11 septiembre, 2005

Resabios dictatoriales y vigencia del autoritarismo

Resulta difícil, para quien escribe estas líneas, reflexionar en abstracto sobre las dictaduras, habiendo vivido inmerso en una de ellas por diecisiete años: la duración de la tiranía de Pinochet en Chile. Tal parece que ese periodo nefando ejerce todavía, más allá de su término hace trece años (vamos en el tercer gobierno democrático y aún no transcurre el mismo lapso que la dictadura) una influencia considerable. Y así es, pues nuestra democracia adolece de graves defectos heredados del pinochetismo, serias ataduras que impiden –a modo de ejemplo- una real representatividad entre los congresales.

Quienes teníamos diecisiete años en 1973, nos aprestábamos a ejercer, por vez primera –junto con adquirir la anhelada mayoría de edad- el derecho a voto, tuvimos que enfrentar una realidad muy diferente a la de nuestros sueños. Los siguientes diecisiete años fueron una sucesión de horrores, censura, persecución, cárceles y muerte. Conocimos la universidad intervenida y amordazada; la prensa controlada férreamente, igual que todos los medios de comunicación. Finalmente, después de una larga lucha, votamos a una edad absurda, ¡y con severas restricciones, algunas de las cuales se mantienen a la fecha!

Sin abundar en el trágico significado de la dictadura militar en Chile, sólo quiero recalcar que mi reflexión parte inevitablemente de esa realidad ominosa, todavía presente -por desgracia- a través de los resabios y efectos del fascismo criollo. Resulta tarea difícil, acaso no imposible, abstraerse de esa experiencia para entrar en este análisis. Sin embargo, recuerdo los debates previos al golpe del 73, antes del quebrantamiento de la democracia. Se discutía mucho acerca de la posibilidad de construir el socialismo sin que esto significara reducir las libertades públicas o construir un poder omnímodo y centralizado. Pocos, muy pocos defendían un modelo de socialismo autoritario; a la mayoría la dictadura del proletariado nos parecía un concepto execrable, casi tan repulsivo como la peor agresión del imperialismo.

Se trataba de construir una sociedad más justa por un camino nuevo, libertario, autónomo; y aparte de constatar aquí la justicia de esta aspiración, es necesario también relevar su alto grado de candidez e ingenuidad: ¿Iban los dueños locales del poder y los foráneos administradores del imperio a permitir este experimento? Amenazados los intereses de las grandes empresas, se puso en movimiento una maquinaria que no sólo no trepidó en dar por tierra con una de las democracias más sólidas de América Latina, sino que lo efectuó mediante un ejercicio cruento del poder, a costa de miles de desaparecidos, ejecutados, torturados, perseguidos y exiliados. Esta fue la realidad dominante en todo el continente desde fines de los años sesenta hasta fines de los ochenta; o sea tres décadas de opresión sistemática.

La pregunta que podemos hacernos a estas alturas –en el escenario del imperio una democracia restringida incluso en lo constitucional- hasta qué punto es posible construir una mejor sociedad en las condiciones actuales, cuando enfrentamos nuevas formas de autoritarismo, más sutiles, pero no por ello menos efectivas. En estos treinta años de dominio dictatorial a nivel de nuestro continente, se produjeron fenómenos regresivos en diversos órdenes: los estados disminuyeron su influencia en el ámbito económico, el capital se concentró siguiendo la tendencia global, se afianzó la influencia norteamericana, los partidos de izquierda fueron debilitados por las persecuciones, aunque también –hay que reconocerlo- por los conflictos internas desatados por otras formas de autoritarismo. El derrumbe de la Unión Soviética y sus aliados de Europa del Este, y la consiguiente hegemonía de los Estados Unidos –cuyos efectos nocivos vivimos a plenitud en esta época- junto con el avance demoledor de la globalización, nos deja expuestos frente al accionar de un gran monstruo de control, una de cuyas múltiples cabezas, o apariencias, es la figura del mercado. El mercado es un nuevo Dios, que todo lo gobierna, sin contrapeso, sacralizado casi en forma unánime.

Los años sesenta fueron un tiempo de grandes luchas libertarias, donde se consagraba el derecho de todos a expresarse sin tapujos, a tolerar la existencia y la visión de los otros. Después del gran paréntesis oscuro, empeñados en reconstruir la democracia, se retoma este camino, aunque con grandes y nuevas dificultades. Por ejemplo ¿Cómo hacer valer la teórica libertad de expresión si son grandes consorcios los que gobiernan la mayoría de los medios de comunicación, y si estos consorcios están vinculados a los grupos económicos nacionales o internacionales? ¿Cómo se cautela esta misma libertad cuando los “mercados” del libro están dominados por grandes empresas transnacionales? Unos pocos hechos locales: en Chile la crítica literaria se ha jibarizado; la presencia de la cultura en la televisión es mínima; los medios de comunicación dominantes destacan sólo aquella literatura que es buen negocio o que no atenta contra el statu quo.

Cualquier dogma, cualquier fundamentalismo, cualquier restricción a la expresión de un ser humano, deben ser desterrados; éste es un gran objetivo en el que todos estamos de acuerdo. Sin embargo, sigue habiendo una pregunta anterior, vinculada a los derechos básicos de las mismas personas: trabajo, salud, educación, justicia, por remitirnos a lo esencial. Si las carencias de nuestras economías impiden a grandes sectores el acceso a lo más elemental; y si por añadidura hay millones de personas privadas del acceso a la educación y a la cultura ¿cómo se logra contrarrestar a los grandes poderes y sus enormes y sutiles maquinarias de autoritarismo? (léase marketing, cultura de masas, segregación, consumismo, masificación).Por todo lo antes expuesto, me cuesta abordar el tema de las dictaduras sin vincularlo a nuestra realidad demasiado determinada por el pasado reciente de las dictaduras feroces, expuesta a sus secuelas y consecuencias directas, en medio del reinado de un nuevo ciclo de autoritarismo sutil, aunque no menos brutal en sus efectos reductores del antiguo anhelo de la emancipación humana.

4 comentarios:

José Senderos dijo...

Gracias por tus palabras, me llena de aliento saber que todavía queda conciencia

Anónimo dijo...

Diego el viernes no mas despues del encuentro en la corporacion sin nombre hablamos con unos de los asistentes, sobre el este tema y les comentaba que el 73 me quede colgado de la brocha por no poder votar, por eso mismo fui uno de los primeros en inscribirme en los registros electorales cuando estos se re.abrieron, y quede conforme porque se comenzo a acabar con esos largos diesiete años que tanto queriamos que se acortaran

Marión dijo...

“Tenemos el deber de resistir, de ser cómplices de la vida ....unidos en la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano, resistamos”
Sábato, a los y tantos, casi ciego

Entonces mi querido amigo, seguiremos resistiendo, porque no es esto por lo que luchamos, no es esto lo que queremos para nosotros , para aquellos que amamos y para los desconocidos de siempre

un abrazo

Felipe_Lira dijo...

No deja de ser el tema. Cuando me dijeron que el hombre, era un ser político por naturaleza, renegé de mi naturaleza, no podía creer que fuera necesario tener una opinión sobre temas que en apariencia, ya no me afectarian, eran temas del pasado. Hoy, luego de tantos años, veo mi grave error de conceptos, resumiendo, era parte de de la dictadura de la ignorancia. Un profesor de historia (y seguro pasó por lo mismo), recordó con gran emoción sus tiempos de estudiante, en los cuales el salir era un lio... toque de queda, depender de la hospitalidad del dueño de casa si se celebraba algo hasta el amanecer... etc. Ya con 23 años, puedo decir que el tema no me es indiferente, votaré en diciembre y creo ser dueño de una libertad muy valiosa, como es la del pensamiento. Esa dictadura me da terror.

Saludos

 
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