
El eterno aprendiz de alguna forma se esforzaba, pero nunca lograba su cometido. Se mantuvo en aquella condición por décadas. Sus antiguos colegas se fueron convirtiendo en altos dignatarios y sabios a ultranza. Mas el eterno aprendiz no reconocía aquella categoría y rechazaba aprender de quienes habían alcanzado la talla de maestros. Los cuestionaba, manifestaba su altanería en todas las formas posibles, se comportaba como un mosquito aguzado y hambriento.
A poco andar, la mayoría de sus compañeros lo superaban. Estaban dispuestos a aprender, esa era la clave. El eterno aprendiz estaba convencido que ya lo sabía todo, por ende le estaba vedado aprender. Y ese fue su destino, su función en la vida, un eterno aprendiz.
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