26 agosto, 2011

Encuentros mágicos


Harry el Sucio bebe una cerveza tras liquidar a dos mafiosos del Barrio Chino. Escogió un tugurio maloliente donde los parroquianos acogen con desconfianza su indumentaria de oficinista. Al fin entra arrastrando los pies el enorme Henry Chinaski, con la panza al aire gracias al estallido de los botones de su arrugada camisa. Se sienta al frente y le regala una sonrisa brutal, medio desdentada.

-Hiedes como un bisonte con resaca, cabrón –le espeta Harry y se empina la botella- ¿quieres una cerveza?

-No me jodas –replica Chinaski-, tú hueles a cerdo oriental. Más bien como a un par de marranos fritos.

-¿Ya supiste? ¿Cómo tan rápido? Tienes buenos informantes, Henry –alza la mano levantando dos dedos, uno por cada cerveza helada.

-Vamos, vamos, déjate de pendejadas, Harry, no hagas tu personaje. Aquí estamos entre amigos.

Henry le dirige un guantazo el pecho y Harry le devuelve una sonora cachetada. Se abrazan. Se emborrachan. Se cuentan sus desventuras. Cuando no queda nadie más que ellos en el tugurio, lloran por sus amores perdidos. Y se guardan el secreto.

21 agosto, 2011

Mau


Lo encontré en un tortuoso callejón en los cerros de Valparaíso, caminando sin rumbo, igual que yo. Clavó sus ojos azules –única discontinuidad en el azabache de su cuerpo felino- en los míos y lanzó un plañidero maaaaau. Eso es, mau, no miau, como afirman mis hijos en acuerdo con la mayoría de las personas. Ergo, el gato negro me otorgaba la razón. Constituía la prueba que había buscado con ansiedad largos años. Le prodigué caricias y se restregó contra mi pantalón con felicidad indescriptible. Repitió muchas veces –como si deseara vivamente complacerme- su consabido mau. Así fue bautizado en aquel instante. Mau. Cuando lo invité a seguirme, se irguió en sus dos patas traseras, con la cola describiendo un arco en forma de C acostada, y se pudo a caminar a mi lado tal y cual haría una persona. Ahí descubrí que Mau era un gato muy extravagante.

Ahora Mau vive en nuestra casa. Ha aprendido muchas cosas. Por ejemplo, sabe preparar y servir una variedad de tragos, simples y complejos. Los trae bien equilibrados en una bandeja metálica. Sirve con gracia y elegancia, como buen gato que es, siempre bien garboso y derecho. Se sienta a leerme el diario mientras dormito; sabe el tipo de noticias que debe saltarse así como las que debe resumir. De vez en cuando se echa un trago de Martini, que es el único licor que acepta. Es un poco gangoso y tiende a arrastrar las palabras, sobre todo cuando se junta la “m” con alguna vocal. Ah, se me olvidaba; mis hijos han tratado de enseñarle a decir miau, pero no puede. Invariablemente dice mau o maaaau. Íntimamente, yo creo que persiste por cariño. Nada más.

18 agosto, 2011

Historias de amor 2

Le regalo un pendiente y aclaro que es un vestido. Ella se ríe y me obsequia una intensa mirada. Estoy totalmente desarmado. Desamparado. Me abraza, me besa, dice que se ha apoderado de mí. Y es cierto. Como si ella fuese una entomóloga y yo un extraño escarabajo. Como si yo fuera Chuang Tzu y ella la mariposa que sueño ser. Como si ella fuese todo lo que quise ser y no soy, lo que me falta desde siempre. Como si yo no hubiese sido antes el que soy ahora. Como si hubiera caído de golpe en un mundo distinto y nuevo.

08 agosto, 2011

El lavavajillas

Alguien introdujo la idea dentro de su duro cráneo, ya no recordaba quién. Su esposa quizás, pero no estaba seguro. Tampoco importaba. Ahora estaba solo, frente a la caja recién abierta, procurando armar el artilugio según las instrucciones del catálogo. Trabajó por horas, sin descanso. Enchufó el resultado de sus esfuerzos a la red eléctrica y a la de agua. Presionó el botón verde y un inteligente ojo escarlata se encendió en la parte superior del artefacto. Abrió la puerta de cristal y colocó dentro la vajilla sucia. Un plato se atascó, lo tironeó, pero se trabó más aún. El chorro de agua hirviente le arrancó un chillido. Metió la otra mano para zafar la que tenía atrapada. El ojo carmesí brilló con furia. Ahora estaba doblemente atrapado. El engendro comenzó a trepidar arrastrándolo hacia su interior. El funcionamiento de la máquina alcanzó dimensiones horrísonas que tapaban sus aullidos. Al final sobrevino el silencio, apenas interrumpido por un borboteo similar a una risa ahogada.

 
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