El perro estaba aburrido y sacó a
pasear a su amo. Lo trajo de vuelta para que viera las noticias. Se sentó con
él, mirando la pantalla. Después le pidió las galletas que más le gustaban,
unas con forma de hueso. El amo se durmió con las mismas noticias de cada
noche. Lo despertó para que se acostara. Refunfuñó, pero lo hizo. En cuanto
comenzó a roncar, subió a la cama y se tendió él también. Suspiró antes de
entregarse al sueño.
27 octubre, 2012
20 octubre, 2012
Viajes en el tiempo 1
Se trasladaba en el tiempo para
curiosear. Fue un siglo adelante en el futuro. Desembarcó en una fábrica de
carne. Vio que fabricaban gansos muertos, unas aves enormes e inertes. No
pasaban por la experiencia de la vida. Le pareció aterrador eso de crear aves
fenecidas, listas para cocinarse. Escuchó muchas explicaciones sobre las
ventajas, entre ellas la de no tener que matarlas. No se convenció. Estuvo sin
viajar varios meses.
06 octubre, 2012
El poder del dinero 2
Se compró una mansión en Santiago, luego otra en Madrid, un amplio departamento en Tokio y un penthouse en Nueva York. Casi nunca paraba por allí. Pero seguía comprando lugares.
Un ejército de personas trabajaba
para él como legión de ilotas: se le prosternaban si era necesario para
preservar sus puestos.
Se apoderó de cuanto objeto le
pareció deseable; por suerte tenía mal gusto.
Adquirió una esposa bella y
complaciente y varias amantes parecidas; una cohorte de rameras bonitas y hasta
algunas muñecas robóticas.
Hizo cuanto deseó en su vida
perfecta. Incluso logró algo casi imposible: que nadie lo amara. Esa fue su
mayor hazaña.
29 septiembre, 2012
En pos de la belleza
Comenzó a pintarse aquellas
larguísimas uñas con inexplicable desazón. No las recordaba tan largas y
curvas. No obstante aplicó con precisión el esmalte escarlata. De pronto descubrió
que sólo tenía tres dedos escamados y extensos. Buscó el espejo y halló aquella
cara emplumada, un pico aguzado y feroz. El cacareo surgió nítido, plañidero,
como la carcajada final de un payaso.
22 septiembre, 2012
Mundos paralelos
En el colegio: uno era estudioso,
el otro flojo y bueno para hacer la cimarra. Uno solía compartir su colación
con los compañeros de curso; el otro se escondía para devorar la suya solo,
incluso le robaba a los demás apenas tenía ocasión.
En el liceo: uno seguía siendo
estudioso, pero participaba en política. El otro continuó su trayectoria como
holgazán adicto a toda clase de trampas para aprobar las materias. Uno se
convirtió en un buen lector, el otro en un televidente fanático.
En la universidad: uno entró a la
carrera que quería, el otro también, con mucha suerte. Uno avanzó en la carrera
velozmente, gracias a su dedicación. El otro avanzó, pero con gran morosidad y
toda suerte de triquiñuelas.
Uno fue apresado y enviado a una
casa de tortura. Se rumorea que el otro lo denunció, pero no hay pruebas. Por
fin uno, tras indecibles tormentos, partió al exilio. Allí terminó una carrera
brillante.
Cuando uno regresó a su país, el
otro estaba investido de altos cargos. Aquello no dejó de sorprenderlo. Uno asumió labores como académico. El otro
amasó una fortuna gracias al tráfico de influencias. Puede verse cada día en
los noticieros de televisión. Uno, en cambio, sigue en lo mismo. Tiene una casa
pequeña y muchos amigos.
No hay moraleja, ni menos
maniqueísmo. Pudo ser todo al revés. Eran muy parecidos en todo: origen,
fuerza, inteligencia. No es una historia sobre usted o alguien que conozca. Es
solo una historia. Nada más que eso.
09 septiembre, 2012
Perder por nariz
El tipo hablaba muy en serio
acerca del futuro luminoso del país, pero tenía una enorme y roja nariz de
payaso que anulaba todos sus dichos. Ansiaba que lo reeligieran, de modo que
exaltaba sus magros logros y ofertaba toda clase de éxitos que abrirían paso a
una era de progreso sin precedentes. La protuberante nariz roja apareció por
televisión en cadena a lo largo y ancho del país. Hasta sus partidarios más
acérrimos les afloraron carcajadas de burla, qué decir de sus detractores, que
se arrojaron al piso retorciéndose como cucarachas envenenadas. El único que no
veía la nariz de pelota carmesí era el
propio líder, convertido en clown a los ojos de su nación. Por cierto, perdió
las elecciones por una deferencia aplastante. La única diferencia es que a otro
le tocará el turno de portar la famosa protuberancia nasal.31 agosto, 2012
Divo milagroso
El gallo carraspea delante del
micrófono del estudio, infla su pecho multicolor y abre el pico para asomar la
lengua. Despliega sus alas para crear un arcoíris, sacude la cresta rojísima y
deja escapar el canto que despertará a la humanidad entera en esa madrugada que
esperamos desde siempre.
23 agosto, 2012
Despedida a Franklin Quevedo
Querido Franklin Quevedo:
Vamos a conversar un rato, como
siempre hacemos. Quizás esta vez omitamos las bromas. Hablaremos de temas
nuevos y de otros tocados muchas veces.
Hay seres humanos que enseñan a
pesar de sí mismos, aunque no quieran hacerlo. Tú eres uno de esos. He tenido
la suerte de haber conocido a muchas personas así. El primero fue mi padre,
Diego Muñoz Espinoza, el mejor de mis
maestros, dedicatoria de mi primera novela.
Justamente, Franklin, tú fuiste
maestro, entre muchas otras actividades. Sin embargo, no dabas cátedra.
Enseñabas conversando, jugando, riendo, dando el ejemplo.
Hay personas que tienen la virtud
de transformar el rigor de la vida en dulzura, cariño, alegría, amor. Tú eres
uno de esos raros, escasos maestros. Es fácil convertir la persecución, la
tortura, la prisión, el exilio en dolor reconcentrado, en odio, en amargura, en
frustración. Lo auténticamente difícil es convertir todo esto en cariño y en
generosidad. Eso hiciste con tu vida, tan difícil y tan maravillosa a la vez.
Mempo Giardinelli, muy querido
amigo argentino, me dio –sin pretenderlo, como buen maestro- esta lección
apenas lo conocí. Me dijo, “yo todo lo que quiero es ser un buen escritor y una
buena persona”. Esas palabras me quedaron resonando, porque representan una
ambición muy sana y, por cierto, enorme y magnífica. Pienso que no hay una
aspiración más alta que esta, al menos para mí. Y estoy seguro de que tú,
Franklin Quevedo, lograste ambas.
Cuando encuentren por la vida una
persona como él, no la dejen pasar. Aprovéchenla. Escúchenla, porque tiene
mucho que decir y no se va a tomar la palabra por sí mismo. Ocurre que carecen
de vanidad. Hay que hacerlos hablar, darles espacio, oírlos. Hacerse tiempo.
¿Adónde va la gente tan apurada,
Franklin? ¿Acaso corren hacia su felicidad, a ver un ser querido, a abrazarlo?
¿Hay algo mejor que una larga y plácida tarde de conversación, un arte que se
va perdiendo en el tráfago del trabajo y el consumo desmesurados? Quedémonos
aquí, conversando, fuera del tiempo. Soñando con tiempos mejores.
Quisiera pensar que uno de estas
noches vamos a encontrarnos en un bar, en alguna parte del mundo, y vamos a
bebernos una botella de vino. Que vamos a continuar el duelo de bromas, cuyo
saldo solíamos contabilizar entre risas.
A veces ganabas tú, a veces yo. La verdad es que daba lo mismo: lo
esencial era generar alegría.
Te conocí primero como se conoce
a los escritores, a través de tus libros. Admiré el oficio, el estilo sobrio,
preciso y la gran humanidad que imperaba en todos tus relatos. Luego, a tu
regreso del exilio, a mediados de los 80, nos encontramos en actividades
literarias. Allí se forjó una amistad destinada a ser inquebrantable.
Luego, hacia mediados de los 90,
vino tu idilio con mi madre, como sabes, una de las personas que más quiero en
este mundo. Cuando Inés nos reveló tímidamente este hecho a mi hermana y a mí,
lo celebramos de inmediato, y te acogimos sin reservas. Te conocíamos, apreciábamos
y admirábamos. Entonces, y ahora que te conocimos íntimamente, mucho más, por tu
entereza, integridad moral y la enorme alegría que contaminaba tu existencia e
ibas diseminando por allí con tanta magnificencia.
Para mi fuiste un gran amigo y un
maestro notable. Un buen escritor y una buena persona. Una conjunción muy
difícil de hallar. No se encuentra a cada paso a alguien capaz de convertir un
golpe en un abrazo, o de transformar el martirio en amor, la opresión en
belleza. Esa clase de magia, tú la posees. Trataré de aprenderla. Tú irás
guiándome. Hay muchas razones para seguir conversando, querido Franklin, hasta bien pronto.
21 de agosto de 2012
Diego Muñoz
Valenzuela
21 agosto, 2012
Adagio para un reencuentro
NOTA: este cuento lo escribí para mi padre Diego Muñoz Espinoza (1903-1990) a mediados de los 90. Ha sido publicado en el volumen DÉJALO SER (Fondo de Cultura económica, 2003) y considerado en varias antologías. Ahora lo publico en homenaje a Franklin Quevedo Rojas, escritor y amigo entrañable.
Bajaba, después de una larga caminata
en la zona de los muelles, por Grant Avenue de regreso hacia Market Street,
cuando encontré la librería esplendorosa en sus cinco pisos de revistas,
casetes, discos compactos y libros, atrayéndome con su magnetismo irresistible
de sirena. Así que entré a esa nueva aventura que coronaba una estadía de
cuatro maravillosos días libres en San Francisco. La mañana siguiente partía el
trabajo duro y ya no dispondría de tiempo para vagar por las calles del puerto
como había estado haciendo a pleno gozo. Era como cumplir un viejo sueño, pero
no sólo un sueño mío, sino que también el de mi padre. Siempre hablábamos de su
futuro viaje a San Francisco, sobre todo cuando él me enseñaba la geografía de Valparaíso,
caminábamos horas por los cerros, subiendo a los viejos ascensores, deambulando
entre bares que pertenecían a una época moribunda. Nunca pudo ir, ni siquiera
en la época que ejerció como tripulante de alta mar, rodando por las costas
sudamericanas para mantener razonable distancia con la dictadura que lo había
marcado con el destierro.
La
librería era impresionante. El primer piso estaba dedicado a las novedades
literarias, léase best sellers, y no
ofrecía gran interés para mí. El segundo piso era un templo de la técnica y la
ciencia, repleto de anaqueles de libros ordenados por las materias más
estrambóticas. Más arriba estaba la literatura clasificada por país y ordenada
alfabéticamente por autor. En todas partes había sillas y mesas donde uno podía
sentarse a leer sin que ningún vendedor se acercara cada dos minutos, con
expresión de sospecha, a ofrecer su ayuda. Seguí subiendo. Un letrero indicaba
que el último piso correspondía a los videos y los libros para niños, así que
me encaminé a la sección de música clásica en discos compactos, dispuesto a
poner a prueba la riqueza de variedad que anunciaban los carteles. Pronto me di
cuenta que estaba todo, todo cuanto podía recordar era posible hallarlo allí,
convenientemente rotulado y en el lugar preciso, sin lugar a errores. A perfect world.
De repente recordé
a Barber; aunque fuera norteamericano, me parecía difícil. Caminé hacia la
letra B. Ahí estaban esperándome cinco compactos de Barber. Me sentí derrotado,
aunque feliz. Había unos fonos y un sistema de selección digital de los compact; en la lista figuraba uno de los
discos de Barber. Me puse los audífonos y lo escogí. Presioné el play y me dispuse a escuchar.
La
música vino dulcemente a mí. Era el Adagio. El mundo exterior pareció
disolverse a mi alrededor. Cerré los ojos y me dejé arrastrar por la melodía,
por ese lánguido torrente que iba in
crescendo, insertando en mis poros el almíbar de una emoción que me hacía
sentir la presencia de la eternidad y la futilidad del tiempo. Pensé entonces
que nunca mi padre y yo escuchamos este concierto juntos, ¡cómo le hubiera
encantado! Él habría estado con su pipa, sentado en su bergère, echando humo cada cierto rato y mirándome con esos ojos
que destilaban falsa severidad. Y yo en mi propio sillón, jugando a encontrarle
la mirada cuando una frase musical ameritaba una celebración silenciosa. Pero
no, yo me encontraba solo en el cuarto piso de una librería en San Francisco,
muy lejos de sus cenizas y de la muerte que me lo arrebató hace seis años. El Adagio
de Barber resonaba en mi interior abriendo cajas de Pandora que liberaban mi
melancolía irremediable, mi sensación de escepticismo, mi convicción del
aterrador fracaso que se oculta tras los éxitos mediatos que otros envidiarían.
Cuando
abrí los ojos estaba ahí, lo juro, no sé cómo ocurrió, pero estaba ahí, de pie,
mirándome con sus ojos severos bajo las
cejas hirsutas que trataba de domeñar aplicándoles gomina. Era mi padre.
Se veía bien, erguido, impecablemente vestido, atlético, como antes de su enfermedad.
Me quité los audífonos y volví a cerrar los ojos para borrar la alucinación.
Claro, San Francisco, este viaje repentino, impensado, maravilloso, que me
traía tan intensamente el recuerdo de mi viejo, con sus cerros, sus tranvías,
el fragor del cable-car, el viento
del mar, las caminatas por Fisherman's Wharf, el sabor multirracial y liberal
de sus calles multicolores. Abrí los ojos y todavía estaba ahí, sonriéndome con
aire divertido y su severidad totalmente desvaída.
-
¿Eres tú, papá?
-
Sí, soy yo - los ojos le brillaban de risa y visiblemente disfrutaba mi
desconcierto, aunque también se revelaba en ellos una emoción muy honda
compitiendo con su ironía. Yo pensaba que era un sueño, un maravilloso sueño
del que no quería despertar, menos aún a fuerza de pellizcos.
-
Pero... no puede ser - logré articular con voz desfallecida - esto no puede
estar pasando.
-
Claramente es imposible. Tu mente matemática sabe que esto no está pasando en
realidad. Uno muere y se va... se disuelve y ya, no está más. ¿Te acuerdas
cuando hablábamos de estas cosas? La vida es un milagro, de pronto surges de la
nada, hay un instante para uno, luego vuelves a la nada.
-
Pero tú estás muerto, tú te fuiste - era increíble estar frente a él, su
fantasma, su espejismo, lo que fuese me parecía tan real como una persona de
carne y hueso. Traté de ver a través de él, para comprobar acaso fuera una
proyección holográfica de rayos láser, pero se veía sólido, tangible, nada de
translúcido. Luego moví un poco la cabeza hacia un lado y después hacia el
otro, para verificar la tridimensionalidad de la figura; la perspectiva parecía
perfecta. Entonces echó a reír.
-
Estás haciendo exactamente lo que yo habría hecho - reía con muchas ganas y los
ojos se le llenaban de lágrimas e iban quedando brillantes, llenos de luz -
examinarme como a un protozoo bajo el microscopio, hacerme pruebas de esto y
aquello, a ver de qué clase de fenómeno físico se trata. ¡Tanto que me
interesaba la física! Pero la física práctica, porque con las matemáticas, el
álgebra, la geometría me entendía mal, excepto...
-
Excepto cuando entendiste el teorema de Pitágoras, me lo has contado cien
veces - era increíble, estábamos
teniendo una de esas conversaciones que tanto extrañaba, mi padre estaba al
frente como hace años y yo lo estaba reprochando por contarme una de esas
historias que hubiera dado la mano derecha por escucharla siquiera una vez más.
-
Ya sé que sabes. Pero también sabes que una de las bases de la amistad es, en
parte, hablar de las mismas cosas una y otra vez, hasta el cansancio. Ven acá,
muchacho, abrázame, que quiero sentirte cerca.
-
¿No vas a disolverte si te abrazo? - sentí como los ojos se me nublaban -
Júrame que no vas a desaparecer si me acerco - fui aproximándome poco a poco,
con gran lentitud, como si un movimiento brusco fuese a producir una brisa que
arrastrara muy lejos la imagen que tenía ante mis ojos, en cámara lenta para
que no se difuminara el hombre que me sonreía desde su mirada dura abriéndome
los brazos, erigido en una imposibilidad absoluta, una contravención a las
leyes naturales.
-
Acércate sin miedo, hombre.
Tenía
puesto un traje Príncipe de Gales, sobrio y elegante, de estilo inglés
aristocrático. También llevaba sombrero y
mocasines brillantes, recién lustrados. Lo primero que toqué fue su
hombro derecho; lo sentí firme, consistente. Entonces me dejé gobernar por la
emoción: me aferré a él, sollozando como cuando era un niño que despertaba en
medio de una pesadilla, atrapado en el remolino de la oscuridad y el miedo,
perdido en un mundo incomprensible que me tendía sus ominosos tentáculos para
erizarme la piel; lloraba también porque estaba oliendo su aroma mitad lavanda
inglesa, mitad Half & Half y eso
significaba que lo tenía a él entre mis brazos, que no era una alucinación
pasajera que fuera a temblar levemente antes de esfumarse sin dejar rastros.
No
puede ser un experimento de realidad virtual, pensé, yo estoy acá y él está acá
y estamos abrazados. No tengo ningún casco proyectándome imágenes directamente
a la retina, no llevo guantes que me transmitan la sensación cierta de
aferrarme a su torso, no hay odorizadores que me traigan su aroma, no hay
parlantes que sinteticen su voz, esto no es una mentira.
-
No, no es una mentira, estoy aquí, contigo.
-
¿Ah? - me sobresalté al escucharlo y me desprendí de él para mirarlo directo al
rostro - ¿Cómo es que puedes escuchar mis pensamientos?
-
Piensas demasiado fuerte - me dijo con los ojos destellando ironía - o eres
demasiado obvio, una de dos.
-
Bueno, lo mejor es que vayamos a tomar un trago juntos, para celebrar este
encuentro. ¿Puedes tomar una cerveza?
-
No sé, creo que sí, siento incluso que puedo beber algo más fuerte. ¿Dónde
vamos?
-
Caminemos a Fisherman's Wharf, eso va a encantarte.
-
¿Qué diablos es eso? ¿Dónde estamos? Nunca oí hablar de ese bar...
-
No es un bar, papá, estamos en San Francisco de California - sus ojos crecieron
desmesuradamente, pero sus labios formaron una sonrisa; era mayor la alegría
que el asombro - . Sí, lo que oyes, San Francisco, en Estados Unidos.
-
No puedo creerlo ¡al fin estoy aquí! Toda la vida soñé con venir acá y ahora
que estoy... Vamos, vamos, eso no importa. Lo que sí importa es que me cuentes
por qué estás tú acá.
-
Bueno, soy consultor, tú sabes, bueno, en realidad no alcanzaste a saber. Me
dediqué a la consultoría en grandes empresas, me fue bien, todavía no sé por
qué, y ahora viajo con un cliente. Un study
tour le llaman, un viaje para entrevistarse con especialistas en gestión.
Tuve la suerte de tener estos días libres y... eso es todo.
-
Notable - me dijo con los ojos humedecidos por una repentina emoción que
procuraba ocultar - siempre supe que eras un muchacho brillante, que con tu
inteligencia ibas a llegar lejos.
-
Basta, viejo, no jodas, ni soy un muchacho, ni estás frente a la réplica de
Einstein. Estoy al filo de los cuarenta. Y quizá haya hecho bien un par de
trabajos para ganar un prestigio muy moderado. Eso es todo, así que no empieces
con tu rutina de papá baboso por el hijito genio, como el pendejo de Cárcamo.
-
Tienes razón - reía de buenas ganas - estoy como ese borrachín que cree que
engendró al Kropotkin chileno. Caminemos mejor, tú serás mi guía.
Salimos
de la librería hacia la noche de San Francisco. Estaba fresco y corría una
brisa suave, deliciosa, como cada día del año. En las calles se agitaba una
densa masa de californianos y turistas de todas las razas y colores: chinos,
hindúes, chicanos, latinos, negros, coreanos, griegos, italianos, sajones. La
ciudad del futuro, todas las lenguas, todas las costumbres coexistiendo. El
viejo examinaba cada escena, sin perderse detalle, estaba alerta, dejando que
le entraran imágenes, emociones, aromas, colores. De pronto escuchamos la
campana del cable-car y él me miró
intrigado. Le hice un gesto tranquilizador, indicándole que esperara un rato.
La campana se acercaba y con ella el fragor del vehículo. Por fin dobló en la
esquina, hacia nosotros, se detuvo y nos colgamos de sus barras laterales.
-
Esto es maravilloso - me dijo - ¡qué cosa más preciosa!
Mostré
mi pase al boletero y compré un ticket
para él. Algunos transeúntes nos saludaban y nos gritaban frases
incomprensibles en el camino, mientras el conductor movía con destreza
enigmática las palancas del carro al tiempo que contestaba con agudos chascarros
las intervenciones del público. Era un tipo de bigotes entorchados, tal vez un
emigrante polaco pobre, que tenía ya dibujada per secula en su rostro la
sonrisa burlona que debió ser la forma de combatir las vicisitudes que tuvo que
vencer antes de arribar a la dorada California.
-
Next stop, China Town - anunció el
conductor.
-
Bajémonos aquí, viejo, si tenemos suerte alcanzamos a ver las tiendas abiertas.
Descendimos
frente a la Puerta de China Town, profusamente ornamentada con dragones y bestias
multicolores que anuncian la entrada a un mundo diferente, que sigue otras
reglas y se rige por otros códigos.
-
Ahí, en esa plaza, si llegas muy temprano, encuentras a los chinos viejos
practicando tai-chi. Es un espectáculo soberbio - mi padre me observaba con un
dejo de incredulidad, sin convencerse todavía de que estaba en la ciudad de sus
sueños. Comenzamos a subir por las estrechas calles del barrio chino. Aún había
movimiento, unos pocos turistas en medio de una multitud de asiáticos hablando
lenguas incomprensibles, algunos de ellos vestidos a la usanza de Oriente.
Caminamos con lentitud entre aromas desconocidos, buscando hallazgos con todos
los sentidos alertas. En una esquina encontramos una tienda donde vendían
increíbles variedades de peces, mariscos, moluscos y crustáceos vivos.
Ingresamos en un mundo de semipenumbras, con una atmósfera fuertemente cargada
de olores marinos densos y penetrantes, en la cual se agitaban con
inquietud dentro de sus acuarios los
seres submarinos más extraños que se puedan imaginar: babosas gigantes de casi
medio metro de longitud, gruesas y lentas y ciegas, fuera del tiempo; cangrejos
oscuros de formas caprichosas y largas tenazas amenazantes; peces monstruosos
erizados de espinas surgidos de las profundidades abisales; manjares apetecidos
en los comedores de Asia.
-
Ellos comen cualquier cosa que nade, camine, vuele o se arrastre. Basta con que
se mueva un poco.
Mi
padre sonrió con mi broma, y continuó
explorando la tienda. Entonces un turista dirigió su lente hacia la vitrina
donde retozaba una media docena de bogavantes, y antes de que pudiese presionar
el obturador, varios chinos se interpusieron gesticulando y aullando objeciones
en su idioma gutural, denotando una cólera que estaba a punto de transformarse
en agresión. El extranjero bajó su lente y se alejó con rapidez entre la
muchedumbre asiática que se congregó en dos o tres segundos. El ambiente se
había cargado de violencia, y salimos de allí con fingida serenidad,
abriéndonos paso entre los chinos que parecían vigilarnos como a amenazas
latentes. El griterío era tan ensordecedor como ininteligible y resultó
imposible intercambiar palabras antes de alejarnos cincuenta metros del lugar.
-
¿Entendiste algo? - preguntó mi padre con aire divertido de niño que recién
viene de cometer una maldad.
-
Nada, pero los chinos parecían dispuestos a cortarnos en pedazos y arrojarnos
dentro de sus acuarios para alimentar a sus delicatessen.
-
No sé si tanto así. La culpa fue de ese imbécil de la máquina fotográfica - el
viejo hablaba con seriedad de juez implacable - siempre he pensado que los
tipos que andan por ahí sacando fotos a todo son unos tarados que no pueden
recordar algo por sí mismos, como si necesitaran tener pruebas de que
estuvieron ahí, en la Tour Eiffel, en
la Gran Muralla, en la Estatua de la Libertad. Ese pelotudo tuvo la culpa.
Quería una fotito para llevar a la casa.
-
Lo peor es que después hacen diapositivas - aclaré - y con ellas preparan
sesiones para los amigos. Te invitan a tomar té un sábado en la noche, te
convidan unas galletas desabridas, unas papas fritas y un par de vasos de
cerveza, mientras te relatan sus aventuras tras el cocodrilo sagrado del Nilo o
el yeti en los montes Himalayas.
-
¿De verdad? - me examinó como si yo fuese una mantis religiosa bajo el
microscopio electrónico - ¿tienes esa clase de amigos?
-
A veces no lo puedes evitar - respondí avergonzado - más si trabajas con ellos,
hombro con hombro y día tras día.
Entramos
en otra tienda de comestibles. Allí había barricas a medio llenar con semillas
enigmáticas, mariscos ahumados, especias, insectos disecados, sustancias
imposibles de identificar. Se respiraba una suerte de mezcla de oxígeno y de
sabores misteriosos.
- ¿Qué guisos podrán preparar con estas
porquerías los chinos? - interrogó mi padre, y la duda parecía muy válida.
- Fricasé de zancudo, estofado de libélula,
sopa de mosca tse - tse o cazuela de tarántula. Lo que te apetezca.
- Mejor vámonos a un restorán más tradicional
y dejemos las indagaciones antropológicas para otra ocasión.
Caminamos
todavía otro par de cuadras por China Town y volvimos a colgarnos del cable-car para llegar a Fisherman's Wharf. La bajada en el carro es
alucinante, es precipitarse en las calles de San Francisco, hechas de casas maravillosas
camino del océano. Con esas visiones los pasajeros gritan de euforia.
Fisherman's
hierve de gente que busca un lugar donde refugiarse a comer y beber. Es una
fiesta que nunca termina, un carnaval eterno de personas felices. El viejo
observaba y analizaba cada detalle para conservarlo en su memoria.
- Quizás después escriba algo sobre esto - me
dice - ¿pero cuándo después? ... este instante es el único que tengo. Más allá
no hay nada.
Quise
abrazarlo, pero me contuve. De pronto lo vi como a todos nosotros: frágil,
débil, precario, finito. De nada habría servido que lo estrechara, sólo se
hubiera sentido peor. ¿Qué era al fin sino un sueño mío, una ilusión secreta
largamente albergada, un resultado de mi imaginación moviéndose al borde de la
locura? Tan breve y tan fugaz como el Adagio de Barber que creía escuchar
mientras lo veía hundido en sus pensamientos más oscuros.
- Entremos aquí - le tomé el brazo para
dirigirlo al interior del Pompei's Grotto - éste es un restorán italiano que te
va a encantar.
- Bachichas, ¿eh? - la risa le iluminó el
rostro - . Eso es, vamos a celebrar la vida, que es tan corta, para eso estamos
aquí.
Escogimos
una mesa un poco aislada del resto, iluminada por una palmatoria de aceite. Nos
atendió una muchacha californiana muy hermosa, de verdes ojos brillantes como
soles de una galaxia lejana. Ordené Spaghetti
Calamari sin leer el menú. También vino blanco de la región.
- Te va a gustar, viejo, no te preocupes.
- Confío en ti, estoy entregado en tus manos.
- ¿Vas a poder comer y beber? Al fin y al cabo
eres...
- ¿Un fantasma? No. Ya vas a ver de qué soy
capaz. Anda preparándote.
Hablamos
de lo humano y lo divino esa noche. San Francisco nos arrullaba con su magia
libre trasminando los poros. Conversamos de tranvías de comienzos de siglo en
Santiago, de los horrores de la Segunda Guerra, del cometa Halley y las
profecías apocalípticas que desencadenó su paso, de huelgas obreras y
esperanzas fallidas, de las influencias experimentales de Proust y Joyce, de la
teoría de la relatividad y la de los quanta, de mi trabajo de consultor
errabundo, de mis metas que no alcanzó a ver cumplirse, de los libros escritos
robando tiempo al sueño, de mi escepticismo político, de mujeres perdidas en el
pasado aunque jamás olvidadas, de ángeles y demonios, de viejos amigos, de
tragos exóticos, de viajes, de pasiones, de anécdotas que nos hicieron llorar
de risa, de tiempos que ya nunca regresarían. Pedimos otra botella y un clam chowder,
esa exquisita sopa de mariscos de sabor tan intenso, para acompañar. Luego una tercera botella de
vino californiano y una tabla de quesos. La cuarta ya nos dio en el talón de
Aquiles.
-
Déjame pagar a mí, hijo, yo quiero invitarte - me dijo con voz temblorosa por
la emoción y la borrachera.
- Vaya, viejo, tú no tienes dólares, ni
tarjeta de crédito, ni cheques viajeros.
- Sí, es cierto, pero cómo me gustaría
invitarte.
Salimos
de allí abrazados como dos antiguos camaradas de juerga, felizmente encontrados
en un rincón perdido del mundo.
- La fraternidad de los borrachos es algo muy
serio. - me miraba con sus grandes ojos muy solemnes, aunque una sonrisa leve
lo traicionaba un poco más abajo - . Muy, muy serio.
Abrazados,
caminamos con torpeza, oscilando demasiado perceptiblemente. Un grupo de
marineros nórdicos nos gritó chanzas en su lengua incomprensible; les
respondimos con alegría y exclamaciones en español.
- ¡Qué les pasa, malditos cabrones hijos de la
gran puta! - les sonreíamos con gran fraternidad, como si les deseáramos felicidad
eterna - ¡Váyanse a la mierda, mamones, pendejos de mierda!
Y
así por varios minutos. Quedamos exhaustos y divertidos, ahítos de risa y de
proferir insultos. Proseguimos nuestro paseo tambaleante por la zona de los
muelles. Estaba lleno de luces y las personas se veían contentas, exultantes,
plenas de vida. Otros ebrios nos saludaban, reconociendo a los cofrades del
alcoholismo.
- Tomemos el zarpe, hijo, ya es muy tarde.
- El del estribo, querrás decir.
- En Centroamérica hablan del zarpe, es más
bonito. Eso es lo que vamos a hacer ahora - tenía la mirada ligeramente
extraviada y sonreía con cierta blandura extraña en él.
Elegimos
un bar donde tocaba una banda de jazz-fusión en medio de un entorno cargado de
humo de cigarrillos y uno que otro pitillo de marihuana. Pedimos dos Tom
Collins a un mozo joven ridículamente vestido de etiqueta.
- Parece que vinimos al Club de la Unión - el
viejo alzó el vaso para chocarlo con el mío.
La
música llenaba cada espacio del bar con su carga de enigmas, sonaba bien esa
banda, y mi padre escuchaba medio ensoñado, dejándose llevar por las notas más
dulces y tristes del saxo que brillaba en la media luz de la sala con un fulgor
de viento y de océano.
De
pronto el viejo abrió los ojos y me quedó mirando.
- ¿Cómo estás? ¿Qué sientes ahora?
- Estoy bien, feliz aquí contigo. No necesito
nada más - sentí la radiante ternura que me iba invadiendo - estoy aquí,
contigo, es más de lo que podría haber pedido.
- Yo también - respondió con un hilo de voz
que no venía para nada con su aspecto de recio coronel en retiro - tampoco sé
cómo pasó esto, hijo, pero supongo que la causa es...
- No digas nada - le tomé la mano por encima
de la mesa y él la asió casi con rudeza - . El Adagio de Barber, San Francisco,
el amor, los recuerdos, probablemente una mezcla mágica de esos ingredientes.
Se
incorporó de la mesa con los ojos inundados de lágrimas. Yo también me puse de
pie y nos dimos un abrazo intenso, desesperado, ciego, de esos que los hombres
se dan muy pocas veces en la vida. Lo sentía sollozar en mi hombro, era muy
triste y muy hermoso, más aún con ese indescifrable fondo de fuego y agua que
es el jazz, el escurrir de un torrente que baja de las montañas siguiendo la
huella del sol para derramarse en el océano.
- Tengo que irme, hijo, tú entiendes...
- No entiendo, ya te perdí una vez... y ahora
de nuevo.
- No, no es así, tú sabes. Esto es una
anomalía. No puede durar mucho. Si no el mundo se trizaría, ¿entiendes? Se
rompería en dos, explotaría, no sé. Debo irme y eso es todo.
- Salgamos de aquí, viejo. ¿Te queda algún
tiempo todavía?
- Poco, pero algo queda.
Pagué
la cuenta y fuimos a sentarnos en el Muelle 39, frente a unos barcos de turismo
descansando de su jornada. El mar rozaba con suavidad los contornos de la bahía
y una repentina niebla comenzaba a descender sobre la costa. Estuvimos varios
minutos, hasta que mi padre decidió romper el silencio.
- Despidámonos, hijo - y me abrazó.
Apoyado
en su hombro podía ver que el Golden Gate desaparecía devorado por la niebla
que avanzaba rápidamente hacia nosotros. De repente nos envolvió. No se podía
ver a veinte centímetros. A veces se escuchaba el graznido de una gaviota
solitaria volando a ciegas sobre la bahía. En mi interior surgió el Adagio,
tierno, rebelde, trémulo, palpitante de emoción. Entonces comprendí lo que
Barber había querido expresar: esa nostalgia arrebatadora, ese deseo de llorar
a gritos insultando a Dios por su injusticia; esa sensación de pérdida
irremediable que es al mismo tiempo la otra cara de la felicidad; esa turbia
rebelión que se agita en lo más hondo de nosotros. Estreché a mi padre con
fuerza, para sujetarlo a mi lado, pero sentí que iba perdiendo consistencia con
inexorable lentitud. Lo solté para verlo de frente. Se desvanecía segundo tras
segundo, como si la niebla se lo estuviera llevando consigo. Los ojos le
brillaban de emoción y me atrajo de nuevo a sus brazos.
- No quiero que me veas partir - dijo en un
susurro.
Al
final, casi sin darme cuenta, estuve solo de nuevo. Saqué el pañuelo del
bolsillo trasero del pantalón para secarme la cara. Avanzaba a tumbos entre la
bruma, sin saber a dónde ir. Entre los vapores surgió de improviso una
llamarada naranja. Un vagabundo se entibiaba las manos en una fogata hecha con
los restos de un cajón frutero. Era un negro muy alto, de mirada perdida,
vestido con jirones de uniforme de marine.
- What's
wrong, man?- exclamó con voz gutural, hablando en medio de la jungla
asiática, esperando el ataque de un enemigo tan despiadado como invisible.
- Nada, nada en absoluto - le respondí
mientras me perdía en la bruma y en la noche.
18 agosto, 2012
Imposturas
Drácula se ha disfrazado de Santa
Claus para atraer a los niños en vísperas de Navidad. Se empleó en un centro
comercial: allí pasa sentado en su trono rojo, donde no se perciben las
salpicaduras escarlatas. Sienta a los pequeños y pequeñas en sus rodillas y los
mece hasta adormecerlos. Entonces les introduce su lengua de serpiente por las
orejas para libarles el fluido de la vida. No puede morderles la garganta, pues
lo descubrirían. Pero así parece que estuviera susurrándoles al oído historias
maravillosas. Se preocupa de no ensañarse, de modo que les extrae un cuarto de
litro, a veces un poco más, cuando se trata de niños mofletudos, que le
proporcionan un plasma dulzón, que sabe a cabritas y chocolate. Antes de que
llegue la Pascua está obeso y diabético. Entra en coma la Nochebuena.
10 agosto, 2012
Travesuras óseas
El esqueleto que se aproxima es obeso,
aunque parezca extraño. Sus osamentas son muy gruesas y apenas dejan espacios
vacíos entre ellas. Por otra parte, la estructura es anchísima y genera la
sensación de robustez extrema. Fémures y tibias firmes cual columnas, tórax de
oso, húmeros imponentes, cráneo como de mamut. No quiero estrellar mi frágil estructura
contra este Goliat y cruzo la calle a la carrera, mientras oigo la feroz crujidera
de mis huesos. Esqueleto, pero no tonto.
04 agosto, 2012
Falso faquir
Se atravesó tres asadores en los
labios y otros tantos en cada oreja. Ante mi incredulidad, se perforó la nariz
con unos palillos para tejer. Salía un poco de sangre por los extremos, pero
nada como para preocuparse. Me reí a mandíbula batiente y grité a los vientos
que se trataba de una superchería. Para contradecirme, enterró una daga en el
pómulo derecho y sacó la punta por el izquierdo; eso fue más impresionante. Así
logró sacarme de mis casillas. Tomé el cuchillo carnicero y le rebané la mitad
del cuello de un solo golpe. La sangré saltó como surtidor y el faquir cayó
muerto, presa de fuertes convulsiones terminales. “Como ven, era una farsa”, le
expliqué al público. Ahí quedó el infeliz, todo agujereado. Me fui satisfecho
por haber descubierto la impostura.
29 julio, 2012
Una de zombies
Salieron de nuevo con la idiotez
del Día del Zombie. Me tenían hasta la tusa. Los ametrallé sin piedad con mi
AK-30. Cayeron, pero volvieron a levantarse caminando grotescamente. Volví a
disparar, pero cada vez llegaban más de ellos. Caían muchos, pero llegaban más.
Me atrincheré en esta armería, totalmente solo. Estoy rodeado por millones de
esperpentos. Les vuelo la cabeza a cien y aparecen mil más. Estoy perdido. En
algún momento se acabará la munición o me quedaré dormido. Dejo esta historia
como testimonio, ojalá alguien que no sea un zombie pueda leerla.
22 julio, 2012
A tu puerta
Ella amaneció enojada, con un
mohín de resentimiento grabado en las facciones duras. Me pareció detestable su
actitud. Cuando pensaba en esto, se sintió un fuerte estremecimiento acompañado
de un fragor intenso, y la tierra se abrió para tragarla. Quedé patidifuso.
Así me fui al trabajo, en estado
de total consternación. No bien entré, mi jefe me convocó para reprenderme y
amenazarme. Lo escuché presa de furia apenas contenida. Vino de nuevo el
estruendo, se formó una grieta en el piso y acto seguido mi interlocutor
despareció aullando por entre sus bordes.
Ahora golpeo a tu puerta sin
previo aviso. Seguramente voy a interrumpirte, a importunarte. Tal vez estés de
mal humor por alguna razón que desconozco. Te recomiendo que tengas cuidado.
14 julio, 2012
Juego de niños 2
El azul oso de peluche escribe a
toda velocidad en la máquina de escribir Underwood sin siquiera mirarme. Me
pregunto acaso transcribe mis declaraciones o consigna una serie de idioteces
sin sentido. Al término, da vuelta el negro rodillo y me extiende su brazo
regordete con el documento. “Examínelo”, ordena con voz de trueno. “Siéntese allí”,
decreta indicando un escritorio lejano y medio desvencijado. No me atrevo a
contradecirlo. Camino hacia allá con mis larguísimas piernas de Barbie. Observo
que el azuloso contempla el cimbrar de mi trasero mientras me aparto. Me parece
auspicioso.
06 julio, 2012
Amores prohibidos
El ángel se enamoró
endemoniadamente de la diabla. Tal era la energía de su pasión, que el
pensamiento primordial que dominaba su mente era poseerla. La pobre diabla
reclamaba ante tanto acoso, aun cuando era evidente que disfrutaba las
embestidas de su alado e tenaz amor. Nadie le había proporcionado jamás
semejante ardor en el mismo infierno, ni menos ese vigor extraordinario, tal
vez causado por la abstinencia. El ser alado ni siquiera cuestionaba su
proceder por satánico, o al menos demasiado carnal. Una ínfima señal, un
cántico, un contoneo de la diablesa constituían mérito para desencadenar las
tormentas del habitante de la bóveda celeste. Olvidados por completo de sus
deberes, hicieron caso omiso de las amonestaciones de sus jefes. Así fueron
felices en un territorio que no era propiamente ni el cielo ni el infierno.
30 junio, 2012
El habitante invisible
Llegaba poco después que la
familia había partido: los padres al trabajo, los hijos al colegio. Traía una
bolsa de compras y desayunaba, porque volvía con mucho apetito del turno de la
noche. En un bolso portaba sus propias sábanas y preparaba la cama matrimonial
–esa prefería- para acostarse a dormir. Raramente sonaba el teléfono: nunca
atendía, pues estaba seguro que se trataba de vendedores. Ya no caía en esa
clase de trampas. Despertaba a eso de las cuatro de la tarde y guisaba su
almuerzo. Después se duchaba y borraba escrupulosamente todo rastro de su paso
por la casa. Paseaba por allí, husmeando, tratando de adivinar las actividades
que ocurrían durante su ausencia. Por fin cargaba su bolso y partía. Siempre
tenía alguna idea para matar el tiempo hasta el momento del turno. Se
preguntaba cuándo se encontraría con uno de ellos –era inevitable ese momento-
y dónde encontraría un nuevo hogar.
23 junio, 2012
La tensa relación literatura-realidad
El primer molino aprovechó el
viento a favor para incrementar su galope brioso y cargó contra el corcel
esquelético y ridículo que trató de interponerse en su camino. El segundo
golpeó con furia la armadura del derribado jinete y un tercero lo remató sin
vuelta. El tipo obeso montado sobre las ancas de un burro huyó a perderse. Los molinos
no le prestaron importancia. El capítulo del libro en que usted piensa se aleja
de la verdad.
17 junio, 2012
Visitas de la Parca
Llevaba dos semanas en cama y no
me sentía nada de bien. Apenas me lograba levantar para tomar un vaso de leche
una o dos veces al día y hacer mis necesidades. Estaba solo hacía mucho tiempo
y nadie se preocupaba de mí. Sentía que me iba debilitando sin remedio.
Entonces me visitó la Muerte en su habitual apariencia de esqueleto. Sin
embargo llevaba puesto un traje de viejo pascuero. Eso me pareció una
inconsistencia y la reprendí severamente. El cráneo mondo me sonrió con una
amabilidad que me antojó forzada en aquellas circunstancias. Se sentó a mi lado y me preguntó cómo estaba. Lo
encontré intolerable. Después me ofreció una tisana. Acepté y desapareció unos
minutos. Concluí que se trataría de un activísimo veneno, pero ya estaba
cansado y me resigné a morir. Bebí la tisana son la esperanza de hallar el
descanso eterno.
De pronto me sentí bien, muy
bien. Perfectamente, pletórico de energías. Salté del lecho y caí sobre ella.
Quería agradecerle. Hicimos el amor con furia. Creo que hice realidad un poema de
Parra. Ahora vive aquí, conmigo. Somos todo lo felices que se puede esperar.
Ella sale a realizar su trabajo y yo el mío. Me pregunto cuánto irá a durar
esto.
08 junio, 2012
Partida de Ray Bradbury
Debo haber tenido doce años
cuando leí mi primer libro de Ray Bradbury: Las doradas manzanas del sol, un volumen de cuentos inolvidable que
me impresionó vivamente. Todavía
recuerdo algunas de sus historias, por ejemplo aquella en que unos astronautas
pierden su nave espacial y salen eyectados al espacio, donde los espera la
muerte, y adivinan que al penetrar la atmósfera del planeta que los atrae
irremisiblemente, alguien los verá y los confundirá con estrellas fugaces. La
visión poética y existencial de un hecho terrible.
Otra historia –La Pradera- narra cómo unos chicos se fanatizan con un
equipo de televisión tridimensional –anticipo de la realidad virtual- que los
transporta a la sabana africana, donde se dedican a contemplar leones. Ante la
preocupación de sus padres por esta afición enfermiza y creciente, el relato
nos conduce a un destino sorprendente, donde realidad, horror y fantasía se
entrecruzan.
Y no puedo dejar de mencionar
aquella historia que me dejó una impronta imborrable: El ruido de un trueno, acaso el más genial relato de ciencia
ficción que he leído hasta el momento presente. Un viaje muy atrás en el tiempo
para que alguien con el dinero suficiente se conceda el gusto de cazar un
Tiranosaurio Rex. ¿Una crítica al consumismo irracional? ¿Al ilimitado poder
del dinero en nuestra sociedad? ¿Una aguda reflexión sobre la pretendida
linealidad secuencial del tiempo? ¿O sobre la posibilidad de que existan
infinitos mundos paralelos que expresan variadas opciones de pasados/futuros
alternativos? Habría que responder: TODAS LAS ANTERIORES. El final del
relato sugiere la aterradora posibilidad de que el destino de la humanidad sea
cambiado por un mínimo hecho –una mariposa aplastada por la bota del cazador- que
la precipita hacia una dictadura fascista.
Luego –inevitablemente seducido por la potente
pluma del narrador- vinieron muchas otras lecturas. Por ejemplo la magia de El Hombre Ilustrado, una imagen que me
persigue desde siempre. ¿Cómo desprenderse de la descripción de un hombre
tatuado completamente con figuras que durante la noche adquieren vida para
contar historias maravillosas, como digno émulo de las Mil y Una Noches?
Crónicas Marcianas, mixtura de novela y relatos, un libro que
atesoro y vuelvo a comprar cada cierto tiempo, porque es prestado y no retorna
(entiendo el afán por apoderarse de esa maravilla, aunque sea yo quien pague
las consecuencias). A muy poco andar en la lectura me di cuenta que era un
libro que hablaba sobre nuestra sociedad y no sobre el auge y caída de una
civilización en el lejano planeta rojo. Este fue el libro que trajo el primer éxito
de ventas y lo consagró como autor.
Fahrenheit 451 es una espléndida novela anti-utópica que debiera
ponerse al lado de obras maestras como 1984 de Orwell y Un
Mundo Feliz de Huxley. En ella describe un mundo donde los libros se
encuentran prohibidos y los bomberos son los encargados de encontrarlos y
destruirlos quemándolos. El papel arde a la temperatura de 451 grados
Fahrenheit, de ahí el título de la novela. Una historia inquietante que cobra
más sentido en un mundo donde la lectura literaria declina continuamente y muestra
una inquietante tendencia a la deshumanización progresiva.
Más allá de su posición como
maestro de la ciencia ficción –desde cuya comunidad de lectores fanatizados fue
criticado por “impuro”- Bradbury es, para mí sin duda, un gran heredero de
Edgar Allan Poe –un referente frecuente en sus historias- y en definitiva, un auténtico
clásico, aunque pasará tiempo antes que esto se reconozca así. . No cultivó
solo la ciencia ficción, sino que más bien el entorno mayor de la narrativa
fantástica, así como también incursionó en el género negro, el gótico y otras
áreas menos “vistosas” de su amplia producción, que integran una treintena de
novelas y cerca de un millar de relatos.
No deja de llamar la atención su
postura retrógrada, no solo en el ámbito político (contradicha, como suele
ocurrir, por sus propias obras), sino que también en el terreno tecnológico.
Detestaba a los computadores y no cambiaba para nada su máquina de escribir. Abominaba
de toda clase de máquinas y propugnaba la liberación de ellas, amaba a los
libros, las bibliotecas y desconfiaba de la televisión, jamás aprendió a conducir un automóvil,
execraba Internet.
Ray Bradbury demoró en ser
aceptado por el canon literario, aunque nunca lo fue de manera unánime.
Declaraba su expresa intención de entretener, lo que le valía la crítica acerba
de sus intelectualizados detractores. También era criticado por los fanáticos
de la ciencia ficción, que no perdonaban sus devaneos “literarios” por sobre
los científicos, sus incursiones en otros géneros, su noviazgo permanente con la
poesía.
Aún así, por la calidad y riqueza
de su obra, Ray Bradbury ingresó a la eternidad de la literatura, una quimera a
la cual prefiero adherir, ingenuamente quizás, pero con la convicción de que
siempre habrá alguien que lea una de sus historias para convertirlo en
inmortal.
01 junio, 2012
El espectáculo secreto
El rinoceronte se montó sobre el
elefante que soltó un berrido estremecedor. El búfalo saltó a los hombros
hercúleos del cornudo, cuidando no enterrarle sus cachos. Entonces el gorila se
dejó caer sobre el bovino desde los árboles y se golpeó el pecho como tambor,
satisfecho. A la espalda del gorila se afirmó la gacela, muy asustada, y dio un
respingo cuando la liebre saltó sobre la suya. Una paloma vino a posarse sobre
el roedor y sobre su plumaje blanco
aterrizó un escarabajo de colores. Así recorrieron la selva, cantando,
muy contentos. Nunca hacen esta clase de cosas en presencia de los humanos. No lo
cuentes, porque podrían llevarlos a un circo para hacer negocio.
26 mayo, 2012
Afanes explicativos
Sobre las palmas de las manos le
crecieron orejas, en los antebrazos sendas narices ansiosas de olfatearlo todo,
sobre el cuello un collar de ojos ferozmente vigilantes. Sus piernas fueron
sustituidas por brazos adicionales, de cuyos codos emergían larguísimos dedos
dirigidos por el cerebro que reemplazó su estómago. Cuando nadie pudo
reconocerlo, perdida la facultad del habla, acabó en un museo, convertido en
objeto de toda clase de peregrinas teorías.
20 mayo, 2012
Transformaciones 3
Despierto
convertido en un enorme escarabajo con la nítida sensación de haber vivido esta
situación. Como puedo, con mis patas delanteras provistas de tenazas, me pongo
la camisa blanca y una corbata de nudo hecho (no habría podido formarlo con mis
nuevas extremidades). El pantalón me queda ridículo: las últimas dos patas son
cortas y tengo que arremangar las piernas. Las patas del centro quedan ocultas
debajo de la chaqueta.
Con mi trompa
succiono una caja de leche. Sabe bien, me sorprende. Difícil tarea caminar
erguido hacia el automóvil. Conducirlo es un auténtico desafío. Acomodo el
asiento y el volante a mi condición de artrópodo. Salgo con lentitud y tomo la
autopista. Algunas personas me miran con
curiosidad: Pensarán que se trata de una campaña publicitaria. Un tipo
enfurece, baja el vidrio de la ventana para insultarme. Echa el auto encima y
me impacta. Mis patas son ineficaces y pierdo el control. Choco contra la pared
del túnel.
“Qué horror”.
“Se estrelló a toda velocidad”. Escucho las palabras como si estuviera
sumergido: lejanas, lentas y distorsionadas. “Está destrozado”.
“Irreconocible”. Me hundo en una
confortable oscuridad. “Se reventó como un insecto”. Vienen la paz y el
silencio.
13 mayo, 2012
Transformaciones 1
Desperté
convertido en un enorme escarabajo, pero no me importó porque había leído a
Kafka. Deambulé, devoré restos de comida y busqué la oscuridad, no por
ocultarme, sino debido a una fotofobia incipiente. Logré llamar a mi exesposa
tras ingentes esfuerzos para marcar su número con mis patas sarmentosas. Cuando
al fin oí su temida voz en el auricular, emití una mezcla de siseo y zumbido
que la enfureció. Si hubiera podido hablar, también se habría encolerizado; me
consolé. No tenía a nadie a quien llamar, excepto a mi jefe, que estaría
maldiciendo mi casta esclava por los siglos de los siglos. Estaba solo, como
siempre.
Después se me
ocurrió utilizar el correo electrónico. No fue fácil, pero lo hice. Escribí a
los gerentes de producción de los canales de televisión. Expliqué lo que me
había ocurrido, indicando que podría hablar mediante el sistema del físico
Hawking. Adjunté un video mío: francamente horripilante. Me quedé con la mejor
oferta: cuatro millones por hora de transmisión para el primer trimestre.
Después veríamos.
Ahora soy
atracción principal: el talk show del
escarabajo. Todos acuden a mi programa: políticos, empresarios, modelos,
futbolistas. Los interrogo con mi voz sintética y una dosis de ponzoña
consecuencia de la metamorfosis.
Al canal me
llevan y traen en limusina desde mi nueva mansión. Escriben mujeres ofreciendo
acoplarse conmigo, sea lo que sea. También mi excónyuge, melosa, tierna,
complaciente. Yo restriego con regocijo las patas contra mis afiladas
mandíbulas. Me basta con eso.
06 mayo, 2012
Transformaciones 2
Despierto
convertido en un enorme escarabajo, pero no me importa porque he leído a Kafka.
Mi gato tiene un patatús cuando lo llamo en el patio; me muestra los dientes
con ferocidad y se engrifa de cabeza a cola. Salto sobre él y le secciono el
cuello con mis mandíbulas de tenaza. Sorbo su caliente sangre con deleite, como
si fuera un espresso.
Luego viene el
turno de la fámula. Se paralogiza, no logra gritar, y caigo sobre ella para
decapitarla sin resistencia. La ingesta resulta excesiva y me quedo dormido
junto a los restos de su cuerpo pálido.
Despierto con
el timbre. Es el medidor del consumo eléctrico. Presiono el botón del portón
automático. Agradece. Me precipito sobre él por la espalda, le clavo uno de mis
aguijones emponzoñados en la espina dorsal. Queda vivo y inmovilizado. Su
mirada, horror y súplica simultáneos, me conmueve. Lo transporto a la despensa.
Mañana necesitaré un bocadillo.
Oigo el
automóvil de mi esposa entrando al antejardín. Corro por el pasillo y acecho
entre los arbustos. El portón automático se cierra y la puerta del coche se
abre. Baja un horrible alacrán negro, de aspecto sanguinario. Me descubre con
sus ojos crueles y susurra un “hola cariño” que suena a sentencia de muerte.
Este microrrelato forma parte de mi libro LAS NUEVAS HADAS, publicados a fines de 2011 por Simplemente Editores. Se encuentra en librerías como Feria Chilena del Libro, Antártica, Lea Más (Centro Cultural Gabriela Mistral) . También lo puedes encargar a mi correo electrónico dmunoz@surlatina.cl
05 mayo, 2012
TRANSFORMACIONES, un corto de K Pérez
TRANSFORMACIONES es un cortometraje animado realizado por Francisco K Pérez, artista audiovisual. Este corto ganó recientemente el premio especial Embajada de Indonesia en el IX Festival de Cine Terror de Valdivia.
Antes Francisco diseñó tres estupendas portadas para mi serie del cyborg. !FELICITACIONES FRANCISCO!
Este es el vínculo a su excelente trabajo, que se inspira en mi microcuento Transformaciones 2, del volumen LAS NUEVAS HADAS, publicado en 2011por Simplemente Editores.
http://www.youtube.com/watch?v=9sc52JoNlWo&feature=youtu.be
Antes Francisco diseñó tres estupendas portadas para mi serie del cyborg. !FELICITACIONES FRANCISCO!
Este es el vínculo a su excelente trabajo, que se inspira en mi microcuento Transformaciones 2, del volumen LAS NUEVAS HADAS, publicado en 2011por Simplemente Editores.
http://www.youtube.com/watch?v=9sc52JoNlWo&feature=youtu.be
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