus conferencias sobre viajes astrales y congresos mixtos de espíritus y extraterrestres. Nosotros le avivábamos la cueca como podíamos. El viejo era bastante normal si no le mencionabas ovnis, incas o aparecidos. Pero bastaba pronunciar la palabra mágica y el show comenzaba ahí mismo. Era bastante divertido. Mi hermana mayor era experta en provocarlo, pero requería un poco de estímulo.

A Roberto no lo conocí por loco. Lo vi tocar maravillosamente el saxo una noche de club de jazz. Cuando terminó lo invité a la mesa y echamos unos tragos. Muy rápido me di cuenta que algo andaba malísimo dentro de su cráneo. Loco como un jabalí con sobredosis de heroína, pero así de simpático. Uno advertía ipso facto que sus ojos miraban a otro mundo bastante mejor que el nuestro. Yo creo que los ataques le bajaban cuando se daba cuenta que en realidad vivimos en esa selva que llamamos civilización. Tipos reptando por entre el lodo nauseabundo de viejas gárgolas protectoras de las artes con sus apergaminadas garras cubiertas de anillos que valen tu presupuesto de varios años. Sesiones de tecito para admirar las horripilantes creaciones de damas demasiado estiradas por la cirugía estética. Tipejos capaces de vender a su madre por una beca de arte en los States. En medio de todo esto se mueve Roberto, sin contaminarse. Jamás toma un bastardo peso ni pide un favor de nadie. A lo más te pide una cajetilla de cigarrillos cuando anda en la última miseria. Ni siquiera un par de monedas para la micro.

He aprendido a conocerlo bien. Ya sé cuando está a punto de cruzar la calle. Es cuando ves lucidez en sus ojos escondidos detrás de unos lentes gruesos como poto de botella donde puedes ver el miserable reflejo del mundo. Es cuando te mira con el rostro vencido y te dice "ya he tenido bastante de esta mierda, estoy harto, harto, harto". Se queda mirándote con cara de "y tú, que piensas". ¿Qué le voy a decir yo desde mi aspecto de pequeño burgués próspero? Lo invito a tomar café, le compro cigarrillos y charlamos hasta tarde, acaso es fin de semana. Después me cuenta que puteó al jefe de prensa del canal donde estaba grabando un programa, que le dijo varias verdades al subdirector de la revista donde escribía sobre jazz, que acusó de miserable al dueño del restorán donde cantaba por las noches.

Cuando parto al manicomio, repleto mis bolsillos de cigarrillos, chocolates y botellas de fuerte. ¿Sabes lo que les gusta el chocolate a los tipos con una teja corrida? Los enloquece. Llévales chocolates alguna vez a los chalados y vas a hacerlos completamente felices. Van a adorarte como si fueses el propio Osiris. Te vas a convertir en una especie de divinidad de los locos. Se alborotarán sólo con percibir tu aroma al poner un pie dentro del manicomio.

La última vez les llevé pisco de 45 grados, de ese amarillo que quema la garganta, y tres o cuatro barras de chocolate con nueces o almendras, no me acuerdo. A mí no me gusta el chocolate. El pisco sí, bastante más de lo conveniente. Los orates me estaban esperando en la puerta del patio. Me recibieron con vítores y llamados a Roberto. "¡Llegó el Gerente! ¡Llegó el Gerente!" gritaban como enajenados. Nadie les saca de la agujereada cabeza que soy el Gerente de la Ford o de la Cocacola por lo menos. No entienden que soy un tipejo más de esos que ofician de engranajes bien vestidos. Pues me levantaron en andas para llevarme a uno de los patios interiores donde estaba Roberto sentado en una silla de playa, a pleno sol, releyendo El Club de los Parricidas de Ambrose Bierce. En el estrado me esperaba de pie Fidel Castro, vestido de riguroso uniforme verde oliva y gorra de combate. Comenzó uno de sus improvisados discursos de bienvenida, donde hablaba más de licores que de revoluciones, más de rameras que de imperialismo, y más de sexo que de rectificaciones al socialismo.

Roberto se puso de pie para abrazarme y recibirme en "este santuario de lucidez, donde reside toda la esperanza del universo". "Bienvenido al territorio libre" me dijo Fidel indagando mi abrigo con mirada de rayos X, con los ojos dilatados por una sed milenaria e insaciable. Cuando saqué el licor desde las catacumbas de mi abrigo de business man hubo un delirante estallido de júbilo que debe haberse escuchado claramente en la China. Ninguno de los enfermeros se dio por aludido. Seguro que veían un match de box, una película pornográfica, un partido de fútbol lo más cerca posible de una garrafa de vino barato de la peor especie.

Esos fulanos tienen tanto gusto como una rana ebria, me ha dicho más de una vez Descartes en medio de sus sesiones de análisis filosófico. "Cojo, luego existo" es su máxima preferida. Es un tipo de temer. Le dicen Descartes por esa proposición apócrifa. Más bien es una mezcla de Sartre, Marcuse y Ché Guevara capaz de inquietar a una locomotora con sus teorías. Yo sé como se llama, que era profesor de filosofía en el Pedagógico. Lo veía husmeando en los cuasi clandestinos recitales de jazz a fines de los setenta. No hablaba con nadie. Se decía que había quedado chalado con la tortura. Fumaba incansablemente, como si cumpliera una penitencia. "Lo peor es que no veo alternativa" me dice a veces "veo todo tan corrupto, tan contaminado como un callejón sin salida y sinceramente prefiero estar aquí adentro que revolcarme en la mierda, sabes". Yo tal vez lo mire en silencio, con los ojos asustados. O quizás parezca indiferente, pétreo, distante. No sé. Pero a veces se me hace un nudo en la garganta al escucharlo. Juro que es cierto. Pareciera que llevase todo el dolor del mundo ahí dentro de su cerebro bullente de ideas. "Cuando no puedo más le pido a Roberto que toque el saxo un rato. Es increíble. Todos los milagros me parecen posibles entonces. El saxo es como una luz en las tinieblas. Y vuelvo a creer, aunque sea por un instante". Me mira desde el abismo de su alma para confesarme lo terrible que es la ausencia de Roberto, pero no dice nada. Y es fácil imaginarlo aullando y arañando las paredes de un mundo demasiado erizado de espinas.

Roberto, Descartes y yo brindamos con unos vasos de plástico que Fidel sacó de un escondrijo. Todos se unieron a nuestro brindis en un coro terrorífico en tanto devoraban pedazos de chocolate y abrían paquetes de cigarrillos como dementes. Sandokán propuso otro brindis por sus feroces tigrecillos. Nureyev danzaba rebosante de gracia en medio de la trifulca de enajenados que no podía escuchar la maravillosa música que lleva siempre dentro. Proudhon preparaba una enjundiosa bomba mezclando nuestro pisco con quizás qué licores misteriosos sacados del barretín de Fidel. Hicimos un segundo brindis en pleno crescendo de la batahola. Y los enfermeros, nada, no se oye padre. Nureyev saltó peligrosamente cerca de la bandeja donde Sandokán ofrecía las bombas preparadas por el satisfecho anarquista mesando sus barbas a buena distancia. El Tigre de la Malasia rugió un par de insultos que el bailarín tomó a beneficio de inventario mientras le arrebataba un par de tragos que bajó sin demora por su garganta para continuar su danza.

Recién en ese momento lo vi, solo y silencioso en una esquina. Apenas saltaba con la Biblia sujeta por sus maravillosas y enormes manos de boxeador bondadoso. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y apenas podía escucharse la voz que asomaba débilmente entre los labios secos y partidos. Pude ver que su mirada estaba llena de girasoles amarillos, de soles furiosos y de grandes estrellas refulgentes, de miserias, de amores frustrados, de miedos, de hombres cavando en las tinieblas, de dioses lejanos y crueles. No he podido sacarme su imagen desde entonces. Me acerqué a él. Le pregunté por qué no venía con nosotros. Los demás guardaban silencio, como si presenciaran algo sagrado. Van Gogh susurraba palabras secretas e incomprensibles. Yo le pregunté cuándo había llegado por ahí, pero no dijo nada que pudiera comprender. Estaba hermoso y loco, con los ojos llenos de fuego y de agua. Igual que ese maravilloso autorretrato suyo. Lo abracé y pude sentir su corazón latiendo como el de un pajarillo atrapado entre tus dedos. Tiritaba entero. Era en ese instante el ser más frágil del universo. Yo pensé que podía deshacerse entre mis brazos y tuve miedo de hacerle daño. Apenas me atreví a besarlo en la mejilla hirsuta de barbas rojizas. Ahí fue que levantó su dedo y me señaló algo que estaba a mi espalda, algo maravilloso que yo no podía ver.

Cuando me di la vuelta encontré a Roberto a punto de soplar su saxo. No volaba una mosca en el patio. El sonido salió limpio, puro, tierno, rebelde, trémulo, bello, terrible, furioso, relampagueante, lleno de amor. Esa música tenía un sabor a divinidad y a demonio que parecía inundarlo todo con su sabor agridulce, con su verdad indescifrable, con su respuesta enigmática. Hay quienes esperan toda una noche a que Roberto se ponga a tocar así el saxo un par de minutos. Pero esa tarde él tocó sin descanso para nosotros. No hubo comerciales, ni tragos ni silencios. Sólo la música de lágrima y viento que parecía surgir más desde uno mismo que del instrumento destellando con los reflejos llameantes de un cuadro de Van Gogh.

No he ido de nuevo a ver a Roberto. Cada mañana, cuando me afeito, veo la cabellera rojiza de Van Gogh mirándome desde el espejo en llamas. Cuando trato de concentrarme escucho la música de saxo viniendo de muy adentro, de una zona en penumbras que apenas me atrevo a vislumbrar. Entonces pienso cada vez con más fuerza en esa idea que me obsesiona. Cruzar la calle. Hacia los girasoles amarillos, hacia las locas mezclas de licores, hacia una danza silenciosa, hacia las certezas y las dudas que me aterran. Hacia ese gigantesco imán o girasol o música que me estremece. Eso. Cruzar la calle.

* este cuento pertenece al volumen LUGARES SECRETOS (Mosquito Comunicaciones, 1994), Premio Consejo del Libro al Mejor Libro de Cuentos publicado ese año.

17 diciembre, 2006

BAILARINA DE TOPLESS

Te acercaste con ese mechón encima del ojo izquierdo, tan gracioso, con esos pantaloncitos que dejaban al descubierto tus muslos blancos y la blusa tras la cual se adivinaban los pechos; me dijiste qué quería; yo te dije ‑qué‑ en medio de una canción de Michael Jackson que bailaba apenas una gorda de ojos insinuantes y tal vez demasiado recargados de pintura, pero la verdad es que a pesar del ruido te había entendido perfectamente, lo que quería es que te acercaras a mi oído para preguntarme de nuevo ‑ qué es lo que vas a servirte‑ , ‑qué es lo que hay‑ pregunto yo ahora, respirando el perfume que sale de tu rostro o tu cuello tan cercanos; ‑café, bebidas‑ contestas, mientras la gorda muestra sus senos enormes de pezones rosados que va erectando con sus propias caricias y se acuesta en el piso abriendo las piernas, con la pelvis aún cubierta por unos cuadros negros brevísimos por donde asoman los vellos y, a veces, las contorsiones esquizofrénicas de la danza descubren parte de la vulva, yo te contesto ‑café‑ , y vas hacia el mesón para ordenarlo; veo muy mal entre las luces rojas, azules y las lámparas ultravioletas, estroboscópicas y las esferas poligonales que proyectan miles de agujeros luminosos que corren por los muros, me instalo junto a una estufa de gas, haya allí un sillón grande donde me siento y donde tú llegas y puedo ver mejor tus ojos negros, tus muslos suaves y tus pechos detrás de la polera roja con no sé qué frase en inglés que trato de adivinar en la penumbra ruidosa mientras me tomas la mano para descubrir que ‑ hace frío afuera, porque tu mano está helada‑ me dices y estornudas para que yo te diga si estás resfriada, te ofrezca un café en el momento en que el barman homosexual se aproxima solícito para invitarme a presenciar el espectáculo sentado en un banquillo alto al borde de la T donde se mueven las bailarinas; allí voy, tú detrás, reclamando que estoy dejándote sola; ‑venga corazón ‑ contesto; ‑me consigo una silla y vuelvo, espérame‑ respondes con una sonrisa; tardas mucho y me aburro con la gorda que se está bajando el calzón acostada de frente al público que somos cuatro o cinco ociosos, todos mayores que yo, escuchando a Jackson desnudar la gorda en una escena digna de Fellini, entonces se acerca una flaca espantosa de nariz ganchuda para pedirme un cafe con una expresión que quiere ser seductora, pero en verdad es horrorosa, patética, ‑ te insisto, flaca, que no tengo dinero, ‑qué‑ me gritas al unísono con el mestizo Jackson, ‑¡no tengo plata!‑ grito y entiendes porque te vas, flaca horripilante, y llegas tú al fin con una silla larga, poniéndola a mi costado, apegando tu cuerpo al mío, tomando mi mano, confesando tu frío tremendo, es verdad, tiritas, y te abrazo envolviéndote con mi abrigo nuevo, pones cara de agradecimiento y no sé si creerte pues me parece sincera tu expresión; ‑no te enojarás‑ dices tímidamente; ‑qué pasa, no tengo razones para enojarme‑ te contesto; ‑me puedes convidar un café, sólo si quieres‑, me estás mirando; ‑claro, corazón‑, chasqueas el dedo y viene el maricón solícito a recibir un cuchicheo tuyo para después volver con un café que bebes ahora con las dos manos mirándome de reojo, sonriendo mientras yo también bebo el mío y también te miro de reojo; la gorda está desnuda arrastrándose por el piso alfombrado, por fin desaparece entre las cortinas y las luces fantasmales; aparece una morena alta, deliciosa, con un sombrero tipo far‑west y una combinación azul, translúcida, que logra despertarnos a todos del sopor producido por la gordita, el cabello ensortijado alcanza justo el nacimiento de sus senos prodigiosos donde residen ahora nuestros ojos, ‑es linda, no es cierto‑ dices a mi oído; ‑tú me gustas más, tienes algo especial‑ tengo que repetirte todo, porque la música ensordece de nuevo la pieza en penumbras y entra en oleadas en los cuerpos de los que estamos allí, entra junto con los movimientos insinuantes de la morena que comienza a pasearse por el mesón, se encuclilla en frente de mí para que sienta el temblor de su piel cercana, la suavidad tan cerca; tú ríes y apegas la cara a mi hombro casi con ternura, me inclino hacia ti de modo que nuestros labios quedan a punto de unirse, me enredas el pelo, la morena se alejó desencantada mientras nos miramos; ‑tal vez debiera enojarme como las otras, cuando uno molesta al que está con ellas‑ ¡mueves la boca tan cerca de la mía! ‑no importa, ¿ a qué hora bailas?‑ te interrogo; ‑luego, luego, después de esta niña y la otra‑ respondes; ‑tienes algo especial, no sé ese pelo tuyo, peinado al lado, como la Emma Peel de "Los Vengadores", la viste alguna vez en la tele‑; ‑claro, ¿me lo dices en serio?‑; ‑eres bonita‑; gracias‑ ; ‑cierto, me gustas mucho‑; te ríes y tomas el último trago de café en el vaso desechable, me tomas la mano, yo te tomo la otra, te vas apegando más aún, me miras de pronto y haces unos mohines graciosos dirigidos como sobre mis ojos, como si te diera vergüenza o inquietud al menos, como si fuésemos pololos adolescentes y no un tipo solo arrancado de su mundo y una bailarina de top‑less que debe hacer consumir a los clientes para ganar un porcentaje, no me haces sentir la verdad, permites que yo olvide al amigo muerto que me trajo a este lugar en busca de algo de consuelo, horas antes caminaba sin saber por dónde hasta que encontré las fotos y pensé por qué no, no tengo donde más ir hasta la hora del cóctel, la fanfarria y los discursos propios del segundo libro de un poeta joven, si faltan dos horas aún, ¿por qué no? y me introduje en ese mundo de luces y sombras tan parecido a lo que llevamos dentro nosotros mismos, así va pasando el tiempo, mirándonos, riendo; la siguiente bailarina tiene una especie de traje de fantasía como de Can‑Can, recuerdo de alguna abuela artista, parece gallina ‑ te digo‑ tiene muchas plumas; estás llorando de risa hasta que el pajarraco sin plumas huye por las cortinas, y al incorporarte me lanzas un ‑ espérame‑ corres; yo me dedico a analizar el local, descubro la cabina desde donde un individuo de rostro borroso manipula los controles de las luces y de la música, más abajo el bar con el mariconcito atrás, varias mujeres solas y unas parejas más o menos atracadas según el carácter del cliente, se me aproxima la gorda a pedir un cafe, le digo que no tengo plata y se va con cierta prisa, seguramente advertida por la flaca horrible; entonces sales, sales con la música desde atrás de las cortinas, tu cuerpo es mejor de lo que esperaba, sonríes, juegan nuestros ojos, estás con un bikini muy poco revelador, observas raras veces al público, bailas frente al espejo, a veces me miras y yo te hago alguna seña graciosa que te hace reír y mirar hacia otra parte hasta que vuelves a mirarme, así con timidez notoria, con ese aire tuyo de pulcritud, ese rostro tuyo aún no contaminado por este ambiente, o quizás es ese tu juego, simular la gatita vergonzosa, regalona, de pronto estás desnuda y yo mirándote a ti y a tu reflejo, alternativa, rápidamente, lo que te hace reír tapándote la boca y salir medio asfixiada por la risa hacia el camarín allá atrás de las cortinas verdes y las luces que relumbran en tus caderas deliciosas, cimbreantes, tus muslos de reflejos rojos y violetas, tu pelo cayendo sobre la espalda suave, tu cabellera negra y dividida al lado. Cuando vuelves a mi lado tienes frío, llevas puesto un abrigo bajo el cual te estremeces, se me ocurre entonces preguntarte cuánto dinero ganas allí ‑trescientos, por trabajar desde las once de la mañana hasta las nueve y media, más un porcentaje por los consumos, unos cien pesos más‑ ; ‑tan poco‑ te replico; ‑bueno, en la municipalidad ganaba cuatro mil, ahora como ocho, claro que a nadie le gusta este trabajo, mira, estamos todas resfriadas‑; ‑es que usan muy poca ropa‑ te digo, nos largamos a reír, escondes la cabeza, alguien baila en el escenario y se acerca, nosotros ahogados de risa, de repente unas piernas sobre mí, unos muslos que bajan y se acercan, ‑mira para abajo‑ me dices; yo inclino la vista al suelo, la bailarina se va indignada seguramente, no me atrevo a levantar la cara, tú me abrazas riendo todavía, acaricio tu cabello suave, la sonrisa huye de tu rostro y te pones un poco seria, como si recordaras que eres bailarina de top‑less y que no estás haciendo lo que corresponde, yo te ofrezco un café o un trago y deslizo aún mis dedos por tu pelo con un cariño enorme que de pronto siento, ‑no quiero nada más‑ contestas tan bajo que no puedo haberte escuchado, sólo sé que me estás diciendo que no con tus ojos llenos de ternura, ‑vivo en un campamento donde hay que acarrear agua todas las mañanas y colgarse de la luz y todo eso‑; ahora esa misma agua sale de tus párpados y me abrazas fuerte, fuerte, los demás pensarán que lo estamos pasando bien y la mano que debiera estar en tus pechos te seca las lágrimas, y tu mano que debiera deslizarse en mis muslos me revuelve el cabello, y viene a mí el rostro del amigo muerto y un par de lágrimas que van no sé a dónde, nos quedamos así un tiempo que parece infinito, abrazados uno al otro, ahora te beso en la mejilla, te digo que se me ha hecho tarde, te acercas con ese mechón tan gracioso sobre tu ojo izquierdo y siento crecer tu aroma, más aún ahora que me estás besando, más aún ahora que nuestros labios se tactan y se muerden y me cuesta tanto tener que irme, dejarte sola, sin comprender nada de lo que ha ocurrido, huyendo de algo mío enorme que se queda allá adentro mientras yo vuelvo a la ciudad inmensa y hambrienta y corro oculto entre los miles de peatones para no llegar tarde a mi cita, al menos eso quiero creer cuando todavía parece sentir nuestras bocas que se juntan, bailarina de top‑less, cuando aún llevo una de tus lágrimas enredada en la mano izquierda, cuando comienzo a pensar que tal vez lo mejor era quedarse, quedarse, aunque ya sea demasiado tarde.

* este cuento pertenece al volumen LUGARES SECRETOS (Mosquito Comunicaciones, 1994), Premio Consejo del Libro al Mejor Libro de Cuentos publicado ese año.

23 octubre, 2006

Escritores en dictadura

Pertenezco a una generación que salía de la adolescencia cuando el golpe militar de 1973 llevó al poder a Augusto Pinochet y se inició su dictadura a sangre y fuego. Esta experiencia –por muchos vivida intensamente debido al exilio, la persecución o la lucha abierta o clandestina- actuó como un crisol y dejó –quiérase o no- una impronta imborrable. Quienes en aquellos años descubrimos y asumimos nuestra pasión por la literatura, lo hicimos en un entorno signado no sólo por la censura y la falta de medios de comunicación libres, sino que por realidades bastante más atroces. La desaparición, la tortura y la muerte no eran un susurro o una posibilidad teórica, sino que una realidad próxima, horriblemente cercana, imposible de advertir y menos aún de negar.

Aunque resulte terrible reconocerlo, la dictadura militar viene a ser un hecho trascendental en las vidas de quienes dedicaron una porción fundamental de sus energías a luchar por el retorno a la democracia. La generación del 80, huérfana de mentores, se desarrolló literariamente en estas condiciones de emergencia, lejos de quienes debieron ser sus maestros, debido al exilio en el extranjero o dentro del propio Chile, sometidos a censura, vigilancia, cesantía y persecución.

En esos días ominosos y terribles, sobre todo en los primeros años, la Sociedad de Escritores de Chile, presidida por Luis Sánchez Latorre, jugó un rol libertario que debe reconocerse en todo su espléndido valor. En aquella época de emergencia, la SECH convocaba a una amplia variedad de escritores de valía en torno de la lucha antidictatorial. Esto requirió gran osadía y capacidad para articular los esfuerzos de escritores de las más diversas posiciones ideológicas.

Bajo el alero de la SECH, a mediados de los 70, se formó la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ) gran protagonista de las Semanas por la Cultura y La Paz, una de las primeras manifestaciones culturales de resistencia contra la dictadura, en las que participaron, entre otros valores emergentes, Gregory Cohen, la siempre extrañada Bárbara Délano, Antonio Gil, Luis Alberto Tamayo. En paralelo surgió la actividad de los talleres literarios universitarios, ligados a la Agrupación Cultural Universitaria (ACU), donde trabé amistad con Sonia González y Esteban Navarro. Luego, en los 80, vino el turno del Colectivo de Escritores Jóvenes (CEJ), donde conocí a Ramón Díaz Eterovic, Pía Barros, José Paredes, Teresa Calderón, Jorge Montealegre, Carmen Berenguer, Pedro Lemebel, Aristóteles España, Eduardo Llanos, José María Memet, además de muchos de los mencionados, entre varias decenas de poetas y narradores. Una lista larga a la cual hay que agregar narradores como Jorge Calvo, Antonio Ostornol, Lilian Elphick, , Juan Mihovilovich.

La experiencia del CEJ fue múltiple, activa y centrada en lo literario, pero también integrada a la lucha por las libertades civiles, lo que fue un elemento dinamizador de la SECH, donde finalmente confluyeron múltiples iniciativas y experiencias que establecieron puentes que hicieron posible el encuentro de diferentes generaciones, opciones estéticas e ideológicas. Lecturas públicas de gran resonancia, como los encuentros Chile Francia o Todavía Escribimos, liderados por Fernando Jerez, Poli Délano y Carlos Olivárez son excelentes ejemplos de esta amplia confluencia de generaciones, estilos, estéticas y temáticas, bajo un claro signo de oposición a la dictadura militar.

De esa confluencia surgieron encuentros, talleres, revistas artesanales, antologías, hojas de poesía, recitales. Varias veces, en pleno imperio del toque de queda y de la plena acción de los servicios de inteligencia, efectuamos vigilias artísticas en la Casa del Escritor, desafiando abiertamente a la tiranía. Decenas de escritores sostuvieron una posición digna y firme en la lucha por la defensa de la libertad y afrontaron los riesgos que esto significaba en los primeros años, donde muy pocos se atrevían a alzar su palabra cuando el imperio de la barbarie carecía de contrapartidas. Mencionar a aquellos que ya no están con nosotros es de toda justicia: Juvencio Valle, Diego Muñoz (mi padre), Humberto Díaz Casanueva, Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Martín Cerda, Enrique Lihn, Mila Oyarzún, Mario Ferrero, merecen un reconocimiento especial a la hora de los recuentos.

Esta decisión, mostrada en los hechos, aquí en Chile, en los momentos más difíciles, nada tuvo de maniqueo para quienes siempre hemos concebido la literatura como un gran juego muy serio –citando a Cortázar– no como un terreno para el proselitismo bobo o para los balbuceos lingüísticos, ni menos como la autopista apropiada para una carrera de jamelgos en pos del premio de la fama.

Gonzalo Millán, hermano mayor, fue uno de los escritores que destacó en esta lucha, primero fuera de Chile, desde el exilio en Canadá. Luego, a su regreso, mediados de los 80, se integró sin condiciones ni pretensiones al trabajo que poetas y narradores realizábamos en sindicatos, universidades, peñas, agrupaciones de vecinos y ferias libres. No escatimaba tiempo a estas actividades, ni calculaba los riesgos inmanentes (no sobra decir que los había en abundancia): siempre estuvo allí con su poesía cercana, inteligente, profunda, que en mi personal apreciación lo sitúa en una posición de privilegio, de primera línea, entre los más grandes.

La labor del auténtico escritor es una faena silenciosa y solitaria, asentada en sus obsesiones, que requiere autonomía y libertad de pensamiento. Sin embargo, el artista es capaz de salir a la palestra cuando las exigencias de la vida social obligan a establecer un paréntesis en esa relación un poco distante y tensa con el mundo real. Eso hicieron, muchos escritores durante la dictadura, desafiando desde su posición al orden represivo, sin más armas que el conocimiento, el lenguaje y la inteligencia.

Gonzalo Millán fue uno de ellos, un miembro de la resistencia, hasta el último instante: lúcido, crítico, irreverente, sensible. Le asqueaban los juegos políticos y diplomáticos que sacrificaron la ética por bien calculadas conveniencias. Ironizaba con la moda oficialista de los “eventos” culturales que corren en pos de las primeras planas y las cámaras de televisión. Sabía que la figuración mediática (la farándula diría un opinólogo) es poco más que un enorme globo inflado de vanidad perecedera y lamentable. Así lo recordaremos: sólido en sus principios y en el oficio literario, ácido y consecuente, rebelde, sencillo, tenaz y, probablemente, eterno.

09 octubre, 2006

Homenaje al Quijote


un microcuento: Don Quijote 2005, uno

Don Quijote resucita para celebrar sus cuatrocientos años. Recorre el globo dando conferencias que coronan los múltiples homenajes del mundo hispanoamericano. No sabe qué hacer con tantos viáticos y honorarios, y los acumula en los bolsillos de su traje de lino beige. Aburrido del constante acoso de admiradores y estudiosos, escapa por la puerta de servicio del lujoso hotel de turno y entra a una hamburguesería. Con tantos cócteles y cenas de celebración ha engordado visiblemente. Han tenido que confeccionarle sucesivas armaduras que se adapten a la creciente barriga. Con un fajo de dólares apretado entre sus dedos, se ubica en la fila más corta, evaluando doblar las raciones de queso y papas fritas. “La que se ha perdido Sancho por no acompañarme”, murmura y comienza a engullir su italiana especial.

08 octubre, 2006

Premios literarios

El escritor Q demandó al cuentista Ñ por ganar un suculento premio mediante el apoyo de sus amigos el poeta K y el crítico Z.

Ñ reaccionó acusando a Q de envidioso y oportunista, y recordó que el año anterior Q había obtenido el mismo premio a manos del crítico M y el novelista G, quienes le debían señalados favores. Por cierto Ñ puso otra demanda en contra de Q.

Ante la evidente falta de ética de los involucrados, el prestigioso dramaturgo A propuso que todos ellos debían ser eliminados inmediatamente de los registros de jurados y premiados elegibles, de acuerdo a una doctrina vigente dictada por la Corte Mayor. Tal solicitud se acogió con carácter de urgente.

En tanto las demandas siguieron su atrabiliario curso de acuerdo a los códigos viajando entre tribunales, cada vez más obesas e ineluctables.

Al año siguiente, A obtuvo el premio de manos de los únicos jurados habilitados que sobrevivieron a una década de rencillas: su discípulo H y su primo hermano J.

Las demandas de Q y Ñ no se hicieron esperar. Sin embargo, después de breve litigio, Q, Ñ y A, con el apoyo de M, G, K, Z, H y J, y el consenso de las restantes letras del alfabeto, acordaron anular todas las exclusiones y partir de nuevo desde cero. De lo contrario, no habría habido ni jurados ni candidatos al premio, y los certámenes tendrían que haberse eliminado.

Dieron así muestra de juicio y lección de ética. Establecieron un sistema diseñado para ser justo y se prepararon para la nueva era.

30 agosto, 2006

Escritores en Resistencia

Palabras de despedida a nombre de la delegación de escritores chilenos en el XI Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Argentina, Agosto 2006

Autoridades presentes, amigas y amigos:

Como muchos de ustedes, en las postrimerías de la década de los sesenta, iluminado por el fulgor de las marchas de mayo en París, con la música de fondo de Carlos Santana, Jimmy Hendrix y los Beatles, me dedicaba a imaginar el mundo del futuro y me parecía que indefectiblemente el distante siglo XXI sería una especie de Shangri-Lá. Allí confluirían una mezcla entre revolución y hipismo, una mixtura sincrética entre anarquismo y ordenada voluntad de transformación, fe y actitud herética se conjugarían en un equilibrio realista e imposible.

Discernía en aquella época, con auxilio de lecturas asistemáticas de Sartre y Marcuse, alentado por las esperanzas utópicas y también por las primeras libaciones alcohólicas, que el remoto año 2000 constituiría un punto de inflexión en la historia. Me aterrorizaba pensar que en aquel hipotético futuro me empinaría bastantes años por sobre la cuarentena, una edad poco fiable, próxima a los avatares de la felicidad senil y su estado de complacencia permanente. Por esa fecha ya me habría transmutado en un conservador de tomo y lomo, digno sólo de ser defenestrado por las nuevas generaciones. En aquellos sueños veíamos flores, armonía, solidaridad, arte, cultura, conocimiento por doquiera. Por sobre todo encontrábamos libertad, libertad de pensar, reír, imaginar, hacer el amor, beber, escribir. El capítulo más oscuro de nuestra historia –la dictadura militar- habría de hacerse cargo de estos sueños en los años siguientes.

Nos quedamos encerrados en la Naranja Mecánica, con los ojos desorbitadamente abiertos, sostenidos por garras metálicas que nos obligaban a ver una y otra vez las hogueras de libros en las cuales se pretendía incinerar el pensamiento y los anhelos de varias generaciones. Y muy pronto fuimos obligados a presenciar una larguísima lista de atrocidades sin nombre.
No obstante, somos herederos de esos sueños obstinados: acercar la literatura a todos ustedes, a los que están aquí y a los que no están, esto es, a nosotros, a todos nosotros que al fin y al cabo constituimos un pueblo. Somos seguidores de Sísifo, pero no tenemos la sensación de estar cumpliendo un castigo. El placer reside en el desafío de arrastrar una y otra vez la piedra hasta la cumbre, en buscar nuevos puentes entre el lector y el autor, en inventar nuevas formas de relación más directas y atractivas.

Mucha agua ha pasado bajo el puente. No creemos en utopías a salto de mata. Construir una mejor sociedad es un acto que excede la simple voluntad y los meros deseos. La historia enseña que la materialización de ese anhelo entraña una complejidad enorme. Pero podemos exigirnos nosotros mismos un comportamiento activo de personas imaginativas, capaces de soñar futuros posibles donde se concilien libertad y cultura, solidaridad y desarrollo, equidad y competencia, progreso y reflexión. Hay algo que cada uno de nosotros puede hacer, aunque poco quede de aquellos adolescentes alucinados que temían perder la rebeldía.

Creo que a pesar de las canas, de las marcas de sabiduría que nos surcan la piel, de esos kilos de más que llevamos cuestas, no nos hemos transformado en esos férreos guardianes del orden y del status quo que poblaron nuestras pesadillas adolescentes. Todavía aquellos sueños de libertad están vigentes, se erigen sobre la uniformidad gris, sobre la inercia de una mole social que privilegia el economicismo y se impone con una vitalidad tan contundente como ciega, exenta de visiones oníricas, ajena al ejercicio de la imaginación artística, afincada en el más acendrado, ambicioso y destructivo pragmatismo.

Hace siete años, en agosto de 1999, tuve el honor de representar a Chile en el IV Foro por el Fomento del Libro y la Lectura organizado por la Fundación Mempo Giardinelli. Y aquí estoy nuevamente, integrando una amplia delegación de escritores chilenos, probablemente la más numerosa y heterogénea que haya viajado hasta Argentina en varias décadas. Es una especie de milagro que resulta del hermanamiento realizado el año 2002 entre la Fundación Mempo Giardinelli y la Corporación Letras de Chile. EL IV Foro en Resistencia fue una experiencia maravillosa y decisiva para mí en muchos aspectos.

Lejos de las urbes postmodernas plenas de luces, plásticos y arquitecturas desafiantes, cercana a la imagen lárica de los pueblos perdidos en el sur del mundo, donde el tiempo transcurre con lentitud y da espacio para todo, Resistencia es una ciudad subyugante, cálida, austera y espaciosa que se permite acoger anualmente este milagro sobrecogedor. Un milagro que consiste en congregar por espacio de tres días a centenares de personas unidas en torno a la literatura.

En el Chaco ocurren milagros. Aquí existe un equipo de fútbol llamado Chaco Forever, que perfectamente podría ser el lema de este Foro. Aquí los visitantes extranjeros nos iluminamos con la luz azul que desprenden las flores de esos árboles increíbles cuyo nombre lánguido aprendimos a deslizar por entre los labios como un susurro, lapachos: palabra sagrada de este mundo chaqueño. En Resistencia las patas de buey son flores, igual que los chivatos. Aquí, hay que decirlo, muchos escritores hemos alcanzado el sueño de estar frente a centenares de personas dispuestas a escuchar la palabra con devoción, con inteligencia, a veces incluso con delirio, es sin duda un hecho extraordinario.

Luchar contra la ignorancia y la incultura, promover la lectura, dar a conocer lo mejor de la literatura latinoamericana, incentivar la creación y la imaginación, todas estas tareas constituyen una utopía posible. Cito a Mempo Giardinelli: “Como trabajo cultural por antonomasia, el de la lectura es un acto de resistencia. Yo me enorgullezco de que esta resistencia se lleve a cabo en esta ciudad. Como para hacerle, además, honor a su nombre”.
Mempo Giardinelli ha dicho más de una vez que la idea del Foro proviene de un Encuentro realizado en Santiago de Chile en noviembre de 1995, en el cual tuvo la gentileza de acompañarnos. Pues bien, ahora que reconocer que la idea de crear Letras de Chile se alentó decisivamente en las primeras versiones del Foro, y eso viene a demostrar que nuestros quehaceres están coordinados desde antes del hermanamiento, por sobre esta cordillera que nos une.

A mis compañeras escritoras chilenas, a los compañeros poetas y narradores chilenos me atrevo a pedirles aquí en Resistencia, al borde de la partida, que renovemos el mismo empeño que nos trajo hasta acá, que lo incrementemos y lo hagamos gigante. Y se los pido también a todos ustedes, junto con darles las gracias a los anfitriones por esta acogida maravillosa que nos han dado, impregnada de aquella solidaridad y generosidad que recogen lo mejor del espíritu humano y lo conducen a su expresión más alta.


Diego Muñoz Valenzuela

24 agosto, 2006

XI Foro Internacional por el Fomento del Libro, Chaco, Argentina, Agosto 2006



La delegación de escritores chilenos en el XI Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura en Resistencia (Chaco Argentino), de izquierda a derecha: Cristián Cottet (poeta), Miguel de Loyola (narrador y crítico), Lilian Elphick (narradora), Virginia Vidal (narradora y periodista), Jaime Valdivieso (poeta y narrador), Diego Muñoz Valenzuela (narrador), Fernando Jerez (narrador), José Osorio (poeta), Alejandra Basualto (poeta y narradora), Pía Barros (narradora), Max Valdés (narrador).

El cuento y la promoción de la lectura

Ponencia presentada en el XI Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Argentina, Agosto 2006

Diego Muñoz Valenzuela


El cuento una magia que se escapa

Después de publicar cuatro libros de cuentos y escribir otros dos inéditos y a la caza de editor, el mecanismo de su escritura sigue –por fortuna- pareciéndome enigmático. Esta es la razón que me lleva a efectuar periódicamente un acto que a primera vista podría calificarse de descabellado. A los alumnos de mis talleres en la primera sesión les advierto que no pretendo enseñarles nada, que quiero aprender de ellos algo que me ayude a descifrar su estructura inaprensible, resistente a cualquier tipo de canon. Así no sólo logro dimensionar las expectativas de los talleristas, sino que también logramos (recalco el plural) tomar el asunto como un juego, una búsqueda conjunta, por cierto más entretenida, dinámica y democrática.

El cuento tiene esa clase de magia que escapa a las axiomáticas y las recetas. No hay postulado que valga: todos se derrumban a poco andar con algún ejemplo. Así se confirma la vigencia del género y su poder potencial para cautivar a nuevos lectores y en particular a los adolescentes. La extensión del cuento es propicia para un joven que debe escoger entre una variada gama de entretenciones que suelen tener a salto de mata o hasta más cerca: televisión abierta, vídeos, televisión por cable, internet, juegos electrónicos, música envasada, recitales, atractivas revistas, baile, romance, sexo, en fin. La lista es larga y la pretensión es alta: lograr un espacio importante para la lectura literaria en un adolescente sometido a toda clase de estímulos.

No vamos a entrar aquí en disquisiciones acerca de la conveniencia de que los jóvenes lean narrativa o poesía: partimos desde tal convencimiento. El asunto es cómo lograrlo. Incluso la pregunta podría hacerse en términos muy pesimistas: cuestionarse acaso puede lograrse tal meta en las condiciones actuales más allá de algunas excepciones que confirmen la regla.

La jungla de cemento

En las grandes urbes la vida puede caracterizarse como un acelerado tráfago de afanes que absorben como vampiros la energía física y espiritual de las personas. El mero traslado a los lugares de trabajo o estudio es la barrera primaria que todos deben cruzar para comenzar un nuevo día. Hay que levantarse con los albores para ganar espacio en el atestado transporte público, después de un descanso posiblemente exiguo, recortado por el traslado de retorno al hogar y sus correspondientes afanes. El espacio para confraternizar es mínimo y la tentación de abandonarse a una rutina de aislamiento constituye un peligro perenne. Los jóvenes no escapan a esta lógica, participan de ella igual que los adultos, aunque tengan menos obligaciones. Siempre es posible estar muy ocupado sin producir nada útil. Más bien la pereza se constituiría en la oportunidad para ofrecerle a un adolescente la posibilidad de pasar un buen rato mediante la lectura. El problema real es que los jóvenes suelen estar muy ocupados en cualquier cosa. Y si el objeto de su concentración son la escuela y sus deberes (en mi país a veces francamente abrumadores), sólo queda invocar a George Bernard Shaw cuando afirma: “Mi educación fue muy buena hasta que el colegio me la interrumpió”.

Por cierto que existe una minoría de privilegiados que se mueve fuera de esta zona de celeridad y autismo, pero creo que el anterior esbozo es válido para este análisis. Es en este mundo alterado por los deberes, las exigencias y los continuos desafíos donde debemos insertarnos para cavilar sobre el fomento a la lectura. Tal es el campo de batalla, el escenario que debemos afrontar. Allí es donde debemos buscar tanto aliados como oportunidades. También allí aguardan por nosotros las amenazas, las falsas esperanzas y por qué negarlo, trampas mortales como el facilismo, la sub-literatura. Ocupémonos ahora de las oportunidades para ser positivos. El Chaco es demasiado hermoso para convertirlo en escenografía para un análisis amargo.

El cuento, un arma cargada de futuro

Un buen cuento jamás es lo que aparenta a primera vista. Es oscuro y misterioso, no devela fácilmente sus verdaderas intenciones. Otras voces, otras historias, otros temas anidan bajo la superficie, se deslizan entre medio de las palabras, se insertan en medio de la acción aparentemente regulada por el ritmo de una historia más o menos lineal. El cuentista efectivo actúa como mediador de un mundo más complejo, para cuya descripción el lenguaje no es suficiente como medio de soporte, sino que debe erigirse en el resorte de una sugerencia, una evocación oblicua de algo que queda a medio expresar y por cierto, después de la lectura, a medio comprender en la conciencia de los lectores.

Así las cosas un buen cuento requiere un lector atento, activo, dinámico. No puede ser un lector vaca que va a ir mansamente donde lo llevemos, parafraseando a Julio Cortázar. En el cuento reside un universo completo, atractivo, pleno de sorpresas. Hay que descubrirlo a los ojos de los jóvenes.

La extensión breve se adapta perfectamente a la circunstancia de la vida acelerada. Es decir, nuestra arma tiene la dimensión y el peso perfectos. La extensión es propicia para una lectura en Internet, más aún si nos deslizamos hacia el territorio del cuento breve, las minificciones o el microcuento. Si –como hemos afirmado- hay poco tiempo disponible para la lectura, tenemos que competir con las otras alternativas potenciando variables diferenciadoras como la brevedad, la intensidad y la riqueza de significado.

En Letras de Chile hemos experimentado activamente desde el año 2005 en torno al potencial del microcuento como incentivo a la lectura y la creación literaria. En nuestra página web una de las secciones que ha acaparado el interés de los jóvenes es precisamente aquella consagrada al género de las minificciones. Y dentro de las sesiones de lectura y encuentro directo de escritores con público las más concurridas siempre han sido aquellas consagradas al microcuento. Incluso ha sido posible realizar pequeños talleres multitudinarios de minicuento donde el público ha podido escribir y enseñar sus creaciones personales. Hay antecedentes que sumar, por ejemplo el interés creciente de un público lector para este tipo de narraciones, que se ha visto reflejado por el interés de editoriales chilenas en el género. Un concurso auspiciado por el tren subterráneo de Santiago recibe anualmente miles de microcuentos; los ganadores reciben una suma generosa y se publican en las vitrinas del Metro, donde cada día los leen millares de pasajeros.

Menos es más, podríamos decir. El Pulgarcito de la literatura podría convertirse en un portal de entrada al mundo de la lectura.

Contando el cuento o andar con cuentos

Después de realizar tres antologías del cuento chileno con mi amigo el escritor Ramón Díaz Eterovic, dos de ellas generacionales y otra que abarcan cuatro promociones de narradores, estoy convencido acerca de las virtudes del relato contemporáneo de mi país para entusiasmar a los jóvenes lectores. La lectura de otras antologías consagradas al cuento latinoamericano actual me llevan a idéntica conclusión.

En las periódicas jornadas de lectura que organizamos (varias de las cuales han desembocado en antologías o muestras de narrativa actual), los jóvenes suelen concurrir masivamente y acercarse para declarar su interés en los autores participantes. Estos jóvenes suelen criticar a los programas educacionales o a sus profesores que no han sabido orientarlos en sus búsquedas de un material literario renovado, que toque variables relevantes del mundo en que viven, con un lenguaje que provoque su atención.

Aquí encontramos una raíz que nos conduce a las causas del problema tantas veces diagnosticado. El estado chileno reconoce dificultades en el interés por la lectura, esto desde gerentes y directivos hasta los estudiantes de escuela básica, pasando por profesionales, estudiantes, trabajadores, dueñas de casa. Más aún, entre quienes sí leen, se advierte una precaria comprensión de los textos. Programas de lectura desactualizados, abrumadora lejanía entre escritores y estudiantes, carencia de librerías y canales de distribución, prensa poco interesada en el quehacer literario, ausencia de planes permanentes de incentivo a la lectura .

Por el momento –a la espera de una reacción gubernamental sistémica, dirigida por una estrategia bien digerida y diseñada- hay que confiar en iniciativas privadas como la de Letras de Chile y otras organizaciones que saben aprovechar el tremendo potencial del cuento para acercar a cualquier persona a la lectura, no sólo a los jóvenes. La lección de la experiencia indica que hay que echarse a caminar y confiar en la maravillosa magia del cuento. En otras palabras, es una buena cosa andar con cuentos y contarlos bien.

30 julio, 2006

Breve crónica de un enorme encuentro

La microficción toma por asalto a Buenos Aires

Recientemente, entre el 21 y el 23 de Junio de 2006, tuve la fortuna de asistir al Primer Encuentro Nacional de Microficción en Buenos Aires, cuyos organizadores fueron los escritores Luisa Valenzuela, Raúl Brasca y la profesora Sandra Bianchi. El evento se realizó en el local del Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA), a pasos de la avenida Santa Fe y tentadoramente cerca de aquella maravillosa y envidiable librería llamada Ateneo. El Encuentro contó con el auspicio del Fondo Nacional de las Artes (FNA) y la Sociedad de Escritoras y Escritores de Argentina (SEA), y el apoyo de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura de España.

Este encuentro –exitoso en todos los frentes- rebasó con mucho la condición de nacional, no sólo por la asistencia de microcuentistas de todas las regiones de Argentina, incluidas las más extremas, sino que debido a la presencia de escritores, editores y académicos de otras latitudes. Estas características hicieron especialmente interesante al evento, tanto en contenido como en diversidad. En sus tres días se sucedieron mesas redondas y lecturas que recorrieron los múltiples recodos de la microficción, algunos de ellos bastante intrincados por cierto.

El impacto del Pulgarcito de la Literatura

Un creciente interés por los diversos tipos de minificción se propaga en el mundo hispanoamericano (y por cierto más allá también). El microrrelato va acumulando las miradas de los estudiosos en la misma medida que va cautivando la pluma de los escritores. Incluso han surgido editoriales especializadas en este nuevo género literario. En las universidades se advierte la posibilidad única de asistir a la gestación de un género nuevo, cuyas reglas aún están siendo establecidas sobre la base heterogénea de la actividad creativa en curso.

El microrrelato se resiste a las definiciones rigurosas y toma diversas formas que generan dolores de cabeza para los estudiosos. La búsqueda de sus orígenes geográficos, estéticos y temporales tampoco es tarea sencilla, requiere una investigación paciente y prolija.

Una serie de congresos da testimonio de este interés que crece como bola de nieve. EL primero de estos Encuentros Internacionales de Minificción se efectuó en México en 1998 por iniciativa de Lauro Zavala (profesor investigador titular en la Universidad Autónoma Metropolitana de México), uno de los principales estudiosos y antólogos del género, que estuvo presente en el reciente encuentro de Buenos Aires.

El segundo congreso de la serie ocurrió el año 2003 en Salamanca por iniciativa de Francisca Noguerol (profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca)–también activa participante en Buenos Aires- y resultó en un hermoso y consistente volumen llamado Escritos disconformes: nuevos modelos de lectura.

El tercero de la serie de estos encuentros internacionales correspondió a Chile, con la Universidad de Playa Ancha al frente y el profesor chileno Eddie Morales en la coordinación el año 2004 en Valparaíso. También de este evento emanaron actas de sus discusiones y ponencias.

Mención especial merece el Presidente Honorario del encuentro, el profesor emérito de la Universidad de Tucumán, David Lagmanovich, argentino de nacimiento, pero patrimonio de toda Hispanoamérica. Ha sido el primer investigador destacado del microrrelato, maestro de maestros, de fecunda obra académica a la que añade su propia producción en el género.

Presencia heterogénea

A los ya nombrados investigadores Lauro Zavala de México y Francisca Noguerol de España, se añaden Francisco Valls de la Universidad Autónoma de Barcelona, quien además dirige la revista literaria Quimera y la colección de microficción Reloj de arena de la editorial Menoscuarto; y José Díaz, fundador de Thule Editores (Barcelona), un sello dedicado exclusivamente a este género. José Díaz es un gran promotor de la mafia invisible del microrrelato, como él mismo la ha denominado humorísticamente en su ponencia del Encuentro.

En cuanto a los autores extranjeros participantes estaban José María Merino (español, un activo cultor del género), Gabriel Jiménez Emán (venezolano, autor de varios libros de minificciones); Marcial Fernández (minificcionista y editor de Ficticia, otro sello que hada espacio al género). Chile estaba presente a través de Virginia Vidal y el autor de estas líneas.

Los anfitriones tienen una fuerte tradición en el microrrelato y exhiben una vasta galaxia de autores que se hizo presente en el encuentro, aportando diversidad desde todos los rincones de Argentina. Luisa Valenzuela, narradora de extensa e importante obra, cuenta con un amplio reconocimiento manifestado en traducciones, estudios y galardones (BREVS publicado en 2004 reúne su obra en este género, caracterizada por un inquietante despliegue de imaginación, juego con el lenguaje y agudeza intelectual). Luisa integraba el comité organizador junto con Raúl Brasca, un reconocido cultor del género. Brasca ha editado –además de varios interesantísimos libros propios de microficciones- una respetable cantidad de antologías. Ana María Shua –que participó activamente en el evento- completa la trilogía de autores que han cultivado el microrrelato en forma más sostenida y exitosa en Argentina con resonancia en el mundo hispanoamericano.

Entre los autores argentinos –un rico mare mágnum de creaciones desafiantes y atractivas- habría que resaltar a muchos, pero estas breves líneas alcanzan para poco. Un banquete escuchar la lectura de Luisa Valenzuela, Ana María Shua y Raúl Brasca. Orlando Romano aportó su visión profunda y poética; Fabián Vique una lengua certera, mortífera e imaginativa; Eduardo Berti una acidez crítica de gran fuerza; Valeria Nassr una ironía colindante con lo siniestro. María Cristina Ramos nos regaló historias con dulzura; Juan Romagnoli reflexiones y fabulación. La lista podría ser casi interminable.

Algunas ideas a modo de conclusión

En mi modesta interpretación, las microficciones prosiguen resistiéndose a los intentos por someterlas a una taxonomía. Sin embargo no se niegan a ser objeto de estudio, menos aún de publicación.

Y surgen algunas convicciones consensuales acerca de las características del género, más allá de la obvia brevedad (peligrosa si consideramos la advertencia de Borges: “hay que tener cuidado con la verborrea de la brevedad”).

Una de estas características –con relación a la gestación de la microficción- es su condición de vivípara: nace viva, casi no hay incubación (el cuento sería ovíparo, la novela marsupial; no recuerdo quién propuso este esquema).

Otro aspecto es la narratividad: condición de contar una historia en forma sintética, lo cual requiere acción y personajes. Y esto entra en conflicto abierto con la brevedad. Asunto aparte es que las micro historias puedan generar macroponencias: esta es una maravillosa capacidad multiplicatoria.

La hibridez viene a ser otro asunto interesante: a medio camino entre el cuento y la poesía, sus orígenes se remontan tanto a Vicente Huidobro como a Ramón Gómez de la Serna, César Vallejo y Rubén Darío, Borges y Cortázar, Arreola y García Lorca, por nombrar sólo algunos.

Debe resaltarse el conteo del título como parte de la obra. El título puede ser fundamental. Hay microcuentos que no funciona sin el título (incluso algunos que irónicamente son más largos que el desarrollo).

Para que el género prospere no sólo hacen falta editores (que los hay: en España por ejemplo Páginas de Espuma, Thule, Menoscuarto; en México Ficticia, en Chile Mosquito). El género también requiere de críticos competentes, que entiendan sus características específicas y que sean sensibles a este tipo de literatura.

Hay que relevar también un hecho: la microficción es un buen camino de entrada a la literatura; esto reportan los profesores. O sea microficción y fomento de la lectura: un mundo abierto, por descubrir.

También advertimos un peligro: cualquiera puede ser lector. ¿Será una amenaza o una oportunidad? Cualquiera podría ser escritor. ¿Valdrán las mismas preguntas?

En suma, este encuentro en Buenos Aires, bien concebido y bien organizado hasta en sus más mínimos detalles, fue una estupenda ocasión para confraternizar, conocernos más y estrechar lazos, un estímulo formidable para persistir en esta obsesión literaria por la concisión. Una gran comunidad creada en torno al Pulgarcito de la literatura hispanoamericana.

06 junio, 2006

ANTOLOGÍA DE CUENTOS CHILENOS EN ESPAÑA


La editorial Siruela ha publicado la antología Cuentos chilenos con la participación de los siguientes escritores chilenos: Ana María del Río, Poli Délano, Sonia González, Diego Muñoz Valenzuela, Virginia Vidal, Fernando Jerez, Pía Barros y Francisco Rivas. El volumen ha sido preparado por el escritor y crítico italiano Danilo Manera y la editorial Feltrinelli ya ha anunciado su publicación en ese país. El contrato a nombre de los ocho escritores fue realizado por Letras de Chile, y es otro paso más en nuestra búsqueda por expandir las fronteras de la literatura chilena.

Presentación del volumen en el catálogo Siruela: "Una mujer que borda en punto de cruz sobre un tapiz los amores y los odios de su pueblo, dos amigos boxeadores que compiten en el ring y en la vida, unas mujeres que moldean en barro a sus hombres desaparecidos, una mujer que atraviesa un desierto para llevarle a un recluso una sandía, un hombre que persigue un raro espécimen de mariposa por puro afán de perseguir algo, son algunas de las historias con las que pretendemos dibujar otro pequeño pero original mapa literario de este país.

Ana María del Río, Poli Délano, Sonia González, Diego Muñoz Valenzuela, Virginia Vidal, Fernando Jerez, Pía Barros y Francisco Rivas son los autores que integran esta antología preparada por Danilo Manera. Víctimas de la represión tras el golpe militar de 1973, tuvieron que escribir con un lenguaje a menudo sesgado y alusivo, y publicar en revistas de corta vida. Quizá por ello, aunque son muy reconocidos en Chile, casi ninguno había sido publicado hasta ahora en España ni en el resto de Europa.

Danilo Manera (Alba, 1957), escritor y crítico italiano, es profesor de Literatura española en la Universidad de Milán. Ha preparado ediciones italianas de numerosos autores españoles, entre otros de Rafael Sánchez Ferlosio, Álvaro Cunqueiro, Enrique Vila-Matas, Manuel Rivas, Ramón Gómez de la Serna o Emilia Pardo Bazán, así como antologías de cuentos cubanos, canarios, vascos, gallegos, colombianos, haitianos y chilenos. Con Siruela ha publicado Cuentos dominicanos (una antología) en 2002".

04 junio, 2006

Un cuestionario caprichoso

La corporación Letras de Chile (www.letrasdechile.cl) está difundiendo un cuestionario con la solicitud de que sea respondido por los escritores con el propósito de reunir el parecer de los escritores sobre temas caprichosamente planteados por un grupo de personas. Aquí están las respuestas de Diego Muñoz Valenzuela.

1. ¿Por qué escribe usted?

Forma parte de mi existencia, de mi forma de vivir. No puedo evitarlo. Crecí entre escritores (mis padres, sus amigos) y artistas. En consecuencia nunca me pareció un quehacer especial. Después de mucho tiempo comprendí que no era una actividad habitual, sino una manera de vivir, un oficio. Mucho antes de aprender a escribir garabateaba signos en un cuaderno de croquis; después leía esa escritura ideográfica asumiendo la forma de poemas inundados de onomatopeyas (así como al estilo de Maiakovski). Fui colaborador permanente del diario mural en mi escuela básica; allí entregué semanalmente mis primeros cuentos y crónicas. En el liceo gané algunos premios sin darle importancia.

Por fin, para llevarme la contra, estudié ingeniería y a las pocas semanas me encontré a mí mismo escribiendo un cuento fantástico, sentado de la última fila de un curso de cálculo diferencial con doscientos alumnos. En ese instante tomé conciencia de la vocación, pero siempre escribí, desde el principio.

2. ¿Para qué sirve la lectura?

Es un misterio enorme. Creo que lo fundamental es algo que se relaciona con el alma, el espíritu, la mente, la conciencia, como sea que se llame aquello que hace de nosotros personas y no cosas. Si sólo hiciéramos actividades estrictamente “útiles” (en el sentido más productivo y material de esta palabra; dándole la carga más neoliberal que resista) seríamos explicables, fácilmente reductibles a modelos sociológicos, como las colonias de hormigas, las manadas o los cardúmenes.
A mí la lectura me sirve para seguir viviendo; no podría lograrlo de otra forma. Es mi principal estrategia para ser feliz. Soy feliz, pleno, cuando leo y muy intensamente cuando escribo; la recompensa está asociada al acto mismo de escribir, no a sus eventuales efectos. Leer y escribir me producen un goce que nada tiene de hedonismo. Es una actividad, un trabajo que me hace feliz.

Si sirve para algo la lectura es para soñar, imaginar, pensar. Se relaciona con lo más decantado de la naturaleza humana, como otras manifestaciones del arte y de la ciencia. La creación está en el centro. No puede haber justificación mayor para la existencia que la creación de algo donde reside la semilla de la novedad.

3. ¿Con qué libro despertaría el amor de un adolescente a la lectura?

Con una variedad de libros capaces de tocarlos, con temáticas que se relacionen con su vida actual, con la coyuntura que los preocupe. Por ejemplo con microcuentos: cuentos muy cortos, cargados de imaginación y de lenguaje, historias ínfimas que los hagan soñar. Relatos rápidos, fugaces y profundos que se adecuan a su naturaleza de adolescentes en pleno cambio, insertos en un mundo de enorme dinamismo. O historias mágicas, literatura fantástica, por ejemplo EL HOMBRE ILUSTRADO o las CRONICAS MARCIANAS de Ray Bradbury; los inmejorables y escalofriantes cuentos de terror de H. P. Lovecraft; la antología de ciencia ficción chilena AÑOS LUZ que acaba de publicar Marcelo Novoa.

Sin duda cualquier adolescente debiera disfrutar la lectura de una novela maravillosa sobre esa edad como EL CAZADOR OCULTO de Salinger, y los cuentos de Charles Bukowski con el sabor de lo prohibido.

4. ¿Qué escena memorable de la literatura chilena recuerda usted?

Varias, más de una. Fernando Jerez mencionó una escena admirable: el momento en que el arriero Rubén Olmos afronta la fatalidad del destino en el bellísimo cuento LUCERO del rancagüino Óscar Castro. Agrego otras escenas memorables a la lista de honor. El final dramático del cuento EL PADRE de Olegario Lazo Baeza, enfrentado al desprecio de su hijo militar que se avergüenza de su condición de campesino pobre. El patético descenso a los infiernos de MÍSTER JARA, personaje del dominio de Gonzalo Drago, triste imitador de sus amos gringos en el mineral. El triunfo de la solidaridad humana en EL VASO DE LECHE de Manuel Rojas.

5. ¿Qué libro le regalaría a todos los estudiantes chilenos?

Para ser generoso, les regalaría una biblioteca selecta que despierte su amor eterno por la literatura. Algunos volúmenes sugeridos:

Una selección de poemas de Pablo Neruda, donde no pueden faltar algunos poemas: Walking Around, Tango del viudo, Poema XV, Poema XX, Explico algunas cosas.

Una buena selección de poetas chilenos que se les clave en el alma: Enrique Lihn, Jorge Teillier, Gonzalo Millán, Raúl Zurita, Pezoa Véliz, Óscar Hahn, Rolando Cárdenas, Gonzalo Rojas, Nicanor Parra, Manuel Silva Acevedo, Alberto Rubio, Rodrigo Lira, Juan Luis Martínez y más, porque es verdad es que tenemos grandes poetas en este pequeño país con vista al mar…

LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR de Mario Vargas Llosa para que aprendan que la buena literatura y la risa pueden caminar juntas. Cualquier libro de cuentos de Julio Cortázar (por ejemplo HISTORIAS DE CRONOPIOS Y FAMAS) y Jorge Luis Borges (por ejemplo EL ALEPH). El LLANO EN LLAMAS de Juan Rulfo para que toquen el cielo de la literatura.
Por último les regalaría CUENTOS EN DICTADURA, selección de relatos de autores chilenos escritos y publicados durante el régimen militar, para que vean las diversas dimensiones humanas de la tragedia que el país vivió, y exorcizar esos demonios para que jamás regresen.

6. Si fuera presidente de la república ¿qué medida tomaría a favor de las letras?

Propondría un “paquete de medidas” como tanto les gusta decir a los periodistas y los políticos:
  1. Otorgaría el Premio Nacional de Literatura en forma anual y por género: Novela, Cuento, Poesía, Ensayo.
  2. Le pediría a un grupo de escritores potentes que imaginaran la forma de motivar a los jóvenes a leer, y haría lo que ellos propongan.
  3. Enviaría escuadrones de escritores por todos los rincones del país a enseñarle a los alumnos de las escuelas por qué debe amarse la literatura tanto como a la vida. Nadie ama la lectura y la literatura como los escritores. Además es bueno darles trabajo a los escritores, pagarles por ello, porque es un oficio como cualquier otro.
  4. Cobraría muy barato para enviar libros por la empresa de Correos de Chile (desayúnense: hoy día es más caro enviar un libro como tal que enviar una carta de igual peso)
  5. Crearía un subsidio a la exportación de literatura chilena a través del fomento a las traducciones a lenguas extranjeras de obras que sean publicadas por editoriales de ultramar.
  6. Aumentaría las becas para escritores en cantidad y monto, para que puedan dedicarse efectivamente a escribir.
  7. Apoyaría las buenas iniciativas de difusión literaria en revistas, páginas web y otros medios, porque forman parte de la libertad de expresión que un estado moderno debe garantizar.
  8. Revisaría los programas de lectura de escuelas y liceos para limpiarlos de lugares comunes, de antiguallas y vestigios de censura.

7. ¿Qué poema interpreta sus sentimientos?

Me rebelo contra la intención exclusivista y unidimensional de la pregunta. Las posibles respuestas son infinitas, como la biblioteca de Borges. Cada día tiene una respuesta posible. Pero hay algunos que se me vienen a la memoria con ímpetu ahora que los estudiantes toman el centro de la atención con su estupendo movimiento: “Aullido” de Ginsberg. “La ciudad” de Gonzalo Millán.

“Autorretrato” de Nicanor Parra, unos pocos versos: “Observad estas manos / Y estas mejillas blancas de cadáver, / Estos escasos pelos que me quedan / ¡Estas negras arrugas infernales! / Sin embargo yo fui tal como ustedes / Joven, lleno de bellos ideales; Soñé fundiendo el cobre / Y limando las caras del diamante: /Aquí me tienen hoy / Detrás de este mesón inconfortable / Embrutecido por el sonsonete / De las quinientas horas semanales”.

Y un fragmento de Pablo Neruda, del Libro de las Preguntas: “Dónde está el niño que yo fui, / sigue adentro de mí o se fue? / Sabe que no lo quise nunca / y que tampoco me quería? / Por qué anduvimos tanto tiempo / creciendo para separarnos / Por qué no morimos los dos / cuando mi infancia se murió? / Y si el alma se me cayó / por qué me sigue el esqueleto?”.

8. Si usted fuera un torturador literario ¿que autor obligaría a su víctima a leer y releer sin fin?

Supongamos que alguien tuviese méritos para merecer una tortura de esta clase: blanca, suave, sutil, incomparable al horror vivido en la dictadura militar. Pensemos en que fuera algunos de aquellos torturadores reales, uno de esos monstruos incomprensibles. O uno de aquellos que impartían las órdenes de la tortura. Como me cuesta creer que no haya siquiera un vestigio de humanidad en esos seres, en un primer año los haría leer los testimonios de la tortura, las obras de los escritores asesinados y perseguidos. Si no hay emoción, si no surge el arrepentimiento, les daría a elegir entre la Guía Telefónica y las obras completas de Paulo Coelho.

9. Confeccione un menú literario: entrada, plato principal y postre

Entrada: un picoteo de poesía universal: Whitman, Miguel Hernández, Esenin, Maiakovski, García Lorca, Neruda, Prevért, César Vallejo, grandes viejos maravillosos y entrañables.

Plato de fondo: “Las mil y una noches”

Postre: “El club de los parricidas” de Ambrose Bierce



10. ¿Qué libro le ha excitado?


Si la intencionalidad de la pregunta es erótica, hay una respuesta primigenia: LAS MIL Y UNA NOCHES. A la altura de la docena de años llegó a mis manos temblorosas una buena edición –quiero decir una edición no pacata– de Las Mil y una Noches, frente a cuyos encantos caí embelesado, embrujado por la fábula de un mundo donde convivían magos, princesas de formas opulentas, ogros brutales, aves gigantescas y demonios carniceros, héroes indomables y hermosos. Me prosterné tempranamente ante ese libro maravilloso donde la sensualidad emergía a cada paso, en una mezcla extraña de realidad y fantasía, magia y materialidad, lucha por la supervivencia y goce carnal. El erotismo es por esencia inteligencia aplicada al cuerpo, y no simple carnalidad desatada; el erotismo sobre todo reside en la imaginación, en la búsqueda de lo nuevo, en la sorpresa más que en el rito. Eso me enseñó ese libro, antes de tiempo en opinión de mis padres que lo requisaron sin explicaciones, obligándome a desarrollar mi primera rebelión y a adoptar mi primer clandestinaje. Mis primeros sueños sexuales fueron con Scherazade, a quien imaginaba como una morena de ojos almendrados, senos despampanantes de aguzados pezones, labios eternamente húmedos, piernas largas y bien formadas, piel suave y tibia, y vulva ansiosa de recibirme a mí y a mis propias historias.

11. A su juicio ¿cuál es la mejor obra literaria adaptada por el cine?

Creo que “Blade Runner” de Ridley Scott va más allá de lo que P. K. Dick puso en su célebre libro –un clásico de la ciencia ficción moderna- “Sueñan las ovejas eléctricas con androides”. Es una película de una estética maravillosa en la fotografía, la actuación, la escenografía; impecable, sugerente, difícil de superar.

12. ¿Qué pregunta agregaría a esta lista?


Una pregunta para el desocupado lector de esta entrevista: ¿Qué leerás mañana?

02 junio, 2006

Literatura y contingencia

Un microcuento: Manifestación

El muchacho es delgado, pálido, ojeroso, casi quebradizo de tan espigado. Si un ventarrón despegara en ese momento se iría al cielo convertido en cometa. En cambio el policía que lo vigila es gigantesco y robusto, rebosa salud a través de sus mejillas coloradas. El muchacho vocifera refugiado a medias tras un lienzo que contiene sus demandas escritas con letra temblorosa. La masa de jóvenes vibra ante el monstruo verde enarbolando cascos, escudos y cachiporras. Viene la carga inevitable, las bombas, las pedradas, las molotov describiendo parábolas de fuego. El policía se abalanza sobre el muchacho, lo derriba, cae sobre él con su corpachón de toro, lo abraza mientras recibe patadas y pisotones. El muchacho se rebela y chilla desesperado. El policía lo moja con sus lágrimas, le besa la frente y continúa protegiéndolo con su corpachón de toro.

15 mayo, 2006

Premio Nacional, al ataque

Una vez más el ambiente de las letras se remece debido a la proximidad de la elección del Premio Nacional de Literatura. Las candidaturas se levantan y comienzan a saltar chispas, se alza la polémica. Así será hasta una semana después de la premiación, cuando sobrevenga el largo espacio silente que se extenderá por otros dos años. Mientras tanto habrá razones para dar un “flavour” farandulesco al ambiente literario chilensis. Y una dosis fuerte de provincianismo.

La competencia despiadada a la que ha llevado el sistema de otorgamiento del Premio, se erige muy por encima del natural imperio de las pretensiones personales que resulta esperable. El reglamento exige la presentación de “candidaturas” con los correspondientes respaldos de instituciones y personas. Así se forman bandos, comandos y tropas de activistas. Toda renuencia es calificada como desviación, ataque o intento de protagonismo. Así puede tildarse a tal o cual de ejercer abominables prejuicios o de tratar de llamar la atención con sus opiniones disidentes. Como si el Premio Nacional –cualquier premio- hubiese sido creado para entregarlo al candidato de la preferencia, en función de los criterios enunciados.

En otras épocas era un jurado ilustrado –compuesto básicamente por escritores y estudiosos de la literatura nacional- quien decidía, con prescindencia de cualquier tipo de candidatura oficial, en función de los méritos de la obra, quienes podían ser merecedores del galardón y después de intensas (y normales) discusiones llegaban a un acuerdo. Este hecho ha sido relegado al olvido, igual que la premiación anual (no cada dos años como ahora).

Con excepción del periodo de la dictadura militar, los Premios Nacionales casi siempre se dieron a escritores con largueza de méritos, que suelen ser más que los premios disponibles. La lista de los premiables no galardonados es tan extensa como aquella donde figuran los laureados. El otorgamiento del Premio cada dos años no hace más que ahondar esta brecha.

Insisto en proclamar –como lo he hecho antes- que en nuestro pequeño país los estímulos para la creación literaria son menguados y cualitativamente pobres, reducidos en lo que se refiere a rango, variedad y alcance. Lo cual no implica reconocer los esfuerzos realizados principalmente por el Consejo del Libro en cuanto a premios, becas y concursos de proyectos. Estamos lejos de ostentar un estado satisfactorio a este respecto, a pesar de la constancia de múltiples logros de autores chilenos fuera del país (que debe considerarse una exportación no tradicional de altísimo valor agregado, puesto que se trata de talento químicamente puro; por ende altamente deseable, aunque no exista ningún incentivo asociado)

Las discusiones que se basan en distinción de géneros (literarios y sexuales), en filiaciones políticas y sociológicas, a favor en contra de alguna de estas categorías, me parecen ociosas y engañosas. El mérito de la obra es el único criterio a discutir en una mesa ilustrada, donde no pueden pesar las cantidades de adherentes ni el peso específico de éstos. Mérito por cierto subjetivo y discutible, ¡qué duda puede caber!, el tiempo (inexorable e implacable) se hace cargo de revelar esta clase de errores y aciertos.

Un país debiera ser algo más que una amorfa suma de individualidades hipertrofiadas. Mientras tanto se ejecutan las campañas de rigor y se yerguen las candidaturas lustres, debiéramos pensar en cómo reconocer tanto talento literario que se manifiesta. Buscar formas nuevas. Alentar a jóvenes y viejos escritores, hombres y mujeres, donde sea que se encuentre. Desterrar el olvido y la soberbia. Estimular el desarrollo de la creatividad y el goce de la lectura. Si un país tiene buenos escritores, se hará cargo de leerlos. Mientras más y mejores escritores tengamos, más ganaremos en lo colectivo.

14 mayo, 2006

Que despierte el leñador

Remembranza de Juvencio Valle


Siempre he sentido que el escritor, y sobre todos los poetas (y no sé muy bien cómo justificar esta intuición), deben vivir en el silencio, en esa zona intermedia entre la luz y la oscuridad, entre la compañía y la soledad, en el interregno donde la lucidez ahuyenta al pragmatismo superficial como si fuese una hiena hambrienta. Y ahora concluyo que quizás esta idea me viene de Juvencio, de esos recuerdos que provienen de las zonas más remotas de la infancia, y que se han afincado tan hondamente en nuestras conciencias que ya resulta difícil volver a descubrir la trayectoria del razonamiento en que se sustentan; imposibles de abandonar porque ya forman parte de nuestra biología humana. Mi sospecha es que Juvencio – en ese entonces el tío Juvencio, el viejo y entrañable amigo de mi padre - se introdujo en mi alma de una manera subrepticia y tenue, de la misma forma en que la poesía penetra al lector sensible, así como sus versos impregnados de follaje, de hierbas, de sueños selváticos, de sabiduría de bosques, cautivaban a quien se entregara a su lectura sin otro afán que ingresar a un mundo donde las únicas monedas aceptables son el lenguaje y la belleza.

Embajador de un mundo paralelo al nuestro, similar pero al mismo tiempo radicalmente opuesto, era Juvencio Valle, así como otros personajes que pueblan la galería de los recuerdos de mi niñez: Pablo Neruda, Rubén Azócar, Homero Arce, Delia del Carril, Gonzalo Drago, Nicasio Tangol, entre otros. Todos ellos embajadores de un reino tan próximo como lejano, tan distante del nuestro como seamos capaces de acercarlo, un mundo donde la utopía se ha hecho realidad. No es un planeta perfecto a la usanza de nuestras creencias occidentales y cristianas, es un territorio donde más bien impera lo dionisíaco, pero donde impera la ley del más sabio, del más alegre, del más humano, del más libre, del más respetuoso, del más sencillo. De ese mundo, Juvencio Valle me parece – hoy que hago esta reflexión – que era el más exacto embajador: lector eximio y voraz, soñador empedernido, terrenal bebedor de los efluvios de la vida, dispuesto en todo instante a que la sonrisa de un niño travieso aflorara a sus labios, labriego de vocación, conversador infinito y fascinante, predicador de las bondades de su tierra lejana de la cual ha sido exiliado en esta labor diplomática incomprensible.

No hay un equivalente a Juvencio Valle en nuestra poesía chilena, es un único roble gigantesco, afianzado en sólidas raíces, y coronado con toda justicia con el Premio Nacional de Literatura en 1966, el que fue precedido de numerosos reconocimientos. Libros como Tratado del Bosque (1932), Nimbo de Piedra (1941), El Hijo del Guardabosque (1951), Del Monte en la Ladera (1960), Estación al Atardecer (1971), por nombras sólo algunos, son obras de un poeta mayor que no requiere de estridencias para imponer su estética, impregnada de un lirismo extraordinario y de un excepcional manejo del lenguaje. En el prólogo a la Antología de Juvencio Valle (1966) elaborada por el escritor Alfonso Calderón, también justamente galardonado con el Premio Nacional de Literatura el año pasado, anota el erudito antologador: “La habilidad de Juvencio Valle consiste en hacer coexistir una nota exótica, procedente de una intemporal mitología, con lo vernáculo, manteniéndose en el nivel de un mesurado romanticismo, avaro de quejas, parvo en las imprecaciones”. Juvencio Valle vendría a ser el precursor poético de los ecologistas, el adalid de la admiración de la defensa de nuestros bosques y hierbas y flores, sin que ostentara más arma que el verso

Las lecturas juveniles que fueron disminuyendo mi indocumentación me hicieron establecer una relación de su poesía campestre con la de Miguel Hernández, el gran poeta español, el que escapaba de las cantinas para recoger hierbas en las afueras de la ciudad, y regresaba a las horas, embriagado de sus aromas, con las manos llenas de manojos que acariciaba como tesoros sublimes. Después descubrí que se habían conocido en la guerra civil, Juvencio me refirió esta costumbre de su hermano Miguel, así como la separación y la pérdida dolorosa, su última aventura juntos. Y hablamos también de Alberti, de León Felipe, de Aleixandre, de Altolaguirre, de García Lorca, en sesiones de vino tinto y de evocaciones que me enseñaron lo que la academia no es capaz de transmitir.

En la época del gran dolor y la gran oscuridad, cuando el terror y la muerte gobernaban con implacables charreteras, el silencioso poeta de la selva del Sur abandonó los límites de su casa de las hierbas y las flores en Eliecer Parada (un perfecto refugio para las únicas labores que un auténtico escritor añora: la lectura y la escritura), y con más de setenta años a cuestas (por más bien llevados que fueran), y sin más escudo que los miles de libros leídos y los miles de versos escritos, salió a las calles ocupadas, con mi padre, Diego Muñoz, y con otros luchadores altivos a proclamar, con una irracional valentía, desafiando a los sangrientos talaveras, que la dignidad aquí no se había acabado, que aquí estaban los embajadores de ese mundo que soñamos y que habrá de imponerse sobre toda atrocidad. Así, ante la expectación de todo el mundo y el silencio de la censura local, ayunaron en una iglesia junto a las madres y esposas de los que habían desaparecido por obra del horror fascista. La Parca no se atrevió a tomar sus vidas: los amenazó con tormentos, los vigiló, escuchó sus conversaciones, cortó los cables de energía de sus micrófonos, pero nada, no pudo doblegar a esos tiernos y firmes hombres hechos de pellín y de alerce, fraguados bajo la interminable lluvia del Sur, con los ojos llenos de cielo y océano interminable.

Nacido con el fin del siglo XIX, Juvencio Valle nos abandonó en las postrimerías de del siglo XX. Concluyo que de alguna manera imposible de revelar para nosotros, porque de existir lo divino ha de estarnos vedado y de ser inextricable para la inteligencia humana, habrá al fin regresado a ese mundo de donde proviene, y se habrá reunido con sus hermanos. Allí hablarán de lluvia, de libros, de sueños, de derrotas, y se reirán del éxito falso y de la precariedad del pragmatismo y del poder. Confío también, Juvencio, en que intercedas por nosotros para no quedar aquí olvidados, ciegos, solos, mudos en esta tierra, y que vengan nuevos embajadores a prodigarnos vuestra luz, vuestra humildad, vuestra sabiduría. Para la espera, contamos con el refugio del follaje de tus libros, y con esa hermosa frase que solías pronunciar: “Todos los días despierto pensando que estoy empezando a vivir”.

08 abril, 2006

A propósito de buenas películas

Buenas noches y buena suerte

Hace unos pocos días fui a ver esta estupenda película dirigida por George Clooney. Se las recomiendo sin reservas. Filmada en blanco y negro, con magnífica fotografía y actuaciones sobresalientes, exenta de cualquier grandilocuencia, y con una banda musical de excepción. Sin perjuicio de estos y otros méritos sobresalientes, como la calidad del guión, la trama jamás deja de inquietarnos, al modo de un thriller, pero utilizando materiales propios del mundo de la política: los oscuros manejos del poder, el manejo de los medios de comunicación (y por ende de las conciencias) por parte de los grandes consorcios. Un tema de absoluta actualidad. Y un goce para los sentidos: actuaciones magníficas, dirección impecable, imágenes atractivas (el retro del blanco y negro tiene potentes efectos expresivos los cuales vale la pena poner atención).

La historia es simple. Un personaje especial la enhebra: el renovador periodista Ed Murrow, cuya fama proviene de sus reportajes de la Segunda Guerra Mundial. Transmitía directamente en onda corta desde el frente y su voz se convirtió en un icono de verdad, bravura y humanismo. Su potencia renovadora lo llevó a convertirse en un forjador de la televisión en sus propios inicios. Allí destacaron sus esfuerzos por plasmar sus ideales en pro de la libertad de expresión. De ese modo llegó a enfrentarse al temido senador Joseph McCarthy, adalid del fascismo norteamericano, fanático perseguidor de comunistas que ensombreció la posguerra en Estados Unidos.

Murrow trabajó en el programa See it now de la CBS desde 1951 a 1957. Allí se desarrolla la acción, cuando Murrow y su equipo deciden enfrentar la maquinaria montada por MacCarthy para perseguir a los presuntos comunistas y sus colaboradores por doquiera, a costa de lo que fuese: intriga, montajes, ejercicio del terror, presiones de todo tipo. Se requerían agallas para hacer frente a esos nuevos inquisidores, alimentados por la ultraderecha y toda clase de sponsors ligados al poder. Este es el episodio que aborda la película y no cuento más para que vayan a ver Good nigh and good luck, la clásica fórmula de cierre del programa que Murrow hizo famosa.

La película propone un tema candente para la actualidad chilena y por cierto mundial: la forma en que los medios de comunicación, y en especial la televisión, han ido convirtiéndose en algo muy distinto a lo que la teoría de la libertad de expresión establece. Esto por obra y gracia del predominio de los intereses de grandes empresas que son quienes financian la televisión (o cualquier medio) a través de la publicidad. ¿Cómo ignorar los efectos de una noticia que afecte negativamente a una persona o entidad ligada a quienes financian el funcionamiento del canal? Las intrincadas redes donde se teje el poder hacen aún más complicado el cálculo de tales impactos.

¿Cómo estar tranquilos y confiados en el futuro en un país democrático si es que los principales medios de comunicación están en manos de grandes consorcios o bien dependen de éstos para subsistir? La libertad de expresión no puede reducirse simplemente a que nadie sufra represión por decir lo que piensa, como ocurrió durante la dictadura; es imprescindible garantizar, asegurar por todos los medios posibles, el imperio del pluralismo, espacio a las diversas opiniones. De esto habla Ed Murrow en el inquietante discurso que pronuncia hacia el final del excelente film. Verlo y reflexionar sobre sus proyecciones es algo que recomiendo sin reservas.

24 marzo, 2006

Cumpliendo cincuenta años

(esto es lo que dije el sábado 18 de marzo de 2005 a los amigos que me acompañaron en este trance una tarde de sábado en Michoacán, la casa donde Delia del Carril vivió más allá de los cien años)

Los cumpleaños tienen esa cualidad implacable de ir sucediéndose sin consideración alguna hacia el depositario de la cifra resultante del inventario. Cincuenta ciclos en torno a esa estrella que nos regala la vida es un guarismo respetable, pero me temo que todavía exiguo. Algunos respaldarán con entusiasmo estas reflexiones, aquellos que me llevan la delantera, y otros sonreirán melifluamente, para sus adentros, pensando que medio siglo no deja ser lo que es: una montonera de años. Sospecho que la ha de ser proporcional a aquella distante dimensión de la vida que tan equivocadamente denominamos juventud. Como si la juventud fuera un atributo de la cortedad de los años.

¿Adónde irá Diego con estas reflexiones tan indignas y lamentables? se preguntarán algunos. Quizás hubiera sido mejor que se quedara calladito con su medio siglo, discreto, compuesto, decoroso, bajo perfil diría un político avezado. A lo mejor así pasaba piola, pero no, vamos produciendo ruido. Es que me siento muy orgulloso de mis cincuenta años, de cada uno de ellos, cero rollo. Aunque eso implique una renuncia terrible al ideario que abracé a fines de los añorados sesenta, cuando las calles de París ardieron de barricadas iluminadas por nuevas ideas de libertad. Entonces aprendimos a desconfiar de todo aquel que se empinara demasiado en la veintena, pues la edad era un indicativo de asimilación al sistema, de renuncia a los ideales, de acomodo. Quizás había razón en ello, pero como traspuse con mucho la edad límite, tuve que buscar una justificación. Igual que buena parte de la humanidad.

Mas tengo que confesarles con una extraña mezcla de vergüenza y soberbia que no me siento muy distinto de ese lejano chascón adolescente que apenas empinado sobre la docena de años tamborileaba ritmos de Carlos Santana en su pupitre del liceo, leía el diario del Ché para llorar de rabia e imaginar mundos mejores. El mismo que apenas entendía una pendeja palabra de los libros de Marcuse y Sartre, que estaban de moda. El que estudiaba materialismo dialéctico con el texto de Otto Kussinen y materialismo histórico con el manual de Marta Harnecker, una revolucionaria que además tenía buenas piernas. Así deben haber sido la Natalia Krupskaia y la Rosa Luxemburgo con toda seguridad. El mismo que tomaba pisco a pico de botella en las noches de fogata, el que pintaba el nombre de Allende por las calles de Santiago con la Ramona Parra, el que encendía un pitillo para disfrutar más la guitarra de Hendrix o la de Jim Morrison, el que con infinita paciencia esperaba los lentos en las fiestas para prenderse de la Dulcinea de turno.

¡Puta madre!, si es cierto que soy el mismo, significa que algo así como treinta y ocho años han pasado en balde. Esa sería la conclusión. Es verdad, en esencia soy el mismo de entonces. Un adulto es un niño inflado por la edad, aseveraba visionariamente Simone de Beauvoir. El mismo, con algunas diferencias, claro está, a la vista algunas, canas, kilos, arrugas, esa clase de evidencia. Otro ejemplo: los anteojos. De pronto los impresores se pusieron idiotas y comenzaron a utilizar unas letras minúsculas, ilegibles, borrosas para las tarjetas de visitas. El voltaje de la red eléctrica disminuyó a niveles intolerables y una ampolleta de cien watts terminó por iluminar como un pálido candelabro. Y más encima mis brazos se acortaron, se convirtieron en tentáculos, mínimos apéndices incapaces de alejar los textos a la distancia requerida para leerlos. Entonces se me ocurrió ir al oculista y de allí salí con estos artefactos. Y otras cositas, para qué vamos a mencionarlas. Hay que preservar la dignidad en algún grado. Se dice que después de los cuarenta si te despiertas y no te duele nada, es que estás muerto.

Años atrás, sin quererlo, torturaba a Alexis, mi compañera, dudando que pudiera trasponer la extrema barrera de los 35. Muy pronto extendí el plazo hasta los 40, porque el tiempo –como sabemos- corre a una velocidad extraordinaria. Después mejor me quedé callado, dejé de realizar vaticinios de esta especie. Ahora con gigantesca desvergüenza, me apresto a vivir otros cincuenta años. ¡Qué voltereta! Pobre Alexis, ahora la angustia de aquellos primeros vaticinios se irá trocando en terror y en desesperanza.

No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague. Ya ven que es cierto. El plazo se cumplió, aquí estoy (estamos podría decir, al que le venga el sayo que se le ponga). Este es el regalo que quise hacerme yo mismo, estar una tarde con la gente que más quiero. Algunos en apariencia faltan, fueron partiendo en el camino, pero como los recuerdo con el mismo amor de siempre, están aquí. Otros andan por el mundo, a miles de kilómetros, pero siempre nos mandamos trocitos de corazón por mail o por teléfono, así que bienvenidos. Y ustedes, mis seres queridos fundamentales, madre, esposa, hijos, amigas, amigos. Gracias por todo lo que les debo. Sobre todo si se tratara de dinero, porque les advierto que no pienso devolvérselos, pierdan de una vez por todas las esperanzas. Pero hay la verdadera deuda, aquella que reconozco por sobre cualquier otra. Hablo de la deuda mutua que resulta del ejercicio del tiempo compartido, y se integra de cariño, de trabajo conjunto, de momentos gratos y difíciles: locura, peligro, pesar, miedo, arrojo, risa, borrachera, reposo, delirio, cuidado, respeto, apoyo, sueños, utopías. Todo eso me lo han regalado ustedes, por eso las ganas de verlos, de abrazarlos y decirles lo mucho que los quiero.

Los quiero porque siguen siendo ustedes, porque no se dejan arrastrar por la vorágine, porque NO renuncian a los sueños y resisten. Soñar es resistir. Leer es resistir. Pensar con autonomía es resistir. Escribir es resistir. Juntarse y solidarizar es resistir. Querer a los demás es resistir. En esta casa vivió Delia del Carril, la Hormiguita, que fue joven hasta después de los cien años. Sus ojos brillaban de amor, de luz, de juventud, de rebeldía. Y por eso me atrevo a pedirles esto, aunque les deba tantísimo. Nunca dejen ser quienes son. Esfuércense, síganse esforzando. Jamás traicionen al niño y al adolescente que llevan dentro. El fuego interior. El alma. La imaginación. El buen humor. La insurrección. Como quiera que se llame esa maravilla que tienen dentro. Reforcémosla ahora a la usanza de los antiguos griegos, escanciando una copa de vino para brindar por el milagro de la vida. Gracias por haberme acompañado siempre.

03 marzo, 2006

Drácula