
Cruzaron miradas ardientes por primera vez una noche de viernes, en un bar repleto de solitarios ansiosos por dar un vuelco a sus vidas. Mantuvieron sus ojos clavados el uno en el otro mientras consumían los tragos. Pasaban la lengua por el borde, se empapaban los labios con licor, mordían con malicia los bordes del vaso. Así una y otra vez, hirviendo de goce. Bebieron la última gota dejándola caer sobre sus lenguas, terminaron juntos y pidieron la segunda ronda, que fue más cadenciosa y acompasada, de movimientos más tenues y calculados. El placer fue intenso, quizás debido a la lentitud con que bebieron. Pagaron sus cuentas sin cambiar palabra y sin soltarse la mirada, hasta que llegó el momento de partir. Se fueron felices y ensoñados rumbo a su mundo solitario, imaginando el reencuentro del viernes siguiente.



