10 agosto, 2005

¿A qué temperatura arde el libro?

Diversas encuestas, realizadas desde el año 1980 en adelante, nos informan persistentemente acerca del deterioro de la lectura en Chile. La reciente encuesta del INE (2004) aclara que sólo el 39,7% de los santiaguinos leyó un libro el último año. Las bibliotecas de la mayoría de los hogares acomodados no superan los 50 ejemplares. En el 40% de los hogares más pobres no hay un solo libro. Cifras aterradoras. Y hay más. Y peores.

Literatura y lenguaje están íntimamente relacionados; el conocimiento de la primera -la lectura literaria asimilada como actividad permanente- lleva al desarrollo del segundo. Y el lenguaje es uno de los factores relevantes para el desarrollo económico, social y cultural de un país, ¿qué duda cabe a estas alturas?

Explicaciones para estos precarios niveles de lectura abundan. Una de ellas radica en la falta de tiempo que caracteriza a nuestra “postmoderna” sociedad. El exceso de trabajo, los horarios extensos, la baja productividad que impera en el medio (ojo, ostentamos el récord mundial de improductividad laboral), más el culto al “irse lo más tarde posible” para dar apariencia de esforzado, y los largos y lentos desplazamientos a través de la ciudad, conforman un cuadro familiar. El agotado trabajador llega a casa para buscar entretención fácil antes de caer en un sopor que intelectualmente no se diferencia demasiado de su día “activo”. No llega a leer, sino que a ver televisión, ojalá un programa insulso, que le arranque risas fáciles mediante el simple expediente de repetir letanías chabacanas. O sangre, balas, sexo, competencias, “realitys”, toda la gama de la obviedad mediocre que impera en nuestra televisión.

Peor aún se ponen las cosas, si consideramos la operación real de nuestro sistema educacional, que refleja –año tras año y de manera hasta ahora irreversible- un deterioro en las capacidades de comprensión de lectura y expresión oral y escrita. Me da la impresión que los profesores no se distancian mucho de los promedios estadísticos; leen poco o nada, repiten una y otra sus clases como letanías, sin añadir nada nuevo, obligan a los estudiantes a leer textos atroces o inadecuados (en vez de buscar textos actuales, que despierten su interés).

Mis hijos Eloísa y Emilio reclaman con frecuencia debido a la fomedad de los libros que los hacen leer en el colegio; parece que tales textos fueran el resultado de una subespecie de escritores dedicada a producir historias para idiotas, más que para niños o jóvenes. He leído muchos de estos libros, algunos vernáculos, y he sentido auténtico pavor. No se puede pretender educar a los niños concibiéndolos a priori como descerebrados. Leer idioteces sólo puede complacer a un estúpido, con suerte. Un niño, con mayor razón un joven, puede leer cualquier libro que le resulte entretenido, estimulante, que le abra nuevos mundos. Pero si la mayoría de los profesores del ramo no leen literatura actual, ¿cómo van a enseñarles a sus alumnos este universo paralelo, desconocido?

A este respecto, con horror he constatado recientemente –gracias a los intereses lectores de mi hijo menor, Emilio- que no existen ejemplares íntegros de Sandokán de Emilio Salgari en nuestras librerías nacionales. Así de simple: NO EXISTEN versiones completas de estos libros, sino sólo versiones resumidas por “especialistas”. No quiero referirme a los buenos momentos que pasé en la niñez leyendo esas y otras aventuras; ya lo haré en otro artículo. Tampoco a lo recomendable de tales lecturas. Pero quiero decir, o gritar, que ME PARECE INCONCEBIBLE, ABERRANTE que se aliente –siquiera que se permita- que los profesores hagan leer una versión abreviada de estos libros. ¿Qué puede ganarse con este procedimiento? ¿Abultar el número de libros leídos? ¿Engrosar las evaluaciones de desempeño de los profesores? ¿Mejorar los textos originales extrayendo trozos considerados inútiles o innecesarios por algún inescrupuloso? Francamente no consigo comprender la intencionalidad de este procedimiento.

¿Cómo es posible que las editoriales hagan negocio con esta clase de barbarie y nadie le ponga atajo? ¿No es acaso una suerte de piratería aún más despreciable que la venta de libros en las calles, dado que hipoteca masivamente las mentes de nuestros niños y nuestros jóvenes? (el porvenir de la patria, expresaría el demagogo) ¿Qué hacen nuestras autoridades, tan sistemáticamente preocupadas por los alarmantes descensos en los niveles de lectura y de comprensión de la lectura?

Despacho de última hora: todavía no consigo hallar libros de Salgari ni siquiera en la veintena de librerías de viejo que he recorrido en las últimas semanas. Por ahora Emilio tendrá que seguir leyendo los amarillos, polvorientos libros en estado de desintegración (colección Robin Hood) que tuve el tino de guardar para la posteridad. Y tal vez aprendérselos de memoria para preservarlos, como hacen algunos héroes de la lectura en esa estupenda novela de Ray Bradbury: Fahrenheit 451, la temperatura a la que el papel arde.

4 comentarios:

Jirafales dijo...
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lsolisdeovando dijo...

Hola Diego. Veo que terminó por tentarte el fenómeno blog. Me parece bien. Yo también me resistí, pero el ego es débil, y la comunicación que se puede generar es impagable. Te comienzo a leer, y pégate una vuelta por Goma de Mascar.

(http://gomademmascar.blogspotcom)

PD: ¿Cuándo nos juntamos? Se me fue llamarte el miércoles. Estoy con poco tiempo. Si no puedes juntarte, al menos cuéntame de los cuentos por e-mail, que debo decidir por uno de ellos para Paula. Soñar no cuesta nada. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Felicitaciones Diego...! Yo aun me resisto a esto del blog. o sera que estoy dentro de la modernidad?

cariños
Sol Molina

Marion dijo...

Hola Diego!! el blog me parece una forma de conversar, un espacio donde ir sabiendo que pasa con la vida,en qué estamos, en esta ciudad de poco tiempo,mucho ruido y poca lectura como tu señalas, un encuentro siempre es bueno, me alegra encontrarme contigo!!
un abrazo!!

 
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