Resulta indudable
que para ninguna de estas dos crisis estábamos preparados. Se ha evidenciado la
falta de capacidad de la clase dirigente para enfrentarlas y generar caminos de
solución, más allá del desprestigio de los actuales gobernantes, los anteriores
y creo que de cualquier fuerza política formal existente al 18 de octubre de
2019.
Cuando advertíamos
luz en el horizonte -me refiero al itinerario que abría la posibilidad cierta
de crear una nueva Constitución-,
llegó la plaga del COVID-19 y sus efectos. Una epidemia de miedo que gatilla y exacerba
comportamientos individualistas, la
conveniencia de manipular el temor de la ciudadanía para instalar un “orden”
que inhiba las posibles réplicas de movimientos ciudadanos en las calles,
parálisis parcial de la economía con sus consecuencias nefastas: pérdida de
empleos, disminución o desaparición de los ingresos, atochamiento de los
sistemas de salud. Un inventario parcial de los daños que causan ambas crisis
combinadas y potenciadas.
Para cualquiera, la cantidad de información
que surge del entorno es gigantesca y produce confusiones. Es difícil
distinguir qué datos de la realidad son veraces, primero, y luego cuáles de
ellos son significativos y determinantes. Carecemos de referencias de
situaciones similares a esta doble crisis que, al ser planetaria, produce
avalanchas de datos, noticias, contradicciones y opiniones de toda clase:
exaltadas, alocadas, desequilibradas, idiotas (aunque las emitan personas
inteligentes y calificadas), incluso grotescas.
El oficio de un
escritor es extremadamente solitario, pues requiere intimidad para ejercerlo. No obstante, de parte de
muchos -entre ellos el autor de estas líneas- existe la expectativa de actuar como un outsider, un observador activo, agudo e
inquietante, que al estar descomprometido de los poderes fácticos, podría
iluminar una situación compleja y oscura con sus opiniones o sus creaciones. Lo
mismo podría esperarse de otros artistas, intelectuales, profesionales o
académicos.
La desaparición de
los intelectuales de estirpe autónoma de la vida política de la nación es una
característica surgida con el retorno a la democracia, como si fuese condición
necesaria del modelo. Las transformaciones de corte neoliberal han convertido
los bienes sociales en productos privados, sin excluir ámbitos tan esenciales
de la vida humana como la educación y la cultura. Qué decir de la salud, la
previsión, la vivienda y otros más. La concentración de la propiedad privada se
ha replicado en los medios de comunicación; pertenecen a los mismos grupos que
controlan los principales sectores de la economía, haciendo difícil, si no imposible,
el ejercicio de una auténtica libertad de expresión.
Vuelvo al
imaginario donde el escritor opina desde su posición autónoma para contribuir a
clarificar la situación que vivimos. Enfrenta la dificultad de procesar una
enorme cantidad de datos y hechos contradictorios, diversos, confusos. Más allá
de la complejidad, justamente se trata del momento para intentarlo, porque las
soluciones a los problemas vigentes requieren de la creatividad e imaginación
de los intelectuales.
En la escritura de
ficción hay grados de libertad que no existen cuando se asume opinar sobre la
realidad. La complejidad crece con la cantidad y calidad de la información
acerca de esta doble crisis. ¿Cómo desprenderse de la angustia cotidiana que
produce la constatación de tantos sufrimientos de las personas, materia
primordial de cualquier literatura? Enfermos, desesperanzados, cesantes,
muertos, desesperados, enclaustrados, empobrecidos, ansiosos…
En lo personal me
ha sido más posible -aunque para nada simple- escribir acerca de esta doble
crisis, versus retomar la extraviada cotidianidad de la escritura de ficción.
Revisar textos anteriores y escribir artículos es lo que he logrado engendrar
desde el e stallido social. Recién una semana atrás he podido
regresar a una relativa disciplina para escribir narrativa de ficción, con
bastantes límites y serias dudas, pero en fin, he vuelto al redil.
Todo esto ocurre en
medio de las fragilidades personales y familiares de diversos órdenes:
parientes ancianas encerradas en sus residencias, suspensión de ingresos
habituales, inflexibles exigencias para cualquier cobranza de proveedores,
trámites complejos para postular a créditos, desaparición de artículos
esenciales del mercado farmacéutico (remedios, vacunas, mascarillas, alcohol),
interminables colas para comprar cualquier artículo básico y esencial,
postergación de cualquier examen o cita
médica “prescindible” (o sea, cualquiera que no se relacione con la pandemia),
restricciones kafkianas al desplazamiento y trámites de permisos que no
entiende ni siquiera la policía que los emite, cuentas matinales de los voceros
del Ministerio de Salud manejadas con criterios maquiavélicos, canales de
televisión inundados de opinólogos sacados de una lista cuidadosamente
revisada.
Ahora se repite
como un posible mantra el concepto de la “nueva n ormalidad”. ¿Qué será esto?, nos preguntamos todos
en medio de la angustia, la desinformación, la sociedad manipulada y controlada
por policías y militares que se pasean armados por la ciudad durante el toque
de q ueda (una
reminiscencia de la siniestra dictadura que sufrimos por diecisiete años).
Desde la Presidencia se acuñó un nuevo concepto: “Retorno Seguro”. El Ministro
de Salud lo ha celebrado como una “diferencia semántica o de lenguaje”, aunque
en apariencia se trata de lo mismo: sinónimo, equivalencia, eufemismo. Se
advierte como necesario que algunos especialistas asesoren al secretario de
Estado, ya que en sus micro conferencias matinales le ha dado por
abordar materias culturales.
Tal vez la nueva
normalidad consista en vivir encerrados, reducidos a lo mínimo, convertidos en
ciudadanos de décima clase que deben pedir permiso a la policía hasta para ir a
comprar pan. A mantenerse durante la noche encerrados en sus hogares mientras
militares armados con enormes ametralladoras patrullan las ciudades vestidos
para una guerra contra el “poderoso enemigo”, cuya identidad resulta esquiva y
cambiante. A implorar ayuda del Estado, suplicar a los omnipotentes bancos la postergación de
las deudas, tratar de conseguir recursos a como dé lugar. Combatir cada día
contra la angustia, la soledad, la ansiedad o la locura que nos rondan.
Sufriendo o viviendo la cesantía. Temiendo una futura recesión -anunciada por
los dignatarios del mundo- que traerá horrores mucho más graves que la
pandemia.
Regreso al punto.
Hoy más que nunca es preciso sobreponerse a la situación, por más compleja y
catastrófica que sea. Hacerlo por sobre las sofocantes condiciones que un
ciudadano común experimenta.
Nos están tratando
de convertir en mansas ovejas ante quienes asumen el rol de lobos. Eso es
inaceptable y es preciso combatirlo desde el plano de las ideas. Se pretenderá
“racionalizar” el calendario de elecciones, medida que encubre el deseo de
postergar el itinerario hacia una n ueva
Constitución, única esperanza de cambio auténtico en nuestra sociedad arrasada por el dogma neoliberal
y sometida a la indignidad y el abuso.
Desde esta situación
compleja escribo, asumiendo que la salvación solo podrá surgir de nosotros mismos. Este es un
tiempo para pensar y escribir desde la solidaridad con los demás, desde la
humanidad intrínseca a la mejor literatura.
Diego Muñoz Valenzuela
Publicada en Grifo No. 39, revista literaria producida por los alumnos y alumnas de la escuela de literatura de la Universidad Diego Portales.
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