30 agosto, 2006

Escritores en Resistencia

Palabras de despedida a nombre de la delegación de escritores chilenos en el XI Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Argentina, Agosto 2006

Autoridades presentes, amigas y amigos:

Como muchos de ustedes, en las postrimerías de la década de los sesenta, iluminado por el fulgor de las marchas de mayo en París, con la música de fondo de Carlos Santana, Jimmy Hendrix y los Beatles, me dedicaba a imaginar el mundo del futuro y me parecía que indefectiblemente el distante siglo XXI sería una especie de Shangri-Lá. Allí confluirían una mezcla entre revolución y hipismo, una mixtura sincrética entre anarquismo y ordenada voluntad de transformación, fe y actitud herética se conjugarían en un equilibrio realista e imposible.

Discernía en aquella época, con auxilio de lecturas asistemáticas de Sartre y Marcuse, alentado por las esperanzas utópicas y también por las primeras libaciones alcohólicas, que el remoto año 2000 constituiría un punto de inflexión en la historia. Me aterrorizaba pensar que en aquel hipotético futuro me empinaría bastantes años por sobre la cuarentena, una edad poco fiable, próxima a los avatares de la felicidad senil y su estado de complacencia permanente. Por esa fecha ya me habría transmutado en un conservador de tomo y lomo, digno sólo de ser defenestrado por las nuevas generaciones. En aquellos sueños veíamos flores, armonía, solidaridad, arte, cultura, conocimiento por doquiera. Por sobre todo encontrábamos libertad, libertad de pensar, reír, imaginar, hacer el amor, beber, escribir. El capítulo más oscuro de nuestra historia –la dictadura militar- habría de hacerse cargo de estos sueños en los años siguientes.

Nos quedamos encerrados en la Naranja Mecánica, con los ojos desorbitadamente abiertos, sostenidos por garras metálicas que nos obligaban a ver una y otra vez las hogueras de libros en las cuales se pretendía incinerar el pensamiento y los anhelos de varias generaciones. Y muy pronto fuimos obligados a presenciar una larguísima lista de atrocidades sin nombre.
No obstante, somos herederos de esos sueños obstinados: acercar la literatura a todos ustedes, a los que están aquí y a los que no están, esto es, a nosotros, a todos nosotros que al fin y al cabo constituimos un pueblo. Somos seguidores de Sísifo, pero no tenemos la sensación de estar cumpliendo un castigo. El placer reside en el desafío de arrastrar una y otra vez la piedra hasta la cumbre, en buscar nuevos puentes entre el lector y el autor, en inventar nuevas formas de relación más directas y atractivas.

Mucha agua ha pasado bajo el puente. No creemos en utopías a salto de mata. Construir una mejor sociedad es un acto que excede la simple voluntad y los meros deseos. La historia enseña que la materialización de ese anhelo entraña una complejidad enorme. Pero podemos exigirnos nosotros mismos un comportamiento activo de personas imaginativas, capaces de soñar futuros posibles donde se concilien libertad y cultura, solidaridad y desarrollo, equidad y competencia, progreso y reflexión. Hay algo que cada uno de nosotros puede hacer, aunque poco quede de aquellos adolescentes alucinados que temían perder la rebeldía.

Creo que a pesar de las canas, de las marcas de sabiduría que nos surcan la piel, de esos kilos de más que llevamos cuestas, no nos hemos transformado en esos férreos guardianes del orden y del status quo que poblaron nuestras pesadillas adolescentes. Todavía aquellos sueños de libertad están vigentes, se erigen sobre la uniformidad gris, sobre la inercia de una mole social que privilegia el economicismo y se impone con una vitalidad tan contundente como ciega, exenta de visiones oníricas, ajena al ejercicio de la imaginación artística, afincada en el más acendrado, ambicioso y destructivo pragmatismo.

Hace siete años, en agosto de 1999, tuve el honor de representar a Chile en el IV Foro por el Fomento del Libro y la Lectura organizado por la Fundación Mempo Giardinelli. Y aquí estoy nuevamente, integrando una amplia delegación de escritores chilenos, probablemente la más numerosa y heterogénea que haya viajado hasta Argentina en varias décadas. Es una especie de milagro que resulta del hermanamiento realizado el año 2002 entre la Fundación Mempo Giardinelli y la Corporación Letras de Chile. EL IV Foro en Resistencia fue una experiencia maravillosa y decisiva para mí en muchos aspectos.

Lejos de las urbes postmodernas plenas de luces, plásticos y arquitecturas desafiantes, cercana a la imagen lárica de los pueblos perdidos en el sur del mundo, donde el tiempo transcurre con lentitud y da espacio para todo, Resistencia es una ciudad subyugante, cálida, austera y espaciosa que se permite acoger anualmente este milagro sobrecogedor. Un milagro que consiste en congregar por espacio de tres días a centenares de personas unidas en torno a la literatura.

En el Chaco ocurren milagros. Aquí existe un equipo de fútbol llamado Chaco Forever, que perfectamente podría ser el lema de este Foro. Aquí los visitantes extranjeros nos iluminamos con la luz azul que desprenden las flores de esos árboles increíbles cuyo nombre lánguido aprendimos a deslizar por entre los labios como un susurro, lapachos: palabra sagrada de este mundo chaqueño. En Resistencia las patas de buey son flores, igual que los chivatos. Aquí, hay que decirlo, muchos escritores hemos alcanzado el sueño de estar frente a centenares de personas dispuestas a escuchar la palabra con devoción, con inteligencia, a veces incluso con delirio, es sin duda un hecho extraordinario.

Luchar contra la ignorancia y la incultura, promover la lectura, dar a conocer lo mejor de la literatura latinoamericana, incentivar la creación y la imaginación, todas estas tareas constituyen una utopía posible. Cito a Mempo Giardinelli: “Como trabajo cultural por antonomasia, el de la lectura es un acto de resistencia. Yo me enorgullezco de que esta resistencia se lleve a cabo en esta ciudad. Como para hacerle, además, honor a su nombre”.
Mempo Giardinelli ha dicho más de una vez que la idea del Foro proviene de un Encuentro realizado en Santiago de Chile en noviembre de 1995, en el cual tuvo la gentileza de acompañarnos. Pues bien, ahora que reconocer que la idea de crear Letras de Chile se alentó decisivamente en las primeras versiones del Foro, y eso viene a demostrar que nuestros quehaceres están coordinados desde antes del hermanamiento, por sobre esta cordillera que nos une.

A mis compañeras escritoras chilenas, a los compañeros poetas y narradores chilenos me atrevo a pedirles aquí en Resistencia, al borde de la partida, que renovemos el mismo empeño que nos trajo hasta acá, que lo incrementemos y lo hagamos gigante. Y se los pido también a todos ustedes, junto con darles las gracias a los anfitriones por esta acogida maravillosa que nos han dado, impregnada de aquella solidaridad y generosidad que recogen lo mejor del espíritu humano y lo conducen a su expresión más alta.


Diego Muñoz Valenzuela

24 agosto, 2006

XI Foro Internacional por el Fomento del Libro, Chaco, Argentina, Agosto 2006



La delegación de escritores chilenos en el XI Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura en Resistencia (Chaco Argentino), de izquierda a derecha: Cristián Cottet (poeta), Miguel de Loyola (narrador y crítico), Lilian Elphick (narradora), Virginia Vidal (narradora y periodista), Jaime Valdivieso (poeta y narrador), Diego Muñoz Valenzuela (narrador), Fernando Jerez (narrador), José Osorio (poeta), Alejandra Basualto (poeta y narradora), Pía Barros (narradora), Max Valdés (narrador).

El cuento y la promoción de la lectura

Ponencia presentada en el XI Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, Resistencia, Argentina, Agosto 2006

Diego Muñoz Valenzuela


El cuento una magia que se escapa

Después de publicar cuatro libros de cuentos y escribir otros dos inéditos y a la caza de editor, el mecanismo de su escritura sigue –por fortuna- pareciéndome enigmático. Esta es la razón que me lleva a efectuar periódicamente un acto que a primera vista podría calificarse de descabellado. A los alumnos de mis talleres en la primera sesión les advierto que no pretendo enseñarles nada, que quiero aprender de ellos algo que me ayude a descifrar su estructura inaprensible, resistente a cualquier tipo de canon. Así no sólo logro dimensionar las expectativas de los talleristas, sino que también logramos (recalco el plural) tomar el asunto como un juego, una búsqueda conjunta, por cierto más entretenida, dinámica y democrática.

El cuento tiene esa clase de magia que escapa a las axiomáticas y las recetas. No hay postulado que valga: todos se derrumban a poco andar con algún ejemplo. Así se confirma la vigencia del género y su poder potencial para cautivar a nuevos lectores y en particular a los adolescentes. La extensión del cuento es propicia para un joven que debe escoger entre una variada gama de entretenciones que suelen tener a salto de mata o hasta más cerca: televisión abierta, vídeos, televisión por cable, internet, juegos electrónicos, música envasada, recitales, atractivas revistas, baile, romance, sexo, en fin. La lista es larga y la pretensión es alta: lograr un espacio importante para la lectura literaria en un adolescente sometido a toda clase de estímulos.

No vamos a entrar aquí en disquisiciones acerca de la conveniencia de que los jóvenes lean narrativa o poesía: partimos desde tal convencimiento. El asunto es cómo lograrlo. Incluso la pregunta podría hacerse en términos muy pesimistas: cuestionarse acaso puede lograrse tal meta en las condiciones actuales más allá de algunas excepciones que confirmen la regla.

La jungla de cemento

En las grandes urbes la vida puede caracterizarse como un acelerado tráfago de afanes que absorben como vampiros la energía física y espiritual de las personas. El mero traslado a los lugares de trabajo o estudio es la barrera primaria que todos deben cruzar para comenzar un nuevo día. Hay que levantarse con los albores para ganar espacio en el atestado transporte público, después de un descanso posiblemente exiguo, recortado por el traslado de retorno al hogar y sus correspondientes afanes. El espacio para confraternizar es mínimo y la tentación de abandonarse a una rutina de aislamiento constituye un peligro perenne. Los jóvenes no escapan a esta lógica, participan de ella igual que los adultos, aunque tengan menos obligaciones. Siempre es posible estar muy ocupado sin producir nada útil. Más bien la pereza se constituiría en la oportunidad para ofrecerle a un adolescente la posibilidad de pasar un buen rato mediante la lectura. El problema real es que los jóvenes suelen estar muy ocupados en cualquier cosa. Y si el objeto de su concentración son la escuela y sus deberes (en mi país a veces francamente abrumadores), sólo queda invocar a George Bernard Shaw cuando afirma: “Mi educación fue muy buena hasta que el colegio me la interrumpió”.

Por cierto que existe una minoría de privilegiados que se mueve fuera de esta zona de celeridad y autismo, pero creo que el anterior esbozo es válido para este análisis. Es en este mundo alterado por los deberes, las exigencias y los continuos desafíos donde debemos insertarnos para cavilar sobre el fomento a la lectura. Tal es el campo de batalla, el escenario que debemos afrontar. Allí es donde debemos buscar tanto aliados como oportunidades. También allí aguardan por nosotros las amenazas, las falsas esperanzas y por qué negarlo, trampas mortales como el facilismo, la sub-literatura. Ocupémonos ahora de las oportunidades para ser positivos. El Chaco es demasiado hermoso para convertirlo en escenografía para un análisis amargo.

El cuento, un arma cargada de futuro

Un buen cuento jamás es lo que aparenta a primera vista. Es oscuro y misterioso, no devela fácilmente sus verdaderas intenciones. Otras voces, otras historias, otros temas anidan bajo la superficie, se deslizan entre medio de las palabras, se insertan en medio de la acción aparentemente regulada por el ritmo de una historia más o menos lineal. El cuentista efectivo actúa como mediador de un mundo más complejo, para cuya descripción el lenguaje no es suficiente como medio de soporte, sino que debe erigirse en el resorte de una sugerencia, una evocación oblicua de algo que queda a medio expresar y por cierto, después de la lectura, a medio comprender en la conciencia de los lectores.

Así las cosas un buen cuento requiere un lector atento, activo, dinámico. No puede ser un lector vaca que va a ir mansamente donde lo llevemos, parafraseando a Julio Cortázar. En el cuento reside un universo completo, atractivo, pleno de sorpresas. Hay que descubrirlo a los ojos de los jóvenes.

La extensión breve se adapta perfectamente a la circunstancia de la vida acelerada. Es decir, nuestra arma tiene la dimensión y el peso perfectos. La extensión es propicia para una lectura en Internet, más aún si nos deslizamos hacia el territorio del cuento breve, las minificciones o el microcuento. Si –como hemos afirmado- hay poco tiempo disponible para la lectura, tenemos que competir con las otras alternativas potenciando variables diferenciadoras como la brevedad, la intensidad y la riqueza de significado.

En Letras de Chile hemos experimentado activamente desde el año 2005 en torno al potencial del microcuento como incentivo a la lectura y la creación literaria. En nuestra página web una de las secciones que ha acaparado el interés de los jóvenes es precisamente aquella consagrada al género de las minificciones. Y dentro de las sesiones de lectura y encuentro directo de escritores con público las más concurridas siempre han sido aquellas consagradas al microcuento. Incluso ha sido posible realizar pequeños talleres multitudinarios de minicuento donde el público ha podido escribir y enseñar sus creaciones personales. Hay antecedentes que sumar, por ejemplo el interés creciente de un público lector para este tipo de narraciones, que se ha visto reflejado por el interés de editoriales chilenas en el género. Un concurso auspiciado por el tren subterráneo de Santiago recibe anualmente miles de microcuentos; los ganadores reciben una suma generosa y se publican en las vitrinas del Metro, donde cada día los leen millares de pasajeros.

Menos es más, podríamos decir. El Pulgarcito de la literatura podría convertirse en un portal de entrada al mundo de la lectura.

Contando el cuento o andar con cuentos

Después de realizar tres antologías del cuento chileno con mi amigo el escritor Ramón Díaz Eterovic, dos de ellas generacionales y otra que abarcan cuatro promociones de narradores, estoy convencido acerca de las virtudes del relato contemporáneo de mi país para entusiasmar a los jóvenes lectores. La lectura de otras antologías consagradas al cuento latinoamericano actual me llevan a idéntica conclusión.

En las periódicas jornadas de lectura que organizamos (varias de las cuales han desembocado en antologías o muestras de narrativa actual), los jóvenes suelen concurrir masivamente y acercarse para declarar su interés en los autores participantes. Estos jóvenes suelen criticar a los programas educacionales o a sus profesores que no han sabido orientarlos en sus búsquedas de un material literario renovado, que toque variables relevantes del mundo en que viven, con un lenguaje que provoque su atención.

Aquí encontramos una raíz que nos conduce a las causas del problema tantas veces diagnosticado. El estado chileno reconoce dificultades en el interés por la lectura, esto desde gerentes y directivos hasta los estudiantes de escuela básica, pasando por profesionales, estudiantes, trabajadores, dueñas de casa. Más aún, entre quienes sí leen, se advierte una precaria comprensión de los textos. Programas de lectura desactualizados, abrumadora lejanía entre escritores y estudiantes, carencia de librerías y canales de distribución, prensa poco interesada en el quehacer literario, ausencia de planes permanentes de incentivo a la lectura .

Por el momento –a la espera de una reacción gubernamental sistémica, dirigida por una estrategia bien digerida y diseñada- hay que confiar en iniciativas privadas como la de Letras de Chile y otras organizaciones que saben aprovechar el tremendo potencial del cuento para acercar a cualquier persona a la lectura, no sólo a los jóvenes. La lección de la experiencia indica que hay que echarse a caminar y confiar en la maravillosa magia del cuento. En otras palabras, es una buena cosa andar con cuentos y contarlos bien.

30 julio, 2006

Breve crónica de un enorme encuentro

La microficción toma por asalto a Buenos Aires

Recientemente, entre el 21 y el 23 de Junio de 2006, tuve la fortuna de asistir al Primer Encuentro Nacional de Microficción en Buenos Aires, cuyos organizadores fueron los escritores Luisa Valenzuela, Raúl Brasca y la profesora Sandra Bianchi. El evento se realizó en el local del Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA), a pasos de la avenida Santa Fe y tentadoramente cerca de aquella maravillosa y envidiable librería llamada Ateneo. El Encuentro contó con el auspicio del Fondo Nacional de las Artes (FNA) y la Sociedad de Escritoras y Escritores de Argentina (SEA), y el apoyo de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura de España.

Este encuentro –exitoso en todos los frentes- rebasó con mucho la condición de nacional, no sólo por la asistencia de microcuentistas de todas las regiones de Argentina, incluidas las más extremas, sino que debido a la presencia de escritores, editores y académicos de otras latitudes. Estas características hicieron especialmente interesante al evento, tanto en contenido como en diversidad. En sus tres días se sucedieron mesas redondas y lecturas que recorrieron los múltiples recodos de la microficción, algunos de ellos bastante intrincados por cierto.

El impacto del Pulgarcito de la Literatura

Un creciente interés por los diversos tipos de minificción se propaga en el mundo hispanoamericano (y por cierto más allá también). El microrrelato va acumulando las miradas de los estudiosos en la misma medida que va cautivando la pluma de los escritores. Incluso han surgido editoriales especializadas en este nuevo género literario. En las universidades se advierte la posibilidad única de asistir a la gestación de un género nuevo, cuyas reglas aún están siendo establecidas sobre la base heterogénea de la actividad creativa en curso.

El microrrelato se resiste a las definiciones rigurosas y toma diversas formas que generan dolores de cabeza para los estudiosos. La búsqueda de sus orígenes geográficos, estéticos y temporales tampoco es tarea sencilla, requiere una investigación paciente y prolija.

Una serie de congresos da testimonio de este interés que crece como bola de nieve. EL primero de estos Encuentros Internacionales de Minificción se efectuó en México en 1998 por iniciativa de Lauro Zavala (profesor investigador titular en la Universidad Autónoma Metropolitana de México), uno de los principales estudiosos y antólogos del género, que estuvo presente en el reciente encuentro de Buenos Aires.

El segundo congreso de la serie ocurrió el año 2003 en Salamanca por iniciativa de Francisca Noguerol (profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca)–también activa participante en Buenos Aires- y resultó en un hermoso y consistente volumen llamado Escritos disconformes: nuevos modelos de lectura.

El tercero de la serie de estos encuentros internacionales correspondió a Chile, con la Universidad de Playa Ancha al frente y el profesor chileno Eddie Morales en la coordinación el año 2004 en Valparaíso. También de este evento emanaron actas de sus discusiones y ponencias.

Mención especial merece el Presidente Honorario del encuentro, el profesor emérito de la Universidad de Tucumán, David Lagmanovich, argentino de nacimiento, pero patrimonio de toda Hispanoamérica. Ha sido el primer investigador destacado del microrrelato, maestro de maestros, de fecunda obra académica a la que añade su propia producción en el género.

Presencia heterogénea

A los ya nombrados investigadores Lauro Zavala de México y Francisca Noguerol de España, se añaden Francisco Valls de la Universidad Autónoma de Barcelona, quien además dirige la revista literaria Quimera y la colección de microficción Reloj de arena de la editorial Menoscuarto; y José Díaz, fundador de Thule Editores (Barcelona), un sello dedicado exclusivamente a este género. José Díaz es un gran promotor de la mafia invisible del microrrelato, como él mismo la ha denominado humorísticamente en su ponencia del Encuentro.

En cuanto a los autores extranjeros participantes estaban José María Merino (español, un activo cultor del género), Gabriel Jiménez Emán (venezolano, autor de varios libros de minificciones); Marcial Fernández (minificcionista y editor de Ficticia, otro sello que hada espacio al género). Chile estaba presente a través de Virginia Vidal y el autor de estas líneas.

Los anfitriones tienen una fuerte tradición en el microrrelato y exhiben una vasta galaxia de autores que se hizo presente en el encuentro, aportando diversidad desde todos los rincones de Argentina. Luisa Valenzuela, narradora de extensa e importante obra, cuenta con un amplio reconocimiento manifestado en traducciones, estudios y galardones (BREVS publicado en 2004 reúne su obra en este género, caracterizada por un inquietante despliegue de imaginación, juego con el lenguaje y agudeza intelectual). Luisa integraba el comité organizador junto con Raúl Brasca, un reconocido cultor del género. Brasca ha editado –además de varios interesantísimos libros propios de microficciones- una respetable cantidad de antologías. Ana María Shua –que participó activamente en el evento- completa la trilogía de autores que han cultivado el microrrelato en forma más sostenida y exitosa en Argentina con resonancia en el mundo hispanoamericano.

Entre los autores argentinos –un rico mare mágnum de creaciones desafiantes y atractivas- habría que resaltar a muchos, pero estas breves líneas alcanzan para poco. Un banquete escuchar la lectura de Luisa Valenzuela, Ana María Shua y Raúl Brasca. Orlando Romano aportó su visión profunda y poética; Fabián Vique una lengua certera, mortífera e imaginativa; Eduardo Berti una acidez crítica de gran fuerza; Valeria Nassr una ironía colindante con lo siniestro. María Cristina Ramos nos regaló historias con dulzura; Juan Romagnoli reflexiones y fabulación. La lista podría ser casi interminable.

Algunas ideas a modo de conclusión

En mi modesta interpretación, las microficciones prosiguen resistiéndose a los intentos por someterlas a una taxonomía. Sin embargo no se niegan a ser objeto de estudio, menos aún de publicación.

Y surgen algunas convicciones consensuales acerca de las características del género, más allá de la obvia brevedad (peligrosa si consideramos la advertencia de Borges: “hay que tener cuidado con la verborrea de la brevedad”).

Una de estas características –con relación a la gestación de la microficción- es su condición de vivípara: nace viva, casi no hay incubación (el cuento sería ovíparo, la novela marsupial; no recuerdo quién propuso este esquema).

Otro aspecto es la narratividad: condición de contar una historia en forma sintética, lo cual requiere acción y personajes. Y esto entra en conflicto abierto con la brevedad. Asunto aparte es que las micro historias puedan generar macroponencias: esta es una maravillosa capacidad multiplicatoria.

La hibridez viene a ser otro asunto interesante: a medio camino entre el cuento y la poesía, sus orígenes se remontan tanto a Vicente Huidobro como a Ramón Gómez de la Serna, César Vallejo y Rubén Darío, Borges y Cortázar, Arreola y García Lorca, por nombrar sólo algunos.

Debe resaltarse el conteo del título como parte de la obra. El título puede ser fundamental. Hay microcuentos que no funciona sin el título (incluso algunos que irónicamente son más largos que el desarrollo).

Para que el género prospere no sólo hacen falta editores (que los hay: en España por ejemplo Páginas de Espuma, Thule, Menoscuarto; en México Ficticia, en Chile Mosquito). El género también requiere de críticos competentes, que entiendan sus características específicas y que sean sensibles a este tipo de literatura.

Hay que relevar también un hecho: la microficción es un buen camino de entrada a la literatura; esto reportan los profesores. O sea microficción y fomento de la lectura: un mundo abierto, por descubrir.

También advertimos un peligro: cualquiera puede ser lector. ¿Será una amenaza o una oportunidad? Cualquiera podría ser escritor. ¿Valdrán las mismas preguntas?

En suma, este encuentro en Buenos Aires, bien concebido y bien organizado hasta en sus más mínimos detalles, fue una estupenda ocasión para confraternizar, conocernos más y estrechar lazos, un estímulo formidable para persistir en esta obsesión literaria por la concisión. Una gran comunidad creada en torno al Pulgarcito de la literatura hispanoamericana.

06 junio, 2006

ANTOLOGÍA DE CUENTOS CHILENOS EN ESPAÑA


La editorial Siruela ha publicado la antología Cuentos chilenos con la participación de los siguientes escritores chilenos: Ana María del Río, Poli Délano, Sonia González, Diego Muñoz Valenzuela, Virginia Vidal, Fernando Jerez, Pía Barros y Francisco Rivas. El volumen ha sido preparado por el escritor y crítico italiano Danilo Manera y la editorial Feltrinelli ya ha anunciado su publicación en ese país. El contrato a nombre de los ocho escritores fue realizado por Letras de Chile, y es otro paso más en nuestra búsqueda por expandir las fronteras de la literatura chilena.

Presentación del volumen en el catálogo Siruela: "Una mujer que borda en punto de cruz sobre un tapiz los amores y los odios de su pueblo, dos amigos boxeadores que compiten en el ring y en la vida, unas mujeres que moldean en barro a sus hombres desaparecidos, una mujer que atraviesa un desierto para llevarle a un recluso una sandía, un hombre que persigue un raro espécimen de mariposa por puro afán de perseguir algo, son algunas de las historias con las que pretendemos dibujar otro pequeño pero original mapa literario de este país.

Ana María del Río, Poli Délano, Sonia González, Diego Muñoz Valenzuela, Virginia Vidal, Fernando Jerez, Pía Barros y Francisco Rivas son los autores que integran esta antología preparada por Danilo Manera. Víctimas de la represión tras el golpe militar de 1973, tuvieron que escribir con un lenguaje a menudo sesgado y alusivo, y publicar en revistas de corta vida. Quizá por ello, aunque son muy reconocidos en Chile, casi ninguno había sido publicado hasta ahora en España ni en el resto de Europa.

Danilo Manera (Alba, 1957), escritor y crítico italiano, es profesor de Literatura española en la Universidad de Milán. Ha preparado ediciones italianas de numerosos autores españoles, entre otros de Rafael Sánchez Ferlosio, Álvaro Cunqueiro, Enrique Vila-Matas, Manuel Rivas, Ramón Gómez de la Serna o Emilia Pardo Bazán, así como antologías de cuentos cubanos, canarios, vascos, gallegos, colombianos, haitianos y chilenos. Con Siruela ha publicado Cuentos dominicanos (una antología) en 2002".

04 junio, 2006

Un cuestionario caprichoso

La corporación Letras de Chile (www.letrasdechile.cl) está difundiendo un cuestionario con la solicitud de que sea respondido por los escritores con el propósito de reunir el parecer de los escritores sobre temas caprichosamente planteados por un grupo de personas. Aquí están las respuestas de Diego Muñoz Valenzuela.

1. ¿Por qué escribe usted?

Forma parte de mi existencia, de mi forma de vivir. No puedo evitarlo. Crecí entre escritores (mis padres, sus amigos) y artistas. En consecuencia nunca me pareció un quehacer especial. Después de mucho tiempo comprendí que no era una actividad habitual, sino una manera de vivir, un oficio. Mucho antes de aprender a escribir garabateaba signos en un cuaderno de croquis; después leía esa escritura ideográfica asumiendo la forma de poemas inundados de onomatopeyas (así como al estilo de Maiakovski). Fui colaborador permanente del diario mural en mi escuela básica; allí entregué semanalmente mis primeros cuentos y crónicas. En el liceo gané algunos premios sin darle importancia.

Por fin, para llevarme la contra, estudié ingeniería y a las pocas semanas me encontré a mí mismo escribiendo un cuento fantástico, sentado de la última fila de un curso de cálculo diferencial con doscientos alumnos. En ese instante tomé conciencia de la vocación, pero siempre escribí, desde el principio.

2. ¿Para qué sirve la lectura?

Es un misterio enorme. Creo que lo fundamental es algo que se relaciona con el alma, el espíritu, la mente, la conciencia, como sea que se llame aquello que hace de nosotros personas y no cosas. Si sólo hiciéramos actividades estrictamente “útiles” (en el sentido más productivo y material de esta palabra; dándole la carga más neoliberal que resista) seríamos explicables, fácilmente reductibles a modelos sociológicos, como las colonias de hormigas, las manadas o los cardúmenes.
A mí la lectura me sirve para seguir viviendo; no podría lograrlo de otra forma. Es mi principal estrategia para ser feliz. Soy feliz, pleno, cuando leo y muy intensamente cuando escribo; la recompensa está asociada al acto mismo de escribir, no a sus eventuales efectos. Leer y escribir me producen un goce que nada tiene de hedonismo. Es una actividad, un trabajo que me hace feliz.

Si sirve para algo la lectura es para soñar, imaginar, pensar. Se relaciona con lo más decantado de la naturaleza humana, como otras manifestaciones del arte y de la ciencia. La creación está en el centro. No puede haber justificación mayor para la existencia que la creación de algo donde reside la semilla de la novedad.

3. ¿Con qué libro despertaría el amor de un adolescente a la lectura?

Con una variedad de libros capaces de tocarlos, con temáticas que se relacionen con su vida actual, con la coyuntura que los preocupe. Por ejemplo con microcuentos: cuentos muy cortos, cargados de imaginación y de lenguaje, historias ínfimas que los hagan soñar. Relatos rápidos, fugaces y profundos que se adecuan a su naturaleza de adolescentes en pleno cambio, insertos en un mundo de enorme dinamismo. O historias mágicas, literatura fantástica, por ejemplo EL HOMBRE ILUSTRADO o las CRONICAS MARCIANAS de Ray Bradbury; los inmejorables y escalofriantes cuentos de terror de H. P. Lovecraft; la antología de ciencia ficción chilena AÑOS LUZ que acaba de publicar Marcelo Novoa.

Sin duda cualquier adolescente debiera disfrutar la lectura de una novela maravillosa sobre esa edad como EL CAZADOR OCULTO de Salinger, y los cuentos de Charles Bukowski con el sabor de lo prohibido.

4. ¿Qué escena memorable de la literatura chilena recuerda usted?

Varias, más de una. Fernando Jerez mencionó una escena admirable: el momento en que el arriero Rubén Olmos afronta la fatalidad del destino en el bellísimo cuento LUCERO del rancagüino Óscar Castro. Agrego otras escenas memorables a la lista de honor. El final dramático del cuento EL PADRE de Olegario Lazo Baeza, enfrentado al desprecio de su hijo militar que se avergüenza de su condición de campesino pobre. El patético descenso a los infiernos de MÍSTER JARA, personaje del dominio de Gonzalo Drago, triste imitador de sus amos gringos en el mineral. El triunfo de la solidaridad humana en EL VASO DE LECHE de Manuel Rojas.

5. ¿Qué libro le regalaría a todos los estudiantes chilenos?

Para ser generoso, les regalaría una biblioteca selecta que despierte su amor eterno por la literatura. Algunos volúmenes sugeridos:

Una selección de poemas de Pablo Neruda, donde no pueden faltar algunos poemas: Walking Around, Tango del viudo, Poema XV, Poema XX, Explico algunas cosas.

Una buena selección de poetas chilenos que se les clave en el alma: Enrique Lihn, Jorge Teillier, Gonzalo Millán, Raúl Zurita, Pezoa Véliz, Óscar Hahn, Rolando Cárdenas, Gonzalo Rojas, Nicanor Parra, Manuel Silva Acevedo, Alberto Rubio, Rodrigo Lira, Juan Luis Martínez y más, porque es verdad es que tenemos grandes poetas en este pequeño país con vista al mar…

LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR de Mario Vargas Llosa para que aprendan que la buena literatura y la risa pueden caminar juntas. Cualquier libro de cuentos de Julio Cortázar (por ejemplo HISTORIAS DE CRONOPIOS Y FAMAS) y Jorge Luis Borges (por ejemplo EL ALEPH). El LLANO EN LLAMAS de Juan Rulfo para que toquen el cielo de la literatura.
Por último les regalaría CUENTOS EN DICTADURA, selección de relatos de autores chilenos escritos y publicados durante el régimen militar, para que vean las diversas dimensiones humanas de la tragedia que el país vivió, y exorcizar esos demonios para que jamás regresen.

6. Si fuera presidente de la república ¿qué medida tomaría a favor de las letras?

Propondría un “paquete de medidas” como tanto les gusta decir a los periodistas y los políticos:
  1. Otorgaría el Premio Nacional de Literatura en forma anual y por género: Novela, Cuento, Poesía, Ensayo.
  2. Le pediría a un grupo de escritores potentes que imaginaran la forma de motivar a los jóvenes a leer, y haría lo que ellos propongan.
  3. Enviaría escuadrones de escritores por todos los rincones del país a enseñarle a los alumnos de las escuelas por qué debe amarse la literatura tanto como a la vida. Nadie ama la lectura y la literatura como los escritores. Además es bueno darles trabajo a los escritores, pagarles por ello, porque es un oficio como cualquier otro.
  4. Cobraría muy barato para enviar libros por la empresa de Correos de Chile (desayúnense: hoy día es más caro enviar un libro como tal que enviar una carta de igual peso)
  5. Crearía un subsidio a la exportación de literatura chilena a través del fomento a las traducciones a lenguas extranjeras de obras que sean publicadas por editoriales de ultramar.
  6. Aumentaría las becas para escritores en cantidad y monto, para que puedan dedicarse efectivamente a escribir.
  7. Apoyaría las buenas iniciativas de difusión literaria en revistas, páginas web y otros medios, porque forman parte de la libertad de expresión que un estado moderno debe garantizar.
  8. Revisaría los programas de lectura de escuelas y liceos para limpiarlos de lugares comunes, de antiguallas y vestigios de censura.

7. ¿Qué poema interpreta sus sentimientos?

Me rebelo contra la intención exclusivista y unidimensional de la pregunta. Las posibles respuestas son infinitas, como la biblioteca de Borges. Cada día tiene una respuesta posible. Pero hay algunos que se me vienen a la memoria con ímpetu ahora que los estudiantes toman el centro de la atención con su estupendo movimiento: “Aullido” de Ginsberg. “La ciudad” de Gonzalo Millán.

“Autorretrato” de Nicanor Parra, unos pocos versos: “Observad estas manos / Y estas mejillas blancas de cadáver, / Estos escasos pelos que me quedan / ¡Estas negras arrugas infernales! / Sin embargo yo fui tal como ustedes / Joven, lleno de bellos ideales; Soñé fundiendo el cobre / Y limando las caras del diamante: /Aquí me tienen hoy / Detrás de este mesón inconfortable / Embrutecido por el sonsonete / De las quinientas horas semanales”.

Y un fragmento de Pablo Neruda, del Libro de las Preguntas: “Dónde está el niño que yo fui, / sigue adentro de mí o se fue? / Sabe que no lo quise nunca / y que tampoco me quería? / Por qué anduvimos tanto tiempo / creciendo para separarnos / Por qué no morimos los dos / cuando mi infancia se murió? / Y si el alma se me cayó / por qué me sigue el esqueleto?”.

8. Si usted fuera un torturador literario ¿que autor obligaría a su víctima a leer y releer sin fin?

Supongamos que alguien tuviese méritos para merecer una tortura de esta clase: blanca, suave, sutil, incomparable al horror vivido en la dictadura militar. Pensemos en que fuera algunos de aquellos torturadores reales, uno de esos monstruos incomprensibles. O uno de aquellos que impartían las órdenes de la tortura. Como me cuesta creer que no haya siquiera un vestigio de humanidad en esos seres, en un primer año los haría leer los testimonios de la tortura, las obras de los escritores asesinados y perseguidos. Si no hay emoción, si no surge el arrepentimiento, les daría a elegir entre la Guía Telefónica y las obras completas de Paulo Coelho.

9. Confeccione un menú literario: entrada, plato principal y postre

Entrada: un picoteo de poesía universal: Whitman, Miguel Hernández, Esenin, Maiakovski, García Lorca, Neruda, Prevért, César Vallejo, grandes viejos maravillosos y entrañables.

Plato de fondo: “Las mil y una noches”

Postre: “El club de los parricidas” de Ambrose Bierce



10. ¿Qué libro le ha excitado?


Si la intencionalidad de la pregunta es erótica, hay una respuesta primigenia: LAS MIL Y UNA NOCHES. A la altura de la docena de años llegó a mis manos temblorosas una buena edición –quiero decir una edición no pacata– de Las Mil y una Noches, frente a cuyos encantos caí embelesado, embrujado por la fábula de un mundo donde convivían magos, princesas de formas opulentas, ogros brutales, aves gigantescas y demonios carniceros, héroes indomables y hermosos. Me prosterné tempranamente ante ese libro maravilloso donde la sensualidad emergía a cada paso, en una mezcla extraña de realidad y fantasía, magia y materialidad, lucha por la supervivencia y goce carnal. El erotismo es por esencia inteligencia aplicada al cuerpo, y no simple carnalidad desatada; el erotismo sobre todo reside en la imaginación, en la búsqueda de lo nuevo, en la sorpresa más que en el rito. Eso me enseñó ese libro, antes de tiempo en opinión de mis padres que lo requisaron sin explicaciones, obligándome a desarrollar mi primera rebelión y a adoptar mi primer clandestinaje. Mis primeros sueños sexuales fueron con Scherazade, a quien imaginaba como una morena de ojos almendrados, senos despampanantes de aguzados pezones, labios eternamente húmedos, piernas largas y bien formadas, piel suave y tibia, y vulva ansiosa de recibirme a mí y a mis propias historias.

11. A su juicio ¿cuál es la mejor obra literaria adaptada por el cine?

Creo que “Blade Runner” de Ridley Scott va más allá de lo que P. K. Dick puso en su célebre libro –un clásico de la ciencia ficción moderna- “Sueñan las ovejas eléctricas con androides”. Es una película de una estética maravillosa en la fotografía, la actuación, la escenografía; impecable, sugerente, difícil de superar.

12. ¿Qué pregunta agregaría a esta lista?


Una pregunta para el desocupado lector de esta entrevista: ¿Qué leerás mañana?

02 junio, 2006

Literatura y contingencia

Un microcuento: Manifestación

El muchacho es delgado, pálido, ojeroso, casi quebradizo de tan espigado. Si un ventarrón despegara en ese momento se iría al cielo convertido en cometa. En cambio el policía que lo vigila es gigantesco y robusto, rebosa salud a través de sus mejillas coloradas. El muchacho vocifera refugiado a medias tras un lienzo que contiene sus demandas escritas con letra temblorosa. La masa de jóvenes vibra ante el monstruo verde enarbolando cascos, escudos y cachiporras. Viene la carga inevitable, las bombas, las pedradas, las molotov describiendo parábolas de fuego. El policía se abalanza sobre el muchacho, lo derriba, cae sobre él con su corpachón de toro, lo abraza mientras recibe patadas y pisotones. El muchacho se rebela y chilla desesperado. El policía lo moja con sus lágrimas, le besa la frente y continúa protegiéndolo con su corpachón de toro.

15 mayo, 2006

Premio Nacional, al ataque

Una vez más el ambiente de las letras se remece debido a la proximidad de la elección del Premio Nacional de Literatura. Las candidaturas se levantan y comienzan a saltar chispas, se alza la polémica. Así será hasta una semana después de la premiación, cuando sobrevenga el largo espacio silente que se extenderá por otros dos años. Mientras tanto habrá razones para dar un “flavour” farandulesco al ambiente literario chilensis. Y una dosis fuerte de provincianismo.

La competencia despiadada a la que ha llevado el sistema de otorgamiento del Premio, se erige muy por encima del natural imperio de las pretensiones personales que resulta esperable. El reglamento exige la presentación de “candidaturas” con los correspondientes respaldos de instituciones y personas. Así se forman bandos, comandos y tropas de activistas. Toda renuencia es calificada como desviación, ataque o intento de protagonismo. Así puede tildarse a tal o cual de ejercer abominables prejuicios o de tratar de llamar la atención con sus opiniones disidentes. Como si el Premio Nacional –cualquier premio- hubiese sido creado para entregarlo al candidato de la preferencia, en función de los criterios enunciados.

En otras épocas era un jurado ilustrado –compuesto básicamente por escritores y estudiosos de la literatura nacional- quien decidía, con prescindencia de cualquier tipo de candidatura oficial, en función de los méritos de la obra, quienes podían ser merecedores del galardón y después de intensas (y normales) discusiones llegaban a un acuerdo. Este hecho ha sido relegado al olvido, igual que la premiación anual (no cada dos años como ahora).

Con excepción del periodo de la dictadura militar, los Premios Nacionales casi siempre se dieron a escritores con largueza de méritos, que suelen ser más que los premios disponibles. La lista de los premiables no galardonados es tan extensa como aquella donde figuran los laureados. El otorgamiento del Premio cada dos años no hace más que ahondar esta brecha.

Insisto en proclamar –como lo he hecho antes- que en nuestro pequeño país los estímulos para la creación literaria son menguados y cualitativamente pobres, reducidos en lo que se refiere a rango, variedad y alcance. Lo cual no implica reconocer los esfuerzos realizados principalmente por el Consejo del Libro en cuanto a premios, becas y concursos de proyectos. Estamos lejos de ostentar un estado satisfactorio a este respecto, a pesar de la constancia de múltiples logros de autores chilenos fuera del país (que debe considerarse una exportación no tradicional de altísimo valor agregado, puesto que se trata de talento químicamente puro; por ende altamente deseable, aunque no exista ningún incentivo asociado)

Las discusiones que se basan en distinción de géneros (literarios y sexuales), en filiaciones políticas y sociológicas, a favor en contra de alguna de estas categorías, me parecen ociosas y engañosas. El mérito de la obra es el único criterio a discutir en una mesa ilustrada, donde no pueden pesar las cantidades de adherentes ni el peso específico de éstos. Mérito por cierto subjetivo y discutible, ¡qué duda puede caber!, el tiempo (inexorable e implacable) se hace cargo de revelar esta clase de errores y aciertos.

Un país debiera ser algo más que una amorfa suma de individualidades hipertrofiadas. Mientras tanto se ejecutan las campañas de rigor y se yerguen las candidaturas lustres, debiéramos pensar en cómo reconocer tanto talento literario que se manifiesta. Buscar formas nuevas. Alentar a jóvenes y viejos escritores, hombres y mujeres, donde sea que se encuentre. Desterrar el olvido y la soberbia. Estimular el desarrollo de la creatividad y el goce de la lectura. Si un país tiene buenos escritores, se hará cargo de leerlos. Mientras más y mejores escritores tengamos, más ganaremos en lo colectivo.

14 mayo, 2006

Que despierte el leñador

Remembranza de Juvencio Valle


Siempre he sentido que el escritor, y sobre todos los poetas (y no sé muy bien cómo justificar esta intuición), deben vivir en el silencio, en esa zona intermedia entre la luz y la oscuridad, entre la compañía y la soledad, en el interregno donde la lucidez ahuyenta al pragmatismo superficial como si fuese una hiena hambrienta. Y ahora concluyo que quizás esta idea me viene de Juvencio, de esos recuerdos que provienen de las zonas más remotas de la infancia, y que se han afincado tan hondamente en nuestras conciencias que ya resulta difícil volver a descubrir la trayectoria del razonamiento en que se sustentan; imposibles de abandonar porque ya forman parte de nuestra biología humana. Mi sospecha es que Juvencio – en ese entonces el tío Juvencio, el viejo y entrañable amigo de mi padre - se introdujo en mi alma de una manera subrepticia y tenue, de la misma forma en que la poesía penetra al lector sensible, así como sus versos impregnados de follaje, de hierbas, de sueños selváticos, de sabiduría de bosques, cautivaban a quien se entregara a su lectura sin otro afán que ingresar a un mundo donde las únicas monedas aceptables son el lenguaje y la belleza.

Embajador de un mundo paralelo al nuestro, similar pero al mismo tiempo radicalmente opuesto, era Juvencio Valle, así como otros personajes que pueblan la galería de los recuerdos de mi niñez: Pablo Neruda, Rubén Azócar, Homero Arce, Delia del Carril, Gonzalo Drago, Nicasio Tangol, entre otros. Todos ellos embajadores de un reino tan próximo como lejano, tan distante del nuestro como seamos capaces de acercarlo, un mundo donde la utopía se ha hecho realidad. No es un planeta perfecto a la usanza de nuestras creencias occidentales y cristianas, es un territorio donde más bien impera lo dionisíaco, pero donde impera la ley del más sabio, del más alegre, del más humano, del más libre, del más respetuoso, del más sencillo. De ese mundo, Juvencio Valle me parece – hoy que hago esta reflexión – que era el más exacto embajador: lector eximio y voraz, soñador empedernido, terrenal bebedor de los efluvios de la vida, dispuesto en todo instante a que la sonrisa de un niño travieso aflorara a sus labios, labriego de vocación, conversador infinito y fascinante, predicador de las bondades de su tierra lejana de la cual ha sido exiliado en esta labor diplomática incomprensible.

No hay un equivalente a Juvencio Valle en nuestra poesía chilena, es un único roble gigantesco, afianzado en sólidas raíces, y coronado con toda justicia con el Premio Nacional de Literatura en 1966, el que fue precedido de numerosos reconocimientos. Libros como Tratado del Bosque (1932), Nimbo de Piedra (1941), El Hijo del Guardabosque (1951), Del Monte en la Ladera (1960), Estación al Atardecer (1971), por nombras sólo algunos, son obras de un poeta mayor que no requiere de estridencias para imponer su estética, impregnada de un lirismo extraordinario y de un excepcional manejo del lenguaje. En el prólogo a la Antología de Juvencio Valle (1966) elaborada por el escritor Alfonso Calderón, también justamente galardonado con el Premio Nacional de Literatura el año pasado, anota el erudito antologador: “La habilidad de Juvencio Valle consiste en hacer coexistir una nota exótica, procedente de una intemporal mitología, con lo vernáculo, manteniéndose en el nivel de un mesurado romanticismo, avaro de quejas, parvo en las imprecaciones”. Juvencio Valle vendría a ser el precursor poético de los ecologistas, el adalid de la admiración de la defensa de nuestros bosques y hierbas y flores, sin que ostentara más arma que el verso

Las lecturas juveniles que fueron disminuyendo mi indocumentación me hicieron establecer una relación de su poesía campestre con la de Miguel Hernández, el gran poeta español, el que escapaba de las cantinas para recoger hierbas en las afueras de la ciudad, y regresaba a las horas, embriagado de sus aromas, con las manos llenas de manojos que acariciaba como tesoros sublimes. Después descubrí que se habían conocido en la guerra civil, Juvencio me refirió esta costumbre de su hermano Miguel, así como la separación y la pérdida dolorosa, su última aventura juntos. Y hablamos también de Alberti, de León Felipe, de Aleixandre, de Altolaguirre, de García Lorca, en sesiones de vino tinto y de evocaciones que me enseñaron lo que la academia no es capaz de transmitir.

En la época del gran dolor y la gran oscuridad, cuando el terror y la muerte gobernaban con implacables charreteras, el silencioso poeta de la selva del Sur abandonó los límites de su casa de las hierbas y las flores en Eliecer Parada (un perfecto refugio para las únicas labores que un auténtico escritor añora: la lectura y la escritura), y con más de setenta años a cuestas (por más bien llevados que fueran), y sin más escudo que los miles de libros leídos y los miles de versos escritos, salió a las calles ocupadas, con mi padre, Diego Muñoz, y con otros luchadores altivos a proclamar, con una irracional valentía, desafiando a los sangrientos talaveras, que la dignidad aquí no se había acabado, que aquí estaban los embajadores de ese mundo que soñamos y que habrá de imponerse sobre toda atrocidad. Así, ante la expectación de todo el mundo y el silencio de la censura local, ayunaron en una iglesia junto a las madres y esposas de los que habían desaparecido por obra del horror fascista. La Parca no se atrevió a tomar sus vidas: los amenazó con tormentos, los vigiló, escuchó sus conversaciones, cortó los cables de energía de sus micrófonos, pero nada, no pudo doblegar a esos tiernos y firmes hombres hechos de pellín y de alerce, fraguados bajo la interminable lluvia del Sur, con los ojos llenos de cielo y océano interminable.

Nacido con el fin del siglo XIX, Juvencio Valle nos abandonó en las postrimerías de del siglo XX. Concluyo que de alguna manera imposible de revelar para nosotros, porque de existir lo divino ha de estarnos vedado y de ser inextricable para la inteligencia humana, habrá al fin regresado a ese mundo de donde proviene, y se habrá reunido con sus hermanos. Allí hablarán de lluvia, de libros, de sueños, de derrotas, y se reirán del éxito falso y de la precariedad del pragmatismo y del poder. Confío también, Juvencio, en que intercedas por nosotros para no quedar aquí olvidados, ciegos, solos, mudos en esta tierra, y que vengan nuevos embajadores a prodigarnos vuestra luz, vuestra humildad, vuestra sabiduría. Para la espera, contamos con el refugio del follaje de tus libros, y con esa hermosa frase que solías pronunciar: “Todos los días despierto pensando que estoy empezando a vivir”.

08 abril, 2006

A propósito de buenas películas

Buenas noches y buena suerte

Hace unos pocos días fui a ver esta estupenda película dirigida por George Clooney. Se las recomiendo sin reservas. Filmada en blanco y negro, con magnífica fotografía y actuaciones sobresalientes, exenta de cualquier grandilocuencia, y con una banda musical de excepción. Sin perjuicio de estos y otros méritos sobresalientes, como la calidad del guión, la trama jamás deja de inquietarnos, al modo de un thriller, pero utilizando materiales propios del mundo de la política: los oscuros manejos del poder, el manejo de los medios de comunicación (y por ende de las conciencias) por parte de los grandes consorcios. Un tema de absoluta actualidad. Y un goce para los sentidos: actuaciones magníficas, dirección impecable, imágenes atractivas (el retro del blanco y negro tiene potentes efectos expresivos los cuales vale la pena poner atención).

La historia es simple. Un personaje especial la enhebra: el renovador periodista Ed Murrow, cuya fama proviene de sus reportajes de la Segunda Guerra Mundial. Transmitía directamente en onda corta desde el frente y su voz se convirtió en un icono de verdad, bravura y humanismo. Su potencia renovadora lo llevó a convertirse en un forjador de la televisión en sus propios inicios. Allí destacaron sus esfuerzos por plasmar sus ideales en pro de la libertad de expresión. De ese modo llegó a enfrentarse al temido senador Joseph McCarthy, adalid del fascismo norteamericano, fanático perseguidor de comunistas que ensombreció la posguerra en Estados Unidos.

Murrow trabajó en el programa See it now de la CBS desde 1951 a 1957. Allí se desarrolla la acción, cuando Murrow y su equipo deciden enfrentar la maquinaria montada por MacCarthy para perseguir a los presuntos comunistas y sus colaboradores por doquiera, a costa de lo que fuese: intriga, montajes, ejercicio del terror, presiones de todo tipo. Se requerían agallas para hacer frente a esos nuevos inquisidores, alimentados por la ultraderecha y toda clase de sponsors ligados al poder. Este es el episodio que aborda la película y no cuento más para que vayan a ver Good nigh and good luck, la clásica fórmula de cierre del programa que Murrow hizo famosa.

La película propone un tema candente para la actualidad chilena y por cierto mundial: la forma en que los medios de comunicación, y en especial la televisión, han ido convirtiéndose en algo muy distinto a lo que la teoría de la libertad de expresión establece. Esto por obra y gracia del predominio de los intereses de grandes empresas que son quienes financian la televisión (o cualquier medio) a través de la publicidad. ¿Cómo ignorar los efectos de una noticia que afecte negativamente a una persona o entidad ligada a quienes financian el funcionamiento del canal? Las intrincadas redes donde se teje el poder hacen aún más complicado el cálculo de tales impactos.

¿Cómo estar tranquilos y confiados en el futuro en un país democrático si es que los principales medios de comunicación están en manos de grandes consorcios o bien dependen de éstos para subsistir? La libertad de expresión no puede reducirse simplemente a que nadie sufra represión por decir lo que piensa, como ocurrió durante la dictadura; es imprescindible garantizar, asegurar por todos los medios posibles, el imperio del pluralismo, espacio a las diversas opiniones. De esto habla Ed Murrow en el inquietante discurso que pronuncia hacia el final del excelente film. Verlo y reflexionar sobre sus proyecciones es algo que recomiendo sin reservas.

24 marzo, 2006

Cumpliendo cincuenta años

(esto es lo que dije el sábado 18 de marzo de 2005 a los amigos que me acompañaron en este trance una tarde de sábado en Michoacán, la casa donde Delia del Carril vivió más allá de los cien años)

Los cumpleaños tienen esa cualidad implacable de ir sucediéndose sin consideración alguna hacia el depositario de la cifra resultante del inventario. Cincuenta ciclos en torno a esa estrella que nos regala la vida es un guarismo respetable, pero me temo que todavía exiguo. Algunos respaldarán con entusiasmo estas reflexiones, aquellos que me llevan la delantera, y otros sonreirán melifluamente, para sus adentros, pensando que medio siglo no deja ser lo que es: una montonera de años. Sospecho que la ha de ser proporcional a aquella distante dimensión de la vida que tan equivocadamente denominamos juventud. Como si la juventud fuera un atributo de la cortedad de los años.

¿Adónde irá Diego con estas reflexiones tan indignas y lamentables? se preguntarán algunos. Quizás hubiera sido mejor que se quedara calladito con su medio siglo, discreto, compuesto, decoroso, bajo perfil diría un político avezado. A lo mejor así pasaba piola, pero no, vamos produciendo ruido. Es que me siento muy orgulloso de mis cincuenta años, de cada uno de ellos, cero rollo. Aunque eso implique una renuncia terrible al ideario que abracé a fines de los añorados sesenta, cuando las calles de París ardieron de barricadas iluminadas por nuevas ideas de libertad. Entonces aprendimos a desconfiar de todo aquel que se empinara demasiado en la veintena, pues la edad era un indicativo de asimilación al sistema, de renuncia a los ideales, de acomodo. Quizás había razón en ello, pero como traspuse con mucho la edad límite, tuve que buscar una justificación. Igual que buena parte de la humanidad.

Mas tengo que confesarles con una extraña mezcla de vergüenza y soberbia que no me siento muy distinto de ese lejano chascón adolescente que apenas empinado sobre la docena de años tamborileaba ritmos de Carlos Santana en su pupitre del liceo, leía el diario del Ché para llorar de rabia e imaginar mundos mejores. El mismo que apenas entendía una pendeja palabra de los libros de Marcuse y Sartre, que estaban de moda. El que estudiaba materialismo dialéctico con el texto de Otto Kussinen y materialismo histórico con el manual de Marta Harnecker, una revolucionaria que además tenía buenas piernas. Así deben haber sido la Natalia Krupskaia y la Rosa Luxemburgo con toda seguridad. El mismo que tomaba pisco a pico de botella en las noches de fogata, el que pintaba el nombre de Allende por las calles de Santiago con la Ramona Parra, el que encendía un pitillo para disfrutar más la guitarra de Hendrix o la de Jim Morrison, el que con infinita paciencia esperaba los lentos en las fiestas para prenderse de la Dulcinea de turno.

¡Puta madre!, si es cierto que soy el mismo, significa que algo así como treinta y ocho años han pasado en balde. Esa sería la conclusión. Es verdad, en esencia soy el mismo de entonces. Un adulto es un niño inflado por la edad, aseveraba visionariamente Simone de Beauvoir. El mismo, con algunas diferencias, claro está, a la vista algunas, canas, kilos, arrugas, esa clase de evidencia. Otro ejemplo: los anteojos. De pronto los impresores se pusieron idiotas y comenzaron a utilizar unas letras minúsculas, ilegibles, borrosas para las tarjetas de visitas. El voltaje de la red eléctrica disminuyó a niveles intolerables y una ampolleta de cien watts terminó por iluminar como un pálido candelabro. Y más encima mis brazos se acortaron, se convirtieron en tentáculos, mínimos apéndices incapaces de alejar los textos a la distancia requerida para leerlos. Entonces se me ocurrió ir al oculista y de allí salí con estos artefactos. Y otras cositas, para qué vamos a mencionarlas. Hay que preservar la dignidad en algún grado. Se dice que después de los cuarenta si te despiertas y no te duele nada, es que estás muerto.

Años atrás, sin quererlo, torturaba a Alexis, mi compañera, dudando que pudiera trasponer la extrema barrera de los 35. Muy pronto extendí el plazo hasta los 40, porque el tiempo –como sabemos- corre a una velocidad extraordinaria. Después mejor me quedé callado, dejé de realizar vaticinios de esta especie. Ahora con gigantesca desvergüenza, me apresto a vivir otros cincuenta años. ¡Qué voltereta! Pobre Alexis, ahora la angustia de aquellos primeros vaticinios se irá trocando en terror y en desesperanza.

No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague. Ya ven que es cierto. El plazo se cumplió, aquí estoy (estamos podría decir, al que le venga el sayo que se le ponga). Este es el regalo que quise hacerme yo mismo, estar una tarde con la gente que más quiero. Algunos en apariencia faltan, fueron partiendo en el camino, pero como los recuerdo con el mismo amor de siempre, están aquí. Otros andan por el mundo, a miles de kilómetros, pero siempre nos mandamos trocitos de corazón por mail o por teléfono, así que bienvenidos. Y ustedes, mis seres queridos fundamentales, madre, esposa, hijos, amigas, amigos. Gracias por todo lo que les debo. Sobre todo si se tratara de dinero, porque les advierto que no pienso devolvérselos, pierdan de una vez por todas las esperanzas. Pero hay la verdadera deuda, aquella que reconozco por sobre cualquier otra. Hablo de la deuda mutua que resulta del ejercicio del tiempo compartido, y se integra de cariño, de trabajo conjunto, de momentos gratos y difíciles: locura, peligro, pesar, miedo, arrojo, risa, borrachera, reposo, delirio, cuidado, respeto, apoyo, sueños, utopías. Todo eso me lo han regalado ustedes, por eso las ganas de verlos, de abrazarlos y decirles lo mucho que los quiero.

Los quiero porque siguen siendo ustedes, porque no se dejan arrastrar por la vorágine, porque NO renuncian a los sueños y resisten. Soñar es resistir. Leer es resistir. Pensar con autonomía es resistir. Escribir es resistir. Juntarse y solidarizar es resistir. Querer a los demás es resistir. En esta casa vivió Delia del Carril, la Hormiguita, que fue joven hasta después de los cien años. Sus ojos brillaban de amor, de luz, de juventud, de rebeldía. Y por eso me atrevo a pedirles esto, aunque les deba tantísimo. Nunca dejen ser quienes son. Esfuércense, síganse esforzando. Jamás traicionen al niño y al adolescente que llevan dentro. El fuego interior. El alma. La imaginación. El buen humor. La insurrección. Como quiera que se llame esa maravilla que tienen dentro. Reforcémosla ahora a la usanza de los antiguos griegos, escanciando una copa de vino para brindar por el milagro de la vida. Gracias por haberme acompañado siempre.

03 marzo, 2006

Drácula


El conde Drácula no soporta más el dolor de muelas y decide ir a tratarse con un especialista. Consulta la guía telefónica y disca un número tras otro, hasta ubicar un odontólogo noctámbulo. Establece una cita para la noche siguiente. Asiste. Porta gafas oscuras para ocultar sus ojos hipnóticos, inyectados en sangre. El dentista también usa lentes de color. Lo examina, mueve la cabeza negativamente. Anuncia que el tratamiento va a ser doloroso, que es conveniente emplear anestesia. El vampiro acepta, se deja inyectar, siente un sopor agradable, va hundiéndose en el sueño y, en forma simultánea, escucha el lejano zumbido de un taladro.

Despierta. Enfrente de él hay un espejo de agua, donde sí puede reflejarse; allí ve su imagen, sonríe, pero su risa se transforma en una mueca grotesca, porque en el lugar donde debieran estar sus colmillos hay dos espacios sangrientos. A su lado, el odontólogo -que es el doctor Van Helsing- lo observa divertido mientras juguetea con los larguísimos colmillos, arrojándolos una y otra vez al aire, como si fuese un malabarista.

09 febrero, 2006

El temaño de nuestros sueños

Literatura y desarrollo

Me cuenta un querido amigo, gran lector que aprecia la literatura chilena (y que sabe que este tiene sus raíces muy atrás en el tiempo, es decir, que no es una novedad, como algunos creen o quieren hacernos creer) que supo acerca de la existencia de un libro titulado “Nosotros somos del tamaño de nuestros sueños”. La idea es inquietante, por cierto, e iniciamos la búsqueda con grandes expectativas que espero sinceramente no sean frustradas por un texto chabacano tipo auto ayuda. Sin embargo ya el mero título gatilló en mí una tormenta de conexiones que me ayudó a ver viejos asuntos de una manera distinta, aunque el diagnóstico sea el mismo.

No me caben dudas acerca de la veracidad de esta afirmación, en toda la dimensión maravillosa y terrible de su significado. Sostengo, más sobre la base de la experiencia que desde la teoría, que literatura y lenguaje están íntima y sólidamente relacionados. El mayor conocimiento de la literatura, la lectura literaria entendida como actividad permanente desde la edad más temprana (incluso antes de que los niños aprendan a leer), lleva al desarrollo del lenguaje. Y el lenguaje constituye la base del pensamiento humano; se dice que hemos llegado a ser, para bien o para mal, la especie dominante del planeta gracias a nuestra capacidad de comunicarnos, es decir, gracias al lenguaje. No es que seamos eximios maestros en el arte de la comunicación, la historia está sembrada de contraejemplos, pero es gracias al lenguaje que estamos donde estamos.

¿Y sin casi nadie lee, como señalan tanto las encuestas como los resultados del fracasado esquema de educación municipalizada, qué pasará con la calidad de nuestro ya degradado lenguaje? Es vergonzoso contemplar, con impotencia y rabia contenida, la pobre manera de expresarse de muchos periodistas y hombres públicos, no poco connotados dirigentes políticos, empresarios y representantes de la ciudadanía: devorados por las muletillas y la miseria lingüística. Si el lenguaje es magro, las ideas también lo son.

Se ha dicho en algunos estudios que el promedio de palabras que usa un chileno es de 600. Esto no sólo indica un empobrecimiento en la capacidad media de expresión, sino que se correlaciona con una falta de comprensión del mundo que nos rodea, incluso con la imposibilidad de hacer ciertas distinciones, de darse cuenta de la existencia de algunos fenómenos o situaciones en curso que pueden estar afectándolos en forma tan seria como negativa. Esta es la verdadera gravedad del asunto.

Entre cognición y lenguaje existe una relación directa: nombramos a las cosas que nos interesan, aquellas con las cuales trabajamos en forma más directa, ya sean concretas o abstractas. Si no tenemos un nombre para algo, es porque no nos interesa, porque no nos sirve para nada, sin que esto conlleve un sesgo peyorativo, porque el criterio de servicio puede enfocarse en un amplio rango: desde lo más pragmático y material, hasta las abstracciones más puras.

¿Así que clase de sueños podemos tener? ¿Sueños de riqueza, gloria, poder, como aquellas efigies de los comerciales de la televisión? ¿Hombres y mujeres jóvenes, bellos, disfrutando de la vida en un yate que navega en aguas tropicales? ¿Un vaquero que galopa por la inmensa estepa con un cigarrillo en los labios, sin saber que corre hacia la muerte? Hablamos de sueños individuales, pero ¿qué pasa con los sueños colectivos, los sueños de país? ¿Qué pasa con los sueños de justicia y desarrollo? ¿Cómo podemos soñar si no leemos los sueños más enormes de la humanidad que la historia recoge en forma de literatura?

Me resulta difícil creer que un niño que no lea (y que entienda lo que lee, y lo disfrute) puede ser protagonista de los sueños. ¿Podrá ser un emprendedor si no domina el arte de soñar que los libros de ficción infunden? ¿Podrá entender y amar a los demás si no conoce nuestra historia, siquiera nuestra historia más reciente? ¿Podrá comprender la importancia capital de valores como la libertad, la solidaridad y la justicia sin buscarlos denodadamente en las mejores páginas de la literatura mundial? ¿O tendrá que conformarse con las misérrimas y antojadizas versiones con que suelen ametrallarnos desde los medios de comunicación?

Al acercarnos a una nueva administración del Estado, regresan con energía a mi mente los sueños y las expectativas que han sido frustradas una y otra vez en los últimos años. Creo que nosotros hemos hecho nuestra parte, a la medida de nuestras fuerzas. ¡Quisiera ver estos sueños realizados a otra escala!

08 enero, 2006

Ideas y preguntas peligrosas

Un asunto literario: TV or not TV

Los noticiarios de televisión son lamentables en nuestro querido Chile. Da la impresión que estuvieran dirigidos a una gris y torpe masa de mentes limitadas. Con voces impostadas y cantarinas pretenden imponer el sello de la objetividad. Una imagen vale más que mil palabras; eso dicen. Mas las imágenes alguien las selecciona y las manipula.

Una infaltable dosis de fútbol integra la mezcla de brutal adormecimiento colectivo. Los filósofos criollos del deporte tratan de elucubrar teorías novedosas sobre un tablero lamentablemente desprovisto de tópicos que pudiesen revestir alguna trascendencia. Cualquier extranjero creería que somos una potencia mundial del fútbol si considera el caudal de liturgia gastada en su homenaje.

En segundo lugar surgen los crímenes meritorios y los accidentes mortales. Siempre es preferible mostrar algo de “sangre” (sin trasponer los límites de las películas de acción que quizá vendrán a continuación) y mucho sufrimiento constatable. Los mejores reporteros se las arreglarán para interrogar a la madre del hijo desaparecido, atropellado o asesinado con interrogantes directas, a la espera de estallidos emocionales que inunden la pantalla de llantos y alaridos. De paso, dejar la sensación de que vivimos en un mundo de pesadilla, violento a ultranza, donde impera la ley de la selva (¿o será la del mercado?).

La satisfacción del morbo chilensis requiere también conocer de primera las desdichas eternas de los habitantes de casas que se desmoronan, canales que desbordan con las primeras lloviznas, humildes personas estafadas por toda clase de inescrupulosos, etcétera. No puede comprender la extensión de tales capítulos sin adherirse al concepto de que “de la desgracia de otros siempre emana un reconfortante aliento”.

Entre medio se deslizan los imprescindibles mensajes de los “auspiciadores”, que ocupan una importante fracción del tiempo de los noticiarios.

Y no puede olvidarse el avisaje político: la misma, sempiterna, gastada y repetida serie de entrevistas a una lista corta de de cacique políticos (lista que no excede unas pocas decenas), que se las arregla para opinar sobre lo humano y lo divino, normalmente desde la más profunda, vergonzosa (me refiero a la vergüenza ajena) y abyecta ignorancia.

La literatura juega un rol fundado en la omisión y la predominante ausencia. La literatura chilena no existe. Con excepciones notables, que es preciso agradecer y destacar, como aquella protagonizada cotidianamente por Alejandro Guillier, que se preocupa de comentar un libro ¡y mostrarlo en la pantalla chica! Los escritores no son noticia, como no sea para denostarlos en medios escritos de pacotilla o asimilarlos al ambiente de la farándula (con excepciones notables que se van extinguiendo como la recientemente desaparecida revista Rocinante). Nadie recuerda que los escritores han dado gloria mundial a la “marca” Chile: los Premios Nobeles Neruda y Mistral (marca de hotel y pisco al menos, dicho sea de paso).

¿Quién, qué canal, invita a escritores a opinar sobre algún tema de actualidad: sistema electoral, corrupción, crisis educativa, calidad de la justicia? La respuesta es tan triste como evidente: NADIE; NINGUNO.

Ahora la pregunta peligrosa: ¿por qué ocurre esto? Algunas alternativas:

A) Los directivos y gerentes del canal no leen LITERATURA, y por ende ni siquiera ubican a los escritores chilenos

B) Los jefes de prensa y los periodistas no saben nada de literatura actual; con suerte leen revistas y magazines “light”, en consecuencia no proponen nada al respecto.

C) Las encuestas indican que los chilenos leen poco o nada; en consecuencia debe actuarse sobre la base de que los escritores no contribuyen a elevar el rating (o sea , no producen rentabilidad)

D) En realidad los responsables sí leen o sí conocen a los escritores, pero temen que pueden “salirse de libreto”.

E) Ninguna de las anteriores (SIÉNTASE LIBRE DE OPINAR USTED AHORA, POR FAVOR, O EL ESTADO DE LAS COSAS SEGUIRÁ IGUAL)

24 diciembre, 2005

De monstruos y bellezas

El monstruo llora frente al espejo de la feria de diversiones porque su imagen se deforma y adquiere una apariencia grotesca. La hermosa muchacha con ojos de océano mira divertida su figura horripilante en el mismo espejo. Ella descubre a su príncipe azul en el espejo. Él cruza una mirada de amor con la maravillosa monstrua. Se enamoran perdidamente, y desde ese instante viven felices, juntos: la bella, el monstruo y el espejo.

* Este cuento pertenece al volumen de microcuentos De monstruos y bellezas, Mosquito Comunicaciones, 2007

11 diciembre, 2005

Elecciones y Literatura: Sugerencias de un Elector-Lector

Dada la proximidad de las elecciones, estimo necesario cumplir con el deber ciudadano de recordar aquellos temas largamente olvidados, que permanecen en la irresolución eterna, reivindicaciones que jamás trasponen el umbral del lenguaje discursivo de los congresistas, causas perdidas, utopías ensoñadas y todas aquellas ideas que podamos rotular bajo el viejo lema de “seamos realistas, pidamos lo imposible”.

Inestimables candidatos y candidatas, futuras autoridades de Chile:

Este es un mensaje dirigido a todos aquellos aspiran a convertirse en nuestros futuros representantes: Presidente, Senadores, Diputados.

Tengan presente que la literatura chilena le ha dado al país más honores que el fútbol, aunque en los noticiarios se le dedique la cuarta parte a este deporte y como norma los libros no se mencionen para nada (exceptuando honrosas excepciones). ¿Habrá algo que hacer al respecto?

Un país tan pequeño con dos campeones mundiales de poesía y muchos otros escritores que pasean nuestra bandera por el mundo debiera preocuparse por este producto de “exportación” no tradicional. Un libro de autor chileno en el extranjero constituye venta de talento químicamente puro, no de materia prima. ¿No formará parte de la segunta fase exportadora? ¿No habrá que fomentar nuestras exportaciones de literatura, y antes de ello, estimular las traducciones?

Continuamente ustedes mismos y otras autoridades se quejan de los magros resultados de la educación: bajos estándares en lectura y escritura. ¿Cuánto conocen los profesores nuestra creación literaria contemporánea? ¿Cuántos escritores –remuneradamente por cierto- visitan escuelas y liceos como parte del programa de formación regular? ¿Dónde se informan y perfeccionan los profesores de castellano acerca de literatura chilena actual?

Tenemos un canal nacional de televisión que no se diferencia en nada de los demás canales comerciales. Donde debiera haber una programación cultural hallamos farándula y necedad. Donde debiera haber debate de ideas, encontramos homogenidad y repetición de lugares comunes que ya constituyen letanía. ¿En qué programa de televisión se habla de literatura chilena? ¿Adónde se invita a escritores para conocer su opinión?

Acaba de cerrar una revista cultural de larga trayectoria, uniéndose a una extensa lista de publicaciones pluralistas consagradas a los temas excluidos de la televisión y los principales medios de comunicación. ¿Dónde queda la libertad de expresión, más allá de las hermosas declaraciones de los candidatos y las autoridades? ¿Hay que conformarse con lo que dejen pasar las dos grandes cadenas de periódicos y la televisión abierta, ligadas por cierto a claros intereses económicos y políticos?

Cuando alguien quiere enviar un libro a regiones o fuera de Chile debe pagar más que si envía una carta en nuestra empresa estatal de correos. No existe un privilegio para las publicaciones como lo hubo en otra época. Si un libro se envía como carta es más barato que si se declara como libro. ¡Un absurdo! Nadie habla de este impuesto adicional a la lectura. ¿Habrá algo que hacer al respecto?

En un país pequeño como el nuestro, el Estado tiene un rol irrenunciable en materia de educación, cultura, libertad de expresión. Un mercado tan pequeño genera enormes dificultades a las pequeñas editoriales autóctonas (que enfrentan enormes gigantes transnacionales), a las revistas alternativas (que compiten con consorcios poderosos y las cuales el estado no subvenciona ni compra publicidad), a las corporaciones culturales como la nuestra (las empresas no “invierten” en literatura), a los propios escritores (los derechos de autor son magros por las bajas tiradas).

Es muy difícil, por no decir imposible, que un escritor que viva en Chile pueda dedicarse a su quehacer creativo con exclusividad. Hay algunas becas, pero son exiguas (una beca de escritor debiera permitir un año de subsistencia, como ocurre en muchos países). Los premios literarios son escasos y no siempre bien dotados (sería hora de que el Premio Nacional fuese anual y diferenciado por géneros). No hay fuentes de trabajo adicionales para los escritores, aunque podrían tener un importante rol de colaboradores y motivadores en materia de fomento de la lectura en el sistema educacional. No hay mecanismos de incentivo a la exportación de literatura.

El espacio destinado a la literatura en los medios y en las noticias es casi cero. ¿Por qué nos asombramos entonces de los enjutos niveles de lectura de la población? ¿Por qué asombrarse de que muchos notables candidatos hablen enhebrando frases hechas y lugares comunes conectados por enervantes muletillas? ¿Es usted uno de ésos? ¿O le interesa realmente el futuro de nuestro lenguaje y la escritura de nuestra historia, que tal vez tengan mayor impacto en el bienestar de los chilenos que los tratados de libre comercio?

La verdad es que me sentiría satisfecho si uno solo de ustedes, liustres candidatos, recogiera el guante y aceptara el desafío. Al menos contaría con el apoyo irrestricto de quienes creemos en la potencia y la importancia de la literatura.

Diego Muñoz Valenzuela

24 noviembre, 2005

La biblioteca

El profesor entró con indisimulado deleite a la nueva biblioteca.

LA BIBLIOTECA CIERRA A LAS 19 HRS.
SE RUEGA ABANDONARLA OPORTUNAMENTE.
SE AGRAD...

Interrumpió su propia lectura para admirar los detalles. Todo alfombrado e impecable. Se acercó a los ficheros y se abocó a revisar algunos en forma sistemática; periódicamente anotaba cifras en los formularios que encontró sobre el mesón de pedidos. Envió los papeles por el montacargas hacia el subterráneo y un par de minutos después cinco libros relucientes retornaron en lugar de aquéllos. Tomó los textos y los transportó a la sala de lectura.

NO FUMAR

Palpó los costados de su chaqueta; de todos modos no importaba, había olvidado comprar cigarrillos.

LA BIBLIOTECA CIERRA A LAS 19 HRS.

El profesor hizo un gesto de desprecio, ‑ los malditos burócratas‑ o algo así murmuró. Se sentó y se dispuso a leer. Eran las 18:29. Hojeó el primer libro, luego el segundo. Sólo para disimular, ninguno de los dos le interesaba en realidad. El tercero tenía tapas verde brillante; las abrió impulsivamente. Saltó el prólogo para leer el capítulo uno.

Había pedido cinco libros para leer uno solo, uno que le costaría el puesto si lo sorprendieran. Nunca más encontraría trabajo. Para un maestro no existían las segundas oportunidades. Le había costado decidirse. Mucho era el riesgo, tal vez mucho más de lo que creía. Pero leía con fruición. Nada lo podía distraer, nada lo podía distraer, nada.

18:40

Terminó con el capítulo I y dobló la página. Antes anotó algo en un cuadernillo. Centró la vista en el libro.

18:47

Miró la hora. Bajó la vista. Allí estaba todo, todo cuanto deseaba saber, todo, todo. Su avidez crecía.

No podía llevarse el libro a la casa. Tenía que verlo ahora, aprovechar al máximo esta oportunidad, quizás no tuviese otra.

18:57
18:58
18:59

El profesor estaba nervioso. Devoraba el libro, nada más parecía interesarle. !Queda tan poco!

18:59:30

Miró el reloj de la sala y cerró el libro. Caminó hacia la salida.

19:00

La compuerta se cerró antes de que el profesor pudiera alcanzar el umbral. Se puso color de harina. La luz se debilitaba en el interior de la sala. Entonces recordó a su sobrino que salió a caminar y pensar y que no volvió nunca, y de su mujer que le ocultaba los anteojos para que no leyera tanto. Ahora estaba todo negro. Alguien le quitó el libro y lo arrastró por un pasillo que hasta hace un rato atrás no existía.

* Este cuento pertenece al volumen LUGARES SECRETOS (Mosquito Comunicaciones, 1994).

11 noviembre, 2005

El valle del Inca

Nadie ha tenido más poder que el sabio Túpac Arachi. Sus dominios sobrepasaban las fronteras del Imperio Inca que nosotros conocemos, atravesaban las más inaccesibles cordilleras, los mares más extensos y remotos. Sus territorios, así como sus conocimientos, trascendían el límite de lo conocido y lo desconocido. En todo lugar eran aceptados sin discusión sus designios y escuchadas con entusiasmo sus palabras.

Túpac Arachi era viejísimo, anterior a su propio imperio, tenía la edad de las piedras y el agua, y ya no quedaba nada o muy poco que lo atara a la remota iniciación de su existencia.

El palacio del Inca, por expresa orden suya, había sido construido muy cerca del Valle Petrificado, que quizás era el último lazo capaz de vincularlo al pasado.

Muy pocos hombres entraron al Valle, no por una prohibición de Túpac Arachi, quien jamás dictó un decreto de esa naturaleza, sino que debido al desmesurado temor, al irracional sobrecogimiento que producía su visión. En el Valle el tiempo se había detenido: todo estático, quieto; ni siquiera el viento o un sonido alteraban esa realidad inmóvil. Los árboles pétreos, de hojas rígidas y calladas; los pájaros detenidos en trino eterno y silencioso, o implicados en un vuelo patético e imposible, flotando como globos fijos, proyectando sombras también fijas. Un jaguar que acecha infinitamente a su presa arrojando espuma por entre sus fauces, y el cervatillo que olfatea el aire presintiendo la proximidad de la fiera, sin poder escapar, con el terror fotografiado en sus ojos abiertos. Un tapir condenado a beber a perpetuidad de un arroyo con aguas mudas que no escurren, que jamás llegan a su garganta para aplacar la urgencia de su sed.

Nada supera la horrorosa certeza de ser lo único vivo entre lo rígido y muerto. Con la excepción de Túpac Arachi, todos los hombres que entraron al Valle Petrificado enloquecieron y murieron esperando un movimiento, aguardando el fin de la escena: ver volar y cantar a los pájaros entre los árboles movidos por el viento, resolver la incógnita del ciervo y el jaguar, aplacar la sed del tapir, terminar ese mundo eternamente inconcluso.

Sólo a Túpac Arachi no le inquietaba la misteriosa realidad del Valle, y acaso era ésta la mayor prueba de su sabiduría, la razón esencial de su poder. Tal vez el Valle solamente le aportaba la tranquilidad y el tiempo requeridos para una reflexión profunda y necesaria.

El anciano Inca jamás hizo uso de la fuerza para mantener bajo su dictamen al Imperio. Su Guardia Guerrera cumplía una función apenas decorativa y no tenía ningún privilegio sobre el resto de la población. Los miembros de la corte y el sacerdocio eran respetados, pero no abusaban de esa prerrogativa; además nada que contribuyera a su envanecimiento y gloria personal era aceptado por el pueblo. Desde la fundación del Imperio nadie había muerto por mandato de Túpac Arachi; las horcas y las hachas se descomponían y oxidaban en las bodegas, los látigos se revenían con la humedad. Odios y frustraciones se disipaban en las noches plácidas y silentes del Valle.

El Inca había explicado una vez que una muerte ordenada por él sería capaz de alterar el equilibrio alcanzado, produciendo una ola sin fin de sangre que ahogaría al Imperio. Manifestó en aquella ocasión que de firmar una orden semejante, firmaría al mismo tiempo, de un modo desconocido, oculto para los hombres, su propia sentencia y la del Imperio.

Túpac Arachi reinó durante siglos en medio de la sana alegría popular, de la sucesión de ricos y variados sembradíos y de cosechas abundantes, y de un sagrado culto y veneración mutuos entre los hombres. Fue así hasta que Paccari‑Tampu, familiar del Inca, urdió una trama siniestra. Comenzó por relatar a algunos cortesanos bien elegidos que había descubierto una conspiración para asesinar al Inca. El rumor se difundió rápidamente por la corte hasta llegar a Túpac Arachi, quien desatendió las advertencias, aunque no pudo disimular su preocupación ante esta insólita manifestación de violencia.

A través del propio Paccari‑Tampu fue informado el Inca de los nombres de los supuestos conspiradores, un grupo de campesinos descontentos, cuyas tierras estaban en los límites del Imperio. Esos territorios habían sido incorporados recientemente al Imperio, por lo tanto no eran gente de fiar todavía. Paccari alentó al anciano Túpac para que los ajusticiara, pero éste se obstinó en dejarlos libres y en no tomar medidas contra ellos, argumentando que, de tomarlas, éstas se volverían en su contra.

Paccari, sin perder las esperanzas, hizo traer a los campesinos acusados, quienes ignoraban la farsa en que estaban envueltos. Cuando los labradores ingresaban al palacio, los saludó primero que nadie y les señaló el camino. Antes se había ocupado de enviar súbditos suyos con ricas túnicas, vinos y armas como obsequio a los campesinos, quienes tomaron los regalos con gran alegría. Corriendo por pasillos paralelos llegó Paccari donde el Inca, gritando que ya venían a asesinarlo, que de nada servían sus argumentos si su muerte era inminente, que era preferible ajusticiar a los sublevados y salvar, junto con su vida, la permanencia del Imperio.

Al sentir la algarabía de los campesinos medio ebrios penetrando en la antesala y ver sus relucientes armas, Túpac Arachi cayó en la maraña de Paccari, ordenando a sus guardias ejecutar en el acto a las infelices víctimas.

Al derramarse las primeras gotas de sangre en aquella tarde lóbrega y terrible, el Valle Petrificado se estremeció, imperceptiblemente primero, luego en forma violenta, atronadora. Los pájaros trinaron con una fuerza inusitada, aquellos que volaban fueron a estrellarse contra los árboles, destrozando sus cuerpos palpitantes, el jaguar atrapó al cervatillo entre sus garras sin alcanzar a devorarlo, el tapir hundió su hocico en el agua aprestándose a beber, pero antes de que cada cosa se consumara, el Valle desapareció entre las montañas que se derrumbaban y fue cubierto por la lava de los volcanes inanimados por milenios. En pocos minutos no quedó prueba de su pasada existencia. Paccari‑Tampu, testigo de la escena, sollozaba en silencio. El objetivo de su acción era entrar al Valle sin temor a enloquecer con las visiones bellas y enigmáticas. Paccari creía ‑fundadamente‑ que la pasividad del Imperio era lo que impedía el movimiento en el Valle, y que por lo tanto, si alteraba la situación éste cobraría nueva vida; así disfrutaría de la belleza y el conocimiento del Inca. Ahora estaba condenado a no conocer el Valle Pétreo, su vileza había sido infértil, inútil; sólo había conseguido su propia desdicha. Aún le restó valor para clavarse una daga en el corazón y cayó a la tierra negra envuelto en sus lágrimas y en su sangre.

Túpac Arachi fue ahorcado meses más tarde durante una feroz revuelta campesina impulsada y dirigida por parientes de las víctimas. El Inca, antes de morir, tuvo la certeza de que sus pensamientos eran exactos: al ordenar la muerte de aquellos infelices labradores con un simple ademán, habíase condenado a sí mismo a una muerte peor que las que había inducido. Por ello, en sus horas finales tuvo el aplomo de no solicitar una clemencia inmerecida, dando así una última prueba de sabiduría y de valor.

* Este cuento integra el volumen LUGARES SECRETOS (Mosquito Comunicaciones, 1994)

01 noviembre, 2005

El sitio

Está el castillo sitiado por un ejército enemigo. Quienes resisten en la fortaleza de piedra padecen de sed, hambre y fatiga. Desesperado por el asedio, el Barón hace llamar al Mago, quien ejecuta un sortilegio de inversión; ahora es el ejército invasor quien resiste dentro del castillo y son las fuerzas del Barón las que hostilizan a los defensores.

El Amo de los enemigos despierta sobresaltado y sorprendido por su propio sueño. Ordena el ataque.

El Barón despierta en su sillón señorial, donde lo había vencido el cansancio; escucha los clarines del combate y corre para organizar la defensa.

Bulle entonces la carcajada del Mago por almenas, fosos y puentes levadizos, por el llano. Lanza sus sortilegios maravillosos. Ríe.

El Barón nada oye y carga furiosamente con sus hombres hacia los torreones.

El Barón no escucha sino los gritos de sus enemigos y desenvaina la espada para la que será,acaso, su última batalla.

* Este microcuento integra el volumen Angeles y verdugos, (Mosquito, 2002)

23 octubre, 2005

El paseo matinal


Pasaba por ahí todas las mañanas, con las manos nerviosas ocultas en los bolsillos de su abrigo ya tan raído. La observaba en silencio, hasta olvidaba el hambre por momentos mientras le enviaba imágenes alegres, celos, sufrimientos. Concentrábase en ese aire altanero, en esa distancia suya, en sus ojos perdidos a lo lejos. Nunca pudo desalentarlo su indiferencia, tampoco esa distinción tan lejana a su propia miseria.

En ocasiones ella sentía la calidez de su mirada; quizás hasta alguna vez quiso responderle, sonreírle a él en especial o derramar alguna lágrima. Pero hay tantas, tantas cosas prohibidas para un maniquí encerrado en su vitrina. Aún así, él sobrevivió todo ese tiempo gracias a ella.

* Ilustración de http://kusari-blah.deviantart.com

14 octubre, 2005

El hombre de las gafas enormes

La primera vez que vi en persona a Salvador Allende fue en un mitin para las elecciones presidenciales de 1964, como candidato del FRAP (Frente de Acción Popular). Yo estaba feliz, instalado sobre los hombros de mi padre, observando a ese señor de lentes con marcos tan gruesos hablando desde una improvisada tribuna en los alrededores del Parque Forestal. Su discurso estaba lleno de pasión y aunque miraba de vez en cuando unas cuartillas invisibles para nosotros, parecía que las palabras brotaban de su corazón, y no desde una reflexión prefabricada. Yo era un niño, incapaz de vislumbrar el significado completo de su discurso, pero sí pude advertir la contagiosa emoción que emanaba ese hombre entrañable. Describía un mundo nuevo, esbozado en sus sueños, mientras flameaban estandartes azules desde donde sonreía un sol pleno de ilusión.

Como yo era un niño, no sospechaba la importancia que el hombre de profusos anteojos iba a tener en mi vida, y en la de millones de chilenos en los años venideros. Menos todavía podía adivinar los sentimientos que ahora me embargan ante la sola mención de su nombre, emociones que van intensificándose con el transcurso del tiempo. ¡Cuántas veces evité pensar en su apellido, aunque lo hubiese gritado mil veces, transmutado en consigna poderosa, aunque lo hubiese pintado en los muros de la ciudad, trasminado de lágrimas y risas! Para evitar el dolor, para enterrar ciertos sufrimientos, para vadear un terreno cenagoso, donde aguardan ciertas reflexiones con sabores amargos. Una sensación difusa, extraña, inasible; un sabor a hiel que visita la garganta. De alguna forma comprendo hoy, ahora que escribo estas líneas, que he tratado de exorcizar su nombre, aunque parezca lo contrario. Y no ha sido por cobardía, ni por vergüenza, ni por neutralidad, ni oportunismo, ni conveniencia, sino porque intuyo que entraña una reflexión pendiente para mí, para todos nosotros. No estuvimos a la altura, no estamos ahora, mucho menos...

No se confunda usted que me lee. No vaya a creer que le he arrancado el traste a la jeringa. O sea, conscientemente no. Y sin embargo, lo he hecho. Tampoco voy a avanzar demasiado en esta oportunidad, eso es lo peor. Es apenas el comienzo de una deliberación conmigo mismo. Y con ustedes. Intentaré explicarme nuevamente.

Creo que no comprendimos, no entendimos sus sueños. Ninguno de nosotros. Todavía no lo hacemos. Quizás entendimos otra cosa, algo que se asemejaba al mundo que narraba en sus palabras, pero que no era. Lo aplaudíamos y las palmas celebraban otra idea distinta, una que estaba al otro lado, más allá de, inalcanzable. La formidable distancia que a veces se da entre la racionalidad y las emociones. Tan lejos, tan cerca, Salvador Allende.

En la campaña presidencial de 1970 escribí decenas de veces su apellido en las calles de Santiago, vestido con un mameluco impregnado de pintura de todos los colores del arco iris. Escribía Allende, pero en verdad pensaba en solidaridad, en amor, en libertad, en esperanzas, en justicia; poco en mí, mucho en los demás. Yo trazaba enormes letras en el estilo del pop-ar,t y mis camaradas, delirantes chascones adolescentes, las iban rellenando con las brochas que sumergían en los tarros de pintura amarilla, verde, roja. Nuestra alma se quedaba allí, adherida a las paredes de Santiago. Pintábamos sueños, no consignas.

Cuando vivimos el interminable invierno que se extendió por diecisiete eternos años, no vaya a pensar usted que no hice nada, que me quedé con las manos en los bolsillos, esperando un milagro. Que renegué del hombre de las gafas enormes. No, no viene de allí mi amargura, no se equivoque. Es otra cosa, es algo infinitamente más complejo que cualquier escritura, que cualquier pieza de música que pudiera ejecutarse. No voy a poder decírselo, ¿me entiende? En medio de esa noche terrible escribí su apellido y agregué a su lado la palabra VIVE. No estuve solo, había muchos otros al mismo lado. También escritores y artistas. No fui un héroe, para nada, estaba muerto de miedo, con frecuencia a punto de cagarme en los pantalones. A veces pintábamos durante el toque de queda. En la noche silenciosa, interrumpida apenas por el paso ocasional de las patrullas militares, nos parecía que el sonido de las brochas superaba el despliegue atronador de las orugas de un tanque. ALLENDE VIVE, escrito en letras temblorosas, espectrales, manchadas de miedo.

El día que Salvador Allende ganó las elecciones, el 4 de septiembre de 1970, la increíble noticia recorrió el país de punta a punta. El sueño hecho realidad, al cuarto intento, contra todas las probabilidades, las estadísticas y las encuestas; contra los poderes omnímodos, los internos y los foráneos. Derribado por una gripe brutal, estuve condenado a escuchar las noticias en la vieja radio a tubos que reposaba sobre el velador de mi padre. El corazón iba dándonos vuelcos con cada cómputo. Ocurría lo imposible. Aquello que demandaban los estudiantes en el París de Mayo de 1968, estaba convirtiéndose en palpable materialidad: seamos realistas, exijamos lo imposible. Lloré de alegría junto a esa bendita radio que me traía las noticias de mis compañeros felices, diseminados por el país, por el mundo. Con cierta sensación culposa, alentados por mi pujanza, mis padres salieron a celebrar, y aunque estuve solo esa noche, mientras los demás celebraban en las calles, jamás –en el resto de mi vida- he vuelto a sentirme tan acompañado.
Después tantas cosas, tantas. Lo que algunos llaman el devenir de la historia (¡qué simple suena dicho así!). Vi muchas veces al Compañero Presidente, como lo llamábamos con auténtico cariño. En marchas, aniversarios, salones, en la televisión, con una sensación cada vez más rica en emociones. A poco andar del gobierno de la Unidad Popular, la marcha de los acontecimientos comenzó a parecerme insoportablemente morosa. Todo esfuerzo me parecía insuficiente, precario, tímido. Aunque también percibía los peligros de la desunión y los esfuerzos siniestros de la derecha fascista y los oficiales del imperio.

El cielo fue adquiriendo tonos grisáceos y la atmósfera se cargó de electricidad hasta un extremo insoportable. Recuerdo el 10 de setiembre de 1973 como un día triste, gris, tenso, pesado; el ambiente anunciaba hechos terribles. Al día siguiente, muy temprano, partí caminando desde mi casa al colegio; una distancia de por lo menos cincuenta cuadras. No había microbuses, esa era la razón de la caminata; las continuas huelgas de transportistas procuraban paralizar la actividad productiva, las clases, todo. Por eso los estudiantes que apoyábamos al gobierno de la Unidad Popular nos levantábamos de madrugada para asistir a clases; lo sentíamos nuestro deber patriótico. Nuestro profesor de matemáticas hizo lo propio ese día; antes de la hora oficial estábamos iniciando su clase con la mitad de los alumnos. Antes de las nueve de la mañana ingresó intempestivamente a la sala uno de nuestros compañeros de curso anunciando, exaltado y feliz, el golpe militar en curso. Nos miramos espantados, atónitos, aunque el suceso era más que previsible a esas alturas. Los aviones de la Fuerza Aérea comenzaban a sobrevolar la Moneda a escasos doscientos metros del colegio (era el Instituto Nacional).

Bajamos al subterráneo para organizar la resistencia. Éramos un puñado de adolescentes dispuestos a defender al gobierno del Presidente Allende hasta la última gota de sangre. Allí esperamos una hora que llegaran unas armas que jamás arribaron. El ruido de los Hawker Hunter era atronador, terrorífico. Un profesor vino a decirnos que nos fuéramos para la casa. “Nunca van a llegar esas armas, muchachos, váyanse antes que los masacren”. Nos fuimos, con los ojos rojos, llenos de lágrimas y de rabia. El bombardeo estaba próximo a iniciarse y se escuchaban ráfagas de ametralladoras por doquiera y el espantoso trepidar de los helicópteros que llevo grabado en la médula de los huesos. Milagrosamente tomé una micro aparecida como por arte de magia, tal vez la última, en silencio. Nadie hablaba. Imperaba un silencio sordo y terrible que me apretaba el estómago con su peso infinito. Todo el camino de regreso experimenté una amargura tremenda. Una vez en casa, alcancé a escuchar su discurso, antes de que los aviones derribaran la antena de la Radio Magallanes, último bastión de la libertad de prensa.

He escuchado a muchas personas referirse en términos condenatorios al suicidio de Allende: que habría podido organizarse un gobierno en el exilio, menos represión, dictadura más corta, en fin, críticas miopes e injustas. Su suicidio fue el último acto de lucidez histórica, de entrega, de sacrificio por los demás. No tuvo sentido para él vivir la derrota de su proyecto político, porque no estaba derrotado, sólo interrumpido. La vía democrática al socialismo es posible, nos quiso transmitir; ahora es imposible, pero otras personas lo lograrán en el futuro.

Éramos demasiado débiles, crueles, mezquinos, desunidos, flojos, ingenuos, siniestros, serviles, egoístas, estúpidos para que fuera posible aquel sueño. Podemos aplicar esta misma frase en presente: somos... Eso es lo que me dolió ese día, lo que me sigue doliendo, cuando recuerdo el rostro del hombre con las gafas grandes, el hombre que tantos años encarnó las esperanzas más altas del ser humano. Y que lo sigue haciendo, más allá de la muerte, con esa voz tan querida que me susurra sueños por dentro.
 
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